jueves, 21 de febrero de 2019

904 puestas de sol

Era un atardecer perfecto, la puesta de sol idónea para la persona más triste del universo, un final adecuado para todo aquello que nunca nos atrevimos a empezar. Era un sol ambivalente, misericordioso a la par que cruel, hirientemente hermoso a la vez que reconfortantemente deprimente. Era un ocaso envejecido, construido sobre mil ocasos precedentes, un crisol de colores antediluvianos, un lienzo fauvista, una orgía cromática, un cielo tan enfurecido como avergonzado, el atardecer perfecto, pero eso ya lo he dicho al comienzo de estas líneas, aunque quizá debería aclarar que yo era en ese momento la persona más triste del universo, no porque tuviera un verdadero motivo para ello, sino porque nunca supe poner fin al llanto con el que todos nos despedimos del útero materno. El día terminaba, el sol se derretía sobre el horizonte, mi corazón ardía y tú... Tú... Tú hacía tiempo que ya no compartías mis angustias. El taxista conducía como alma que lleva el diablo, yo sólo quería vomitar y el cielo era un alquimista puesto hasta las cejas de anfetas y alcohol. Me acordé de ti o, mejor dicho, de ti y de mí, de aquel otro taxi inundado de lluvia, de ese otro atardecer perfecto en el que nunca llegamos a vislumbrar el fallecimiento del astro rey. Haz que el mundo se detenga, que el tiempo gire en sentido inverso, que nuestras mentes callen y nuestras tripas hablen. Puede que el amor no triunfe, pero deberíamos dejar que, por una noche, nuestros cuerpos se tomen la revancha. Fenece la luz y yo continúo persiguiendo tu fantasma entre las tinieblas de una ciudad que nunca has habitado. ¿Cuándo volverán a colisionar nuestros insomnios?

miércoles, 20 de febrero de 2019

Desastres (V)

Algún día volveremos a coincidir en el espacio, pero nuestros tiempos jamás llegarán a sincronizarse.

martes, 12 de febrero de 2019

Maldito imbécil. Estúpida de mí

Es curioso, pero aún hay días en que creo que podríamos tener alguna posibilidad. Las imágenes cambian de repente, sólo por un instante, y lo que parecía que jamás podría ser se convierte, de pronto, no sólo en factible, sino en lógico y natural; porque lo ilógico y antinatural, más bien absurdo y aberrante, no es eso, sino lo de ahora, por más que tratemos de justificar nuestros errores. La lealtad hacia los demás empieza por uno mismo y tú y yo llevamos demasiado tiempo siendo infieles a nuestras tripas. Me culpo por dejarte marchar, sin darme cuenta de que el origen del desastre se remonta a varios meses antes (puede que 22, para ser más exactos). Creíamos que respetábamos unas barreras que no sólo no eran tales, sino que construimos no tanto para proteger a otros como para aniquilarnos a nosotros mismos. Despreciamos todos aquellos puntos de inflexión que nos brindaron la oportunidad de cambiar el rumbo marcado por nuestras brújulas desimantadas. Preferimos seguir la dirección trazada por una aguja que sabíamos totalmente equivocada, en lugar de tratar de guiarnos por la posición de las estrellas (tú, que sabías los nombres de todas las constelaciones de las que hablan en el Planetario; yo, que nunca he necesitado localizar a la Estrella Polar para saber dónde está mi Norte). Y nos decimos que es demasiado tarde, que ya no podemos hacer nada para cambiar sin destruir a otras personas. Y, sin embargo, basta un leve parpadeo para confundir nuestro abrazo primigenio con cualquiera de los abrazos que aún estaríamos a tiempo de darnos. Maldito imbécil. Estúpida de mí.

jueves, 7 de febrero de 2019

Ficciones (I)

Toda buena ficción se cimienta en una realidad inconfesable.