domingo, 27 de marzo de 2016

El pantano de la tristeza

Recé, mis dedos entrelazados como escarpias, estrangulando la sangre que normalmente colorea mis nudillos. Te pedí un milagro y me lo concediste, pero no de la magnitud que yo buscaba. Él lloraba. Ella callaba. Yo sólo quería caminar descalza sobre el asfalto, su abrazo crucificado entre mis hombros, silencio en llamas, su sombra amplificada en mi pared. El Mar Rojo no se abrió, pero una leve brisa agitó la superficie de sus aguas. Las mariposas duermen, pero hay tsunamis que no dependen del aleteo de sus alas. Nadie quiere aceptar la necesidad de lo ocurrido. El dolor es un profesor que exige demasiado a sus alumnos. Mejor colorear de negro una suerte algo más pálida. Él lloraba. Ella callaba. Yo sólo quería ahogarme en aguas menos densas que sus lágrimas. Debería dar las gracias, pero si abro la boca mancharé de tinta el cartílago que aún sustenta la fe de los agnósticos. No importa. Sé que nadie entendió nunca la auténtica dirección de mis palabras, pero él intuye con tanta precisión la profundidad de mis marismas... La noche no termina, por más que el sol escupa fuego sobre la arena del desierto, vagar eterno, sed agrietada de lamentos. Nuestros pies recorren caminos ya horadados. La castigada piel riega con sangre la tierra arrebatada a sus ancestros. La muerte hoy no quiere segar nuestras gargantas, pero sus secuaces siguen acechando nuestro rastro. Tranquilo. Las hienas no son tan veloces como el eco de sus carcajadas. Él lloraba. Ella callaba. Yo sólo quería que el grito no estallara. Pero la copa cayó, esquirlas de cristal en nuestros ojos, laringes desgarradas de impotencia, un pantano de tristeza en su sonrisa y yo caballo de Atreyu entre sus labios.

jueves, 18 de febrero de 2016

La náusea es lo que queda

Ella sólo quería saber, todo lo bueno, también lo malo, la verdad es lo primero, no importa cuánto duela. La náusea es lo que queda. Y supo todo aquello que pudo conocer, pero su incomprensión creció exponencialmente con cada incógnita que despejaba. La náusea es lo que queda. Abrió las puertas de los sótanos más oscuros, desenterró a los muertos que aún no han alcanzado venganza, conversó con los fantasmas de los que nadie desea hablar, miró cara a cara a los demonios recién exorcizados, pero cada respuesta que obtenía generaba tres preguntas nuevas. La náusea es lo que queda. Interrogó a los sabios más sabios y a los ignorantes más ignorantes, pero ninguno fue capaz de explicar coherentemente el origen y supervivencia del Horror. La náusea es lo que queda. Y el Horror fue creciendo, sin que ella ni nadie pudieran atajarlo, porque no se puede combatir una enfermedad que no se entiende. La náusea es lo que queda. El mal conlleva forzosamente la existencia de su antagonista, pero ¿dónde está el bien cuando se busca? La náusea es lo que queda. Y cuanto más sabía, más quería saber, aún siendo consciente de que la verdad acabaría por roer hasta el último milímetro de sus entrañas. La náusea es lo que queda. Pero el conocimiento envenenaba y curaba a partes iguales, porque, aunque cada respuesta generara tres preguntas nuevas, cada una de esas respuestas cicatrizaba una herida, calmaba el hambre de una tenia, secaba la supuración de un corte infectado de silencios. La náusea es lo que queda. Puede que su sabiduría no fuera suficiente para evitar el avance de la epidemia, pero sí le permitió prever la dirección en la que avanzarían las crueles llamas, sedientas de inocentes. La náusea es lo que queda. ¿Por qué entonces, pudiendo salvarse, no lo hizo? La mayor lucidez es la ceguera, pero algunos ojos no son capaces de cerrar los párpados. Un altar, ninguna vela. La náusea es lo que queda.

viernes, 12 de febrero de 2016

(Paréntesis) y puntos suspensivos...

Llueve y tú no estás, pero no importa o, quizá, sí (a veces resulta tan difícil distinguir la diferencia...). Las gotas resbalan por el cristal y sé que parte de mí continúa atrapada en uno de los granos de sal que caían de tus ojos aquella noche de abrazo interminable y congoja compartida (un beso puede ser tan seco y tan húmedo a la vez...). Hay cosas que son porque tienen que ser y otras que no son porque aún no ha llegado el momento de que sean (y algunas que son sin que debieran ser, pero no hace falta que te hable de estas últimas...). Llevo una flecha clavada en el costado; duele, pero, si la saco, me desangro (sería tan hermoso vaciarme de mí misma...). No hace viento, sólo frío (y agua...). Trato de retrasar el impacto cuando tú quieres provocarlo e intento precipitar la colisión cuando decides girar el volante en dirección contraria (como si este accidente pudiera ser planificado...). Sé que hay cosas que no entiendes y otras que no quiero comprender (y, sin embargo, es tan evidente la evidencia...). Cierro los ojos, recuerdo lo que aún no ha pasado, todo lo bueno, también lo malo y sé que no merecerá la pena, que el dolor de tu ausencia lo invadirá todo, hasta el último milímetro de las células que hoy te echan de menos sin haberte tenido nunca (pero mis decisiones no dependen de balanzas...). Aprieto los párpados, tratando de aplastar tu imagen entre mis pestañas, pero tú no tienes forma, sólo alma (tanto aire y tan poca vela...). Llueve y tú no estás, pero no importa el final, sólo el camino que conduce al desenlace (¿y si la masa de los cuerpos no determinara la velocidad de la caída?). Mejor no hablar del día en el que todas estas lágrimas dejen de hacer ruido al estrellarse contra el suelo...

domingo, 24 de enero de 2016

Propósitos de año nuevo

Yo sólo quería que una parte de mí permaneciera indemne, ajena al cataclismo de tus labios entumecidos por el viento, extraña a la debacle de tus dedos encriptados; pero diciembre se abalanzó sin compasión sobre mi alma quebrantada por el llanto, debilitando mis defensas de cristal, convirtiéndome en una muralla resquebrajada, que se derrumbará sin necesidad de que ninguna trompeta alce al cielo su estruendoso grito triunfal. Era sólo cuestión de tiempo, pero yo seguía pensando que podría hacerlo. Un nuevo año. El mismo mal. La voluntad es firme, pero el corazón tan débil... Nada de esto debería ser así, pero ¿acaso podría ser de otra manera? Huir, como siempre, pero más lejos que nunca, hasta perder de vista nuestras sombras, allí donde ni los monstruos se han atrevido a pisar. Pero no lo hago. Tantas ganas de correr ahogándose en la taza del váter, antes de tirar definitivamente de la cadena. Éste no era el plan, pero no tiene sentido subrayar las evidencias. Tirarse del tren, rodar por el suelo, hasta romper la carne y quebrar el hueso, aumentar la fiebre tratando de apagarla, sed enquistada en el velo del paladar, hambre de palabras que sólo tú sabes pronunciar. Y trato de no mirarte y trato de no hablarte, porque sé que si me miras y me hablas la enfermedad dejará de tener cura. Pero todo es inútil. El agua de río siempre termina desembocando en el mar. Sólo quiero que me abraces, que la sangre de tus heridas sirva para desinfectar las mías, que la sal de tus lágrimas cicatrice todos mis desiertos y tus incógnitas resuelvan mis misterios. Sé la cruz que ya no porto hasta el calvario, el cilicio que no muerde mi muslo, la penitencia que el sacerdote olvidó imponer. Sé todo aquello que no te pida y no te conviertas nunca en lo que yo te suplique que seas. Tu miedo ya no puede destruirnos. Y ahora que ya he incumplido todos mis propósitos de año nuevo, dime cómo combato los once meses que nos restan antes de afrontar otras doce campanadas que tampoco conseguirán poner fin a este hechizo de alambre de espino y valla electrificada de peligros.

jueves, 14 de enero de 2016

No todos los martes pueden ser tan negros

El final siempre es el mismo, pero son múltiples los caminos que conducen al abismo. Tus labios, sombra quebrada en la pared. Mis dedos, ramas lubricadas con gasolina, madera seca, crujiente espera, leños agrietados, a punto de empezar a arder. ¿Por qué no huir si aún tenemos tiempo? ¿Por qué rendirnos a la evidencia del deseo? Yo sólo quiero salir corriendo, una vez más, desembarazarme de esta soga que me asfixia, olvidar que, después de tanto tiempo, te encontré sin ya buscarte. Pero no puedo. Mis pies ya sólo recorren el sendero que tus palabras trenzaron para mí. Soy esclava de una idea tan inconstante como etérea. Arrodíllate. Rinde culto a la barbarie. No somos dioses. Tampoco humanos. Sólo somos carne contra carne, sangre que fluye a contracorriente, viento golpeando los cristales, piel resquebrajada que cicatriza a lengüetazos de saliva. Ya no hay huecos, sólo una masa informe ocupando el espacio antes vacío. Tiembla la noche. También el día. Yo ya no veo. Sólo te siento. Palpo cada latido que bombeas lejos de mí. Tu corazón sólo se detiene entre mis manos. El tiempo ya no existe, pero ellos siguen contabilizando el transcurso de los años. ¡Cuántos minutos malgastados tratando de medir las respiraciones que nos restan! Abrázame. Exhala tu aliento entre mis dientes. Recita tus penas sin ceniza. ¿Por qué reír sin lágrimas? ¿Por qué llorar sin una sonrisa? No hay luz que espante a los fantasmas, pero el escalofrío se atenúa si naufragamos en el mismo cementerio. No todos los martes pueden ser tan negros.

domingo, 20 de diciembre de 2015

Cataclismos (VIII)

Ellos no entienden lo que pasa, este insomnio que se adhiere a la cara interna de los párpados, este deseo sin imagen concreta que dilate los espacios, este avanzar hacia lo desconocido, sin haber siquiera dado un paso. Ella lo intuye, pero se niega a aceptar la explicación, porque sólo hay algo peor que saber que Él no existe y es darse cuenta de que él es Él. Él lo sabe, pero prefiere mirar hacia otro lado, porque no comprende las intenciones de los monstruos que se agitan bajo la superficie, removiendo el fango, enturbiando el agua. Ella sólo quiere cortar el lazo que ahora estrangula sus muñecas, ahorcando venas, desangrando arterias. La noche palpita entre sus sienes. El aire quema en su garganta, obligándola a vomitar secretos cuyo oxígeno ya no nutre sus pulmones. Él se aferra a un tiempo que ha dejado de existir, a un espejismo que se contorsiona en el espejo del cuarto de baño, mientras él se ducha con agua fría. No hay vaho, sólo hielo y gotas que salpican los baldosines sin limpiar. Él trata de convencerse de que el amor no es esto, sino aquello, pero sus lágrimas sólo se secan cuando las derrama entre sus brazos. Ella lo sospecha, por eso los cruza fuertemente sobre el pecho, barrera de cristal que se quebrará cuando él decida traspasarla. El viento ulula entre las ramas de los árboles. La luna contempla orgullosa a sus cachorros. Hace frío y ella se esconde debajo de la cama. Ha oído pasos que, en lugar de acercarse, se alejan. Respira tranquila. La amenaza parece que se extingue en los límites de esta noche sin fronteras, pero todo vuelve. También esto. O quizá no. Él camina, seguro de haber dejado atrás el cataclismo, justo antes de tropezar con el abismo.

domingo, 13 de diciembre de 2015

Capricho 43

Llámame. Necesito ver tu nombre en esta pantalla que se agota por falta de energías para arrastrarse hasta el enchufe. El tiempo corre, pero la vida se detiene. Tu recuerdo es una contractura en el lado izquierdo de mi cuello. El futuro es una fantasía que no nos atrevemos a poner en práctica. La cama cruje. El colchón me escupe hacia una nueva semana que no tengo interés en estrenar. El metro no llega. Dijeron que todo iría mejor, pero los minutos de espera aumentan, desdibujando tu recuerdo en el andén. El adiós es siempre más fuerte que la esperanza de volver a verse. Ven, susurro cada vez que la oscuridad de un túnel engulle otro vagón descarrilado. Si al menos sospecharas la verdad que se esconde en mis mentiras... Todos los latidos de mi pecho rebotan contra un muro incapaz de pronunciar una sílaba de eco. Hay mantras que ni los fantasmas osan murmurar. Tu nombre aprisionado entre mis dientes. La sombra de tus dedos cegando mis ojos. El olvido serpentea sobre el barro, pero ninguna mujer ha logrado nunca aplastar su cabeza contra el suelo. La noche apaga sus colillas contra mi espalda. El insomnio de la razón produce monstruos.

domingo, 29 de noviembre de 2015

Canibalismos (VII)

Tanto amor en cada línea de la mano y tanto odio entre lunares enfrentados, tanta prisa, tanta calma, tantos arañazos miopes y tan pocas balas sin diana, misiles incansables, empeñados en volar nuestro mundo por los aires, explosión informe, hongo de átomos dispersos, ropa evaporada con el viento, piel desnuda, alma sedienta, dientes suicidas. Soy todo aquello que no digo, la manzana despreciada por Adán, un pecado que no tienta, porque no desafía los instintos ni constriñe la carne, sólo desata el dique del deseo, reblandeciendo entrañas, dilatando espacios. Tú finges que no sabes lo que pasa, que no tiembla la tierra bajo nuestros pies titubeantes, que no se desmoronan las certezas ni colapsan las ideas. Hay besos que se escapan sin necesidad de que nadie les abra la puerta. Tú lo sabes. Yo lo sé. Pero es mejor prolongar este silencio de alabastro veteado. Dime cómo se mata a los fantasmas. Tengo tanto miedo de convertirme en una de ellos o, peor aún, en un apéndice de ti.

jueves, 26 de noviembre de 2015

Cuando todo se derrumbe

Dime qué haremos cuando todo se derrumbe y no quede de nosotros ni el esqueleto de una idea, cuando los poetas callen y las fieras rujan, el agua se evapore y sólo la sangre corra entre las piedras del arroyo. ¿Sabrá alguien contar nuestra historia? ¿Podrán imaginarnos como realmente somos? ¿Será su ficción acaso más verdadera que nosotros mismos? Este cielo de plomo, menos pesado, pero mucho más aplastante. Esta lluvia de cristales rotos, noche calcada a aquella otra noche de miedo enlatado y odio sin causa. Sólo dime que alguien sabrá cómo contarlo. Mi dolor es un secreto descerrajado a medianoche y, aún así, hay tanto que nadie entiende, esta fe en el desastre, en la supervivencia de lo inerte, en el apocalipsis del cleptómano paso de los días. Este presentimiento informe, que muerde mis venas mientras duermo, que eriza mi piel ardiente y tensa el tambor de mi estómago ulcerado. ¿Cómo creer que hay salida si el laberinto no ha terminado de desplegar sus recovecos? Sólo Él/Ella podría entenderlo. Por eso lo/la mataron, dejándome huérfana de hombro sobre el que derramar todas mis lágrimas. La oscuridad me huele a asfalto, a neumático quemado en otro atasco de uñas que rehúyen la carne para clavarse en un volante. Y caminan los condenados lentamente hacia el cadalso, pies arrastrados sobre el barro y un pozo de dudas en el centro de su iris. Ellos también pensaban que serían otros los que morirían para salvarnos, pero cuando hay más balas que blancos en los que acertar, ninguna oración puede evitar nuestra condena. No me engañes, nadie sabrá jamás cómo contarlo, porque para entonces ya habrán muerto las palabras que ahora me escuecen entre los párpados. No importa. No es la primera vez que Dios expira en una cruz.

martes, 10 de noviembre de 2015

El desierto de lo real

Hoy me he dado cuenta. No sé por qué. Estaba con él, tan real como ficticio, mi cabeza llena de ideas que no alcanzo a comprender y, de repente, lo supe, bastarda certeza que ilumina la mullida tiniebla. La verdad nunca conforta, pero no sé acunarme en las mentiras. Cierro los ojos y bailo un vals con mis fantasmas. No identifico la música, pero el piano me resulta cercanamente conocido. Echo de menos el miriñaque y el corsé, mi asmático talle palpitando entre tus brazos, promesas imposibles de cumplir, titilantes como las llamas de las velas que ahora queman nuestros párpados de lluvia. Y abro los ojos y no te encuentro, mis pies girando incandescentes en el borde de un nuevo precipicio que no me atreveré a saltar sin red. Y te busco, por más que sepa que nunca terminaré de encontrarte, aunque por fin haya dado contigo. Y me pierdo, serpenteante cinta que nadie se acuerda de anudar en torno a la cintura. Y me quiebro, sin que tú comprendas el irónico vaivén de mis mareas. Detén este oleaje de palabras náufragas de historia. No quiero seguir nadando si la orilla ya no existe. Y, sin embargo, me leo en cada anhelante pálpito de tus esquivas pupilas interrogantes. Lo siento, por más que lo intentase, no podría responder a ninguna de tus preguntas. Si supiera de qué hablo cuando escribo sobre ti no me desnudaría a cada metáfora tras la que trato en vano de ocultarme.