sábado, 18 de julio de 2015

La cárcel

Los cordones de tus zapatos ahorcan mis ganas de salir corriendo, de poner tierra de por medio, de caminar sobre océanos de hielo y explorar tierras de fuego. Me quedo contigo y bailamos valses desdentados sobre sierras despuntadas, esquivando cuchillos escupidos por faquires bulímicos e imberbes. Sellas mis ojos con besos lubricados con la sangre de tus labios agrietados. Los pecados que atascan tus arterias me susurran atenuantes que ningún jurado celestial tendrá en cuenta. Huelo tu voz, crujiendo entre los muelles de mi colchón, encendiendo barricadas en el patio de la prisión. Saboreo el humo de sus convencionalismos homicidas reducidos a cenizas. Palpo el algodón de las ideas dormidas entre las nubes, esperando a que un soñador las despierte y las haga descender hasta la tierra. Por más que intenten solidificar nuestros misterios, tú y yo somos etéreos y nuestros sueños desbocados surfearán sin miedo sobre la próxima ola de viento huracanado. El infinito es sólo un ocho acostado sobre el suelo de arena de un castillo que será devorado por la marea.

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