martes, 29 de noviembre de 2016

Auto de fe

Ella llena el silencio de palabras que ahuyentan a los monstruos. Él la mira, como contempla el suicida el precipicio, sin saber si, cuando tire de la anilla de sus labios, se abrirá el paracaídas de sus brazos. Ella sonríe, como si no existiera el llanto en este mundo, como si el dolor no hubiera azotado jamás la comisura de su boca, como si, al cerrar los ojos en mitad de la tormenta, no temblara ante la idea de que, al volver a alzar los párpados, el vendaval haya podido arrancar de cuajo todo su mundo. Desde que la conoce, él ha comprendido que la felicidad es un instante intermitente, una carta escrita en Morse, un niño tartamudo que ensaya en la última fila del coro de la iglesia. Ella trata de alejarse, de seguir las huellas impresas por la estampida de los monstruos, siempre en búsqueda de una nueva ciénaga en la que sumergir su amor hasta las cejas; pero, cada vez que él corta un eslabón de la cadena, ella regresa al epicentro del desastre, esclava de un secreto tatuado en su antebrazo, súbdita de una idea que palpita en la boca de su estómago. Ambos saben que no importa, que, si no saltan al abismo, el abismo acabará saltando sobre ellos, guepardo sediento de carne cruda y sangre fresca, depredador impío, buitre certero. El cadalso ha sido hace tiempo levantado, pero ninguno de los dos ha decidido aún si prefiere que sea su cabeza la que ruede sobre el suelo o su mano la que empuñe el hacha fratricida. Poco importa morir cuando se sabe que resucitarás al tercer día.

martes, 1 de noviembre de 2016

Cementerios (IV)

Moriré sin que me beses, sin haberte pedido siquiera que lo hagas y estará bien, porque tú y yo sólo pudimos ser producto de las lágrimas del martes más negro de la tierra. El amor no debería crecer sobre una tumba ni el olvido resistirse a la guadaña del tiempo que devora nuestros días. Camina tranquilo, que ya no seguiré ninguno de tus pasos. El terremoto sólo consiguió agrietar algunas de las lápidas, pero no hace falta soltar aquello que nunca se ha cogido. Sopla el viento de un noviembre que se resiste a dar la cara. Gotea la sangre de mis puños, cansados de golpear a este octubre homicida que apuñala por la espalda. Yo me quedo. Tú te vas. Conocer el final sólo hace que duela un poco más.

miércoles, 19 de octubre de 2016

Una habitación sin vistas

Era fácil. Sólo tenías que marcharte, convirtiendo en irrevocable esta decisión que nunca he terminado de aceptar. Pero volviste, entreabriendo de nuevo la puerta a la posibilidad de que el quizá pudiera llegar a ser real. Te odié por ello. Te odié tanto que podría haber llegado a quererte para siempre, pero la eternidad duró sólo unos segundos, el tiempo suficiente para que te metamorfosearas en una pequeña astilla enquistada en el dedo gordo del pie (molesta un poco al andar, pero nunca llegará a ser mortal). Somos agua que se escurre entre los dedos del destino, pero, por mucho que tratemos de escapar de entre sus garras, una parte de nosotros permanecerá siempre retenida en el cuenco de sus manos. Lo he intentado. Seguiré haciéndolo, pero puede que la astilla, algún día, se convierta en puñal que rasgue mi carne en telón abierto de par en par. Puede que te asustes al contemplar desnudas mis entrañas o puede que te enamores de todo aquello que siempre has tratado de ignorar. No depende de ti. Tampoco de mí, pero tal vez sea yo quien deba marcharse.

jueves, 6 de octubre de 2016

Cuando las gaviotas se tiñan de luto

Fue un año gris, lleno de destellos de luz que, por un instante, consiguieron espantar todas las sombras. Pero la oscuridad terminó por imponerse, tus ojos anegados de petróleo, mi corazón ahumado de presciencia. Traté de salvarnos del desastre, achicar las tinieblas que amenazaban con hundir la endeble barca que sostenía nuestra fe en lo imposible; pero mis brazos, agotados de escarbar en la negrura, terminaron por rendirse a la evidencia de que tu pasividad era tan decidida como inamovible. Te miré, con la misma incomprensión con la que contemplo los absurdos cuadros de Miró. Tú volviste la cara hacia la orilla y, por primera vez, entendí que nunca te atreverías a adentrarte en mis marismas. El viento azotaba nuestros rostros, endureciendo la carne que ambos nos negábamos a regar con lágrimas. Ocurrió poco a poco, casi sin que ni tú ni yo nos diéramos o, más bien, nos quisiéramos dar cuenta. Ni siquiera sabría decir si caímos o nos tiramos por la borda. Tú nadaste hacia tierra. Yo floté hacia el epicentro del océano. Serás feliz en tu desgracia y yo me alegraré de mi desdicha; aunque, tal vez, algún día, cuando las gaviotas se tiñan de luto y las alimañas dejen de arrastrarse sobre el suelo, podamos tatuar nuestro futuro sobre esta pizarra que hoy resulta tan hostilmente inapelable.

martes, 30 de agosto de 2016

Cataclismos (X)


No es tan fácil, dijo él, y tenía razón, aunque no fuera de esto de lo que hablaba, sino de algo tan parecido como distinto a los alfileres que ahora acupunturan mis tripas. No es el primero al que le jodo la vida. No eres el primero que me la jode a mí. El Señor de Voz Cavernosa y Bolsas bajo los Ojos escribió hace más de tres años todo aquello que a mí me habría gustado saber decir. Aunque haya cambiado, el disco aún no se ha rayado (mi piel horadada en sueños por la aguja de tus labios). Sé que nadie entenderá nunca estas metáforas, como tampoco yo comprendo al Lorca de Nueva York, pero algunos sentirán que la sangre que derramo ha circulado antes por sus venas, vomitada por arterias que no saben fluir en contra de los latidos asíncronos de su corazón discapacitado (hay cataclismos de los que sólo la noche puede ser testigo). Tropezar, caer, levantarse sólo a medias, porque hay heridas que no cierran y pedazos de nuestras rodillas que fallecieron sobre el asfalto (el ulular de las lechuzas desgranando las mentiras que fingimos que no oímos). Y morimos, cada día un poco más, reconcomida la carne, descalcificado el hueso, pellejo hueco, esqueleto en polvo que esparcirá el viento, aunque nadie sople (nuestros fantasmas más temidos golpean con furia las ventanas, rompiendo en mil pedazos esta madrugada de cristal). No es tan fácil, dijo él, y tenía razón, aunque estuviera completamente equivocado (algunos insomnios nunca terminan de conciliar el sueño).

miércoles, 17 de agosto de 2016

La definida indefinición de lo intangible

Doy consejos que no sigo, hablo idiomas que no escribo y guardo un regalo que nunca me has pedido. A veces duelen los domingos, incluso aunque no llueva y el sol alumbre vigoroso los portales. Tú sabías que yo no huiría y yo comprendí muy tarde que tú no te quedarías. Hay palabras que no digo, límites que siempre olvido y un te quiero agonizante que, tal vez, nunca haya estado vivo. Casi siempre lloro cuando sopla el viento y hace frío, aunque aún no haya llegado el invierno ni la alopecia de los árboles haya tapizado de crujiente amarillo las aceras de las calles. Tú intuías el desastre y yo sospechaba demasiado pronto que hay historias que nunca empiezan, pero que tampoco terminan. Soy todo aquello que imagino, los precipicios que no esquivo, las nubes que no destilo. Nunca grito antes de que el dolor hinque sus dientes, aunque empiece a notar su aliento en mi cogote y mis rodillas tiemblen al vislumbrar las consecuencias de un nuevo zarpazo del destino. Tú cerraste los ojos a la molesta evidencia que alumbraba tus desvelos y yo sellé el túnel que una vez unió tu aliento a mis suspiros.

lunes, 15 de agosto de 2016

Jano

Es lo mejor. También lo peor. Tanto ruido para tan pocas nueces... Las decisiones no se toman, sino que ellas nos toman a nosotros. Caerán las hojas, soplará el viento, pero tú y yo seguiremos en el mismo lugar que en el principio del principio, esperando a que todo cambie, sin darnos cuenta de que, aunque no se hayan modificado las circunstancias, sí que lo han hecho nuestros sentimientos. Tú vuelves a ella, yo vuelvo a encerrarme en mí. La madriguera siempre es más segura que el campo abierto, también más asfixiante y oscura, pero no importa, sólo hay que aprender a ver en la penumbra y a decantar el oxígeno del dióxido de carbono. ¿Qué sería de nosotros si no existieran las metáforas? ¿Cómo podría yo mirarte a los ojos, abrir la boca y vomitar palabras desnudas de artificios? ¿Cómo podrías tú escucharlas sin que reventasen tus oídos? ¿Cómo decirte que no sé si quiero, si alguna vez quise, si querré en un futuro? ¿Cómo entenderías tú que algo puede a la vez ser y no ser el objeto y su reflejo en el espejo? A veces, los motivos más equivocados son los únicos que pueden conducirnos a una solución acertada. O puede que no y ésta sea sólo otra cortante faceta del más insoluble de todos los enigmas que nos corroen las entrañas.

domingo, 17 de julio de 2016

Mi esperanza entre las nubes

Hoy me has hecho daño, aunque no te dieras cuenta de que los trozos de cristal que se estrellaban contra el suelo eran pedazos de mi corazón destartalado por tu verdad disparada a bocajarro. No quiero volver a verte, mucho menos hablar contigo, pero sé que lo haré en cuanto mi orgullosa determinación mire hacia otro lado. A veces es tan difícil no arrastrarse por el fango... No me arrepiento. Siempre he conocido las consecuencias de mis actos, el riesgo de caer si doy el salto, el peligro de morir aplastada por el peso de lo que quise, pero nunca me atreví a hacer. Tranquilo. No dejaré que mis demonios reaviven las brasas de tus miedos. Sólo quiero poder seguir durmiendo, soñar un final distinto al que ambos elegimos, caminar despacio por el borde del precipicio, contemplar con calma el fondo, aunque el vértigo se apodere de mis piernas cada vez que alzo la vista. Pero hoy no puedo, porque el globo de helio se suelta poco a poco de mi muñeca y yo no quiero perder mi esperanza entre las nubes.

domingo, 10 de julio de 2016

Apocalipsis (V)

Me equivoqué. Otra vez. O, quizá, no. Tal vez seas tú el que no acierta a comprender el sentido del camino, el Norte del deseo, el imán que te empuja y te detiene. Yo también pienso que el mundo se hunde a cada paso que no damos, a cada verdad que amordazamos, a cada secreto que no revelamos; pero continúo quieta, callada, encriptada y rezo para que corran los cobardes, para que hablen las lenguas que cortaron los tiranos, para que se descubran los misterios que yacen en las tumbas. Me miras, deseando, a la vez, que el apocalipsis estalle y no estalle en nuestras manos, pero el sol vuelve a alumbrar tras la tiniebla y, aún así, las sombras que oscurecen nuestros sueños continúan ahogando nuestro escéptico corazón de plastilina. Abrázame fuerte, como aquella vez en que se suponía que era yo quien te abrazaba. Son tantos los demonios y tan pocos los exorcismos capaces de expulsarlos...

jueves, 7 de julio de 2016

Cataclismos (IX)

Algún día todo esto explotará y ni tú ni yo sabremos cómo limpiar los pedazos de corazón de las paredes.

jueves, 12 de mayo de 2016

Cold to see clear



No puedo escribir nada sincero. La verdad es una espina de lenguado atascada entre los dientes, horadando poco a poco las encías, hasta hacer sangrar la raíz de los colmillos. Mastica. Traga. Luego, devuelve. La honestidad nunca ha sido una virtud de fácil digestión. Veo tu cara en todas partes, omnipresente aparición que, por un segundo, detiene los tartamudos latidos de mi corazón. Mis venas están vacías, sin necesidad de corte que seccione su circulación. Cierro los ojos y tus palabras adquieren forma en la pantalla de cine de mis párpados. No quiero volver a ver esta película. Todas mis lágrimas están teñidas de añil oscuro, casi negro, o negro claro, casi añil (¿aprenderemos alguna vez a modificar el orden de los factores sin que se altere el resultado?). Mejor despertar antes de que el sueño arañe las pestañas, furibundo e indeciso Morfeo, que no termina de decidir si es mejor que permanezca alerta o inconsciente. Pero mi conciencia es perezosa y engañosa, siempre presta a confundirme, ¿es esto real o imaginado?, ¿es esta electricidad reflexiva o refractaria? Irracional, en todo caso. Tratamos de comprender lo que, por naturaleza, no puede ser comprendido. Amor y muerte, muerte y amor y tantas otras cosas que orbitan en la frontera de lo imposible. Márchate antes que yo o quédate hasta mucho después de que me haya ido. Reza a quien nunca te escuchó. Tal vez, con un poco de suerte, tampoco ahora haga caso a la plegaria. Dime cómo se pierde la batalla y no me importará poner fin a esta infructuosa guerra; pero mis manos permanecen ancladas a la espada, mientras tus labios ensalzan las hazañas de Aníbal sin su Himilce. Yo también quisiera encontrar la forma de atravesar cualquier cordillera que se interpusiera en mi camino, pero, no sé por qué, los elefantes siempre me han temido. Los pies tatúan huellas en la nieve que la ventisca borrará en pocas horas, así que, antes de que sea demasiado tarde, trazo el mapa de sonidos que podrían conducirme hasta tus brazos; pero tengo miedo de levantar la tapa y que la caja de música, por primera vez, calle para siempre.

jueves, 5 de mayo de 2016

Canciones de desamor a quemarropa

The Breeders es lo único que me queda de ti. Todo lo demás ya era mío antes de conocerte y seguirá siéndolo ahora que ya no estás. Poco me importa que me creas, pero necesitaba decirlo en voz alta para creerlo yo. Por un momento me engañaste, me indujiste a pensar que tú me lo habías dado todo, que sin ti jamás habría tenido cultura musical; pero es mentira, ahora lo sé. Descubrí "Popular" entre la ingente morralla de los 40 Principales, como quien encuentra una aguja en un pajar. Lo mismo me ocurrió con Weezer y con tantos y tantos otros grupos que tú creías exclusivamente tuyos, como si fuera imposible que alguien los hubiera descubierto antes de ti o sin tu ayuda. Pero yo lo hice. Poco me importa que me creas o no. Sólo me regalaste a The Breeders. Todo lo demás ya me pertenecía antes de conocerte. En cualquier caso, fue un gran regalo y te lo agradeceré siempre. Kim Deal bien merece un corazón destrozado como sacrificio. Desgraciadamente para ti y tu inconmensurable ego, el corazón se ensambló antes de un mes, hasta tal punto que ni "Blankest year" o "Buddy Holly" consiguen hoy que vuelva a sangrar la herida. ¿Por qué entonces hablo de ello?, dirás tú. Porque quiero darte las gracias por "Pod", "Last Splash" y "Title TK". El resto, todo lo malo, lo he olvidado/perdonado ya.

miércoles, 20 de abril de 2016

Menos Platón y más Prozac

Es posible que una parte de ti nunca despierte, que permanezca para siempre dormida en mi regazo, tu pena acunada en mi entrepierna, mis colmillos de vampiro ahuyentando los demonios que pueblan tus pesadillas más sangrientas. Dime todo lo que temes y yo te convenceré de que puedes sobrevivir al holocausto, mentón de Aquiles, talón de Ulises, pulmón de Glauco. Siempre habrá un caballo de madera que sirva de escondite a nuestro llanto, cascada de lágrimas como lluvia de flechas griegas disparadas contra Troya. Vacía la nube. Escurre el dolor sobre la tierra agrietada de injusticias. Sueña, mientras un rebaño de hadas esquiladas del polvo que otorgaría magia a nuestras alas, abanica lentamente la angustia de tu mirada devastada por las dudas. Yo tampoco soporto el aplastante peso de la bruma, el amenazante aullido de los lobos, la gelatinosidad del puente que conduce a la otra orilla. Y, sin embargo, CREO, con la ferocidad del niño y la tozudez del toro, porque el esqueleto que vertebra el mundo es tan invisible como el aire que ahora transporta tu lamento, porque la linfa que nutre el universo se compone de deseos tan fugaces que nadie se atreve nunca a formularlos, porque la vida no es sueño, sino delirio esquizofrénico, espejismo sin desierto, amalgama de sombras que nunca supieron proyectarse en la caverna. Demasiado Platón entre los párpados y ningún Prozac descendiendo la garganta. El eco de un abrazo rebotando en las paredes de las sienes, la sonrisa que Leonardo nunca supo dibujar, ocho letras enterradas por el miedo, la bala que ni tú ni yo osamos disparar.

domingo, 27 de marzo de 2016

El pantano de la tristeza

Recé, mis dedos entrelazados como escarpias, estrangulando la sangre que normalmente colorea mis nudillos. Te pedí un milagro y me lo concediste, pero no de la magnitud que yo buscaba. Él lloraba. Ella callaba. Yo sólo quería caminar descalza sobre el asfalto, su abrazo crucificado entre mis hombros, silencio en llamas, su sombra amplificada en mi pared. El Mar Rojo no se abrió, pero una leve brisa agitó la superficie de sus aguas. Las mariposas duermen, pero hay tsunamis que no dependen del aleteo de sus alas. Nadie quiere aceptar la necesidad de lo ocurrido. El dolor es un profesor que exige demasiado a sus alumnos. Mejor colorear de negro una suerte algo más pálida. Él lloraba. Ella callaba. Yo sólo quería ahogarme en aguas menos densas que sus lágrimas. Debería dar las gracias, pero si abro la boca mancharé de tinta el cartílago que aún sustenta la fe de los agnósticos. No importa. Sé que nadie entendió nunca la auténtica dirección de mis palabras, pero él intuye con tanta precisión la profundidad de mis marismas... La noche no termina, por más que el sol escupa fuego sobre la arena del desierto, vagar eterno, sed agrietada de lamentos. Nuestros pies recorren caminos ya horadados. La castigada piel riega con sangre la tierra arrebatada a sus ancestros. La muerte hoy no quiere segar nuestras gargantas, pero sus secuaces siguen acechando nuestro rastro. Tranquilo. Las hienas no son tan veloces como el eco de sus carcajadas. Él lloraba. Ella callaba. Yo sólo quería que el grito no estallara. Pero la copa cayó, esquirlas de cristal en nuestros ojos, laringes desgarradas de impotencia, un pantano de tristeza en su sonrisa y yo caballo de Atreyu entre sus labios.

jueves, 18 de febrero de 2016

La náusea es lo que queda

Ella sólo quería saber, todo lo bueno, también lo malo, la verdad es lo primero, no importa cuánto duela. La náusea es lo que queda. Y supo todo aquello que pudo conocer, pero su incomprensión creció exponencialmente con cada incógnita que despejaba. La náusea es lo que queda. Abrió las puertas de los sótanos más oscuros, desenterró a los muertos que aún no han alcanzado venganza, conversó con los fantasmas de los que nadie desea hablar, miró cara a cara a los demonios recién exorcizados, pero cada respuesta que obtenía generaba tres preguntas nuevas. La náusea es lo que queda. Interrogó a los sabios más sabios y a los ignorantes más ignorantes, pero ninguno fue capaz de explicar coherentemente el origen y supervivencia del Horror. La náusea es lo que queda. Y el Horror fue creciendo, sin que ella ni nadie pudieran atajarlo, porque no se puede combatir una enfermedad que no se entiende. La náusea es lo que queda. El mal conlleva forzosamente la existencia de su antagonista, pero ¿dónde está el bien cuando se busca? La náusea es lo que queda. Y cuanto más sabía, más quería saber, aún siendo consciente de que la verdad acabaría por roer hasta el último milímetro de sus entrañas. La náusea es lo que queda. Pero el conocimiento envenenaba y curaba a partes iguales, porque, aunque cada respuesta generara tres preguntas nuevas, cada una de esas respuestas cicatrizaba una herida, calmaba el hambre de una tenia, secaba la supuración de un corte infectado de silencios. La náusea es lo que queda. Puede que su sabiduría no fuera suficiente para evitar el avance de la epidemia, pero sí le permitió prever la dirección en la que avanzarían las crueles llamas, sedientas de inocentes. La náusea es lo que queda. ¿Por qué entonces, pudiendo salvarse, no lo hizo? La mayor lucidez es la ceguera, pero algunos ojos no son capaces de cerrar los párpados. Un altar, ninguna vela. La náusea es lo que queda.

viernes, 12 de febrero de 2016

(Paréntesis) y puntos suspensivos...

Llueve y tú no estás, pero no importa o, quizá, sí (a veces resulta tan difícil distinguir la diferencia...). Las gotas resbalan por el cristal y sé que parte de mí continúa atrapada en uno de los granos de sal que caían de tus ojos aquella noche de abrazo interminable y congoja compartida (un beso puede ser tan seco y tan húmedo a la vez...). Hay cosas que son porque tienen que ser y otras que no son porque aún no ha llegado el momento de que sean (y algunas que son sin que debieran ser, pero no hace falta que te hable de estas últimas...). Llevo una flecha clavada en el costado; duele, pero, si la saco, me desangro (sería tan hermoso vaciarme de mí misma...). No hace viento, sólo frío (y agua...). Trato de retrasar el impacto cuando tú quieres provocarlo e intento precipitar la colisión cuando decides girar el volante en dirección contraria (como si este accidente pudiera ser planificado...). Sé que hay cosas que no entiendes y otras que no quiero comprender (y, sin embargo, es tan evidente la evidencia...). Cierro los ojos, recuerdo lo que aún no ha pasado, todo lo bueno, también lo malo y sé que no merecerá la pena, que el dolor de tu ausencia lo invadirá todo, hasta el último milímetro de las células que hoy te echan de menos sin haberte tenido nunca (pero mis decisiones no dependen de balanzas...). Aprieto los párpados, tratando de aplastar tu imagen entre mis pestañas, pero tú no tienes forma, sólo alma (tanto aire y tan poca vela...). Llueve y tú no estás, pero no importa el final, sólo el camino que conduce al desenlace (¿y si la masa de los cuerpos no determinara la velocidad de la caída?). Mejor no hablar del día en el que todas estas lágrimas dejen de hacer ruido al estrellarse contra el suelo...

domingo, 24 de enero de 2016

Propósitos de año nuevo

Yo sólo quería que una parte de mí permaneciera indemne, ajena al cataclismo de tus labios entumecidos por el viento, extraña a la debacle de tus dedos encriptados; pero diciembre se abalanzó sin compasión sobre mi alma quebrantada por el llanto, debilitando mis defensas de cristal, convirtiéndome en una muralla resquebrajada, que se derrumbará sin necesidad de que ninguna trompeta alce al cielo su estruendoso grito triunfal. Era sólo cuestión de tiempo, pero yo seguía pensando que podría hacerlo. Un nuevo año. El mismo mal. La voluntad es firme, pero el corazón tan débil... Nada de esto debería ser así, pero ¿acaso podría ser de otra manera? Huir, como siempre, pero más lejos que nunca, hasta perder de vista nuestras sombras, allí donde ni los monstruos se han atrevido a pisar. Pero no lo hago. Tantas ganas de correr ahogándose en la taza del váter, antes de tirar definitivamente de la cadena. Éste no era el plan, pero no tiene sentido subrayar las evidencias. Tirarse del tren, rodar por el suelo, hasta romper la carne y quebrar el hueso, aumentar la fiebre tratando de apagarla, sed enquistada en el velo del paladar, hambre de palabras que sólo tú sabes pronunciar. Y trato de no mirarte y trato de no hablarte, porque sé que si me miras y me hablas la enfermedad dejará de tener cura. Pero todo es inútil. El agua de río siempre termina desembocando en el mar. Sólo quiero que me abraces, que la sangre de tus heridas sirva para desinfectar las mías, que la sal de tus lágrimas cicatrice todos mis desiertos y tus incógnitas resuelvan mis misterios. Sé la cruz que ya no porto hasta el calvario, el cilicio que no muerde mi muslo, la penitencia que el sacerdote olvidó imponer. Sé todo aquello que no te pida y no te conviertas nunca en lo que yo te suplique que seas. Tu miedo ya no puede destruirnos. Y ahora que ya he incumplido todos mis propósitos de año nuevo, dime cómo combato los once meses que nos restan antes de afrontar otras doce campanadas que tampoco conseguirán poner fin a este hechizo de alambre de espino y valla electrificada de peligros.

jueves, 14 de enero de 2016

No todos los martes pueden ser tan negros

El final siempre es el mismo, pero son múltiples los caminos que conducen al abismo. Tus labios, sombra quebrada en la pared. Mis dedos, ramas lubricadas con gasolina, madera seca, crujiente espera, leños agrietados, a punto de empezar a arder. ¿Por qué no huir si aún tenemos tiempo? ¿Por qué rendirnos a la evidencia del deseo? Yo sólo quiero salir corriendo, una vez más, desembarazarme de esta soga que me asfixia, olvidar que, después de tanto tiempo, te encontré sin ya buscarte. Pero no puedo. Mis pies ya sólo recorren el sendero que tus palabras trenzaron para mí. Soy esclava de una idea tan inconstante como etérea. Arrodíllate. Rinde culto a la barbarie. No somos dioses. Tampoco humanos. Sólo somos carne contra carne, sangre que fluye a contracorriente, viento golpeando los cristales, piel resquebrajada que cicatriza a lengüetazos de saliva. Ya no hay huecos, sólo una masa informe ocupando el espacio antes vacío. Tiembla la noche. También el día. Yo ya no veo. Sólo te siento. Palpo cada latido que bombeas lejos de mí. Tu corazón sólo se detiene entre mis manos. El tiempo ya no existe, pero ellos siguen contabilizando el transcurso de los años. ¡Cuántos minutos malgastados tratando de medir las respiraciones que nos restan! Abrázame. Exhala tu aliento entre mis dientes. Recita tus penas sin ceniza. ¿Por qué reír sin lágrimas? ¿Por qué llorar sin una sonrisa? No hay luz que espante a los fantasmas, pero el escalofrío se atenúa si naufragamos en el mismo cementerio. No todos los martes pueden ser tan negros.