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domingo, 29 de diciembre de 2013

Heridas (XI)

El tiempo me dispara por la espalda y retroceden los minutos como consecuencia de la descarga. Volver atrás para evitar el error. Era justo lo que necesitaba. Pero, una vez en el pasado, soy incapaz de cambiar las cosas. Dejo que todo suceda igual, que nada cambie. Es mejor así. Si no puedo borrarte de mi mente, ¿por qué habría de extirpar aquella noche de mi vida? Disfruto sumergida de nuevo en el desastre. Contemplo con calma el cataclismo. Ni me molesto en tratar de tapar el agujero. El barco se hunde y yo con él. Aún así, no muero. Mis pulmones se convierten en branquias y mis piernas en cola de pez. ¿Son así las sirenas? No creo. Yo no canto como ellas. Yo callo y lloro unas lágrimas que sólo se distinguen del agua de mar que me rodea por una mayor concentración de sal. El mar flota sobre mis lágrimas y yo me agarro con fuerza al fondo para no salir a la superficie, pues en la superficie estás tú. Al llegar al presente veo la sangre. Tardo en entender que es mía y no de los náufragos que no sobreviven a los maremotos. Busco el orificio por el que se escapa y trato de taponarlo. Lo logro durante un par de segundos, hasta que comprendo que ahora yo soy el barco. Dejo que mi cuerpo, herido por el tiempo, se vacíe completamente. En los últimos instantes floto hasta la superficie. Hay un loco que otea con un catalejo el horizonte. Hace tiempo que olvidó qué es lo que buscaba. Han pasado demasiados años, pero sabe que cuando lo encuentre recordará lo que era. Una mujer exangüe con cola de pez. Un loco olvidadizo. Es un amor más imposible que nunca. Si el loco no fueras tú, el final me parecería poético. Estabas en lo cierto. Cuando ves lo que buscabas recuerdas de qué se trataba y enseguida te lanzas a por ello. Cuando lo haces, ya no me quedan fuerzas para recordarte que nunca aprendiste a nadar. Te asustaba demasiado el mar. Y ahora que no tienes miedo, a mí no me queda tiempo. Tu cuerpo hace el muerto junto a mi cadáver. Esperas que te devoren las gaviotas, pero se asustan al verte. Tu corazón no late como el de un moribundo. Tampoco como el de un cobarde. No hay dudas ni en tus sístoles ni en tus diástoles. El mar te acuna, mientras diluye mi sangre perdida. El agujero sigue abierto. Es fácil rellenar la herida.

jueves, 26 de diciembre de 2013

Hambre (III)

Poco a poco me alejo, no porque no os quiera, sino porque no soy como vosotros, que soñáis con joyas y pisos, con bodas y niños, con trabajos de sueldos millonarios y contratos blindados, que defendéis dogmas equivocados y atacáis a los más arriesgados, a los que se jugaron el todo por el todo y ganaron, a los que no son como vosotros, a mí, a ellos, también a ellos, a los únicos que entienden lo que pasa, a los que, sin matar a nadie, se salvan. Me miráis, como si yo fuera la culpable, como si en mis manos radicara el origen del hambre, de ese hambre que nunca ha carcomido vuestras entrañas, por mucho que haya horadado vuestro cerebro, porque no es hambre de comida, tampoco de sed ni de justicia, ni siquiera ese hambre que acalambra mi estómago y ahuyenta mi sueño. La vuestra es un hambre bien distinta, feroz, canina, dañina. Pero no lo veis, me hacéis creer que soy yo la que desequilibra la balanza, la que se alimenta sin producir nada. Es cierto. Soy yo quien rompe el equilibrio, yo como parte de esos otros ellos, también distintos, también ambiguos, también conspicuos. Nosotros, que gastamos el dinero que no nos llueve del cielo en palabras, imágenes e ideas, porque no queremos mancharnos las manos con la sangre que han derramado vuestras piedras. Nosotros, que no nos arrastramos sobre el vientre, porque lo que queremos es desgastar las suelas de nuestros zapatos hasta acabar ensuciando nuestros pies, quedando inmaculado nuestro orgullo. Nosotros, que no tenemos hombro por encima del que mirar a nadie ni escalera o podio que nos separe del resto de los mortales. Nosotros, que moriremos intentando restaurar el Paraíso, sin que nos importe no poder disfrutar del mismo, porque sabemos que esto no acaba con la muerte y, aunque así fuera, poco importa, pues sólo aquel que se acurruca en su propio ombligo es capaz de dormir plácidamente entre un mar de gritos y dolores ulcerantes, por muy ajenos que puedan ser. Así pues, disculpad mi alejamiento, pero los polos opuestos no siempre se atraen.

sábado, 21 de diciembre de 2013

Humo (II)

Me perdí en la espesura de una tarde negra y descuidada. Caminé en círculos entre sus hebras de azabache, tratando en vano de encontrar su principio o su final. No sirvió de nada. Me hundí en sus cimientos de alquitrán. Respiré el vapor de su húmedo petróleo. Escuché las oscuras premoniciones de los cuervos y supe que no había motivos para intentar serrar los barrotes de esta cárcel. Cuando me encontraste no era más que un arbusto momificado. Creías que al retirar las vendas me liberarías del sudario que me privaba de vida, pero tropezaste con un reproche clandestino ("¿Por qué tardaste tanto en rescatarme de las zarzas de esta hoguera?") y una súplica agonizante ("Como ya es tarde para despegarme de las llamas, deja que el fuego que llevo dentro termine de convertir mis esperanzas en cenizas"). Sin saber qué responder, te sentaste en el suelo y contemplaste en silencio el ascenso al cielo del humo de mis últimas palabras.

martes, 17 de diciembre de 2013

Tabaco (II)

Un camello cabalga sobre tu joroba de dromedario. Aunque no lo admitas, dirige tus pasos y fustiga tus flancos. La imposibilidad de la huida está escrita en tu mirada. Te entregas a su tiranía. Te rindes a su sádica dictadura. Falleces entre sus fauces. Te ahogas en un mar de aire. Juraría que ésta es sólo la última escena de una película que ya vi hace mucho tiempo atrás. Dos historias iguales con distinto final. Esta vez no te lograré salvar. Me siento a contemplar lo que no se puede evitar. La voz de la conciencia ríe sin parar. Mi sordera hereditaria no escucha el discurso del silencio. Huelo el humo de la hoguera en la que se consumen tus pulmones. Una parte de mí también se quema. Es el preludio del incendio que no nos atrevemos a prender. Esta noche sueño que nuestras almas arden en el infierno, pero cuando despierto sólo soy capaz de pensar que es poca la penitencia y mucho el placer derivado del pecado. Tu carga es menos pesada que las toneladas de adioses que quiebran mi espalda. La única ventaja de convertirme en serpiente es adquirir la capacidad de mudar de piel. El problema es que de ti no me podré desprender. Verte así. Verte allí. Blanco y azul. Desinfectante de veinte duros. Mascarilla de la II Guerra Mundial. No me contaminaré. No me contaminarás. La muerte sólo se contagia cuando deseas marchar.

miércoles, 4 de diciembre de 2013

Gaza y el País de las Maravillas

Vivo en la frontera de Gaza. Una constante sensación de peligro recorre mi espalda. El miedo a que, en tan sólo un instante, mi mundo vuele por los aires. El temor a perderlo todo, a que no quede nada, ni siquiera un puñado de residuos radiactivos. Vivo tratando de ignorar la precariedad del equilibrio que nos sostiene. Confío en que realmente haya alguien que no vemos, velando por nosotros, aunque sé que no es cierto, que nadie cuida a quienes no se cuidan a sí mismos. Por eso tiemblo. Por eso lloro cuando duermo. Gaza ya no es un lugar concreto sobre la Tierra, un territorio caliente perfectamente delimitado, el compendio de todas las guerras que no terminan, por muchos tratados que se firmen. Gaza es algo más. Gaza está en todas partes. Si tú no lo sientes, quizá seas quien pulsa el botón que dispara los misiles. También es posible que seas más convincente que yo misma y que hayas conseguido auto engañarte, convencerte de que son plumas las balas y truenos los estallidos de las bombas. Si es así, te envidio. Siempre he deseado vivir en el País de las Maravillas.

lunes, 2 de diciembre de 2013

Monstruos (III)

Le miras fijamente, no por ser quien es, sino por a quien te recuerda. Él se da cuenta y vuelve hacia la derecha esos ojos azules vilmente robados o plagiados (es difícil de determinar). Cambias de posición para enfrentarte a ellos, para poder estudiarlos con detenimiento.

Necesitas identificar el alma que nada en su celeste humedad, comprobar si también es idéntica a esa otra alma que te hizo daño, que te acuchilló sin ningún tipo de piedad, que te abandonó a tu suerte sin mirar atrás. No, no es la misma y, sin embargo, te recuerda a ella. Es demasiado parecida, una perfecta fotocopia del espíritu más cruel que jamás hayas conocido.

Pero no, no puede ser él. Es imposible. Y, sin embargo, lo parece. Por un momento, un minúsculo instante, acepta la batalla y traza una línea recta entre su pupila y tu pupila. Sí, no hay duda, es él y, sin embargo, no puede ser él.

- Un niño precioso.

- Muchas gracias.

- ¿Qué tiempo tiene?

- Tres meses recién cumplidos.

- Eso significa que nació el 5 de marzo.

- El 3 de marzo, para ser más exactos.

Los mismos ojos, el mismo cumpleaños. Las casualidades no existen. La reencarnación tampoco.

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Al llegar a casa no puede evitarlo. Descuelga el teléfono y marca el número.

- Hola Helge. Soy Ingrid.

- Hola Ingrid. Qué alegría oírte. ¿Qué tal todo?

- Bien, bien, muy bien. Perdona que te moleste, pero necesito preguntártelo. El Monstruo de Ojos Azules sigue pudriéndose en la cárcel, ¿no?

- ¿A qué viene esto ahora?

- Eso da igual. Contesta la pregunta.

- Le condenaron a cadena perpetua, ¿recuerdas?

- Sí, sí, pero ¿sigue vivo?

- Pues claro que sigue vivo.

- ¿Podrías confirmármelo?

- Sé que soy una de tus mejores amigas, pero hace tiempo que dejé de ser tu abogada. Me jubilé, ¿recuerdas?

- Me importa un bledo. Llama a la cárcel y confírmame que sigue vivo.

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Suena el teléfono y una mujer que ya no cree en nada, pero que, al mismo tiempo, comienza a creer en todo se abalanza a descolgarlo.

- ¿Ingrid?

- ¿Está vivo?

- Sí, sí, está vivo, aunque un poco enfermo.

- ¿Un poco enfermo?

- No cantes victoria. Físicamente está perfecto y puede durar bastantes años más, pero, desde hace poco más de un año, padece alzhéimer. No está excesivamente avanzado, así que no ha afectado a sus funciones vitales, pero, desde hace tres meses, raro es el día en que recuerda quién es o lo que hizo. Una lástima. Así no hay posibilidad de que se arrepienta y pida perdón por sus crímenes.

- Gracias, Helge. Muchas gracias.

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Una anciana pasea llevando en brazos a su nieto. Es de noche y hace frío. Los escasos viandantes se suben el cuello del abrigo o se aprietan las bufandas. Nadie se fija en ellos.

Es de noche y hace frío. Como aquella otra noche. Tal vez un poquito menos. El niño llora, pero la anciana mitiga su sonoro berreo apretándolo contra su pecho, no mucho, no sea que lo asfixie. Esta vez ningún tribunal la privará de su venganza.

Una esquina. Dos esquinas. Tres esquinas. Ya han llegado a su destino. El callejón que le servirá de tumba.

La anciana deposita su carga en el suelo. Poco a poco le quita la ropa. Es un bebé. Sólo un bebé desnudo que llora porque tiene frío. Ella también estaba desnuda y tenía frío. Pero él no sangra. A él no le han violado ni acuchillado. A él no le han destrozado la vida. Aún no.

Por un momento, un minúsculo instante, duda. No puede ser él. Él sigue vivo y encerrado. Entonces se calla y la mira y recupera la seguridad perdida hace un segundo. Ninguna de las pastillas recetadas por los ilustres discípulos de Freud ha conseguido que olvide la frialdad de esos ojos azules.

- Finalmente, aquí estamos, tú y yo, frente a frente, después de tanto tiempo, después de tantos años. Quién lo diría. Yo, que pensé que jamás se haría justicia, ahora tengo la oportunidad de equilibrar la balanza, de obligarte a entender lo que sentí en aquel bosque, tirada sobre la nieve, contemplando cómo se escurría por mis piernas la poca sangre que me restaba, luchando por seguir viva, concentrándome en retener mi último aliento, ése que si se te escapa te aleja de este mundo. Aún no sé cómo lo conseguí, cómo aguanté el tiempo suficiente para que alguien me encontrara y, sin embargo, ésa fue la parte fácil. Lo realmente difícil vino después. Luchar contra las pesadillas, que, en realidad, eran recuerdos. Dejar que pasara el tiempo, contar las horas, concentrarme para no acabar con todo, saber que una pastilla no extirparía el dolor, pero que un bote entero lo borraría del mapa y, aun así, no hacerlo. Seguir viviendo, sabiendo que, en realidad, morí en aquel bosque, con quince años. Quince años. Sí, sólo tenía quince años, pero a ti no te importó. Era lo que buscabas. Justamente lo que buscabas. Los médicos me dijeron que era normal que tuviera miedo al sexo después de todo aquello, que muchas víctimas de violación no pueden volver a tener relaciones sexuales. En realidad, no se trataba de eso. O, al menos, no sólo de eso. Nunca dejé que nadie se me volviera a acercar. Cualquier tipo de contacto físico me provocaba unas náuseas insoportables. Es irónico, ¿verdad? Jamás pensé que serías el primero al que volvería a tocar. Tranquilo, al principio duele, pero luego deja de hacerlo. El entumecimiento es tan acusado que ya no sientes nada. En realidad, eso fue lo que casi acaba conmigo. La hipotermia. Tus cuchilladas eran poco profundas. Sólo las de abajo las diste con fuerza. Maldito hijo de puta. Y pensar que no fui la única. También ellas murieron por hipotermia. Maldito maricón. Tan hombre para hacer mujer a una niña, pero luego incapaz de rematar la faena. Sí, tenías que haberme matado. Todo habría sido más fácil de esa forma. Pero no lo hiciste. Es por eso por lo que te odio. Por no acabar con una vida que ya no quería. Y sí, dirás que fui yo la que no se dejó morir, pero es que te odiaba demasiado para irme de este mundo sin mi venganza. Cuando ese maldito tribunal te condenó a cadena perpetua pensé que nunca lograría mi objetivo, que tendría que limitarme a observar de lejos tu lento fallecimiento. Pero ya ves, puede que, después de todo, exista la justicia divina.

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El médico de la cárcel no lo entiende. Ayer estaba bien, perfectamente bien, salvo por el alzhéimer. No tiene sentido. Parece que ha muerto de hipotermia en una celda con calefacción. Es imposible. Necesita urgentemente hacer la autopsia. Hay algo que se le escapa.

Los ojos sin vida de un bebé azulado contemplan el soleado cielo del día más frío del mes de diciembre.

Helge lee el periódico y se pregunta qué clase de persona abandona a la intemperie a un bebé de tres meses. Piensa que el mundo está lleno de monstruos.

Ingrid duerme tranquila, sin ningún tipo de ayuda química, convencida de que ningún monstruo perturbará su sueño. Tampoco su vigilia.

Una madre muere desangrada al dar a luz al rayar el alba. Fue un parto inesperadamente complicado. El padre mitiga su inconsolable pérdida contemplando el sereno rostro de su hijo recién nacido. Tiene los mismos ojos que su difunta esposa. Los médicos le han dicho que es muy posible que el color cambie en los próximos meses, pero él sabe que ese límpido azul no mutará nunca.

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Hay monstruos que nunca mueren, sólo se esconden debajo de la cama, dejando que creamos que ya no tenemos nada que temer, esperando pacientemente el momento oportuno para volver a protagonizar nuestras peores pesadillas.

Son sólo monstruos y, como todos los monstruos, habitan en las sombras, así que no apagues la luz.

jueves, 28 de noviembre de 2013

Nieve (IV)

Un copo de nieve se posa en la punta de una de tus pestañas. Parpadeas, pero la gota de cristal se adhiere con fuerza, obstinada, irreverente, desobediente. No quiere morir, no quiere besar el suelo y derretirse agonizante sobre esta tierra de inmigrantes. Te rindes y continuas caminando, ajena al frío que nubla ahora tu mirada.Te adentras más y más en el bosque. Cruje el hielo triturado por tus botas. Echas de menos el sol de los días claros de verano, pero no puedes renunciar al cortante silbar del viento ártico. Él sabe que no te irás, que no le seguirás hasta la orilla de ese mar meridional que ahogaría todas tus esperanzas y tus sueños. Su azul no es suficientemente limpio. Su brisa, demasiado cálida. Y, aún así, dudas (sólo sus manos saben envolver tus noches). Aceleras el paso porque te ahogas o te ahogas porque aceleras el paso. No sabes qué fue primero. No sabes esquivar el miedo. La fuga de una lágrima arrastra al copo de nieve hacia la muerte que consiguió esquivar en un primer instante. Sólo es otro pulso ganado por el destino.

sábado, 23 de noviembre de 2013

El frío de esta medianoche, que hiere sin llegar al filo

Aún me falta valor. Todavía soy presa del miedo. Me miro al espejo y soy incapaz de cruzar al otro lado. Alicia se ríe de mí, mientras Lewis Carroll sigue tejiendo acertijos indescifrados. Vuelvo a la cama y entierro la cabeza entre las sábanas. No lloro. Sólo me asfixio. Sin que yo te lo pida, me rescatas del frío de esta medianoche, que hiere sin llegar al filo. Zumba despacio tu abeja en mi oído. Son sólo palabras, pero me han mordido. Son sólo imágenes, pero me han vencido. Aún me falta valor. Todavía soy presa del miedo. Pero cierro los ojos y pulso el botón. Cuando los abro, sólo tú has iniciado la reconstrucción.

jueves, 21 de noviembre de 2013

Cataclismos (V)

Me pareció verte pasar, con tu pelo grasiento y tus gafas sin graduar. Sentí el impulso de reptar entre los huecos abiertos por tus manos, pero mis orgullosos pies se negaron a seguir tus pasos. Tu incierto perfil se perdió entre la masa de desconocidos, mientras yo trataba de negociar con la suela de mis zapatos, que hacían oídos sordos a mis súplicas. Mis rodillas permanecieron inmóviles, testarudas objetoras de conciencia, reticentes a combatir en una nueva guerra. Te vi marchar, a ti o alguien como tú, constreñida en la camisa de fuerza que ataba mis extremidades inferiores. Juré no volver a llamarte, no intentar buscarte, dejar de amarte; pero pesan como losas los años sin besarte, me aplastan contra el asfalto, como un insecto ejecutado de un contundente manotazo. Esperé a que fueras tú quien me encontrara, pero nunca organizaste un safari para cazar la fiera salvaje que hiberna en mis entrañas. Lloré abandonada en la sabana, mientras los aborígenes ensartaban mis pedazos en sus lanzas. Las lenguas de las hienas lamieron los últimos restos de mi sangre. Había gente que saltaba al ritmo de tambores que evitaban que se desatara la violencia. Depuse mis insuficientes armas y abandoné la escena del crimen. Las pestañas me escocían mientras se desprendían de mis párpados. Oí tu voz que me llamaba por la espalda. Fingí que era otra la que se licuaba en lontananza.

miércoles, 13 de noviembre de 2013

Cataclismos (IV)

Sé que acabarás conmigo, que me asesinarás sin ser consciente de estar matándome, que me destruirás sin dejar pruebas del crimen, que me reducirás a la nada en tu deseo de hacer que perdure para siempre. No me importa. Está bien volver al origen, al principio de todo, al comienzo del universo. Además, no hay delito si existe consentimiento de la víctima. Perdona por no advertirte del peligro, por no informarte de lo que está pasando, por no anunciarte las consecuencias de tus actos, pero si lo hago querrás salvarme y la única manera de conseguirlo es alejándome de ti. Quizá ni siquiera eso. Tal vez ya no haya ninguna posibilidad de salvación. Sólo se trata de decidir qué es mejor, si morir lentamente de frío o fallecer en un segundo abrasada por el sol.

martes, 12 de noviembre de 2013

Sombras (II)

Eres parte del error, un pedazo del desastre, la pieza que desencaja todo el puzle. Cuando me fui no quisiste saber nada de mí o puede que me fuera porque, ya antes de partir, no querías saber nada de mí. Fingí que no había nada que perder; cuando, en realidad, ya tenía todo lo que podía ganar. Se destruirá la noche y arderá la aurora, pero nunca amanecerá en el interior de mis párpados. Aunque no sepas lo que pasa, cuando se nubla tu vista es porque la sombra de mi recuerdo sobrevuela tu cerebro.

lunes, 4 de noviembre de 2013

Naufragios (II)

Cuando llegaron las termitas, tú ya te habías convertido en piedra. Besaron tus muñecas, pero no encontraron ni una partícula de madera que llevarse a la boca. Te abandonaron y devoraron otros cuerpos más porosos y barnizados, que flotaban en el agua a la deriva, mientras tú, pesado granito, te hundías sin remedio entre las olas que azotaban los restos del naufragio. Saber nadar no te sirvió de nada. El mar te sepultó viva, mientras otros morían roídos por los implacables isópteros. Las víctimas no emitieron ninguna queja ni protesta, anestesiadas por el placer que provoca entregar el cuerpo propio al cuerpo ajeno. Tus gritos se ahogaron en un agua poco proclive a trasmitir el sonido del terror. Lloraste. También las rocas derraman lágrimas, pero todos las confunden con gotas de rocío. Ahora sólo tienes que esperar a que la Gran Sequía te devuelva a la superficie, una vez evaporado el hábitat de las algas que ahora te sirven de sudario. No es la primera vez que ocurre. Escucha. Aún hay peces que recuerdan cómo se formaron los océanos y el significado de los ríos que riegan las tierras baldías. Te esfuerzas en convertirte en corcho para poder hacer el muerto hasta la orilla, sin darte cuenta de que es la densidad de tus sueños la que te impide respirar un átomo de oxígeno que no esté ligado a dos de hidrógeno. Vivir es esto. Morir, lo otro.

domingo, 3 de noviembre de 2013

Rascacielos (I)

Aún no es invierno, ni siquiera un otoño frío, pero vuelvo a dormir con calcetines. Mis pies son dos témpanos de hielo y cuando se quiebren caeré al suelo, me derrumbaré como las Torres Gemelas y una gigantesca nube de polvo cegará a quienes se encuentren cerca. Mis cimientos nunca fueron buenos. Siempre se me dieron mal los legos. ¿Cómo sostener sobre mis hombros el peso del mundo sin raíces que anclen mis piernas a la tierra? La lana hace efecto. El hielo se derrite y asoma la carne. En menos de diez minutos duermo y sueño con pies de hierro y acero que sustentan enormes rascacielos de más de mil pisos. Una niña de cuatro años se asoma al alféizar de una ventana de lo que ella cree que es la cima del mundo. Una muralla de nubes la protege de esa realidad que más tarde o más temprano la noqueará, de todas esas almas que ni comprende ni comprenderá. Concentrada, tratando de atisbar un pedazo de lo que oculta el telón blanco, regula el flujo de oxígeno de su mascarilla para adecuarlo a su ansiosa respiración. Vivir por encima del resto de la humanidad tiene un coste, aunque muchos se empeñen en defender lo contrario.

sábado, 2 de noviembre de 2013

Cadáveres (VI)

Cadáveres descompuestos, superpuestos en una pila informe carente de cualquier atisbo de vida. Buitres. Buitres que sobrevuelan la llanura y se relamen imaginándose el festín. Tienes miedo. Miedo de que él esté ahí, enterrado bajo esos cientos de personas cuya muerte te resulta indiferente. Rezas. Rezas para que no sea así, pero hay algo que te asusta aún más. Si sigue vivo y no lo encuentras, tu dolor será mucho más grande. Sé que es absurdo, pero la separación definitiva parece menos terrible si ha sido determinada por la todopoderosa muerte.

miércoles, 30 de octubre de 2013

La mente es una puta

La mente es una puta que susurra mentiras disfrazadas de verdad, que te incita a morir en lugar de matar, que muerde sin permiso las piezas del puzle de tu columna vertebral. No la escuches. No entres en su juego. Si lo haces, fallecerás víctima del Miedo.

jueves, 24 de octubre de 2013

Djurgården

No es el mayor de todos tus desastres, pero sí el que más duele. Intuías el final de la película, pero no el instante en el que se desvelaría el desenlace. Querías continuar fingiendo que este agua que se desliza por tu cara no son lágrimas de invierno. Las hojas caen, el viento grita y tú lloras abrazada a tus rodillas. Está bien ser tu propio salvavidas, pero te gustaría no ser al mismo tiempo el ancla que te impide alcanzar la superficie. Las ondas del agua hipnotizan tu mirada. Hablan de sirenas y de brujas, de interminables piernas y resbaladizas colas de pez, de príncipes soñados y de sueños principescos, del TODO y la NADA. Son muchas las almas que corren delante de tus ojos, machacando las crujientes huellas del otoño. Tu nariz sorbe las primeras olas del naufragio. El resto fallecerán entre las rocas de esta orilla que custodia el cadáver de la Ausencia.

domingo, 13 de octubre de 2013

Monstruos (II)

Está la nieve. Está el frío. También la sangre. Son imágenes recurrentes que provocan la asfixiante apnea de tu sueño. Desconoces su origen, pero no puedes negar su persistente existencia. ¿Qué diría Freud de todo esto? No es difícil de imaginar. Ante la imposibilidad de cerrar los ojos y negar el desastre, decides explorar los inhóspitos dominios de los monstruos que sonríen a tu espalda, seguros de que acabarás rindiéndote a la evidencia de que, más tarde o más temprano, acabarás despedazada entre sus garras, desangrada sobre la fría nieve boreal, que aún no has visto ni tocado, pero que sepultará tu cuerpo exangüe y congelado.

jueves, 10 de octubre de 2013

Niebla (I)

La niebla puede ser más blanca que la nieve, más densa, más espesa, más consistente, incluso más fría. Lo sé bien. Una vez me vi atrapada en ella. Durante días y noches, durante noches y días, traté de desprenderme de su envolvente abrazo de anaconda. Nunca lo conseguí del todo. Una mínima parte de su blancura helada permanece adherida al tuétano de mis huesos, me hace temblar con 40º a la sombra, impide que mi piel se broncee en el Caribe y nubla mi vista cuando el cielo no está encapotado. Son también estos jirones nebulosos los culpables de mis despertares de madrugada, gritando con desesperación el nombre de Ret Butler, justo igual que Escarlata O'Hara, segura de que habrá un mañana, aunque no se trate de otro día, sino de la eterna y circular repetición de esos errores que provocan arrepentimiento incluso antes de ser cometidos. Estamos abocados al desastre. Tú y yo. Hijos de un Dios mayor, que fulmina con sus rayos a quienes trepan a los árboles para divisar el final del horizonte. Una vez me vi atrapada en una niebla más blanca que la nieve, más densa, más espesa, más consistente, más fría. No fue fácil escapar de su crujido de cristal. Es difícil cerrar los ojos y avanzar a tientas. Hay que aceptar la cruda realidad de que, a veces, nuestros pasos los guía únicamente el azar. No te logré encontrar. Ése es el hielo que me impide respirar, una niebla tentacular que, más tarde o más temprano, me ahogará. Sé que te da igual. Hace tiempo que me convertiste en un recuerdo naufragado en el fondo del mar, devorado por pirañas asesinas y otros peces carroñeros pendientes de clasificar.

martes, 8 de octubre de 2013

Sombras (I)

Hay sombras, sombras encerradas en el armario, golpeando las puertas, pugnando por salir. Algún día se quebrará la madera o saltará el cierre por los aires y, una vez liberadas, te abrazarán hasta asfixiarte.

martes, 1 de octubre de 2013

Abismos (I)

Me asomo al borde del abismo. No quiero precipitarme en él, pero sé que lo haré. Si no salto yo, Él me empujará. Siempre lo hace. Luchar con uñas y dientes, liberar el animal salvaje que duerme dentro de mí. No tiene sentido. Hacerlo implica caer, despeñarme por el precipicio y descubrir que sólo podré conciliar el sueño en su esponjoso fondo. Porque, en contra de lo que todos piensan, no es dura la tierra que ahora yace a mis pies, a muchos metros de distancia. Lo sé. Sé que la caída no me matará; pero, como otros muchos, tengo miedo de abandonarme en los brazos de la ley de la gravedad, confiando en la acientífica limitación de su poder. Caer, caer, caer sin que revienten mis órganos internos, sin que se quiebren mis huesos, sin que se derrame mi sangre. Depositarme suavemente en el lecho de un río que se secó hace siglos. Oler la sal que yace bajo la tierra y sobre mi piel. Morder el miedo. Sumergirme en las llamas de este supuesto infierno para escapar del frío de ese presunto paraíso. Todo lo que está arriba tiene que bajar, pero no todo lo que está abajo tiene necesariamente que subir. Trato de recordar los motivos por los que no quiero acabar allí, pero son más las razones por las que necesito huir de aquí. En realidad, no tiene sentido pensar. No soy yo quien decidirá el momento. Mi destino depende de la dirección en la que sople el viento.

miércoles, 25 de septiembre de 2013

El arte de la guerra (I)

Ya nadie valora los pequeños actos de heroísmo. Todos desprecian la guerra de trincheras. La gente piensa que la victoria anida en épicas batallas. No se dan cuenta de que la mejor manera de acabar con tu enemigo es asesinarlo lentamente, muy despacio, sin que se dé cuenta de que, poco a poco, va muriendo; que no perciba el reguero de sangre que rubrica cada uno de sus pasos; dejar, incluso, que piense que ha ganado la última batalla; quitarte el sombrero y decirle Enhorabuena, he perdido; no hacer leña del árbol caído hasta que no le reste ni una gota de savia; reír sobre el cadáver, nunca al lado del enfermo terminal; aguantar, esperar, asestar el golpe sólo cuando sea mortal; saber que el aplauso de los liberados oprimidos cicatrizará todas las heridas; asumir los costes del desgaste; aceptar la posibilidad de que tú seas el vencido, confiando en que los que son enterrados envueltos en la bandera de la verdad y la justicia resucitarán antes del Día del Juicio Final y cercenarán todas las cabezas de las hidras.

lunes, 23 de septiembre de 2013

Insectos (IV)

Arañas trepando por mi cara. Serpientes que se enroscan en el contorno de mi ombligo. Hongos bajo las uñas. También en otros sitios, húmedos, fríos, oscuros e inhabitados. Un ataque epiléptico me libera de algunos de los insectos que me utilizan como nido. Las ratas huyen por el pasillo, perseguidas por los escorpiones que dormían al abrigo de mis labios. Un ciempiés cuenta despacio los dedos de mis manos. El número le resulta extraño. La perplejidad de las mentes inferiores no es tan distinta de la que tortura a las mentes superiores. En contra de lo que dijo Aristóteles, en el término medio no está la virtud, sólo el tedio y la impasibilidad de los burgueses.

miércoles, 18 de septiembre de 2013

ESO. LO OTRO. LO QUE SEA. LO QUE PASA

Se acerca el momento. Lo presientes. Lo sientes en las tripas y en las palmas de las manos. Se resiente la boca de tu estómago y el centro de tu esternón. No lo dices tú, pero lo digo yo. Tú sólo callas y esperas. A veces crees que se trata de ESO. Otras piensas que de LO OTRO. Puede también que de ambas cosas a la vez o que de ninguna de ellas, sino de algo que ni siquiera alcanzas a imaginar. En cualquier caso, ocurrirá pronto, pero ¿cómo de pronto? Tampoco lo sabes y no te importa. Como he dicho, de momento sólo callas y esperas a que LO QUE SEA te explote en la cara. Mejor que te pille desprevenida, sin capacidad de reacción ni plan de evacuación. De lo contrario, podrías llegar a sustraerte a su marea y si hay algo que tienes claro a estas alturas es que debes ahogarte en la impetuosidad del mar que alumbró tus palabras más acuosas. La espuma que generan tus silenciosas lágrimas, al estrellarse contra las aristas de las rocas de tu pecho de pizarra, salpica el cristal de la urna que te protege del paso del tiempo. Él contempla el escaparate, ansiando lamer la sal del tenso sudor de tu nerviosa espera. Enfebrecido de deseo, utiliza la punta de las llaves de su casa para dibujar una puerta en el vidrio que os separa. Se rasga la noche. Rechinan los dientes. Crujen los huesos. Sopla el viento. Un escalofrío trepa los escalones de tu columna vertebral. Las nubes de primera hora de la mañana te impiden ver LO QUE PASA.

jueves, 12 de septiembre de 2013

Tormentas (IV)

Los cristales del aeropuerto están sucios. Al otro lado, dos aviones recorren la pista de despegue, prestos a abandonar el suelo. A ti también te falta poco para hallarte entre las nubes. Normalmente te gusta elevarte hasta superiores capas de la atmósfera, pero hoy necesitas anclarte a la tierra, fundirte en el frío de las baldosas de esta sala de espera, atestada de desconocidos que no te importan, que no te queman ni te escuecen. Dicen que esta noche habrá tormenta, pero eso será aquí, no allí donde vas. Las desigualdades climáticas son injustas, que unos puedan tostarse al sol mientras otros se calan bajo la lluvia, tratando de esquivar el alcance de los rayos... ¡Qué más da! ¿Acaso la igualdad en la desgracia resulta más deseable? ¿Es realmente la lluvia una maldición? Un exceso de luz abrasa y provoca cáncer de piel. El agua limpia, salvo que se trate de lluvia ácida. Observas los renglones que rasgan el inmaculado blanco de los folios sobre tu regazo. Parecen torcidos o puede que seas tú la que no está derecha.

miércoles, 11 de septiembre de 2013

Eine kleine Nachtmusik (I)

Las luces de los faros reflejadas en los coches aparcados. Lluvia. Frío. Miedo. Miedo a morir sola en una ciudad extraña, fumando a pequeños sorbos el hastío de tu ausencia. Miedo a que todo esto no sea cierto, sin dejar de serlo. Tiemblo. Me aferro al volante, como se abraza un náufrago al último salvavidas que queda libre. No quiero mirar al cielo. Esta inútil tarde de domingo es demasiado oscura para visualizar el sol que duerme arropado por este gris nórdico de nubes crueles y vengativas. Giro la llave y enciendo el motor. Dicen que si corres hay más probabilidades de que te alcance un rayo. Yo hace demasiado tiempo que no avanzo, por mucho que me mueva. Por eso no queda ni un voltio de electricidad circulando por mis venas.

lunes, 9 de septiembre de 2013

Caída libre sin paradas intermedias

Caída libre sin paradas intermedias, en diagonal circular trazada sin compás, a pulso y mano alzada, mordiendo el labio, concentrada en magnificar el impacto contra el suelo, empeñada en dinamitarte en mil partículas de polvo transparente, pudiendo así camuflarte en el aire suspendido entre tus pestañas y su ombligo, epicentro de todo este desastre, que a veces hiela y otras te arde. Pero no eres tú quien decide las consecuencias de tus actos, sino quien asume las elecciones de la aleatoriedad de la ruleta. Tus pies son demasiado grandes para convertirte en Cenicienta y él carece de corcel para transformarse en príncipe. Tendréis que encontraros mientras vagáis descalzos sobre la arena de esta playa apocalíptica, asolada por el tsunami de vuestra saliva desatada, incontrolable e incontenida, lamiendo carne, sorbiendo sangre. Reventarán vuestros pulmones. Se abrirán vuestras muñecas. Y más vencidos que rendidos, aceptaréis vuestro destino.

domingo, 8 de septiembre de 2013

Las horas son tortugas que nunca llegan a la meta

Te odio y te quiero a partes iguales, puede que un poco más lo primero que lo segundo. Dicotomías ancestrales que provocan vértigos siderales. Margaritas que no deciden los destinos de los corazones que las deshojan, pero que cercenan la poca vida que les resta. Las horas son tortugas que nunca llegan a la meta, mamuts que aplastan a los cavernícolas que no son capaces de ensartarlos en sus lanzas, elefantes que no retroceden ante el empuje de los ratones más chillones. Ahora lo sé. Antes también. Es sólo cuestión de tiempo. Si no grito, caducará mi aliento.

jueves, 5 de septiembre de 2013

Túneles (I)

Decantas con desgana los restos de esta tarde que se acaba, buscando en balde una llama que hace tiempo que no arde. Quema el sol que fallece en el borde inferior de los visillos descorridos. Quieres que sus últimos rayos penetren en tu piel, pero te aterra la destrucción que podría generar su moribunda combustión. Asustada, te alejas de la ventana, sumergiéndote en las sombras que devoran la vulnerabilidad de las almas más frágiles. Sólo allí te sientes a salvo. Acostumbrada al frío de su abrazo, tu epidermis de hielo sólo teme ya al calor de las hogueras infernales. Cierras los ojos, pegando tu espalda desnuda a la pared umbría. Palpas la superficie revocada hasta encontrar la minúscula hendidura y rascas poco a poco los restos de la pintura desconchada. Paras cuando tu dedo índice sangra. Dos lágrimas se desprenden de tu velada mirada. Al otro lado del tabique, tres topos en paro recortan unas uñas atrofiadas por falta de uso.

miércoles, 4 de septiembre de 2013

Vampiros (I)

Quedan 41 días y la extraña sensación de que allí me encontrará lo que buscaba. No es culpa mía. Tampoco tuya. No decidí ir. Tampoco decidiré volver. Soy sólo un avión de papel arrojado desde el rascacielos más alto de Manhattan. Incluso aunque me esfuerce en ello, si el viento decide lo contrario, nunca llegaré a tocar el suelo. Me dices que no olvide cosas que hace tiempo que dejé de recordar. Yo asiento para no herirte calculando los segundos que restan para que tu rostro termine de diluirse en mi retina. Sólo tus palabras permanecerán tatuadas en las venas de mis muñecas, cinceladas por la aguda punta de tus colmillos de vampiro. Oiré el eco de sus letras, pero desaparecerá tu boca. Se difuminará el trazado del camino, pero persistirán las huellas de nuestros pasos. Sé lo que significa todo esto, lo que no significa que tenga que aceptarlo.

martes, 3 de septiembre de 2013

El camino a OZ

Fue un agosto memorable por la ausencia de acontecimientos dignos de recordar. 31 calurosos y solitarios días suspendidos entre la convulsión de la revolución de julio y la incertidumbre de un septiembre en reconstrucción. Trataste de prolongar su calma. Te meciste en su silencio apocalíptico. Dejaste que su abrasador aliento secara las lágrimas aún no derramadas. Te desvaneciste en la calima de sus tardes y envolviste en fulares de seda el frescor de las primeras horas de sus mañanas. Rehuiste el contacto de los otros por miedo a que no comprendieran la belleza de una ciudad completamente abandonada a su suerte. Escuchaste la terrenal música de las chicharras. Manchaste tus manos con el alquitrán del derretido asfalto. Reventaste las ampollas que el Sol arrancó a tu piel. Durante algunos minutos descubriste la paz de quien a nada aspira porque tiene todo lo que necesita para ser feliz. Trataste de no pensar en septiembre, pero septiembre llegó sin que pudieras negar su existencia y entidad. Corramos un tupido velo. Nunca te gustó nadar en aguas cenagosas, mucho menos cuando en las orillas hay faunos acechando el baño de las ninfas. Después vendría el ventoso huracán de octubre. También te habría gustado evitarlo, pero era la única manera de llegar a OZ, enfrentarte a sus brujas y conocer a su mago.

miércoles, 14 de agosto de 2013

De la mortalidad de los astros y otros desastres interestelares

En las noticias dicen que el campo magnético del Sol se invertirá en los próximos meses. Es parte de su ciclo. Todos miran asombrados las pantallas, mientras tipos trajeados que no son ni de letras ni de ciencias recitan como papagayos las consecuencias que el astronómico acontecimiento tendrá sobre la Tierra. Yo cierro los ojos, tratando de visualizar la cara oculta de la Luna, ésa que nunca citan en los telediarios, probablemente porque no fue pisada por Neil Armstrong. Hace tiempo que dejó de interesarme todo esto. El Sol quema. La Luna enfría. Mis ojos son estrellas muertas cuya luz aún se atisba en las noches sin nubes. El despertador atrasa sus agujas para regalarnos dos minutos que sean sólo nuestros. Te preocupa que las brújulas ya no sean capaces de orientar a los perdidos. Poco importa saber dónde está el Norte si no tienes claro hacia dónde te diriges. Me abrazas mientras tiemblo. No temas. Todo irá bien. Mastico los últimos segundos que nos quedan antes de que una lluvia de asteroides resucite a los dinosaurios que duermen congelados en el fondo de la Antártida.

domingo, 11 de agosto de 2013

Accidentes (II)

Quiero cagarla contigo, meter la pata hasta el fondo, apretar el acelerador y llegar hasta el punto de no retorno. Necesito que no haya vuelta atrás, cometer un error que no se pueda arreglar, hundirme con todo el equipo y no ser capaz de volver a flotar. Quiero que tú seas la piedra que me ancle al fondo del mar, la losa que me sepulte en vida, impidiéndome respirar, el epitafio que rubrique mi prematuro final. Abrázame y susúrrame al oído los mil millones de motivos por los que ni puedo ni debo estar contigo. Necesito ser plenamente consciente de mi completa y absoluta equivocación, asesinar todas las excusas que me descargan de responsabilidad, que no haya ni la sombra de una duda acerca de mi culpabilidad. Saltar y morir. Permanecer entera y no vivir. Sé que, sin mí, tú sí puedes existir. Soy yo la que fallece cuando me alejo de ti.

jueves, 8 de agosto de 2013

Hambre (II)

Como mucho. Demasiado. Por eso siempre me ha preocupado que mi cuenta bancaria no estuviera a cero a final de mes, porque sin dinero no se puede comprar pan y, sin pan, se pasa hambre. No quiero robar para poder llenar el estómago y, sin embargo, todos los días te birlo las horas que debería dedicarte, malgastándolas en tareas presuntamente productivas que, en realidad, no generan nada, sólo billetes y monedas que vuelan nada más tocar mis manos. Pero tú no abres la boca. No te quejas, no me gritas ni reprochas todos esos días que paso lejos de tu lado. Sólo esperas pacientemente a que llegue ese supremo instante en el que la elección deje de existir, ese excelso momento en el que no tendré más remedio que entregarme a ti en cuerpo y alma y, abandonada al abrigo de tus brazos, ya no escucharé los rugidos de mis tripas, porque ya no habrá vacío que necesite ser llenado con mendrugos adquiridos con mi lento suicidio cotidiano, ni alimentos que sostengan mis insomnios para no caer redonda al suelo durante el día. Sólo tú regirás mi vida y moriré cuando tú y nadie más lo decida, porque, saciada la sed de eternidad, ya no necesitaré masticar estas hebras de realidad cortocircuitada. Lo siento, aunque no quiero, me arrepiento de la indeleble persistencia de las manchas de este vómito.

miércoles, 7 de agosto de 2013

Tormentas (III): Versión ligeramente modificada de Tomentas (I)

Llueve. Llueve tan fuerte que las gotas de lluvia se cuelan por el marco de la ventana y una húmeda mancha del tamaño de un puño nace en una esquina del techo del dormitorio. Truena. Truena y relampaguea. Se va la luz. Si fuera una chica normal gritaría y desearía tener un hombre grande y fuerte a mi lado, al que poder abrazar con desesperación hasta que todo termine. Pero no soy una chica normal o, al menos, no busco ni deseo la protección de nadie. En realidad, no me asustan las tormentas y menos si son de verano, pasajeras, cálidas, efímeras. Contemplo a la luz de los rayos las gotas que caen del techo. Cierro los ojos y me concentro en su monótono repiqueteo. Tac, tac, tac. Es el mismo ritmo. Exactamente el mismo. Ya puedes decirlo, ilustre poeta, recítalo en tu próxima elegía: tú y yo follábamos al compás marcado por el metrónomo de las lágrimas de lluvia que caían del techo de nuestro cuarto. Perdona. Se me olvidaba que no te gusta robar versos, mucho menos si son míos. Como iba diciendo, llueve. Llueve tan fuerte que ya no me acuerdo de lo mucho que te echo de menos. No sé si la cortina de agua será capaz de enmascarar la mentira. Está bien. Seré sincera. Siempre fuiste una atronadora, persistente y destructiva tormenta de invierno.

lunes, 5 de agosto de 2013

Hambre (I)

Te busqué entre la bruma de las noches sin luna, en la espesura acorazada de la negra madrugada y en la nada desarropada que poseen los indigentes. Pero no estabas. Te mudaste al otro lado, construiste una mansión dieciochesca en la orilla más occidental de este mundo a punto de naufragar y, desde allí, contemplaste el lento discurrir del tiempo que les sobra a tus nuevos congéneres, ufano de formar parte de su manada, satisfecho de ser un miembro más de su rebaño. Me perdiste, pero no te importó. Sólo fui yo la que lloraba, mientras grababa en el tronco de los árboles flechas que no conducían a ningún sitio. Hundí la cara en el húmedo musgo de sus cortezas, ahogando un grito de rabia. Después caminé sin ganas, arrastrando los pies entre la hojarasca, recordando los ideales que vendiste a cambio de un plato de sopa caliente y preguntándome por qué no hago yo lo mismo. Siento el peso del deseo. Olfateo tu rastro. Pero, al llegar a la frontera, soy incapaz de dar el definitivo paso migratorio. Ninguna de mis hambres puede saciarse con comida. Mejor dicho, ninguna de mis hambres puede saciarse.

domingo, 4 de agosto de 2013

Martes de Carnaval

Mi hambre es tan infinita como tu sed, tan gigantesca que revienta mi estómago al mismo tiempo que desborda tu garganta. Somos dos diques rotos, abiertos en canal, esperando a que un ingeniero o un médico recompongan las paredes de nuestros muros, pero la ayuda nunca llega y se desparraman nuestras almas entre las briznas de hierba. ¿Yeats o Keats? Siempre te confundes. Si hablamos de las hojas, el irlandés. Si hablamos de todo lo demás, el inglés. Pero yo no soy Fanny y tú sólo toses sangre para acallar los gritos de tu cabeza. Maldito loco. Traga las pastillas y conviértete en mueble o coge la pluma y despluma a los buitres que salivan visualizando el olor de la putrefacción de nuestra carne. Carroña. Sangre. Hambre. Alambres. Alambres de espino que circundan los cuellos de las ovejas y los corderos. Nadie se mueve. Nadie respira. Demasiado miedo a crear una herida. A nosotros no nos importa. Una vez que has reventado sabes que es imposible coser el roto sin perder parte del relleno del muñeco. Y aún así, el juguete sigue cumpliendo su función. A veces es mejor así. Dejar que las entrañas respiren. Permitir que se airee el bazo. Si te mueves con tiento, sólo tendrás arañazos. Si te arrancas el yugo, perderás las manos. Pero los mancos aún caminan. Los tullidos aún respiran. El aire que entra en tus pulmones se evapora al son de los tambores. Martes de Carnaval. Para mí, es la Tercera Guerra Mundial.

jueves, 1 de agosto de 2013

Cataclismos (III)

La falta de espacio nos obligó a acercarnos, a respirarnos, a desearnos. Sudaron nuestros labios al entretejerse nuestras lenguas. Se derritió el dolor, pero no triunfó el amor. Fue sólo un instante efímero, un paréntesis que no evitó el cataclismo. Consumido el tiempo que nos tocaba compartir, cada uno siguió su camino, dispuesto a afrontar nuestro divergente destino. Seguramente tendría que haber sido distinto, pero ¿cómo remar en contra de la dirección del viento? A veces, ni los más fuertes lo consiguen. Corazones a la deriva que no encuentran segura orilla, que chocan por azar y se separan por necesidad, que flotan entre los juncos del cañaveral, buscando un pedazo de tierra firme en la que poder atracar. No habrá olvido ni recuerdo, tan sólo adioses y destierro. Somos una prueba más de la oscuridad de estos tiempos, dos pedazos de roca que se desprenden del borde del abismo y caen sin hacer ruido.

martes, 23 de julio de 2013

Nocturno (III)

Quiero morderte de un bocado, apresarte entre mis dientes, triturarte despacio en la rueda de molino de mis muelas, hasta que no quede nada de ti, tan sólo un puñado de polvo y un exiguo reguero de sangre. Quiero reducirte a la nada y, una vez que nada seas, moldearte a mi imagen y semejanza, dotándote de la unicidad y singularidad que ahora te falta. Quiero sentirnos solos en este mar lleno de peces, ser incapaces de comprender a los que nadan a nuestro alrededor y que ellos sean incapaces de entender nuestro enigmático sistema respiratorio. Quiero quedarme quieta y dejar que sólo tú orbites entorno a mí, ambos suspendidos en estas aguas cenagosas en las que todos fingen saber a dónde van, aunque, en realidad, avancen a tientas. Quiero estar segura de que, contra viento y marea, permanecerás a mi lado, pero dudo a cada instante, dejando que mis lágrimas se ahoguen entre la espuma de la resaca nocturna de las noches sin luna.

martes, 16 de julio de 2013

Imposibilidades (IX)

Nadie entiende tus palabras, porque el tuyo es un idioma tan imposible como arcaico. Sólo tú conoces el significado de tus frases. Los demás sólo adivinamos tus emociones a través del grado de apertura de tus labios. Esta noche, tu boca es la más negra de todas las cavernas y yo sólo quiero introducirme dentro, habitarla algunas horas, buscar las sombras que describía Platón o el oso que hiberna en su interior. Ríes y, de repente, por fin, comprendo lo que sientes. No hay salida ni ruta de regreso. Si decido sumergirme en su helada oscuridad renunciaré a todo lo que hay fuera. Oigo cantos de sirena y el batir de las olas contra el casco de un barco hendido por un iceberg errante. Quiero saltar al mar o a la saliva que escupes cuando hablas con vehemencia. Quiero saber que tú también ardes en las llamas de este infierno. Quiero recoger los pedazos de tus estructuras semánticas más afiladas, ensamblarlos poco a poco, construyendo Torres Eiffeles inclinadas como en Pisa. Quiero que traduzcas simultáneamente mis silencios y que leas en Braille los deseos más ocultos de mi cuerpo. Quiero callar cuando te acerques y dejar que mi voz perezca a manos de tu lengua más vernácula. Quiero ser sin ser y hablar sólo un instante, antes de que ya no quede nada más que decir.

domingo, 14 de julio de 2013

Brujas (I)

Es una bruja camuflada, disfrazada de etérea y volátil hada, un monstruo envuelto en jirones de oro y pespuntes de plata. Nadie quiero verlo, porque no pueden entenderlo. Se miran en el espejo y, aunque no vean su reflejo, piensan que el problema reside en el azogue, no en el ente sin sombra que te mira y no te nombra.

Moon River


jueves, 11 de julio de 2013

Como siempre, al final, todos mueren

Este amor no existe. Es sólo el eco de un amor que surgió en un universo paralelo. El estruendo provocado por la explosión que le dio origen viajó a través del tiempo y del espacio, desafiando todas las leyes de la física, acortando la distancia y desordenando el concepto lineal de la sucesión de las noches y los días. Finalmente, llegó hasta aquí, hasta este mundo perdido en el que aún habitan dinosaurios de cuello largo y patas como troncos, enormes, pesados, lentos, jurásicos, desfasados y desubicados. Ellos no lo oyeron, porque sus oídos no han evolucionado lo suficiente como para captar la insondable musicalidad de los lamentos de los protagonistas de las tragedias shakesperianas. Pero nosotros, pequeños parásitos unicelulares, siempre atentos a las señales del destino, escuchamos la potencia del Big Bang, dejándonos envolver por la cadencia de su poética imposibilidad y, narcotizados por sus rítmicos acordes, creemos ser los protagonistas de este drama, en lugar de sus espectadores. Poco importa el orden de los factores. Como siempre, al final, todos mueren.

miércoles, 10 de julio de 2013

Imposibilidades (VIII)

Brindemos por los días que no pasaremos juntos, por el final de esta Era de abundancia y el inicio de la noche más oscura, por la persistencia de esta mancha que enturbia la primera luz del día, por el grito que atenaza la garganta y las frases calmadas, altas, seguras y claras que lo disfrazan, por la felicidad perdida, por los ecos fantasmales que reverberan en las cuatro paredes de este cuarto, por los condenados a la muerte del olvido y los malditos que portan el cetro de la Gloria, por los niños que no lloran y los recién nacidos que aún no han aprendido a reír, por los ilusos que aún piensan que, si tienes un motivo, encontrarás la forma de vivir.

martes, 9 de julio de 2013

Agujeros negros (II)

Un reloj señala la hora del desastre. El momento se acerca. Ni tú ni yo hacemos nada por evitarlo, más bien, todo lo contrario. Será divertido sumergirse en la nada, bracear en las aguas del agujero negro, respirar el vacío, sorber la ausencia de oxígeno. El reloj avanza. Nos miramos. Sonreímos. No vemos al niño que se acerca, que lo coge, que lo mira y que lo estrella contra el suelo. Se detiene el tiempo. Gritan nuestros cuerpos, ávidos de desgracias que justifiquen el dolor en el pecho y el nudo en el estómago. Vomitamos nuestra pena. Arañamos nuestras manos, tratando de asir ese atisbo de esperanza que sólo puede proporcionarnos el prójimo. El niño se aleja gateando. Aunque no lo parezca, sólo los bebés controlan su destino.

lunes, 8 de julio de 2013

Ejecución

Una cabeza rueda por el suelo. Un cuerpo acéfalo vomita la poca sangre que le queda dentro. La Reina de Picas ordenó su ejecución. No se dio cuenta de que su cerebro y su lengua seguirán funcionando aunque se pare el corazón. Sus ideas y sus palabras provocarán la revolución. Ya queda menos, Majestad. Su real testa caerá desde las alturas y desaparecerá entre las fauces de los cerdos.

sábado, 6 de julio de 2013

Policronía asintótica y absurda

Me dices que escriba, mientras tú dejas de hablar, convencido de que sólo yo seré capaz de convertir nuestro dolor en algo digno de contemplación. Pero, cuando tú enmudeces, se quiebra mi voz. Eres la semilla que nunca floreció y yo la lluvia que nunca te regó. Se oye un búho que ulula en el exterior. Suena a obertura de un adiós. Pienso que no quiero pensar más, porque las ideas me impiden respirar. Gruñen mis tripas. Crujen mis vértebras. Igual que el ataúd de Drácula. Como él, quisiera beber tu sangre, obligarte a circular físicamente por mis arterias (metafóricamente hace mucho tiempo que, como un torrente, fluyes por mis venas). Sentirte cerca. Sentirte dentro. Policronía asintótica y absurda. Vive por mí. Muere por ti. Los ilusos piensan que no es tan difícil ser feliz.

jueves, 4 de julio de 2013

Cataclismos (II)

Miré cara a cara a la gorgona, retando mi pupila a su pupila, pero no me convertí en piedra. Cual vampiros, sus cabellos de serpiente clavaron sus dientes en mi cuello y mis muñecas, pero su veneno no enturbió mi sangre. No hay escudo que nos proteja de los deseos de los dioses ni espejo que refracte el mal. Sólo nos queda rezar y cruzar los dedos para que los reyes de las nubes atiendan nuestras súplicas. No hace falta que cercenes ninguna cabeza. Quienes estén condenados a morir serán fulminados por un rayo.

miércoles, 3 de julio de 2013

Insectos (III)

Volverán las cucarachas al apagar todas las luces, pero ningún grito escapará de tu garganta. Dejarás que recorran la inerte carretera de tus piernas, trepando por tu tripa, por tu pecho y por tu cuello, alcanzando al fin el negro abismo de tu muda boca. Crujirán entre tus dientes y exhalarán su último hálito de vida torturadas en el ácido gástrico de tu estómago, incapaces de que su machacado cuerpo nade hasta una orilla que no existe. Sólo tienes que reprimir las náuseas y amordazar el terror que amenaza con dinamitar tus cuerdas vocales. Sólo tienes que callar y masticar. Si no te mueves, no se salvarán.

martes, 2 de julio de 2013

Sangre, barro, polvo

Si empiezo una guerra la termino. Si pierdo una batalla recojo mis pedazos y contraataco. Si el cuello de mi enemigo roza el filo de mi espada no desaprovecho la oportunidad de rasgarle la garganta, observando cómo se derrama su vida, mientras su sangre convierte en barro el polvo del suelo. Pero éste no es el caso. Fuiste tú quien me lanzó el guante y ahora esperas que sea yo quien deponga las armas y firme una paz sin condiciones, que me someta a la tiranía de tu arbitrio y te lama mansamente los pies mientras azotas mi maltrecha espalda. Si piensas que lo haré es que eres mucho más imbécil de lo que creía. Yo no moriré como la cobarde de Cleopatra. Podrás cogerme viva, pero ni me matarás ni seré tu esclava. Siempre habrá alguien dispuesto a morir por libertarme; pues, cuando yo fallezca, perecerá la esperanza de tus oprimidos. Pequeños actos de heroísmo que provocan cataclismos. El fin del imperialismo. Tiembla. Algún día mi mano, oculta entre las sombras, te empujará hacia el abismo.

lunes, 1 de julio de 2013

Allanamiento de morada

Anoche forzaste la cerradura de mis párpados, allanando mi inconsciente más dormido. Revolviste entre mis recuerdos olvidados, hurtando algunos de mis traumas reprimidos y casi todos mis sueños infantiles. Por la mañana, adulta violentada, sin pasado, ni patria, ni bandera, camino por la senda gris de los hombres que te roban el tiempo, ayudándoles a sustraer los irrepetibles segundos adolescentes de quienes aún no han alcanzado la mayoría de edad, extirpando los minutos ociosos de las vidas regaladas y encadenando a las mentes más preclaras a la esclavitud del incansable engranaje productivo. A mediodía me reuniré contigo en el altar de los novios putrefactos y daré ese sí quiero que siempre tuve miedo de pronunciar, pero que ya no me importa gritar; pues, aunque me case con el día, seguiré siendo amante de la noche. Incluso si nunca más vuelvo a cerrar los ojos.

miércoles, 26 de junio de 2013

Polillas (I)

Hay dos clases de impulsos suicidas: aquéllos que te incitan a acabar con tu vida y aquéllos que te conminan a precipitarte en un abismo que no necesariamente te matará, es más, que incluso puede llegar a salvarte. El problema, como siempre, es el precio. Dejar de vivir es fácil, por eso es cosa de cobardes. Sumergirse en la más absoluta oscuridad abisal y confiar en que, en medio de toda esa negrura, se esconde la luz que te guiará hacia la gloria resulta mucho más complicado y harto difícil, casi imposible. No tener miedo de mancharte, de rebozarte en la mierda, porque sabes que es el único camino para limpiar tu alma, para desprenderte de todo aquello que te ata a esta tierra yerma y enquistada. Estar dispuesto a aguantar sus insultos, su saliva sobre tu cara, sus botas aplastando tu espalda contra el suelo, quebrando tu columna vertebral, creyendo que, con eso, te impedirán andar. Lo sabes. Sabes todo lo que implica salirse de su camino para encontrar el tuyo, los peligros a los que deberás hacer frente, todo lo que tendrás que abandonar. No te importa. Conoces el precio y lo pagarás, no porque quieras hacerlo, sino por ese impulso suicida que no logras acallar, que te revienta la cabeza desde dentro, que te reconcome como un parásito eterno. Coger una pistola y volarse los sesos es mucho más sencillo que lo otro. También mucho más barato. Por eso ellos no lo entienden. Ellos no comprenden que haya puntos que no formen parte de las columnas de sus gráficos. Ellos no conciben que haya polillas que huyan de la luz para explorar la negrura de la noche, aunque ni siquiera ellas sean conscientes de que hacerlo es la única forma de que sobrevivan para contemplar la claridad del día.

martes, 25 de junio de 2013

Derrotas (V)

Tratas de espiar la pequeña arritmia que rige los latidos de mi corazón, pero por mucha información que recopiles sobre las fuerzas y debilidades de mis ventrículos, nunca sabrás qué hay de mentira y de verdad en lo que escribo, ni lo que esconden los puntos suspensivos de todo lo que digo. Tomarás fotografías equívocas de la máscara que oculta mi auténtico rostro y mi sonrisa más secreta. Pensarás que lo comprendes todo, aunque nada entiendas y tratarás de hundirme sin darte cuenta de que respiro mejor debajo del agua que en la superficie. Te perderás entre los datos objetivos que dibujan mi perfil, sin darte cuenta de que sólo mi cambiante sombra es un reflejo de mi alma oscura. Creerás que me conoces, que puedes predecir todos y cada uno de mis pasos. Intentarás minar mi camino, sin ser consciente de que son mis pies y no mi cabeza quienes deciden mi destino. Sobreviviré a tu Hiroshima y Nagasaki. Ninguna de tus bombas atómicas rozará su objetivo. Fracasarán todos tus planes maquiavélicos. Impotente e ignorante revisarás tus precisos cálculos econométricos, convencido de que detectarás con facilidad el error de tu modelo, sin darte cuenta de que hay personas que no se inclinan ante el poder de la Estadística. Continúa intentándolo. Puede que algún día aciertes por AZAR, pero será sólo una bala perdida que se estrella en la diana, un fallo del sistema que nunca serás capaz de racionalizar y, burlándose de ti, incluso mi cadáver te habrá vencido.

domingo, 16 de junio de 2013

Caídas (V)

El mismo pecador, distinto pecado. La misma piedra que te hace besar el suelo. El mismo lamento hiriente, arrastrándote cual serpiente. Deberías parar antes de que sea tarde, antes de que desaparezca la posibilidad de huida; pero no quieres, no puedes, en realidad, no debes. Precipitarte en la cascada, sumergirte tres cabezas por encima de tu cuello. Flotar. Nadar. Bucear. Saber que, si abres los ojos, desaparecerá. Aferrarte al miedo. Sentir los celos de la musa que lo envuelve entre sus brazos. No es a ti a quien destapa por las noches, pero sí a quien dibuja de soslayo.

miércoles, 12 de junio de 2013

Heridas (X)

No quieres que se cierre la herida, porque él yace en su interior y, si cicatriza el corte, perderás su imagen para siempre. Separas la carne y hurgas con los dedos tratando de apresar un pedazo de su esencia. No hubo suerte con la pesca. No cazaste a tu presa. Con aguja e hilo negro coses el agujero de la cara interna de tu muslo derecho. Olvidar para vivir o vivir para olvidar. A veces, es casi lo mismo sumar que restar.

martes, 11 de junio de 2013

Huracanes (I)

Hay huracanes que agitan mis entrañas, que cierran las puertas que me abren al mundo y esparcen las cenizas de los sueños que ardieron de madrugada. Sólo es viento. Sólo es viento. Sólo es aire que araña lágrimas a mis globos oculares. Sólo es tiempo que se escurre entre mis manos, que naufraga en el asfalto, que se convierte en polvo junto a mi cadáver. Dicen que cuando el sol muera todo habrá acabado, pero hoy hace frío en las montañas y calor bajo la tierra, todo sigue igual, aunque distinto. Nadie huele la carne putrefacta, los hongos que anidan en las vaginas más esquivas, la mierda que se adhiere bajo las uñas que escarban en el estiércol. Nadie sabe. Nadie quiere saber. Nadie pregunta ni contesta. Nadie respira. Nadie protesta. Tú también te sumas al desastre, porque es más fácil y atractivo, porque seduce y embruja, igual que un mago sin destino. Yo construyo cicatrices rascando la costra que envuelve las heridas provocadas por una aproximación más que excesiva. Hay voces que nos gritan y susurros que sólo incitan. Y aunque fuera otra quien salió de tu costado, sólo tus costillas son capaces de enjaularme de un bocado.

lunes, 10 de junio de 2013

Hielo y arena

Todos parecen más altos cuando estás sentado. Contemplas el interminable porte de los presuntos gigantes, hundiéndote más en tu asiento, seguro de tu pequeñez, cabizbajo y avergonzado. Es de noche cuando vuelves a casa, absorto en la contemplación del suelo. Hay manchas negras en la acera gris. Podrían ser cucarachas. Algunas seguramente lo sean. Por eso las esquivas asustado, temeroso de aplastar su crujiente y minúsculo cuerpo. Nadie te espera en el piso vacío. Hace frío. Te quitas la ropa y te metes corriendo en la cama, tiritando, dudando. Se oyen gritos que quebrantan el hielo, que te sumergen en el agua congelada del río que pretendías cruzar, ansioso por llegar a la otra orilla. Esta noche, no. Esta noche, no. Por favor. Estás cansado. Necesitas dormir, pero si no haces algo pronto, dejarás de sentir todos tus músculos. Saltas de la cama y corres hasta tu escritorio. Folios en blanco y pluma. Después de dibujar el siguiente capítulo de La princesa de arenas movedizas consigues que la sangre estancada vuelva a circular por tus venas y, poco a poco, braceas hasta ponerte a salvo. Levantarte o morir. Exhausto tras la batalla, por fin puedes dormir. Nadie conoce exactamente tu estatura, porque sólo te yergues sin testigos. Te asusta demasiado comprobar que los gigantes que te humillan podrían ser aplastados como hormigas.

domingo, 9 de junio de 2013

Culpables (I)

Dormía desnuda, abrazándote en sueños, follándote a primera hora de la mañana, besándote justo antes de cerrar los ojos. Tú la querías o, al menos, creías quererla, porque estas cosas nunca se saben a ciencia cierta, tan sólo se intuyen cuando la felicidad se aleja. Primero fueron las bragas. Después una camiseta de tirantes. Por último, el pijama entero. "Hace demasiado frío", dijo ella y tú supiste que ya no la abrigabas como antes. La franela sirvió de muro de contención. Nunca te atreviste a despojarla de su envoltorio. Te contentaste con los pocos minutos de sexo que te regalaba de manera graciable. No todos los días, sólo de vez en cuando. Y mientras se duchaba antes de ir al trabajo, la contemplabas desde el otro lado de la mampara, elucubrando sobre quién sería él. Si hoy te preguntaran serías incapaz de decir quién dejó a quién. Ella fue quien cubrió su cuerpo, que antes te mostraba sin tapujos; quien hizo las maletas y cerró la puerta sin volver la vista atrás; también quien te puso los cuernos con un clon de su padre, a quien nunca le gustó tu barba de náufrago ni tus uñas mordidas. Pero eres tú quien te pones el termómetro todos los días, estudiando las variaciones de tu temperatura corporal, empeñado en que, en algún momento indeterminado, descendieron los grados de tus manos, obligándola a buscar el calor que tú ya no le aportabas. En toda ruptura, siempre hay dos culpables.

miércoles, 5 de junio de 2013

Intersticios (I)

Dices que te pierdes en los intersticios de mis dedos. Yo sólo me encuentro entre los tallos de tu barba de dos días, ésa que exfolia el contorno de mis labios y arranca cosquillas a las cara interna de mis muslos. Nuestras lenguas desatadas esculpen excusas incendiadas que prenden lenguas de agua que encauzan los suspiros que nacen en las ingles y mueren en los pies. A veces te odio. Otras también. Si se troncha mi cuello, mi médula te servirá de rehén. No pidas rescate a los dioses. Es en el infierno donde arde mi carne. Un agujero en la palma de mi mano. Una tumba abierta en el envés. No contemos hasta tres. Los disparos son truenos que retumban en mi sien. Hierros candentes en las vías del tren. Mañana no existe. Esta noche es de papel. Una piedra afilada rasgará la madrugada. Un rayo de sol chamuscará la punta de nuestras pestañas. No prorrogues la condena. No llores, aunque te dé pena. El esbozo de una sombra puede tener más consistencia que el cuerpo que la proyecta. Por eso al caer la tarde te sientes más vivo. Por eso escuece el humo que respiro cuando exhalas el último aliento de contrabando de tu cigarrillo. Dos granos de arena caen del reloj de tu muñeca. Sólo miden el poco tiempo que nos queda y lo mucho que nos cuesta. Ser sinceros. Ser violentos. Ser veloces como el viento. Dos robots petrificados lloran al creerse muertos. Tú palpas el acero de sus párpados y concluyes que es perfecto para ayunar en tiempo de Adviento. Yo me callo y no suspiro. No es la primera vez que no te olvido.

domingo, 2 de junio de 2013

Los domingos por la tarde son para dormir la resaca del sábado

Los domingos por la tarde son para dormir la resaca del sábado, pero tú no tienes gota de alcohol en sangre, ni un mínimo resto de ese whisky con el que solías ahogar tus penas más adolescentes. Ella tampoco bebió la noche anterior. Es más, ni siquiera salió de casa. Prefirió permanecer tumbada en el sofá, abrazada a un bol rebosante de palomitas, contemplando una pantalla llena de desastres distintos de los suyos, pero no tan diferentes. Piensas en ella. No todo el rato. Sólo de vez en cuando. Excepto los domingos por la tarde en los que no tienes resaca que dormir. Añoras la primera tarde de domingo que pasasteis juntos. Su "¿Recuerdas algo de lo de anoche?" Y tu "No mucho, si te soy sincero". "Entonces, habrá que repetirlo". Eso era lo que más te gustaba de ella. Sólo planteaba un problema si sabía que tenía solución. Si no la encontraba, simplemente ignoraba su existencia. Eso fue lo que hizo contigo. Cuando te convertiste en un problema sin solución comenzó a ignorarte, a fingir que no existías. Y tú, que estabas acostumbrado a ser el centro de todo su universo, no fuiste capaz de soportarlo. Te alejaste antes de que ella se alejara de ti. Y dejaste de beber. No querías anestesiar el dolor. Tenías miedo de que dejar de sentir equivaliera a dejar de sentirla. "Es mejor haber amado y perdido que no haber amado nunca", leíste una vez en algún lado. En ese momento te pareció una chorrada. Ahora sabes que es verdad. Sólo a través de este dolor valoras adecuadamente la felicidad de aquellos días. Te gustaría recuperar esas tardes de domingo. No aquellas en las que dormías la resaca del sábado, sino en las que repetíais las partes del sexo de la noche anterior que no terminabas de recordar con claridad. Tu memoria empeoraba semana tras semana, hasta que llegó un punto en que se acababa el día sin haber terminado de recrear lo ya vivido. Pero no puedes. Sigues siendo un problema sin solución. Por eso ella continúa negándote. Probablemente ya habrá encontrado un sustituto de ti. Seguro que, ahora mismo, están volviendo a interpretar todo aquello que ya hicieron hace apenas unas horas. Te preguntas qué se sentirá al correrse dentro de ella, a pelo, sin preservativo ni ningún otro tipo de barrera profiláctica. Nunca lo sabrás. Es así de triste. Ella mira por la ventana, tratando de dejar la mente en blanco, esforzándose para auto convencerse de que no hay ningún problema que negar. Lo vuestro no iba a ningún sitio. Carecíais de futuro. Era lo mejor para ambos. Demasiados flashes bombardeando desde su subconsciente. Demasiados gritos que amordazar. Demasiada hambre que calmar. No hay problema sin solución. Luego si no hay solución no hay problema. Ésa es la máxima. Es tan fácil como coger el teléfono, llamarla, claudicar. ¿Acaso importa? Sabes que ella sería una buena madre. Tú no tendrías que hacer nada. Simplemente sentarte y contemplar los maravillosos resultados que ella cosecharía sin ayuda de ningún tipo. "Lo siento, pero ser padre no está en mis planes, ni a corto ni a largo plazo. Es una cuestión de principios. Sólo se vive una vez y no estoy dispuesto a supeditar mi vida a nadie". Sonaba muy bien cuando lo decías, pero ahora parece estúpido. Tu vida no sé si está supeditada, pero sí estancada. Desde que te alejaste de ella no has conseguido dar ni un solo paso. Ella tampoco, pero tú no lo sabes. Recuerdas el movimiento de sus caderas sobre tu cuerpo, el crujiente sofá, tus dedos en su culo, en sus tetas, en su boca. Sólo una llamada y podrás dar sentido a esta larga tarde de domingo. No hay problema sin solución. Por eso destapas la botella y anestesias el dolor. Borrar su rastro o borrarte a ti. Poco importa si fue antes el huevo o la gallina. Ambos acaban en el estómago de humanos que se empeñan en no ser vegetarianos.

viernes, 31 de mayo de 2013

Neguri (III)

Llevas la inmensidad del mar encerrada en tu pecho, tu aliento destila sal y la espuma de las olas enmarca tu iris y tu pupila. Dices que echas de menos la costa, sin darte cuenta de que todo lo que añoras está dentro de ti. Y yo, tan difícil de retener y de contar como la arena, me quedo a tu lado, esperando que laves mis costados y compactes mi materia, que me moldees a tu gusto y deseo, que me destruyas y me rehagas a tu antojo, sabedora de que, aunque lo intente, no podré escapar del abrazo de tu resaca nocturna.

miércoles, 29 de mayo de 2013

Mapas (I)

Camina con los ojos cerrados. Si los abriera dejaría de sentir el áspero roce del viento y no podría escuchar los suspiros del aire. La gente la mira, pero no le importa, porque no los ve, sólo los intuye y el mal hace menos daño si no tiene forma, si se reduce a una mancha indeterminada que acecha al otro lado de la cortina. Algunos le gritan, dándole instrucciones para que no se estrelle contra un árbol, ni sea atropellada por un camión, pero ella conoce de sobra el camino y todos y cada uno de sus obstáculos. Son mapas tatuados en su instinto y en las plantas de sus pies, puzles que aprendió a encajar cuando todavía dormía en cuna, líneas de puntos que unen los lunares de su espalda. Sólo él estaba sin trazar. Por eso no pudo evitar chocar.

domingo, 26 de mayo de 2013

Cementerios (I)

Desde que no estás, mi casa es un cementerio de ropa sin enterrar, de artículos en desuso sin clasificar, de platos sucios sin fregar, de facturas sin ordenar. Miro por la ventana y sueño con el mar, con el viento que genera las olas y la espuma que eriza su calma. No hay reproches por mi parte. Entiendo que era fácil la elección, pero si me aparto del centro de la tierra se quebrará mi voz. Seguirte no es una opción. He de quedarme para rellenar el lado izquierdo de mi colchón, fingiendo que no me invade el frío del hemisferio vacío, obviando el vaho que exhala mi aliento, otorgando densidad al tiempo ceniciento y cruento. En el piso de arriba alguien tira de la cadena del váter. En el de al lado gritan animando a su equipo. El de abajo suena a sepulcro de horas muertas. Cojo el teléfono y hago tres llamadas, sólo para asegurarme de que aún existo, de que aunque tú me olvides hay gente que no lo hará. Cena fría y ducha caliente, antes de regresar a la cama a dormir tu ausencia, a soñarte como penitencia por no retenerte con violencia, dejando que como un globo de helio ascendieras hasta las inalcanzables nubes. Juego a que no existes. Cierro los ojos y espero, pero tengo miedo. Si me desvelo no podré acunarme entre tus dedos ni abrigarme con las hebras de tu pelo.

jueves, 23 de mayo de 2013

Impulsos (I)

Impulsos. Impulsos que te dominan, que te obligan a hacer cosas que no debieras, que no tienen sentido ni razón de ser, pero que adquieren entidad casi tres años después de su perpetración. Voces. Voces que te hablan en sueños. También cuando estás despierta. Que te explican la lógica divina que encierran tus actos obsesivos compulsivos y las aparentes casualidades que te han traído hasta aquí. Poco a poco armas el puzle en 3D. Dicen que todos tenemos un don. El tuyo es abandonarte a los designios de tus manos, no impedir la realización de sus deseos, borrando el culpable rastro del arrepentimiento. Paulo Coelho se equivoca. El universo sólo ayuda a quienes aceptan sus caprichos y confían en la sabiduría de sus planes más ocultos, a quienes saltan sin red ni chaleco salvavidas, a quienes, cuando no nadan, vuelan.

domingo, 19 de mayo de 2013

Tormentas (II)

No hay leyes que rijan la aproximación de nuestros cuerpos, pero sí su inevitable y necesaria separación. La casualidad del encuentro. La certeza del adiós. Una pincelada roja tiñe tu voz. El dolor. El amor. Una ficción. Ya no juego a la ruleta. El destino es más fuerte que el azar. Una vez te vi mirando el mar. Inmensidad. Tempestad. Eternidad. Tú me contemplaste llorar sin ningún tipo de piedad. Extraña mezcla de bondad y maldad. Ácido sabor a imposibilidad con exceso de sal.

viernes, 17 de mayo de 2013

Caídas (IV)

Puede que después de todo no fuera cierto, que no te borrará ni el viento, ni el tiempo, ni la calidez de otro aliento o puede que sí, que cuando te prometí olvidarte lo conseguí. Pero hoy me tropiezo contigo y caigo al suelo. Sé que si miro hacia arriba no podré levantarme, pero al mirar hacia abajo me encuentro con tu mano tendida, dispuesta a ayudarme, a ejercer de palanca e izarme. No eres más que un callejón sin salida y yo una rata naufragada que bracea a la deriva.

jueves, 16 de mayo de 2013

Cuando me eches de menos, ella ya no estará

Si la quieres a ella, no me lo digas. Finge que no es así. Engáñame a mí y engáñate a ti. Demasiado tiempo juntos para renunciar al ruido de tus pisadas al marchar a trabajar. Demasiadas horas muertas esperando una petición de mano que ni viene ni vendrá. Demasiados minutos suicidados con el veneno de quien se sabe más importante entre todos los insignificantes. Demasiados segundos ahorcados con el alambre de tus promesas incumplidas. No tires todo por la borda. No arrojes nuestro amor al wáter y aprietes el botón de la cadena. No soporto esta insulsa obra de teatro. Te pido que actúes y te limitas a recitar la verdad. Ni siquiera Hamlet escupía a la cara tantos pedazos de realidad. Quédatela. Fóllatela. Reviéntala. Úsala. Tírala. Cuando me eches de menos, ella ya no estará.

miércoles, 15 de mayo de 2013

Cataclismos (I)

Los días en los que se producen los grandes cambios son exactamente iguales a aquéllos en los que nada muta a nuestro alrededor. Ningún indicio externo anuncia los giros de 180º. Ningún síntoma interno advierte de la proximidad de la destrucción de nuestros cimientos más básicos. Te levantas por la mañana sin sospechar que tu mundo está a unas horas de volverse del revés. Actúas como si todo fuera bien. Haces lo que haces siempre. Caminas, hablas, trabajas, te paras, escuchas, comes, corres, lees, cenas... Todo transcurre por el cauce predeterminado y tú te ufanas de la simplicidad de la mente divina, desposeída de la capacidad para sorprenderte mínimamente. Entonces, sin previo aviso, tiene lugar el gran cataclismo y ya nada volverá a ser como antes. No se trata sólo de que el golpe te haya pillado con la guardia baja, es que sabes que nunca podrás recuperarte de ese gancho de izquierdas. Tu inseguridad innata se desmigaja y tus creencias más firmes se vuelven de cristal. Tratas de huir de lo que no se puede huir y, al darte cuenta del callejón sin salida en el que te hallas metida, sólo se te ocurre escalar la empinada pared que te puede separar de la red que te quiere retener, pero las puntas de tus dedos carecen de la adherencia necesaria para caminar en vertical y te quedas mirando al cielo, buscando una estrella fugaz a la que pedir un deseo que sabes que jamás se te concederá.

lunes, 13 de mayo de 2013

Derrotas (IV)

Pienso en todas las derrotas anteriores, en el dolor y las lágrimas que provocaron. Querría que desaparecieran, pero sé que si no hubieran existido no estaría aquí. Algunos creen que soy fuerte. Otros que extraordinariamente débil, frágil, vulnerable. Ninguno de ellos tiene razón, porque ninguno sabe lo que cuesta, lo que escuece, lo que hiere. Sé que me levantaré de ésta, siempre lo hago, por difícil que parezca, incluso cuando deseo que mi cara permanezca pegada al asfalto, respirando el sudor de los vencidos, algo tira de mí, irguiéndome, empujándome, espoleándome. No quiero seguir luchando, pero, si me rindo, ellos habrán ganado.

domingo, 12 de mayo de 2013

Naufragios (I)

Estás metida hasta el cuello, pringada hasta las cejas, pero aún piensas que existe solución, que puedes sobrevivir indemne al naufragio. No te hundes con el barco. Hace tiempo que saltaste por la borda para nadar con los delfines y, sin embargo, lo único que has hecho hasta ahora es pelear a dentelladas con los tiburones. No te quieren, pero eres tú quien los hiere. Tus colmillos son más agudos que los suyos. Tus aletas mucho más firmes a la hora de fijar el rumbo. Nada en la espesura de la nada. Sumérgete en la hora más oscura de la madrugada. No te importe la ausencia de linternas. Hay salidas que sólo se encuentran a tientas.

lunes, 6 de mayo de 2013

Nocturno (II)

Hueles a sexo y yo a cansancio. Demasiadas noches en vela, imaginando, palpando, soñando, saboreando, jugando con la idea de apretarte entre mis piernas. Mis manos no me dejan dormir. Te sienten dentro de mí. Me derrito, aunque no estés aquí. Tu piel, tus ojos miel, el lunar izquierdo de tu sien. Tus dedos sosteniendo medio cigarrillo, más apagado que encendido. Tus labios, succionando la poca nicotina que le queda, reactivando la lumbre, resucitando el humo. Tu saliva lamiendo el filtro. Tus manos amasando el aire. Tu media sonrisa de James Dean. Tus pupilas enfebrecidas. Tu frente fruncida. Tu entrepierna reprimida. Mi gemido suicida. Un callejón sin salida. Huelo a sexo y tú a cansancio. Demasiadas horas observando, esperando una señal, un cambio de luces que te permitiera pasar, una bajada de bandera que te incitara a acelerar, un sí claro y rotundo, que no dejara resquicio a la duda, que desatara la locura, que asaetara la cordura. Un revolcón de madrugada. Un polvo de mañana. Una siesta fuera de la cama. Olemos a sexo y a cansancio. La dilatación de nuestros cuerpos sobrepasa las fronteras del colchón. Sudor. Saliva. Semen. Sudor. Saliva. Semen. Sudor. Saliva. Semen. Sudor. Saliva. Semen. Pisamos un suelo profilácticamente enmoquetado hasta llegar al baño. El agua no nos calma ni relaja, ni siquiera enfría los pedazos de dos almas ancladas a unos cuerpos que al unirse se han partido. Suena un teléfono que despierta las alarmas. No debí mentirle, pero hay cosas que es mejor no decirle. Se acaba el juego. El ruego lo dejas para luego, para cuando sea inapelable la necesidad de volver a encender el fuego. Reptas entre los postigos de la ventana de mi dormitorio. La literalidad de las palabras no sirve para explicar ciertos desastres. La verdad sólo se intuye a través de las metáforas. Escribo sin comprender nada de lo que digo. Me pongo el abrigo. Te busco entre mis amigos. Cuando te encuentro, respiro. La noche tamiza mi retahíla de suspiros. Es duro no tocarte. Es imposible no besarte.

sábado, 4 de mayo de 2013

La masa aplaude

A veces escribo cosas sin sentido, sin que me importe lo que los demás puedan pensar o crean adivinar. No soy yo quien lo decide. Nunca he controlado los actos de mis palabras. Mucho menos las consecuencias de sus actos. No es que me lave las manos, como Pilatos, es que no puedo asumir una responsabilidad que me es ajena, extraña, externa. Aunque no me creas, esto no va de ti ni de mí, sino de otros que viven sin vivir. Siempre ha sido así, pero el número de sordos se ha multiplicado exponencialmente con el transcurso del tiempo. Ya nadie escucha las historias que flotan en el aire y se enroscan en las muñecas de venas palpitantes. Los escritores prefieren hablar de sí mismos. También la gente corriente. Me gustaría que ése fuera mi caso, pero si hablara de mí significaría que sólo soy un personaje de ficción. Cogito ergo sum. El método era bueno, pero Descartes se equivocó con la verdad indubitada. Esta noche de farolas encendidas y velas apagadas se escapa por las ranuras de la puerta blindada. Me pongo a dieta, con la esperanza de ser tan delgada como ella y lograr así huir de esta prisión de trajes y corbatas negros y grises, tan oscuros como el tiempo del destierro. A veces lloro. Otras no. El silencio del reloj no detiene el lento avance del tiempo. Tus dedos tapan dos agujeros de la flauta. Tu boca sopla un pedazo de viento. La masa aplaude. Yo no.

viernes, 3 de mayo de 2013

Canción truncada

Es una canción que no te atreviste a terminar. Te daba demasiado miedo enfrentarte a la verdad, escribirla en su totalidad, sin una coma de menos ni un punto de más. Cuando el pánico de llegar hasta el final se convirtió en insoportable, paraste en seco y pasaste el resto de tu vida tratando de convencer a los demás de que aquel minuto y medio era todo lo que tenías que aportar al mundo. En realidad era cierto. El resto resultaba imposible de afrontar.

lunes, 29 de abril de 2013

El pijama está frío

El pijama está frío y echo de menos el contacto de tus manos, responsables de ese calentamiento global que ahora tanto necesito. Me acuesto. El edredón se convierte en una anaconda furibunda ansiosa de carne y huesos que crujen al partirse y desgarran la piel. No es suficiente para derretir el hielo incrustado en mi paladar. Sólo tu saliva de fuego podría licuarlo, pero has decidido alejarte de mi boca. Escupía alquitrán negro y untuoso y tú sabes que las manchas de petróleo no salen fácilmente. Yo también acabaré emigrando, huyendo de este pozo de aguas cenagosas y cadáveres en descomposición. O puede que no, que me quede rezando para que tenga lugar ese milagro en el que ya no creen ni las mayores beatas de Jesús del Gran Poder. Siempre me atrajeron las causas perdidas. Siempre me imantaron las mentiras. Nunca pude despegarme de las pesadillas. Nunca supe escabullirme a hurtadillas. Si no quieres, no vuelvas. No sería tan fácil morir si estoy contigo.

martes, 23 de abril de 2013

Hubo un antes y un después de aquella noche

Hubo un antes y un después de aquella noche, un antes y un después de las lágrimas con cal, un antes y un después de que comprendieras que tu destino no se puede modificar. Ya lo intuías, pero esa intuición no debería nunca haber derivado en certeza. Las certezas matan, igual que la verdad y si tú aún estás viva es por pura casualidad. Normalmente no lo recuerdas. Te despiertas inquieta y cansada, pero también amnésica, inconsciente de todo aquello que acabas de vivir (recordar se queda corto). Pero, a veces, el mecanismo de autoprotección se debilita. Eso fue lo que ocurrió aquella mañana, mientras te caías de la cama para enfrentarte a un mundo que no te merece como rival. Fue sólo un flash, una imagen, un nombre, un abrazo, un beso, un llanto. No quisiste seguir tirando del hilo, pues si el hilo se alarga terminará enroscándose alrededor de tu cuello, privándote de aire, quebrando tu laringe. Pero la imagen, el nombre, el abrazo, el beso, el llanto, todos ellos habitan detrás de tus párpados y, cuando pestañeas, no tienes más remedio que enfrentarlos. No hace falta que los busques. No tiene sentido que trates de evitarlos. Quieras o no quieras, ellos vendrán a ti. Igual que en todas las vidas anteriores. Pensaste que esta vez sería diferente, pero el mundo nunca cambia. Tú tampoco. ¿Y él? Él nunca terminaste de entender quién es. Por eso se repite la escena una y otra vez. La atracción de lo incomprensible escapa a toda lógica científica.

lunes, 22 de abril de 2013

Las paredes de mi boca

Tu ausencia sabe a plástico quemado y carbón congelado. Escuece mi paladar. Me da ganas de vomitar. Tú lo sabes, pero no te importa. Hace tiempo que no deseas palpar las paredes de mi boca.

martes, 16 de abril de 2013

domingo, 14 de abril de 2013

París (I)

No quiero escribir. Tengo miedo de que se me escape la verdad que araña las paredes de mi estómago hasta hacerme vomitar. Hay cosas que no entiendo. Cuando las comprendo, miento. Esta lengua que no calla es manca. Por eso no logra asir ninguna de las frases que mi mente no para de repetir. Lo siento. No puedo ir a París. Si contemplo el Sena, sólo querré ahogarme en ti.

Semana Santa linarense


sábado, 13 de abril de 2013

jueves, 11 de abril de 2013

miércoles, 10 de abril de 2013

lunes, 8 de abril de 2013

Amor cobarde

Hoy no quiero verte, aunque no termine de comprender el motivo, la causa, la razón. Hoy no quiero olerte, quererte, entenderte, retenerte. Hoy quiero dejarte ir, alejarme, desintoxicarme de ti, separar mi cuerpo del tuyo, creando una frontera infranqueable que ninguno de los dos volveremos a cruzar. Puede que esto mismo lo haya dicho ya o puede que tan sólo lo pensara un segundo antes de comenzar a soñar con princesas y dragones y caballeros ambulantes que ni andan, ni cabalgan ni rescatan, sólo venden el humo de un heroísmo que se desvanece al llegar el alba o al entrar en contacto con el peligro que dicen buscar, pero que no son capaces de afrontar. El trino de los pájaros es ahora lo que despierta a las Bellas Durmientes. Los besos de amor verdadero no devuelven la vida a sus bocas, no porque el amor haya muerto, sino porque se ha vuelto cobarde, asustadizo, medroso, pusilánime. Todos huyen ante la primera dificultad, considerando que no merece la pena luchar si existe alguna posibilidad de salir herido. Nadie quiere derramar sangre, ni la propia ni la ajena. Por eso, cada día, nacen menos niños. El amor duele. El embarazo pesa. El parto desgarra. Ya nadie está dispuesto a sufrir o sacrificarse por otro. Tampoco por uno mismo. Por eso todos renuncian a su verdadero yo, disfrazándose de fantoches que sí serán aceptados y loados por el consenso social. Lo diferente molesta, pero yo insisto en ser distinta. Tú me miras y meneas la cabeza. "No te das cuenta de lo equivocada que estás". No merece la pena contestar.

Semana Santa linarense


domingo, 7 de abril de 2013

Apocalipsis (III)

Sólo queda el estruendo de este horrendo y cruento lamento eterno. Sólo queda el sabor del adiós que impuso Dios como penitencia ejemplar que trata de purgar el pecado menos original que se atrevió a cometer un simple mortal. Queda la herida en el centro del pecho, el agujero negro que devora tus entrañas y la sangre que gotea de tus ojos sin pupilas, arrancadas de cuajo para no contemplar ese daño huraño que, desgraciadamente, no te resulta extraño. Sabes que ha llegado la hora de tirarte por la proa, pero tienes demasiado miedo de flotar, de no hundirte hasta el fondo, como los demás. Por eso contemplas la espuma del mar y rezas para que, menos tarde que temprano, un gigantesco tsunami te estrangule entre sus manos.

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sábado, 6 de abril de 2013

viernes, 5 de abril de 2013

Salvajes (I)

Silencio. Paz. Calma. Ni los muertos gimen ya. Es sólo un segundo. Un remanso que se desbocará en cuanto abras los ojos. Por eso disfrutas tanto de él, por su irrepetibilidad, por su inaprehensibilidad, por su volatilidad. Como el humo, ascenderá hasta los cielos y se diluirá entre las nubes en las que duermen tus sueños pendientes de realización. Duele. Lo sé. Lo sabes. Por eso aprietas los párpados, estrangulando tu última esperanza de ser libre, feliz, completo. Un bocinazo te despierta. Arrancas el coche y atropellas los últimos pedazos de humanidad que te quedan. Te conviertes en una máquina bien engranada y engrasada, en un autómata programado para producir y descansar, sin sentir ni pensar, sin imaginar, sin fantasear. Caen las primeras gotas del diluvio universal. Los robots no saben nadar. Por eso yacen en el fondo del mar. Sólo los salvajes sobrevivirán.

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jueves, 4 de abril de 2013

Esta tierra es mía

Ya no tengo miedo de volver al arroyo. No me importa tener que colar el barro para destilar un par de gotas de agua. Me da igual que se me resquebrajen los labios, dormir en el suelo arropada por una incipiente hipotermia o que se me hinche la tripa, llena de una inconmensurable nada. No tengo miedo. No me importa. Me da igual. Si me quitas lo poco que poseo, no me verás llorar. Pase lo que pase sobreviviré. ¿De verdad piensas que puedes vencer? Antes de lo que imaginas te pisotearé con mis sucios y famélicos pies.

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miércoles, 3 de abril de 2013

martes, 2 de abril de 2013

lunes, 1 de abril de 2013

domingo, 31 de marzo de 2013

Heridas (IX)

Cuento las heridas de mis brazos. Demasiados golpes. Sólo un tortazo. Hiervo agua para un té. A última hora, decido teñirla de café. Dormir sin ti no merece la pena. No descanso. Nunca sueño. Mejor permanecer despierta y escribir acerca de todo esto que me gustaría no sentir, de las caídas que sufrí, de los huesos fracturados que logré unir, de los cardenales amoratados que recopilé por ti. No malinterpretes lo que digo. Aunque no se vean las marcas, mis poros sangran.

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sábado, 30 de marzo de 2013

Marzo (VI)

Hay noches en las que la lluvia duele y el viento escuece. Noches de escarcha y adioses, de ceniza y trombones, de lágrimas que se deslizan por los cristales de las ventanas y palabras de vidrio que se quiebran al rayar el alba. Noches en las que disparo flashes desde la azotea más alta del pueblo, sin importarme su corto alcance, porque no pretendo iluminar a nadie más que a mí misma, cruzando los dedos para que me encuentres y me salves de esta noche de lobos y ogros, de brujas y runas, de infinita negrura y honda espesura, de tambores sin sones y autodestructivas canciones, de recuerdos y olvidos, de fidelidad y traición, de rojos oscuros y columnas de humo. Esta noche sólo mi razón duerme. Yo trato de cerrar los ojos y fingir que no siento el helado tacto de la nada ni el rayo láser de tu mirada. Desde la seguridad que otorga la distancia, disparas, aciertas, me matas.

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viernes, 29 de marzo de 2013

jueves, 28 de marzo de 2013

miércoles, 27 de marzo de 2013

martes, 26 de marzo de 2013

Marzo (V)

La luna está llena y mi corazón menguante. Cada latido bombea menos sangre. Aprieta mis manos azules, besa mis labios violáceos, acaricia mis mejillas exangües. Aúlla mi muerte al resplandor de la noche inerte. Seré fuerte. Aunque ya no estés dentro, mi cuerpo aún te retiene.

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