miércoles, 15 de noviembre de 2017

Mañana. Jamás

Tú y yo nunca nos convertiremos en nosotros y, si te soy sincera, no sé muy bien por qué. ¿Recuerdas el día en que nos conocimos? Yo, tampoco; probablemente, porque no nos dimos cuenta de lo que podríamos haber sido hasta que, definitivamente, asesinamos cualquier posibilidad de llegar a serlo. Algunas historias nunca empiezan. Sólo terminan. Ésta, por mucho que me duela reconocerlo, es una de ellas. ¿Cómo se cuenta lo que no ha ocurrido, aquello que jamás llegará nunca a suceder; pero que, al mismo tiempo, tuvo lugar, aunque no espacio? ¿Qué distingue al sueño de la pesadilla? ¿Cuántas lunas hace que no nos sangran las heridas? Dijimos tantas cosas sin decir nada. Nos abrazamos al más elocuente de todos los silencios y, aún así, no fuimos capaces de desembarazarnos de los monstruos. Nos convencimos de que nuestros abismos no formaban parte del mismo precipicio: no soy yo, tampoco tú, ¿por qué siempre importa más quién declaró la guerra que quién decidió firmar el armisticio? Y puede que no sea mejor así, pero ¿qué más da, si no puede ser de ninguna otra manera? No, no podemos remediarlo. Ni tú ni yo aprenderemos nunca a reparar todos los daños. Tanto sol para alumbrar las lágrimas. Tan poca lluvia para regar unas sonrisas en peligro de extinción. Tus excusas, mi coartada y aquella mutante canción que siempre resuena en la distancia. ¿Recuerdas el último día que nos vimos? Yo, tampoco; probablemente, porque, por aquel entonces, no sabíamos que mañana, la mayor parte de las veces, acaba convirtiéndose en un sinónimo de jamás.