domingo, 26 de agosto de 2012

Imposibilidades (III)

Deja que me desmaye, que me desvanezca sobre tus manos. Construye un cuenco con tus palmas. Llénalo de agua. Deja que flote si soy una bruja o que me hunda y ahogue si no lo soy. Da igual que no esté atada a ninguna piedra. Ni siquiera las meigas son capaces de desafiar las leyes de la física.

jueves, 23 de agosto de 2012

El contestador

Tu número tintinea en la luz de mi contestador. No dejaste ningún mensaje, pero debería devolverte la llamada, aclarar mi voz y ofrecerte mis palabras más sonrientes y despreocupadas. Si fuera capaz, lo haría, te escupiría a la cara que no me importas nada, que tu nombre no tiene ningún efecto sobre mis tripas, que tu respiración al otro lado del hilo telefónico no me eriza la piel, que no eres nadie y que, por tanto, no tienes ningún poder sobre mí. Estaría bien ser capaz de hacerlo, pero no lo soy. Nunca se me dio bien mentir. Por eso contemplo cómo tu número tintinea en la luz de mi contestador, mientras me pregunto cuánto tiempo permanecerá ahí, cuántos días transcurrirán antes de que se borre de la memoria del maléfico aparato. Suena el teléfono. No puedo cogerlo y, aún así, descuelgo.

martes, 21 de agosto de 2012

Tabaco (I)

Te busqué en cada cajetilla de Marlboro que encontré tirada en la calle, abandonadas, arrugadas, aplastadas, pisoteadas. Ninguna era tuya. Ninguna conservaba tu olor.

Tres meses después volvimos a vernos. Mientras hablábamos, sacaste una cajetilla casi vacía de Fortuna.

- ¿Has cambiado de marca de tabaco?

- No, siempre he fumado Fortuna.

Buscar a la persona correcta en los desechos equivocados. No era la primera vez que lo hacía. Sabía que no sería la última.

sábado, 18 de agosto de 2012

Un pecho

Un pecho se escapa de tu sujetador, baila el limbo por debajo de uno de sus aros y sale al exterior. Otea el horizonte, buscando la única mano que sabe cómo enmarcarlo, el único taxidermista que sabe cómo disecarlo, los únicos descendientes de los dedos de Walt Disney que aún saben cómo animar un dibujo sin la ayuda de un ordenador. Pero ya no están. Se disolvieron en la acetona que trataba de limpiar los restos de la pintura Titanlux con la que camuflaste de verde esperanza tu desesperanza más negra. Intacto, el pecho vuelve a su sitio, se entierra bajo el sudario de una copa B de Intima Cherry. No volverá a salir. No volverá a respirar. No volverá a sentir. No le importa. No hay tanta diferencia entre vivir y morir.

jueves, 16 de agosto de 2012

Desequilibrios (I)

Ya no hago equilibrismos en el alambre de tu columna vertebral. La bomba explotó demasiado cerca de mi oído. Me reventó el tímpano y ahora es el vértigo el que domina mis titubeantes pasos, alejándome de los precipicios que me acechan a cada costado de tu espalda. Sólo si allanas las cordilleras de tus sueños seré capaz de volver a caminar por el valle de tu ombligo. Sólo si bajas a la tierra, podré despegar contigo.

miércoles, 15 de agosto de 2012

El ring

Me duelen los pies de no correr detrás de lo único que merecía la pena retener. No me moví. Me limité a contemplar el fin. Tú, besando la lona del ring. Yo, aplaudiendo tu caída del modo más vil. No te ayudé, no te besé, no te consolé, ni te abracé. Crucé los dedos para no volverte a ver, para que murieras allí, golpeado y sangrante, junto a mis pies enfundados en tacones ambulantes. Y tú, humillado y vencido, permaneciste ahí, ni vivo ni muerto, sólo herido y cansado, yacente sobre un costado, tendiendo la mano en vano. Escupí a tus heridas y tú te arrastraste de rodillas, alejando tus machacados huesos de la punta de mis dedos. No me moví. Me limité a contemplar el fin. Y ahora que tres buitres planean sobre mí me pregunto si soy yo la que está a punto de morir.

martes, 7 de agosto de 2012

El hundimiento (III)

Bailemos. Juguemos. Cantemos. Finjamos que no viajamos en un Titanic que se hunde. Riamos por fuera, aunque lloremos por dentro. Pero ten cuidado. Los payasos llevan flores que arrojan agua a la cara de los espectadores. Puede que algún día no haya agua con la que llenar la flor y sea un ácido corrosivo el que salpique tus despreocupados ojos burgueses, absortos en la contemplación de este circo que hace tiempo que dejó de ser el mayor espectáculo del mundo.

martes, 31 de julio de 2012

Septiembre ausente

A diferencia de lo que ocurría en la canción de Los Piratas, te eché de menos en septiembre. Las hojas caían y el recuerdo no desaparecía. Puede que el verano no hubiera merecido la pena. Demasiado sol, demasiada agua, demasiados minutos en los que no hacer nada. Se me derritieron la mayor parte de las neuronas, se me ahogó casi toda la razón, llené el vacío de las horas muertas abriendo demasiadas puertas. Pero todo se acaba. También las vacaciones a la orilla del mar y, enraizada tierra adentro, traté de ahuyentar las nubes, intenté que afloraran los ríos subterráneos, me esforcé por detener el tiempo. Pero las hojas seguían cayendo. Poco a poco comencé a aceptar mi derrota. Me senté en el suelo y contemplé su lento fallecimiento. Te eché de menos en septiembre, de una forma que Iván Ferreiro nunca comprendería, como si esto no hubiera terminado, aparentemente ausente e indolente, realmente hiperpresente e insoportablemente doliente, cual hoja muerta machacada bajo la suela de unas botas con tachuelas. Las hojas caían, no se detenían, fallecían, desaparecían, a diferencia del recuerdo de aquellos días que tanto dolían.

lunes, 30 de julio de 2012

Cadáveres (II)

No es cierto. No quería morir de sed en el desierto, pero no podía beber el barro de tus botas, ahogarme en tu saliva, sumergirme en tu mirada lasciva, convertirme en una suicida, sin posibilidad de huida, metamorfosearme en una yonqui de sonrisa torcida, en una vagabunda que duerme en las esquinas y sueña con ser enterrada entre bolas de naftalina. No, no sucumbiré a la llamada de tus dedos, ni al hipnótico movimiento de tus labios, pronunciando palabras de tres rombos separadas por puntos suspensivos en cursiva. Yo, que nací de tu costilla izquierda, no volveré a introducirme en tu costado. Me emanciparé de la esclavitud que me desvela, apagaré el pábilo que ilumina mi entrepierna y, a oscuras y en silencio, observaré la lenta deshidratación de mis órganos vitales hasta que, convertida en momia desecada, puedas soplar sobre mi cadáver, esparcir al viento mis cenizas y buscarme luego entre los ecos de esta tarde, que tan pronto se contrae como se expande.

domingo, 29 de julio de 2012

El hundimiento (II)

No sé cómo lo hacen, por qué la gente camina como si nada pasara, como si el mundo no se acabara, como si el suelo no se hundiera, como si sus vidas no se destruyeran. Tal vez sólo yo me ahogo en arenas movedizas, tal vez sólo a mí se me traga la tierra.