domingo, 24 de enero de 2016

Propósitos de año nuevo

Yo sólo quería que una parte de mí permaneciera indemne, ajena al cataclismo de tus labios entumecidos por el viento, extraña a la debacle de tus dedos encriptados; pero diciembre se abalanzó sin compasión sobre mi alma quebrantada por el llanto, debilitando mis defensas de cristal, convirtiéndome en una muralla resquebrajada, que se derrumbará sin necesidad de que ninguna trompeta alce al cielo su estruendoso grito triunfal. Era sólo cuestión de tiempo, pero yo seguía pensando que podría hacerlo. Un nuevo año. El mismo mal. La voluntad es firme, pero el corazón tan débil... Nada de esto debería ser así, pero ¿acaso podría ser de otra manera? Huir, como siempre, pero más lejos que nunca, hasta perder de vista nuestras sombras, allí donde ni los monstruos se han atrevido a pisar. Pero no lo hago. Tantas ganas de correr ahogándose en la taza del váter, antes de tirar definitivamente de la cadena. Éste no era el plan, pero no tiene sentido subrayar las evidencias. Tirarse del tren, rodar por el suelo, hasta romper la carne y quebrar el hueso, aumentar la fiebre tratando de apagarla, sed enquistada en el velo del paladar, hambre de palabras que sólo tú sabes pronunciar. Y trato de no mirarte y trato de no hablarte, porque sé que si me miras y me hablas la enfermedad dejará de tener cura. Pero todo es inútil. El agua de río siempre termina desembocando en el mar. Sólo quiero que me abraces, que la sangre de tus heridas sirva para desinfectar las mías, que la sal de tus lágrimas cicatrice todos mis desiertos y tus incógnitas resuelvan mis misterios. Sé la cruz que ya no porto hasta el calvario, el cilicio que no muerde mi muslo, la penitencia que el sacerdote olvidó imponer. Sé todo aquello que no te pida y no te conviertas nunca en lo que yo te suplique que seas. Tu miedo ya no puede destruirnos. Y ahora que ya he incumplido todos mis propósitos de año nuevo, dime cómo combato los once meses que nos restan antes de afrontar otras doce campanadas que tampoco conseguirán poner fin a este hechizo de alambre de espino y valla electrificada de peligros.

jueves, 14 de enero de 2016

No todos los martes pueden ser tan negros

El final siempre es el mismo, pero son múltiples los caminos que conducen al abismo. Tus labios, sombra quebrada en la pared. Mis dedos, ramas lubricadas con gasolina, madera seca, crujiente espera, leños agrietados, a punto de empezar a arder. ¿Por qué no huir si aún tenemos tiempo? ¿Por qué rendirnos a la evidencia del deseo? Yo sólo quiero salir corriendo, una vez más, desembarazarme de esta soga que me asfixia, olvidar que, después de tanto tiempo, te encontré sin ya buscarte. Pero no puedo. Mis pies ya sólo recorren el sendero que tus palabras trenzaron para mí. Soy esclava de una idea tan inconstante como etérea. Arrodíllate. Rinde culto a la barbarie. No somos dioses. Tampoco humanos. Sólo somos carne contra carne, sangre que fluye a contracorriente, viento golpeando los cristales, piel resquebrajada que cicatriza a lengüetazos de saliva. Ya no hay huecos, sólo una masa informe ocupando el espacio antes vacío. Tiembla la noche. También el día. Yo ya no veo. Sólo te siento. Palpo cada latido que bombeas lejos de mí. Tu corazón sólo se detiene entre mis manos. El tiempo ya no existe, pero ellos siguen contabilizando el transcurso de los años. ¡Cuántos minutos malgastados tratando de medir las respiraciones que nos restan! Abrázame. Exhala tu aliento entre mis dientes. Recita tus penas sin ceniza. ¿Por qué reír sin lágrimas? ¿Por qué llorar sin una sonrisa? No hay luz que espante a los fantasmas, pero el escalofrío se atenúa si naufragamos en el mismo cementerio. No todos los martes pueden ser tan negros.

domingo, 20 de diciembre de 2015

Cataclismos (VIII)

Ellos no entienden lo que pasa, este insomnio que se adhiere a la cara interna de los párpados, este deseo sin imagen concreta que dilate los espacios, este avanzar hacia lo desconocido, sin haber siquiera dado un paso. Ella lo intuye, pero se niega a aceptar la explicación, porque sólo hay algo peor que saber que Él no existe y es darse cuenta de que él es Él. Él lo sabe, pero prefiere mirar hacia otro lado, porque no comprende las intenciones de los monstruos que se agitan bajo la superficie, removiendo el fango, enturbiando el agua. Ella sólo quiere cortar el lazo que ahora estrangula sus muñecas, ahorcando venas, desangrando arterias. La noche palpita entre sus sienes. El aire quema en su garganta, obligándola a vomitar secretos cuyo oxígeno ya no nutre sus pulmones. Él se aferra a un tiempo que ha dejado de existir, a un espejismo que se contorsiona en el espejo del cuarto de baño, mientras él se ducha con agua fría. No hay vaho, sólo hielo y gotas que salpican los baldosines sin limpiar. Él trata de convencerse de que el amor no es esto, sino aquello, pero sus lágrimas sólo se secan cuando las derrama entre sus brazos. Ella lo sospecha, por eso los cruza fuertemente sobre el pecho, barrera de cristal que se quebrará cuando él decida traspasarla. El viento ulula entre las ramas de los árboles. La luna contempla orgullosa a sus cachorros. Hace frío y ella se esconde debajo de la cama. Ha oído pasos que, en lugar de acercarse, se alejan. Respira tranquila. La amenaza parece que se extingue en los límites de esta noche sin fronteras, pero todo vuelve. También esto. O quizá no. Él camina, seguro de haber dejado atrás el cataclismo, justo antes de tropezar con el abismo.

domingo, 13 de diciembre de 2015

Capricho 43

Llámame. Necesito ver tu nombre en esta pantalla que se agota por falta de energías para arrastrarse hasta el enchufe. El tiempo corre, pero la vida se detiene. Tu recuerdo es una contractura en el lado izquierdo de mi cuello. El futuro es una fantasía que no nos atrevemos a poner en práctica. La cama cruje. El colchón me escupe hacia una nueva semana que no tengo interés en estrenar. El metro no llega. Dijeron que todo iría mejor, pero los minutos de espera aumentan, desdibujando tu recuerdo en el andén. El adiós es siempre más fuerte que la esperanza de volver a verse. Ven, susurro cada vez que la oscuridad de un túnel engulle otro vagón descarrilado. Si al menos sospecharas la verdad que se esconde en mis mentiras... Todos los latidos de mi pecho rebotan contra un muro incapaz de pronunciar una sílaba de eco. Hay mantras que ni los fantasmas osan murmurar. Tu nombre aprisionado entre mis dientes. La sombra de tus dedos cegando mis ojos. El olvido serpentea sobre el barro, pero ninguna mujer ha logrado nunca aplastar su cabeza contra el suelo. La noche apaga sus colillas contra mi espalda. El insomnio de la razón produce monstruos.

domingo, 29 de noviembre de 2015

Canibalismos (VII)

Tanto amor en cada línea de la mano y tanto odio entre lunares enfrentados, tanta prisa, tanta calma, tantos arañazos miopes y tan pocas balas sin diana, misiles incansables, empeñados en volar nuestro mundo por los aires, explosión informe, hongo de átomos dispersos, ropa evaporada con el viento, piel desnuda, alma sedienta, dientes suicidas. Soy todo aquello que no digo, la manzana despreciada por Adán, un pecado que no tienta, porque no desafía los instintos ni constriñe la carne, sólo desata el dique del deseo, reblandeciendo entrañas, dilatando espacios. Tú finges que no sabes lo que pasa, que no tiembla la tierra bajo nuestros pies titubeantes, que no se desmoronan las certezas ni colapsan las ideas. Hay besos que se escapan sin necesidad de que nadie les abra la puerta. Tú lo sabes. Yo lo sé. Pero es mejor prolongar este silencio de alabastro veteado. Dime cómo se mata a los fantasmas. Tengo tanto miedo de convertirme en una de ellos o, peor aún, en un apéndice de ti.

jueves, 26 de noviembre de 2015

Cuando todo se derrumbe

Dime qué haremos cuando todo se derrumbe y no quede de nosotros ni el esqueleto de una idea, cuando los poetas callen y las fieras rujan, el agua se evapore y sólo la sangre corra entre las piedras del arroyo. ¿Sabrá alguien contar nuestra historia? ¿Podrán imaginarnos como realmente somos? ¿Será su ficción acaso más verdadera que nosotros mismos? Este cielo de plomo, menos pesado, pero mucho más aplastante. Esta lluvia de cristales rotos, noche calcada a aquella otra noche de miedo enlatado y odio sin causa. Sólo dime que alguien sabrá cómo contarlo. Mi dolor es un secreto descerrajado a medianoche y, aún así, hay tanto que nadie entiende, esta fe en el desastre, en la supervivencia de lo inerte, en el apocalipsis del cleptómano paso de los días. Este presentimiento informe, que muerde mis venas mientras duermo, que eriza mi piel ardiente y tensa el tambor de mi estómago ulcerado. ¿Cómo creer que hay salida si el laberinto no ha terminado de desplegar sus recovecos? Sólo Él/Ella podría entenderlo. Por eso lo/la mataron, dejándome huérfana de hombro sobre el que derramar todas mis lágrimas. La oscuridad me huele a asfalto, a neumático quemado en otro atasco de uñas que rehúyen la carne para clavarse en un volante. Y caminan los condenados lentamente hacia el cadalso, pies arrastrados sobre el barro y un pozo de dudas en el centro de su iris. Ellos también pensaban que serían otros los que morirían para salvarnos, pero cuando hay más balas que blancos en los que acertar, ninguna oración puede evitar nuestra condena. No me engañes, nadie sabrá jamás cómo contarlo, porque para entonces ya habrán muerto las palabras que ahora me escuecen entre los párpados. No importa. No es la primera vez que Dios expira en una cruz.

martes, 10 de noviembre de 2015

El desierto de lo real

Hoy me he dado cuenta. No sé por qué. Estaba con él, tan real como ficticio, mi cabeza llena de ideas que no alcanzo a comprender y, de repente, lo supe, bastarda certeza que ilumina la mullida tiniebla. La verdad nunca conforta, pero no sé acunarme en las mentiras. Cierro los ojos y bailo un vals con mis fantasmas. No identifico la música, pero el piano me resulta cercanamente conocido. Echo de menos el miriñaque y el corsé, mi asmático talle palpitando entre tus brazos, promesas imposibles de cumplir, titilantes como las llamas de las velas que ahora queman nuestros párpados de lluvia. Y abro los ojos y no te encuentro, mis pies girando incandescentes en el borde de un nuevo precipicio que no me atreveré a saltar sin red. Y te busco, por más que sepa que nunca terminaré de encontrarte, aunque por fin haya dado contigo. Y me pierdo, serpenteante cinta que nadie se acuerda de anudar en torno a la cintura. Y me quiebro, sin que tú comprendas el irónico vaivén de mis mareas. Detén este oleaje de palabras náufragas de historia. No quiero seguir nadando si la orilla ya no existe. Y, sin embargo, me leo en cada anhelante pálpito de tus esquivas pupilas interrogantes. Lo siento, por más que lo intentase, no podría responder a ninguna de tus preguntas. Si supiera de qué hablo cuando escribo sobre ti no me desnudaría a cada metáfora tras la que trato en vano de ocultarme.

miércoles, 28 de octubre de 2015

Canibalismos (VI)

Llévate un pedazo de mí cuando te vayas o, mejor aún, llévame entera, no dejes nada, ni siquiera el polvo de mis huellas difuminadas sobre el suelo. No quiero convertirme en la sombra de tu ausencia. No puedo ondular sinuosa sobre el recuerdo de tu nombre. Pero no me haces caso, marchándote sin robar ni un mísero milímetro de mí, sin ni siquiera tomar prestado aquello que una vez te di como regalo. Te alejas, sin dudar, sin mirar atrás, como si quedarte anexado a mi costado jamás pudiera ser contemplado como opción. Y yo me descompongo en fragmentos que nadie se molesta en recoger, en astillas sobre las que el fuego ya no prende, en motas de lluvia que molestan, sin calar, a los viandantes. Y crujo, cristal triturado por muelas de diamante, madera seca, desvencijada y fuera de sus goznes. Y vuelve el miedo y sopla el viento sin descanso, anidando el frío en mi regazo, la soledad columpiada entre mis manos, dolor perenne, que nunca cambia de aspecto ni estación.

lunes, 19 de octubre de 2015

Balidos, temblores, silencios

Oye cómo balan los corderos, suplicando a los lobos que regresen. Sólo saben dormir entre sus fauces, derramando su sangre lejos del altar que rinde tributo a los dioses del Olimpo (también al de Abraham). Oye cómo tiemblan los cobardes, sus sueños agitados por el restallido del látigo que ya no azota sus espaldas. Sólo saben someterse a la voluntad de los tiranos, renunciando a su libertad antes de que ningún dictador ose arrebatársela. Oye cómo callan los esclavos, sus lenguas amordazadas por el tedio, sus manos encadenadas al capricho del destino. Sólo saben labrar la tierra que no es suya, olvidando a quién pertenece el sudor que se desprende de su frente, ahogando cualquier atisbo de rebelión contra la masa. Oye cómo brama el viento enfebrecido, golpeando las ventanas de mi cuarto. Quiere que arregle el mundo en una frase, pero yo no sé domar las palabras abortadas de mis labios, así que dejo que resbalen sin censura estas ideas sin correa ni bozal. Puede que no cambien vuestras vidas, pero quizá alteren el oleaje del mar que lame el cansancio vespertino de vuestros pies manchados de alquitrán. Caminad enhiestos. Poco importa la dirección de vuestros pasos si no sois capaces de otear el horizonte.

jueves, 15 de octubre de 2015

Ella. Tú...

Ella se emborracha de palabras enredadas, de silencios dilatados en invierno y canciones alérgicas al miedo. Ella vomita su dolor en una arcada, pero el ácido que corroe sus entrañas continúa desgastando poco a poco su garganta, horadando heridas, tiñendo de sangre su saliva. Ella traza eses que no caben en un tango, sus tacones confundidos de portal, mirada turbia, niebla etílica y un nuevo error crucificado en el altar. Ella duerme entrecortada, la conciencia amordazada y un gramo de amnesia entretejido en el relleno de la almohada. Ella despierta sin resaca, pero mareada de metáforas sin plumas, de paréntesis sin fronteras que acoten su extensión y melodías enquistadas en el tambor de su esternón. Ella no sabe qué hacer con todo esto, así que cierra los ojos para poder descansar en su interior. Ella sueña cosas que no entiende, mundos que ningún pincel podría retratar, seres fantásticos, monstruos deformes y algún que otro espectro sin anillar. Ella se desliza entre las sábanas, abandonando silenciosa otro colchón que no es su hogar. Ella abre la puerta a una nueva mañana preñada de desgracias que ningún Zola osa ahora narrar. Ella sigue las señales tatuadas en las baldosas amarillas que Dorothy ya no pisa al caminar, minúsculos fragmentos de arco iris, desteñidos por la lluvia que los cobardes gatos consiguen evitar. Ella no quiere ser quien es, pero cada vez que intenta ser distinta, los mismos zapatos se calzan a sus pies. Ella vaga, a veces corre, nunca quieta, siempre informe. Ella te mira. Tú no respondes. Ella se muestra. Tú sólo escondes. Ella se acerca. Tú...