jueves, 16 de julio de 2026

Brghtn

Una parte de mí continúa anclada a esa habitación de hotel. Mi sangre en el suelo. Su miedo en mis labios. Las olas golpeando el muelle de lo que pudo ser y no fue. Recuerdo a mi yo de 14 años, Casandra adolescente, atisbando la silueta del Desastre, llorando sin saber aún exactamente por qué, la tripa encogida, acunando la resistencia a aceptar todo lo que ya está escrito. Quiero abrazarla, decirle que todo irá bien, por muy mal que parezca ir y, créeme, irá tan rematadamente mal que parecerá imposible sobrevivir a todo ello; pero lo harás, porque es lo único que se te da bien: continuar andando entre los muertos. Pero esa habitación de hotel se te quedará dentro, a pesar de los años, aunque él ya no forme parte de todo lo que permanece atascado en tu garganta. Volverás una y otra vez, sin estar nunca de nuevo físicamente allí. Será un tajo en tu costado, pero llegará un momento en el que, en lugar de drenarte vida, te insuflará energía. El momento es ahora. Mírate en el espejo y dime qué es lo que ves: mil millones de galaxias en plena expansión infinita. Aunque quisieras no podrías retenerlas. Te lo grita el agua salada que erosiona las piedras de la orilla, el Zoltar que ya sólo predice el pasado, el esqueleto del Pier cuyo esplendor no pudiste contemplar. Deja que se desborde, que inunde de Verdad cada rincón oscuro que nadie se atreve a iluminar, que llegue hasta él, aunque ya no sea Él. Escucha cómo caen las primeras gotas de la tormenta. No permitas que te asusten los truenos. El eclipse está tan cerca que sólo podrás VER.

viernes, 3 de julio de 2026

Urano en Géminis

El tiempo emboscado, clamando por mí, sus uñas de hierro, tormento sin fin. Noto cuando algo se quiebra, pero no me doy cuenta cuando toda yo me recompongo. Mi cerebro es un alfiletero traspasado por mil ideas como rayos que nunca entiendo. A veces, las transcribo. Otras, trato de ponerlas en práctica. La mayor parte del tiempo, intento ahogarlas en el formol de la rutina diaria. No funciona, pero no importa. Sigo pidiendo prórrogas, pero el destino me lanza bolas cada vez más complicadas de esquivar. Me obsesiono con todo aquello que no vivo por miedo a que pueda acabar conmigo, ignorando el hecho de que no adentrarme en la cueva del dragón es precisamente lo que acabará matándome. Te miro y sé que acabarás siendo el valor que siempre me ha faltado. Tu sonrisa es la manta eléctrica que abriga mi corazón en mitad de la ventisca. Tus ojos, el océano calmo en el que puedo dejar que flote mi cansancio. Todo tú, analgésico de mis dolores más pretéritos. Sigo negociando, no sé si las condiciones de mi rendición o mi rendición sin condiciones. Vuelvo a asomarme al abismo. Levanto un pie. Dejo que el viento meza mi equilibrio inestable. Fantaseo con la idea de dejarme caer. Él me mira. Si supiera quién soy realmente huiría despavorido, pero es un hombre de ficciones, así que continúa inventándome. Tiene algo de ti y mucho de ellos, pero aún no sé cuál de sus fragmentos acabará ganando la partida. Por si acaso, me alejo. No quiero salpicarle de la sangre que brota de mis metáforas más viscerales. Sangre y esputo. Verdad sin filtro. Cadáver hediondo. Todo aquello que les quema al ponerlo ante el espejo. Yo también he estado ahí, contemplando una imagen que creía ajena, pero que, en el fondo, sabía tan propia que me retorcía las tripas. Hasta que, un día, dejé de contener la náusea y todo siguió doliendo, pero de manera muy distinta. Me miras y sé que nunca tendrás miedo de mi azogue (ni yo del tuyo). No os confundáis. No hablo de amor, sino de algo mucho más profundo, un esternón que cruje en la cercanía de otro esternón, un vacío que colma otro vacío de signo contrario, una tormenta que quiebra la furia del huracán que amenaza con engullirla. Yo no era yo antes de que tú existieras, pero seguiré siéndolo, aunque te esfumes de mis manos; porque, cuando la cortina cae, no hay forma de seguir creyendo en el Mago de Oz.

martes, 16 de junio de 2026

Abismos (II)

Tengo miedo de entenderlo todo; de que, en un momento dado, no me queden preguntas sin respuesta; así que acumulo dudas, me aferro a ellas, habito ese espacio liminal que nadie entiende y dejo que espectros de otras vidas y entidades de otros planos me posean mientras duermo, horadando mis certezas, alumbrando espejismos que me impidan trascender la carne que me quema y que me expande a la vez. He visto a Dios disfrazado de demonio. Le vendí mi alma, fingiendo que no era consciente del engaño. Hice todo lo que me pidió. Lo sigo haciendo todavía. Querría poder decirle que no, estrellar el cáliz contra el suelo, renunciar a la cruz (también a la resurrección, porque sólo hay algo que duela más que morir y es volver a la vida). Pero no puedo. Soy esclava de la sangre, del látigo restallando el alma y la corona de espinas incrustada en las sienes. Encarno el símbolo de la misma forma en que respiro: sin darme cuenta, pero sabiendo que moriría si optara por no hacerlo. Observo al diablo en el trono de Dios, a los ilusos que lo adoran y a los incautos que lo denostan. Nadie se da cuenta del mal que subyace en sus palabras. Nadie o demasiados pocos, mientras el mundo continúa precipitándose en el abismo. Pero aún existen oasis en este desierto que nos seca la boca. Algunos nos fueron dados. Otros tenemos que inventarlos. Hoy he creado uno, una burbuja segura, inexpugnable a la tristeza. Me tiendo en su suelo. Respiro su paz. Aquí nada puede hacerme daño, ni siquiera yo misma. Es un lugar muy parecido a aquel otro que me salvó del precipicio, aunque bastante menos frío. El cielo existe en cada uno de nosotros, incluso cuando no sabemos verlo.

miércoles, 20 de mayo de 2026

Siempre hay alguien que nos mira cuando creemos que nadie lo está haciendo

Una parte de mí sabe que no debería estar aquí. Trato de ocupar lugares que no me corresponden, porque me aterra el sitio que fue reservado para mí sin yo pedirlo en ningún momento. No tengo nada que ver con todos los que me rodean. Soy sólo una Kurt Cobain de tres al cuarto en un reservado de Wimbledon. No es que los demás me toleren. Es simplemente que son demasiado pijos para mostrar su desagrado de manera fehaciente. Tras 5 minutos ni siquiera necesitan esforzarse en ignorarme para olvidarse de mi existencia. Entonces, soy yo quien los observa, sintiéndome a salvo de juicios no buscados. Estudio la cadencia de su superficialidad, la liviandad de sus conversaciones sin aristas, políticamente correctas, incapaces de descender hasta el Averno que envuelve nuestras vidas de algodón. Lo veo de pasada. Una mancha oscura en el lienzo de la impoluta blancura de sus vidas presuntamente perfectas. Él tampoco debería estar aquí, aunque su excusa sea bastante más evidente que la mía. No me detengo excesivamente en la incongruencia que representa. Resulta demasiado auténtico como para que pueda interesarme. Es él el que me mira, el que detecta el error que supone mi existencia en este planeta completamente alienígena para ambos. Finjo que soy otra ameba más de esta charca de espíritus unicelulares, pero no logro engañarlo. Sé que él ve todos los universos que laten bajo mi piel y esa desnudez no pretendida me provoca náuseas, porque me acuerdo de aquella otra vez en que ese otro imbécil desveló el mayor de todos mis secretos. No nos engañemos, siempre hay alguien que nos mira cuando creemos que nadie lo está haciendo.

lunes, 18 de mayo de 2026

Voces imposibles, ojos dispares y gafas de sol que proyectan mitos

Vuelvo a descender a mis abismos, de la mano del hombre de la voz de caverna de dragón. Me dice que no hay nada en las sombras que no habite asimismo en el medio de la luz; pero él no conoce mi negrura, esos rincones que jamás han sido calentados por el sol, el refugio primigenio de todo lo innombrable. ¿Cómo transitar a ciegas por el sendero más tortuoso alumbrado por el Borges más clarividente? Durante mucho tiempo, no supe cómo hacerlo. Tenía miedo de precipitarme en el fondo de un pozo sin ídem. Creía que no sobreviviría ni a la caída ni a la falta de agua. Pero lo hice y ahora es en la superficie donde no sé cómo continuar con vida. Así que busco el tobogán hasta el centro de la Tierra y me deslizo por él sin ningún tipo de freno. La fricción provoca llamas que no sé ni puedo apagar. Así que ardo, pero no me consumo. Soy un Ave Fénix que se regenera antes de convertirse en cenizas, un Lázaro que se levanta y anda, sin que la muerte abrace con obstinación su cuerpo; carne ignífuga, alma volcánica. Me sumerjo en el río de lava de mis palabras, primas hermanas de las suyas, pero más candentes y sin una mota de color. Este mundo metálico en el que vivimos se funde poco a poco a cada verso que vomito. Al principio me daba pavor. Ahora sólo me asustan los reptiles de aliento helado. Pienso en Lorca, alucinando en y con Nueva York; pero es Bowie el que me despierta, conminándome a avanzar a tientas y a construir puentes que unan planetas de galaxias antitéticas. No sé cómo hacerlo y, aun así, lo hago. El hombre de la voz de caverna de dragón no canta a David, sino a Dylan y eso me enerva casi tanto como que Bob se crea poeta. Continúo cavando el hoyo de la tumba de mi ego, aunque aún no haya sido capaz de degollarlo, aunque no tenga ni idea de cómo desprenderlo de mis actos más autocomplacientes. Horado la tierra, sin pala, con mis propias manos. Araño, escarbo, remuevo. Dejo que aflore el pus y, después, reviento el grano. Salpico el espejo y no me molesto en limpiarlo. Hay metáforas tan evidentes que su huella permanece, aunque las borres. Meto el dedo en la cicatriz de su costado. Reconozco su origen divino, su latido eterno, su humano sentido. Lloro por todo lo que no ha sido, pero que acontecerá en un futuro; porque hay trenes que se empeñan en pasar una y mil veces, que nos arrollan por más que tratemos de evitar su estela, que descarrilan el pulso de nuestros planes, hasta que aceptemos la vía del destino que fue trazado para nosotros. No quiero todo esto, pero dejo que me viole hasta que desaparece toda resistencia por mi parte. Y, entonces, me sumerjo en la ciénaga, anego de barro mis pulmones y de mierda mis labios y construyo cadalsos en los que ajusticiar las pocas certezas que me quedan. Porque a la Verdad sólo se llega a través de las dudas, por más que traten de convencernos de que creer es algo bien distinto. Cristo habría resucitado antes si no nos hubiéramos empeñado en descenderlo de la cruz.

sábado, 16 de mayo de 2026

Dos casillas en dirección vertical u horizontal y luego una casilla en ángulo recto

¿Cuántas vidas he perdido tratando de encontrarme? ¿Cuántas noches he quemado sin terminar de arder del todo? La vida era una trampa y yo el ingenuo ratón convencido de poder llevarse el queso sin perecer en el intento. Sueño contigo, aunque no lo recuerde, que es tanto como decir que riges toda mi existencia sin ser yo consciente de ello. Trato sin éxito de volver a colisionar contigo, pero siempre he sido víctima y no actora de las derivas de los astros y ésta no es la excepción que confirma la regla. Todo parece hundirse a mi alrededor y, por primera vez, no me siento culpable de continuar a flote (también es cierto que hay una gran parte de mí que siempre ha estado bajo el agua). Me abrazo a la mentira, a la lenta y cenicienta esperanza de que todo saldrá bien (¿qué es "bien" al fin y al cabo?); aunque sepa que no será así, pero ¿qué sería del mundo si todos creyeran que la ciencia ficción es más ficción que ciencia? Creo que él me intuye, aunque no me vea; al contrario que tú, que me ves sin intuirme. Vuelvo al instante en que toda yo temblé en contacto con tu aliento y supe que el desastre había sido engendrado mucho antes de que ambos encarnáramos estos cuerpos. Puedo negarlo ante el mundo, pero nunca he sabido cómo mentirme de manera convincente. Y, aun así, no es eso lo que más me inquieta, sino la punzante sospecha de que tú te diste cuenta mucho antes de que la verdad me explotara en la cara. No, nunca he sabido mover las piezas del tablero de mi vida. Gracias a Dios, no soy yo la que está jugando la partida.

viernes, 1 de mayo de 2026

Vómitos lunáticos (II)

¿Quién soy yo? ¿Quién eres tú? ¿Qué hemos venido a hacer aquí? ¿Por qué no sé cómo avanzar, ni hacia dónde, ni para qué? ¿Quién hay detrás de mí, sosteniendo mis pasos, susurrando verdades, todo esto que me quema y que me salva, sin ser completamente consciente del desastre? ¿Cómo enfrentar la pena? ¿Cómo evitar el dolor? ¿Cómo abrir la jaula y ser luego capaz de volar lejos, sin echar de menos la prisión? ¿Cómo ser yo si no sé quién soy? ¿Cómo ser tú, si aún no me he cruzado contigo? O, tal vez, sí. El deseo es una trampa y, al mismo tiempo, luz que guía fuera de las tinieblas. Hacer lo que hay que hacer. Pase lo que pase, ocurra lo que ocurra, pese a quien pese. Volver a hacer la maleta y coger un tren prohibido. Confiar en que nadie me llevará al calabozo y saber que, si ocurre, es porque tenía que ocurrir. Dormir en un sillón, oyendo la gota que cae, sin saber si mi enfermo sobrevivirá y odiando al enfermo de al lado. Yo no debería estar aquí; pero, si estoy, es porque sí debería estar, en realidad. ¡Qué compleja es la puta vida y, al mismo tiempo, qué jodidamente sencilla!

jueves, 23 de abril de 2026

Nocturno (X)

Sueño contigo, incluso aunque me duerma pensando en otro. Me miras, ufano, sabiéndome tuya, aunque los demás lo ignoren. Yo tampoco era consciente hasta ese fatídico abrazo (el tiempo sólo se detiene en honor a la reunión de dos pedazos de la misma Alma). ¿Qué he hecho desde entonces? Nada y Todo, al mismo tiempo. Rezar para que Todo pase, sabiendo que Nada lo hará. Trato de ahogarme en otros ojos más transparentes que los tuyos, pero se trata de un mar oleoso, que me repele al intentar sumergirme en él; justo al contrario de lo que me ocurre con la arena movediza de tu mirada, que me engulle hasta el centro de tu pecho y me ancla al punto más profundo de tu tórax. Vivo allí, incluso cuando, aparentemente, estoy en otro sitio. Yo ya no soy yo, sino una parte de ti, que fantasea con ser amputada, sabiendo que ni la espada más afilada podría separar mi aliento de tu viento. Me siento idiota. ¿Cómo he podido tardar tanto en entender algo que tú comprendiste a la velocidad del rayo? Debería ser al revés. Yo soy la que se supone que intuye, pero contigo he estado ciega hasta que el elefante creció tanto que no dejó ni un milímetro de habitación sin ocupar. Te ríes. No sé si ante mi ignorancia o si por la rabia que aprieta mis mandíbulas. Supongo que todas esas conversaciones no eran tan triviales como a mí me habría gustado, como yo las forzaba a ser. Tenían intención a la par que dirección. Y, sin darme cuenta, bailé al ritmo que tú marcabas. Yo, titiritera experta, convertida en mera marioneta de tu divina voluntad. No, no tendría que soñar contigo, pero lo hago y cada noche es más difícil no confundir mi deseo con el tuyo.

sábado, 18 de abril de 2026

Vómitos lunáticos (I)

No sé quién soy. No sé quién quiero ser. ¿Te quiero a ti o sólo quiero a alguien que me quiera? He vuelto a atisbar el pecado que nunca me atreveré a cometer y, sin embargo, por primera vez, me he creído capaz de cometerlo en un futuro. Por muy jodido que sea. Pienso en ti todo el tiempo y no lo sabe nadie. A veces, ni siquiera yo misma. Esto no es una metáfora. Tampoco un plagio. Es sólo una de tantas verdades posibles. ¿Quién es Dios? ¿Quién soy yo? ¿Quién eres tú cuando nadie te mira, ni siquiera yo? No sé qué quiero decir. No sé a dónde quiero llegar. No sé cómo fagocitar mi ego y dejar que salga todo lo que soy cuando no soy. Nada de esto tiene sentido, pero he de aprender a monetizarlo. No por mí, sino para poder seguir haciendo, para dinamitar todas y cada una de las excusas del miedo. Aprender a ser sin que me importe lo que los demás esperan que sea. Anteponer mi verdad a la suya. Ser, dejar de ser y volver a ser. Eso es todo lo que espero y, aun así, he vuelto a posponer el sueño (en todos los sentidos). Sé tú por mí y luego despiértame sin que me encuentre.

jueves, 9 de abril de 2026

Apocalipsis (X)

Me acuesto, sabiendo que es posible que el mundo vuele por los aires mientras duermo. No sería la primera vez, pero sí la única ocasión en que soy consciente de ello y no me importa. Entendedme bien. No quiero que suceda, pero sé que si ocurre es porque tenía que pasar. Es algo parecido a ese cerrar los ojos sabiendo que es posible que no vuelvas a abrirlos nunca y, aun así, cerrarlos. Sí. No somos muchos los que hemos atravesado ese trance. Y, a pesar de ello, rendirse a eso no es tan complicado como capitular con lo otro. Rezas. Le pides a Dios que aparte de ti este cáliz, que no se haga Su voluntad, sino la tuya; pero sabes que no te hará caso, que serás tú quien acabe doblando el espinazo ante su omnipotente y omnisciente planificación de tu existencia. Oras, aunque no sirva de nada, sólo para justificarte ante ti misma (hice todo lo que pude y alguna cosa más; pero no es cierto, siempre hay un judío más al que podrías haber salvado o, al menos, eso es lo que Spielberg cree que pensó Schindler). Duermo, con la conciencia tranquila de quien ignora la Verdad; pero, en realidad, la conozco de memoria, aunque finja lo contrario. Y sueño, con un mundo que no está en peligro ni cuajado de heridas, un lugar tan parecido al cielo que me aterra. Sí, soy adicta a este samsara, a la imperfecta forma en que me amas, a mis miedos y deseos más ocultos, a las palabras que predicen y desvelan, pero, sobre todo, al dolor que provoca cada dentellada de la Vida. Despierto, sin saber qué es lo que me espera. Me aferro a esa incertidumbre. Es reconfortantemente hermosa, pero no tanto como para quedarme en ella para siempre.

martes, 24 de febrero de 2026

Salinger desencadenado

Dividía el mundo entre quienes amaban a Salinger y los que no, que es tanto como distinguir entre quienes están o han estado alguna vez al borde del abismo y quienes nunca han rozado el filo de la Nada. Ella se había sumergido en la negrura del vacío, no una, sino mil veces, pero siempre volvía indemne. Le caía bien a Dios. Probablemente, porque creía en Él a través de las dudas, a pesar de los espejismos generados por los androides, sorda a los ateísmos de los ciegos incapaces de vislumbrar los millones de milagros que acontecen cada día. Sí, ella creía a su pesar, porque sabía la suficiente estadística como para darse cuenta de que hay designios que es imposible que sean fruto del azar. O, puede que no, que a Dios no le cayera bien, que simplemente le resultara útil la forma en la que ella tocaba el fuego sin llegar a quemarse del todo. Explícamelo. ¿Cómo se puede sobrevivir al desembarco de Normandía y a la liberación de Dachau y no volverte completamente loco? Pero ella ha presenciado otros horrores. Algunos, con sus propios ojos. Otros, de esa manera que no alcanza a explicarse ni a sí misma. La cordura está sobrevalorada. No te acerca a la Verdad. Es otra ilusión más que nos mantiene necios; una mesa pulida, sin astillas que hiendan la carne para despertarnos del sueño y devolvernos al Camino. Ella lo sabe. La necesidad del dolor más allá del grito. La omnipotencia de la pena. La claridad que otorga entrecerrar los ojos mientras gira descontrolado el tiovivo. No, no quiere salvarse y, por eso, siempre lo consigue; porque la Vida ayuda a quienes aman a los demás, aunque se odien a sí mismos; a quienes parten directos al epicentro del Desastre, sin volver la vista atrás, sólo porque Algo dentro de ellos les dice que han de hacer lo que han de hacer; a quienes saben que nada depende de nosotros, salvo la forma en la que afrontamos lo desconocido. Ella lo hacía con miedo. Luego, con resignación. ¿Y ahora? Ahora intuye todo lo que viene, todo aquello que no quiere, pero que le fue destinado desde antes de que naciera y llora ante la belleza del tapiz tejido por las Parcas.

sábado, 24 de enero de 2026

El día de la Inmaculada Concepción

No entiendo por qué ocurrió entonces, ni cómo pudo la luz abrirse paso en un sitio tan oscuro. El miedo había regresado unas semanas antes. Tiraba de mí en direcciones contrarias, amenazando con descoyuntar mis huesos más obtusos. Yo lloraba sin derramar lágrimas, que es la más letal forma de llorar. Dudaba de todo, sin permitir que mi cuerpo temblara. Una parte de mí quería convertirse en polvo y la otra aniquilar con saña a los demás. Fantaseaba con escapatorias que no me atrevía a tomar, carreteras secundarias cuya soledad me atenazaba las tripas. Hacía frío o, tal vez, sólo lo sentía. Olía a cerveza rancia y a gente más perdida aún que yo. Él jamás habría estado allí, ni siquiera, aunque, años antes, no le hubiera espantado de mi lado. Puede que por eso lo hiciera, porque siempre supe que no podría acompañarme a los infiernos. Fue una certeza incómoda, una seguridad invadiendo los pliegues de la carne hasta conquistar cada milímetro de piel: iba a hacerlo, no sabía cómo, pero lo haría. Fue después y no antes cuando vi el brazo de aquella chica. Sus cicatrices, al contrario de las mías, eran tan visibles que abrasaban los ojos de cualquier testigo. ¿Cuál era su historia? ¿Por qué yo nunca había optado por rasgarme en sentido literal, sino por envenenarme tan lentamente que siempre acababa curándome antes de terminar de exhalar mi último aliento? De repente me vi bailando como lo hacía cuando el mundo se hundía y yo era libre, como sólo lo son los desahuciados. Yo, bailando, y tú, mirando. Yo, refugiada dentro de un minúsculo vestido de lentejuelas negras, serpiente refulgente que no necesita tentar para que todos pequen. Todos menos tú, que sólo obedeces los naturales dictados del Universo. Tu mano sosteniendo la mía, impidiéndome escapar de mi destino. Tu brazo circundando mi cintura, recordándome que te pertenezco de la misma manera en que María siempre fue de Dios. Espera, yo también llevo mi vida dibujada en mi antebrazo y tu futuro incrustado en mis retinas, sin que ningún Arcángel se haya atrevido aún a anunciar nuestro Gran Desastre, ése que esbozamos aquella mañana aparentemente intrascendente y que rubricaremos una noche que nunca revelaremos a nadie. ¿No es hermoso que, muy de vez en cuando, Júpiter logre eclipsar a la Luna y Saturno no sea capaz de contener ciertos torrentes?

lunes, 5 de enero de 2026

La sangre

La sangre como forma de vida, latido sabio, guía certera. La sangre como río que conecta lo que es con lo que debería ser, sembrando su cauce de cadáveres ingenuos, arrasando con todo lo que se interponga en su camino. La sangre tóxica y la sangre intoxicada, ebria de dudas, tambaleante vagabunda de los callejones más oscuros de la noche. La sangre periódica, manchada con la sangre de los hijos que no fueron (en parte, porque no podían ser; pero, también y, sobre todo, porque no querías que fueran). La sangre culpable, contrita, plena de efímeros propósitos de enmienda, incapaz de derramarse en sacrificio hasta que Dios no detiene la mano de Abraham. La sangre libre, que mana sin mesura, el alma abierta en canal, el cuerpo que no entiende, pero que se entrega, porque sabe que es necesario pagar la deuda que nos trajo al mundo antes de que este mundo decida cobrarse la deuda por su cuenta. Mi sangre extraña, tan rara como yo misma, desafiando las estadísticas que encarcelan nuestros actos en el redil de lo políticamente correcto. Mi sangre, tan hereje como pía, encharcando el suelo del matadero por negarse a seguir las directrices de los dueños de la granja. Mi sangre palpitando bajo las suelas de tus botas, corroyendo tus certezas, infectándote de ideas-dinamita que no sabes cómo abatir. Mi sangre mutante, convirtiendo en obsidiana todo lo que toca, conduciéndote al Infierno como único umbral posible para acceder al Paraíso. Mi sangre atragantando a los vampiros y amamantando a los recién nacidos. Tu sangre goteando lentamente de mis colmillos. ¿Víctima o verdugo? Todo depende del momento y del prisma que enfoque la escena. La luz de la sangre y la sangre de la luz. No hay más verdad que ésa.

viernes, 26 de diciembre de 2025

Tormentas (VIII)

Éramos el viento y la lluvia, escaras infectas en la piel de los acantilados de Moher, el grito del alba al desprenderse de la noche, el umbrío quejido de todos los orgasmos que no se pueden retener. Las sombras que alumbran nuestro camino yacen inertes a los pies de la aurora. Mírame. Ésta soy yo, sin trampa ni cartón, sin máscara que parapete mis monstruos, ni velo que difumine las aristas de mi alma. Mírame bien. Abrázame. A mí y a todos mis demonios. Fóllame entera y, luego, regurgítame en la próxima tormenta que arrase los cimientos de este mundo cada vez más esquivo. Azota mis creencias más firmes. Recompón después todas mis dudas. Empújame al abismo, pero sírveme también de red. Soy todo aquello que no imaginas y tú el confín de todos mis miedos.

sábado, 20 de diciembre de 2025

Orfeo sin mácula

De todos los hombres que me han querido, sólo uno ha sido capaz de bajar a mis infiernos y regresar indemne a la superficie.

viernes, 19 de diciembre de 2025

El mago

Agitas las manos, removiendo todo aquello que me traba, convocando las fuerzas ancestrales que dominan mi existencia, prometiéndome milagros que realmente no están a nuestro alcance. Y, sin entender por qué, te creo. Como confían los fieles en sus dioses, los fanáticos en sus ídolos o los idiotas en los políticos. Soy todo eso y mucho más; pero sólo contigo, hipnótica estrella polar que ordena mis pasos, director de orquesta que mece el ritmo de mi torrente sanguíneo, zahorí que descubre y drena la fuente de todos mis miedos. Recitas palabras que ningún idioma se ha atrevido aún a incluir y yo las repito contigo, estúpida acólita sin más credo que el vaivén de tu deseo. Sonríes, satisfecho de los efectos del conjuro; porque, en contra de lo que pudiera parecer, tu único propósito era someterme a cada pálpito de tu intermitente voluntad.

martes, 21 de octubre de 2025

La locura

Todo está pasando, pero no nos damos cuenta. Somos víctimas de los caprichos celestes, títeres de las travesuras de los dioses, fruto de la ironía del Universo. Mi cuerpo responde a tu cuerpo porque alguien anterior a nosotros lo programó para que así lo hiciera. Tus labios susurran mi nombre porque alguien superior a nosotros les dicta lo que deben decir. El libre albedrío no es tan libre como lo venden. Hay compulsiones de las que no podemos escapar sin perder la poca cordura que nos queda. Trato de alejarme y tú intentas no acercarte, pero nuestra errónea voluntad sólo tensa la carne, provocando disonancias cognitivas que no sabemos cómo superar. No. Ni tú ni yo escogimos todo Esto, sino que fue todo Esto quien nos eligió a nosotros y, cuanto más tratemos de escaparnos, con más ahínco se ceñirá la soga a nuestro cuello.

martes, 2 de septiembre de 2025

THE END

¿Cómo acaban las películas que no acaban? ¿"Mañana" fue realmente "otro día" para Escarlata o sólo una baldosa más en su camino hacia el abismo? ¿Qué hizo Charlton Heston después de descubrir que no había viajado en el espacio, sino en el tiempo? ¿Dejó de girar la peonza de Cobb en algún momento? Trato de adivinar la respuesta a estos interrogantes, de convencerme de que ocurrió lo que me habría gustado que pasara, en lugar de lo que intuyo que sucedió; pero no logro confundir la realidad con la ilusión. Es lo malo de las buenas películas: cierran la puerta al autoengaño. Por eso soy incapaz de creer que, algún día, volverás. 

Me miro en el espejo. A falta de tierra roja de Tara, cojo un puñado de polvos de talco y juro "A Dios pongo por testigo, que jamás volveré a pasar hambre". Acto seguido, rugen mis tripas. "Isn't it ironic?", que diría Alanis Morissette, aunque el hambre de la que hablo no sea un hambre física, como la de Escarlata, ni tú seas Clark Gable, ni yo me asemeje a Vivien Leigh. 

Sacudo el blanco de mis manos y me meto en la ducha, pero no hay lugar al que huir cuando tú eres el causante de tu propia destrucción, cuando fue tu dedo el que pulsó el botón que liberó la bomba atómica, cuando la puta Estatua de la Libertad te acusa gravemente con su antorcha. Sí, yo te dejé ir o, más bien, forcé tu marcha con esa sarta de mentiras con la que tanto me costó hacerte comulgar. ¿Y ahora? ¿Cómo te convenzo de todo lo contrario? ¿Cómo coño te confronto con la verdad? 

Salgo de la ducha y suena el teléfono. Por inverosímil que parezca es tu nombre el que ilumina la vibrante pantalla. 

- ¿Sí? 

- Hola. ¿Cómo estás? Necesito verte. 

El tiempo se detiene, exactamente igual que ocurre en las películas, mientras mi pulso desbocado martillea mis sienes desde dentro (no puede ser cierto, es imposible que esto esté pasando, debo estar soñando). 

- Sí, claro, cuando quieras. 

- ¿Comemos a las 14:30 h en la cafetería de debajo de tu oficina? 

- Perfecto. Tenemos una cita. Bueno, una cita no, no quería decir eso. Tú ya me entiendes… 

- Sí, yo ya te entiendo, siempre te he entendido y siempre te entenderé – tintinean tus palabras sonrientes al otro lado de la línea. 

Las horas transcurren lentas, el trabajo pesa más que nunca y yo sólo puedo concentrarme en esta cuenta atrás que nunca termina, pero que, finalmente, concluye. Y aquí estamos tú y yo, de nuevo frente a frente, sin entender qué nos ocurre, pero sintiendo todo el amor que una vez tratamos de negarnos. 

- ¿Cómo estás? 

- Bien. ¿Y tú? 

- Bien. Imagino que te preguntarás por qué te he llamado… 

- No me importa realmente. No te haces idea de lo mucho que te he echado de menos… 

- Nunca debí dejar que me expulsaras de tu lado. 

- Ni yo mentirte para que te fueras. 

- Tenía miedo de que lo nuestro se convirtiera en algo demasiado serio, algo de lo que no pudiera escapar nunca; pero supongo que debería haber huido antes, porque, por más que lo intento, no consigo despegarme de tu recuerdo… 

- ¡Dios! ¡Es justo lo que me pasa a mí! ¡Es como si verbalizaras exactamente lo que yo siento!

Exactamente lo que yo siento… Como si verbalizaras… Por más que lo intento, no consigo despegarme de tu recuerdo… 

Miro a mi alrededor y todo parece tan real, tan jodidamente perfecto, que no necesito ninguna peonza para saber que esto es un sueño. Y vivieron felices para siempre jamás. Fundido en negro. Un enorme THE END invade la pantalla. Pero la vida es siempre la mejor de todas las películas y, como toda buena película, nunca acaba, ni siquiera cuando parece que lo hace. Mañana o pasado o dentro de varios años será otro día, un día en el que Escarlata recuperará a Rhett y los humanos volverán a dominar la Tierra y, si no es así, puede que sea porque la peonza sigue dando vueltas y no somos capaces de despertar de la pesadilla.

lunes, 25 de agosto de 2025

La vida fácil

El drama sigue ahí. Esa visión nocturna que distingue nítidas formas donde la mayoría sólo ve sombras. La certeza de la inminencia del desastre. El aullido del lobo que precede a la primera trompeta que anuncia el apocalipsis. Y, sin embargo, ya no hay angustia. Sólo fe en que lo que tenga que ser será y será, además, mucho mejor que todo aquello que podría haber sido. Camino descalza, sin miedo a herirme o a ensuciarme los pies. Todo es tan fácil ahora que he soltado las riendas... Y, sin embargo, sigue habiendo una voluntad que ordena, sólo que ya no finjo que sea mía. Escucho el susurro que se esconde tras cada esquina que aún no he torcido y obedezco a lo que prescribe, porque sé que cuando no sigo sus órdenes algo importante se quiebra en el tapiz de mi existencia. Estas palabras, por ejemplo, no son mías ni fruto del alcohol que intoxica mis venas. Son Suyas y del viento que enreda mi pelo las noches de luna llena. Ya no resisto sus embates. Necesito cerrar heridas, dejar que fluya la vida y permitir que una parte de mí muera cada día para resucitar al día siguiente de mis cenizas. ¿Lo oyes? No hay peor sordo que el que sólo atiende a lo que perciben sus oídos.

sábado, 5 de julio de 2025

Panoramic 34

No voy a mentirte. Odio y amo la vida. Esa puta forma en la que el Universo siempre nos trae aquello que necesitamos, aunque mucho diste de lo que queremos. No, nunca me ha caído bien Dios y, sin embargo, le estoy tan eternamente agradecida... Ese gran hijo de puta que me empuja siempre al borde del precipicio, sólo para acabar dándome la mano un segundo antes de despeñarme en el vacío. ¿Se puede ser más sádico? ¿También más jodidamente compasivo? Hoy he visto una gaviota planeando entre la nada y la bóveda celeste. Había tanta poesía en su inconsciente confianza en el todopoderoso que no hace nada... Querría ser como ella. Dejarme ir. Como todas esas veces en que me he rendido a la omnisciencia de mi destino y todo ha ido mucho mejor que cuando me he resistido a los designios que el Universo había planeado para mí. Mírame. Estoy aquí. A 34 plantas sobre el suelo. Negando la existencia de una inteligencia superior a mi ego, alguien que sabe y entiende lo que yo sólo intuyo, que tengo una vida que no me merezco, personas de oro que acolchan mi duelo, rayos de sol que penetran mis ojos hasta incendiar la última célula de mi cuerpo a la deriva. No creo en la sociedad de las relaciones líquidas, pero es tanto lo que la tecnología ha aportado a mi vida... Esa distancia física diluida en mensajes certeros, almas afines que siempre consiguen encontrar el camino que conduce a mi centro de gravedad. Mujeres, que tan pronto regalan mar como nieve. Hombres, que proporcionan vino cuando tu mundo se hunde y que leen los libros que yacen desnudos en la mesilla de noche de tu dormitorio sombrío. No, no sé qué he hecho para merecer todo esto, ni cómo podré devolver el crédito. Os miro y sé que siempre estaréis ahí cuando el suelo desaparezca bajo mis pies. Vuestra sempiterna presencia es mi súper poder. Pero nadie se da cuenta. Vosotros sois lo único extraordinario que hay en mí, la palanca capaz de movilizar mil millones de galaxias, el principio y el final de todo lo que importa. Me dejo llevar. Por el impulso que me incitó a madrugar para colisionar contigo; por la fuerza centrípeta que me ancló a ti cuando mi mente sólo quería alejarse de tu ambigua forma de abrazarme; por la compasión que me incitó a transgredir la frialdad del país que alumbró la riqueza de tu aura sin mácula. Mírame. Aquí estoy. Otra vez transida de sentido, sin saber qué coño estoy diciendo. ¿Soy el continente o el contenido? O, quizá, sólo el lento parpadeo de todos tus sentidos...