domingo, 30 de noviembre de 2008

Elisa

Elisa tiene un nudo en el estómago, un agujero en el corazón y un ciclón en la cabeza. Normalmente todo encaja y es más feliz que una perdiz. Pero, de vez en cuando, salta la chispa y se produce el cortocircuito. En tan funestas ocasiones, un negro nubarrón planea sobre su cabeza y, por más que lo intenta, es incapaz de ahuyentarlo. Y decide encerrarse en su caparazón hasta que su huracán interior pierda fuerza. Y, aunque debería salir y enfrentarse al mundo, se queda encerrada en su guarida, porque no le apetece arriesgarse a vivir, porque está harta de tirarse a la piscina y golpearse con el fondo, porque le duelen demasiado los cardenales de su alma, porque no tiene fuerzas para esbozar una sonrisa fingida ni desvergüenza para llorar unas lágrimas sinceras, porque está cansada de buscar sin encontrar y de tropezarse con las piedras del camino, porque no encuentra el apoyo en el que hacer palanca para propulsarse hasta el infinito y más allá, porque sabe menos que el mísmísimo Sócrates, porque no le dieron un manual de instrucciones para aprender a manejarse a sí misma, porque no sabe lo que quiere, ni lo que no quiere, ni, mucho menos, cómo conseguirlo.

martes, 25 de noviembre de 2008

Mi canción del día

Porque Pauluki me la ha puesto hoy en el coche y me he pasado gran parte de la tarde con ella en la cabeza.

Mi único triunfo

Sé que mi mirada te perseguirá eternamente y que mi sorprendente e inesperado silencio permanecerá clavado como un dardo envenenado en la boca de tu estómago. Ése es mi triunfo, el único de una vida entera malgastada intentando hacerte feliz, intentando satisfacer tus más mínimos deseos, intentando conformarme con las migajas de las caricias que esporádicamente me regalabas, intentando convencerme de que, en el fondo, me querías; una vida entera malgastada intentando ocultar tus crímenes, intentando purgar tus pecados. Ya es demasiado tarde para corregir mis múltiples e innumerables errores, pero siempre me quedará ese instante en el que dejé atrás el miedo que atenazaba mis entrañas y logré liberarme de las pesadas cadenas que me aplastaron durante más de veinte años.
Me dejé atrapar por tus palabras, sin darme cuenta de que las palabras son efímeras, cambiantes y maleables. Sólo los hechos sirven para retratar la realidad. Y una larga retahíla de hechos incontestables es lo único que me queda en estos momentos.
Tus palabras me decían que te enamoraste de mí a primera vista, que desde el mismísimo momento en que me viste supiste que estaba hecha para ti. El hecho es que te quise en la distancia y en secreto durante más de seis meses antes de que tu mirada se dignase a cruzarse con la mía. Tus palabras me decían que me querías con locura y que no podías vivir si mí. El hecho es que sólo quedábamos cuando a ti te venía bien, cuando tus amigos no reclamaban tu atención exclusiva, cuando no tenías a mano otra persona con la que entretenerte. Tus palabras me dijeron que querías casarte conmigo y pasar el resto de tu vida a mi lado. El hecho es que ya sabías que estaba embarazada de ti cuando me pediste en matrimonio. Tus palabras repetían una y otra vez lo feliz que eras junto a mí. El hecho es que sólo eras feliz con un mínimo de tres cubatas circulando por tus venas. Tus palabras acusaban al alcohol después del primer tortazo. El hecho es que cuando me abofeteaste no habías llegado a tu dosis mínima de efluvios etílicos. Tus palabras culparon de la primera paliza al estrés causado por tu despido. El hecho es que llevabas mucho tiempo buscando una excusa para pagar conmigo todas tus frustraciones. Tus palabras se volvían melosas después de cada golpe, después de cada grito, después de cada insulto, después de cada herida física o psíquica. El hecho es que sólo se trataba de una estrategia para mantenerme a tu lado, enganchada y dependiente de ti, adicta a un amor inexistente, encadenada a una casa que nunca fue un hogar. Tus palabras me decían que nuestras dos hijas eran lo mejor que te había pasado en este mundo. El hecho es que tuve que realizar auténticos esfuerzos por evitar que te molestaran en tus malos momentos, por evitar que se convirtieran en la diana de tus violentas muestras de afecto. Tus palabras siempre fueron contradictorias: un momento era una puta que no servía para nada y quince minutos y veinte golpes después me convertía en la mujer de tu vida y la luz que alumbraba tu gris existencia. Tus hechos nunca se contradecían: siempre fui un apéndice de ti por el que no sentiste el menor afecto, un saco de boxeo con el que poder desfogarte en cualquier momento, un animal de compañía cuya continuada presencia acababa irritándote, un ser cuya supuesta inferioridad servía para reafirmar tu maltrecha autoestima, una palangana siempre dispuesta a recoger la bilis que escupías cuando el mundo y la vida te resultaban insoportables, un felpudo en el que poder restregar tus zapatos cuando pisabas alguna mierda por la calle, una manta dispuesta a arroparte en las frías noches de invierno, un sillón en el que poder descansar tus maltrechos miembros.
Nadie comprendió nunca mi sumisión. Me gustaría ser capaz de explicar este hecho, pero las palabras resultan insuficientes para describir el cóctel de amor y miedo que me mantuvo anclada a ti. Quería que me necesitaras y me daba miedo dejar de necesitarte. Te entregué toda mi vida, todo mi corazón, toda mi alma y quería que esa entrega incondicional tuviera algún sentido. Recordaba todos los días las promesas realizadas ante el altar y me aterraba llegar a incumplirlas. ¿Qué haría si te abandonaba? ¿Adónde iría? ¿Cómo sería feliz sin el supuesto amor que me profesabas? ¿Y qué sería de ti sin mí a tu lado? ¿Cómo sobrevivirías? Una oleada de terror recorría mi columna vertebral cada vez que osaba a imaginarme lejos de ti. Y recibía tus golpes e insultos como un trámite necesario antes de los besos de perdón. Y te odiaba visceralmente, no por maltratarme de aquella forma, sino por haber hecho que me enamorara de ti, sin corresponderme en ningún momento.
Aún hoy sigo sin entenderlo. Se me tendieron muchas manos, pero no me aferré a ninguna. Quería creer tus mentiras, convencerme de que aquélla sería la última vez, que dejarías de beber, que no te despedirían del próximo trabajo, que comenzarías a ser un buen padre y un ejemplar marido, que todo cambiaría, que por fin seríamos felices. Y cuando tus engaños se hicieron insostenibles por más tiempo, el miedo se convirtió en la más poderosa de las razones para continuar junto a ti. Sabía que cumplirías tus amenazas. Sabía que si te abandonaba me perseguirías hasta el fin del mundo y me torturarías hasta la muerte. Muy de vez en cuando reunía el valor suficiente para enfrentarme a ti, pero tu puño de acero pronto me silenciaba de nuevo.
Sabiendo que no tenía escapatoria me resigné a mi condición de animal enjaulado y me convertí en una fiel esclava, siempre dispuesta a cumplir sin dilación tus órdenes, siempre dispuesta a recibir cualquier tipo de castigo por mi mala conducta. La semana que se saldaba con unos cuantos cardenales en mi maltrecho cuerpo podía considerarme afortunada. El agua oxigenada se convirtió en mi mejor amiga y las mentiras en el caparazón que nos protegía de los juicios de los demás. Desperté demasiado tarde de la anestesia total que me habías suministrado. Cuando quise recuperar mi dignidad de ser humano el cordón umbilical que nos unía se había vuelto demasiado grueso como para poder cortarlo. Yo era lo único que tú controlabas, lo único sobre lo que tenías algún tipo de poder. Necesitabas ver la mezcla perfecta de amor y miedo en mis ojos para sentir que tu vida tenía algún sentido. Yo era la única que te amaba, la única que te respetaba, la única que te temía. Sin mí no eras nadie, ni nada, sólo un cuarentón borrachuzo con tendencia a ser despedido de trabajos que ni siquiera otorgan la cualidad de mil eurista.
Todavía no sé qué cambió aquel día, qué lo convirtió en un día distinto. Recuerdo que las niñas estaban todavía en el colegio cuando tú llegaste a casa con siete copas de más y un nuevo trabajo de menos. Necesitabas más que nunca nutrirte de mi amor y mi miedo; pero yo estaba cansada, muy cansada, demasiado cansada. Pronto comenzaron los gritos y los insultos. Sabía perfectamente que no tardaría en comenzar a recibir golpes. Aún no me lo habías confirmado oficialmente, pero estaba claro que te habían vuelto a poner de patitas en la calle. Al principio aguanté el chaparrón, como siempre. Y, mientras vomitabas tu odio hacia mí y hacia el mundo, yo pensaba en cómo justificaría un nuevo ingreso en el hospital. Imagino que, de alguna forma, notaste mi ausencia mental y te cabreó que, por primera vez, no te hiciera caso. Así llegó la primera bofetada y mi caída al suelo. Una vez más paladeé el sabor del hierro de mi sangre en mi boca y, simplemente, dejé de sentir. Fue como si la mismísima Medusa me hubiera mirado a los ojos: toda yo me convertí en piedra, en una piedra caliza insensible a todo lo que la rodea. Desapareció mi amor por ti, pero también huyó mi miedo, llevándose con él la mordaza que evitaba que mis pensamientos se convirtieran en palabras. Y comencé a pensar en voz alta y a decir todo aquello que durante tanto tiempo había callado. Y te ataqué con verdades como puños, sin darte tiempo a reaccionar, sabiendo que no tenías ningún escudo tras el que protegerte. Y seguí hablando después del primer golpe. Y continué haciéndolo después del segundo. Cuanto más me pegabas más gritaba a los cuatro vientos todas tus miserias. Sólo tus manos aferradas a mi garganta consiguieron quebrar mi voz. Pero mis ojos continuaron hablando y te mostraron todo mi desprecio. Y, mientras apretabas con saña mi laringe, mi mirada se clavaba cruelmente en tu retina. Exprimiste mi cuello intentando obtener el jugo del miedo que durante tanto tiempo me dominó. Sólo tenía que haber gritado, haberte suplicado que me soltaras; pero opté por el silencio, un silencio que evidenciaba mi superioridad y tu absoluta debilidad, un silencio que no pudiste soportar.
Y ahora que mi cuerpo yace bajo tierra me pregunto si conseguirás encontrar una nueva víctima que te salve del lento suicidio que comenzaste el día de mi asesinato. Porque ambos sabemos que, junto a la mía, en aquel instante, firmaste tu sentencia de muerte. Pues, ¿cómo sobrevivirás sin tenerme como asidero? ¿Morirás de inanición sin mis súplicas, sin mi llanto, sin mis cardenales y sin mi sangre para alimentar tu inseguridad? ¿Cómo podrás continuar caminando sin apoyarte en mí? ¿Qué será de tu autoestima después de que un ser supuestamente inferior a ti acabara venciéndote? Al fin y al cabo, mi desafiante y triunfal mirada te torturará hasta el día en que abandones este mundo. Ése es mi triunfo, el único de una vida malgastada a tu sombra.

Segunda

Hoy me he acordado de mi admirada Espido Freire (admirada escritora, que como persona es una incongruente de padre y muy señor mío). Al parecer, Espido, hasta ganar el Premio Planeta con "Melocotones helados", fue siempre la eterna segunda en todos los certámenes literarios en los que particapaba. Ella dice que eso le sirvió de estímulo para continuar escribiendo y para mejorar.

El caso es que, movida siempre por un interés económico (materialista que es una), a lo largo de mi vida, he particìpado en cinco certámenes literarios. En tres de ellos no me dieron ni las gracias y en los otros dos quedé segunda. No tiene mucho mérito, si tenemos en cuenta que se trataba de certámenes locales con escasa participación, pero siempre hace algo de ilusión que te den una palmadita en la espalda y te digan que les gusta lo que has escrito. El problema es que no creo que ninguno de mis segundos puestos me sirva de estímulo para el futuro. Y es que no tengo fe en los certámenes literarios por la simple razón de que no siempre gana el mejor. ¿Que por qué participo entonces en ellos? Precisamente por eso, que si ganara el mejor no me comería ni un colín. Ahora en serio, que mis relatos son igual de malos o de buenos con independencia de que los premien o no. Y que los premios de los certámenes son muy subjetivos. En realidad, lo más emocionante de mi segundo segundo premio es el premio: un circuito termal en un spa. ¡Mmmmmmmmmmmmm! ¡Qué bien suena!

Mis descubrimientos del día

1) Soy alérgica a los ácaros. La cosa está bien, porque justifica la persistente y molesta tos que me ha acompañado durante las últimas semanas. El problema es que no sirvo para estar enferma y la alergia es un tipo de enfermedad, ¿no?

2) Tengo la tensión baja. El médico dice que es una garantía de vida. Yo, como buena aristotélica, preferiría tenerla normal.

3) No me siento bien en las sillas.

lunes, 24 de noviembre de 2008

Mi canción del día



Porque poco a poco y con grandes dificultades estoy aprendiendo a dejarme llevar. Y porque me encanta jugar al azar. Y porque querría ver in situ a la Sirenita.

Mis descubrimientos del viernes

1) Cuanto más te caes, más rápido te levantas.

2) El que escribió el guión de mi vida tiene una imaginación prodigiosa y un extraño y retorcido sentido del humor.

sábado, 15 de noviembre de 2008

Mis descubrimientos del viernes

1) Los tacones finos y los pantalones con dobladillo no son una buena combinación.

2) La ley de la gravedad funciona.

3) A veces duele más el ridículo de la caída que el golpe en sí.

jueves, 13 de noviembre de 2008

Mi canción del día

Porque me gustaría tener un error favorito.

Tu recuerdo

Tu recuerdo es una sombra gigantesca que amenza con devorar todo mi universo, una nada más implacable y cruel que la de Michael Ende, un abismo al que me da pánico asomarme.

Y cierro los ojos intentando calmar el vértigo que se apodera de mi estómago, rezando para que la habitación deje de dar vueltas sobre sí misma, deseando que el colchón de mi cama sea capaz de amortiguar la caída sin principio ni final.

Y abro los ojos y contemplo el cataclismo causado por tu ausencia: el olor de tu piel bordado en mi almohada, el eco de tu voz rebotando entre las cuatro paredes que aprisionan mi desolación, portarretratos que enmarcan sonrisas olvidadas hace tiempo, el osito de peluche ganado en la feria de un lejano verano que nunca se repetirá, cartas no contestadas, silencios compartidos, sueños abandonados, secretos escondidos en el rincón más esquinado del cajón de la ropa interior y un rastro de migas de pan que conduce directamente hasta el centro de tu indiferencia.

Y cuando la aguja de mi brújula interior vuelva a desinmantarse, sólo tengo que seguir la estrella polar de tu mirada, sin importarme el lugar al que pueda conducirme, indiferente a los cantos de sirena con los que pueda toparme en el camino, sin necesidad de atarme firmemente al mástil de la racionalidad.

Mi frase del día

"La duda es uno de los nombres de la inteligencia".

Jorge Luis Borges dixit.

martes, 11 de noviembre de 2008

Marta

Con el pelo graso y apelmazado recogido en una coleta alta y enfundada en su pijama de franela con cuadros, Marta, abrazada con fuerza a sus rodillas, intenta concentrarse en la estúpida comedia romántica que echan en la tele: chico conoce a chica o chica conoce a chico y se enamoran locamente, pero las circunstancias exteriores dificultan su amor y provocan una interminable concatenación de situaciones desternillantes, aunque al final logran vencer todos los obstáculos y son felices y comen perdices. ¡Ojalá todo fuera tan fácil! ¡Ojalá su vida fuera una comedia! O, al menos, romántica. ¡Ojalá algún día muera como consecuencia de un atracón de perdices!

lunes, 10 de noviembre de 2008

Disminuyendo

Últimamente TODO EL MUNDO me llama por el diminutivo de mi nombre, desde el portero de mi casa, hasta mis compis del curso, pasando por TODOS mis amigos. Espero que sólo sea una muestra de afecto, porque la otra opción que se me ocurre (parecer una chica menudita, frágil e indefensa) no me mola ni un pelo.

Noche estrellada

Entro en mi cuarto y cierro la puerta.

Trepo sigilosamente hasta mi cama y me acuesto.

Cierro los ojos, pero no logro dormirme.

A la derecha, a la izquierda, boca abajo y boca arriba: ninguna postura consigue satisfacerme.

Abro los ojos y miro al techo.

Puede que no sean tan bonitas como las de verdad, pero también brillan en la oscuridad.

Me concentro en ellas y empiezo a soñar con cielos negros plagados de estrellas rutilantes.

Cierro los ojos, pero las sigo viendo y, por fin, Morfeo decide visitarme.

Sólo veo estrellas.

Ellas alumbran mis sueños.

domingo, 9 de noviembre de 2008

La metáfora perfecta

Buscando la metáfora perfecta me tropiezo con el crisol de tu mirada.

Avanzo lentamente hacia ti intentando asegurar todos y cada uno de mis pasos y, sin darme cuenta, me hundo poco a poco en las arenas movedizas de tus silencios y en la ciénaga de tus mentiras.

A cada movimiento que realizo me hundo un poco más.

Intento asirme a alguna de las ramas que diviso en la orilla, pero no resultan lo suficientemente firmes como para sacarme del pantano de tus secretos.

Y mientras mis fuerzas se agotan intentando liberarse del peso de tus brazos, me empeño en olvidar la seca humedad de tus labios.

Y agotada por la guerra de nuestros egos acabo firmando el armisticio de tus caricias.

Y trato de no dejarme encantar por los vendavales que susurras en mis oídos.

Y mareada por los efluvios de tu aliento en mi cuello respiro hondo y termino de sumergirme en el profundo pozo de tu corazón.

sábado, 8 de noviembre de 2008

Mi canción del día



"En este cuarto hay demasiado por hacer y no tengo a nadie con quien echar un rato. Todos queríamos ser extraordinarios. Podrías hacer algo por volver. Podrías hacer algo. El tiempo en esta habitación me sabe a vino. Dedico demasiado a imaginar que estás conmigo. Apuro la copa de un trago dejo el cuerpo en el pasillo. Hoy todo lo demás es lo de menos."

Esperando

- Quizás nunca debiste esperarme.

- O tal vez tú debiste llegar a tiempo.

- Sabías de sobra que no lo haría.

- Y, sin embargo, me quedé cruzado de brazos contemplando el avance de las manecillas del reloj, convencido de que, tarde o temprano, acabarías apareciendo. Y ya ves, al final tenía razón.

- Sólo he venido para decirte que dejes de esperarme.

- Si se tratara sólo de eso me habrías llamado por teléfono.

- Me gusta decir las cosas cara a cara, sobre todo cuando sé que puedo hacer daño con mis palabras.

- No son tus palabras las que hieren, sólo tus silencios se me clavan en el alma.

- Siento que hayas perdido el tiempo conmigo.

- Tranquila. Vete, continúa tu camino, vive tu vida, da todas las vueltas y tumbos que necesites, que yo estaré aquí cuando te canses de fingir que no estoy hecho para ti.

- No quiero que continúes esperándome. Te estoy diciendo que nunca volveré.

- No importa lo que digas. Mientras tu voz continúe sin ser firme y tus ojos rehúyan mi mirada sé que aún habrá alguna esperanza.

- No puedes seguir desperdiciando tu vida esperando algo que nunca llegará.

- Esperarte es lo único que tiene sentido.

- ¿Y qué ocurrirá cuando una mañana te levantes y descubras que tienes más de setenta años y que estás solo porque te has pasado la vida esperando a alguien que sabías que no vendría?

- Vendrás.

- Créeme, no lo haré.

- ¿Cómo estás tan segura?

- Porque por fin tengo claro lo que quiero y no pienso renunciar a mi sueño por un hombre por el que ni siquiera estoy segura de sentir algo. ¿Y tú? ¿Por qué estás tan seguro de que volveré?

- Porque has venido a comprobar si estaba dispuesto a seguir esperándote.

Mi frase del día

"Lo peor que hacen los malos es obligarnos a dudar de los buenos".

Jacinto Benavente.

domingo, 2 de noviembre de 2008

Cometas

Fueron sólo dos cometas perdidos en la inmensidad del universo, que víctimas de las incomprensibles e inexplicables fuerzas gravitacionales se acercaron irremediablemente el uno hacia el otro. Ninguno de ellos controlaba la fuerza de tal aproximación y ninguno de ellos pudo evitar una colisión tan deseada como temida. Se produjo una gran explosión y, después, la dispersión de los fragmentos resultantes, que lentamente se alejan unos de otros en múltiples direcciones, sabiendo de sobra que sus caminos nunca jamás volverán a cruzarse, víctimas indefensas de las leyes de la física.

sábado, 1 de noviembre de 2008

Marta

Marta da una última y ansiosa calada al cigarrillo casi consumido por completo que sujeta nerviosamente entre sus dedos, intentando llenar de tóxico humo todos y cada uno de los rincones de sus pulmones. Y mientras deja escapar el humo entre sus labios espachurra la colilla en el atestado cenicero. Después se levanta, lo coge y camina con decisión hasta la cocina. Abre el cubo de la basura e introduce en el mismo las pruebas de su vicio confesable. Regresa al comedor, se sienta en el sofá y coge ávidamente la cajetilla de Fortuna. Extrae un nuevo y flamante cigarrillo y lo enciende sin solución de continuidad, aspirando con fruición el veneno que acompaña al tabaco. Puede que un ansiolítico sea más saludable, pero sabe que no resultaría igual de eficaz. Lleva dos días sin ir a trabajar y lo único que quiere es fumar mientras espera al hombre que ella quiera.

Mi canción del día

"Grant my last request and just let me hold you, don't shrug your shoulders
Lay down beside me
Sure I can accept that we're going nowhere
But one last time let's go there
Lay down beside me, ohhh

I've found that I'm bound to wander down that long way road, ohhh
And I realise all about your lies,
But I'm no wiser than the fool that I was before.
I just want you to know something, is that alright?
Baby let's get closer, tonight."