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miércoles, 16 de enero de 2019

Alergias (I)

Cosas que me hacen daño: los ácaros, los bivalvos, tu silencio.

martes, 15 de enero de 2019

That fucking song

Hay canciones que cicatrizan y hacen daño, todo al mismo tiempo; canciones que vuelven a ti cuando más las necesitas y menos las esperas; canciones que coreas con una sonrisa entre las desinfectantes lágrimas que se escapan de tus atribulados ojos refractantes; canciones que siempre te pillan con la guardia baja, propinándote un fuerte derechazo directo a la mandíbula; canciones que te resucitan y te matan y te vuelven a resucitar, sin solución de continuidad ni paréntesis para recuperar el aliento; canciones que siempre te llevan a casa, por mucho que hayas errado tu camino. Pero hay UNA CANCIÓN por encima de las otras, la que te destroza y recompone en un lapso de menos de cuatro minutos, la que escuchas sin necesidad de que resuene en tus oídos, aquélla cuya letra fue pescada en el pantano de tu tristeza desde la balsa de tu determinación más enconada, la única que describe a la perfección todo lo que pasó y no pasó entre vosotros, la del piano de acordes terroristas y voz herrumbrosa inmune a cualquier tipo de vacuna antitetánica, la que se oculta tras una maraña de puntos que sólo tú tratas de conectar. Esa puta canción.

lunes, 14 de enero de 2019

Desastres (II)

Te odio, como sólo se aborrece aquello que se anhela. Me odias, como sólo se detesta aquello a lo que se renuncia por propia voluntad.

domingo, 13 de enero de 2019

A monster calls

El libro yace en el fondo de mi bolso. No me apetece abrirlo. Nada de lo que cuenta me resulta mínimamente real. Personajes impostados y sentimientos precocinados. Otro estúpido ejercicio literario sin sentido de una escritora demasiado cobarde como para rasgarse las venas ante sus lectores. Yo sólo quiero vaciarme en estas líneas y que tú te vacíes dentro de mí, pero tú ya no eres TÚ y yo sigo siendo demasiado YO para que tú puedas aproximarte mínimamente sin salir ardiendo. Puede que ése fuera el principal motivo de tu marcha. Algunos sólo queremos provocar el apocalipsis y otros moriríais por conservar intacto este hipócrita mundo de cartón piedra y plastilina. Me enamoré de un hombre roto empeñado en internalizar su hemorragia, pero la herida ha de permanecer abierta hasta que dejemos de sangrar o nuestro corazón cese de bombear oxígeno a nuestros pulmones. Tú querías una tregua y yo agotar la munición, tu pecho convertido en lienzo de mi metralla, tus ojos en laguna Estigia inundada de los cadáveres de aquellos a los que no sabremos resucitar de entre los muertos. Y quisiera destrozarte como Connor O'Malley destrozó el salón de su abuela, pero tú depones las armas y juntas las manos, ofreciendo tus muñecas a mis esposas. No, no quiero esto. Yo no hago prisioneros. Así que te dejo marchar, trocando la victoria por derrota, cincelando otra herida en mi costado, un agujero colmado de tinta, piscina de palabras puntiagudas que desgarran la carne en todas direcciones. Cuanto más me desnudo, más te vistes tú.

viernes, 4 de enero de 2019

Mapas (V)

Recuerdo la noche en la que todo terminó, sólo que entonces no fui consciente de que aquello era el final. Yo bebía todo el vino que tú despreciabas en aras de tu sacrosanta compostura, esa ficción que no dejaba de ser real, tu denodado empeño en no sentir lo que sentías; porque, no nos engañemos, siempre pensaste que aquello que tu corazón más ansiaba estaba mal, rematadamente mal. Supongo que ésa era la principal diferencia entre nosotros: yo creía en "Jude" y tú, a día de hoy, sigues sin haberla visto, no vaya a ser que se dinamiten tus erróneos esquemas cuadriculados. Hubo un día después de aquella noche y otra noche indigna de tal calificativo, porque no existió luna que alumbrara nuestro insomnio, ni lobos que aullaran nuestra pena y ambos confundimos a los vampiros con humanos, sólo porque atisbamos una sombra en el espejo. Y aunque aún no llovía, el espeso gris del océano de nubes que planeaba sobre nuestras destartaladas cabezas presagiaba un nuevo diluvio universal; pero yo pensaba que el cielo estaba, nuevamente, equivocado y tú creías que un paraguas del Primark bastaría para resguardar a nuestros corazones de secano. El avión llegó tarde, pero nosotros nos fuimos pronto, porque ninguno de los dos quería prolongar la agonía o, tal vez, era la felicidad lo que pretendíamos esquivar. Al fin y al cabo, tanto la alegría como la tristeza son capaces de provocar lágrimas.

sábado, 1 de diciembre de 2018

La maquinista

Vivo a base de café y té con leche. Literalmente. No duermo, no porque no pueda o no quiera, sino porque no tengo tiempo para ello. Siempre hay algo que reclama mi atención, una tarea pendiente que acometer urgentemente, una inaplazable obligación que no puedo seguir ignorando por más tiempo. Estoy cansada, sí, pero no puedo permitirme el lujo de parar un solo instante. Si me detengo, ya no podré volver a ponerme en marcha ni terminar todo aquello que he empezado, especialmente, ESTO.
 
Las únicas pausas que me permito son para ir al baño. Cuando lo hago intento no mirarme en el espejo. La última vez que rompí esta fundamental regla de supervivencia, el espectro que me contemplaba desde el otro lado del azogue casi me provoca un infarto. No, yo no puedo ser ese saco de huesos envuelto en piel cetrina, cadáver andante, prima hermana de Christian Bale en “El maquinista”. Y, sin embargo, sé que lo soy, igual que Trevor Reznik siempre supo lo que había hecho, por más que tratara de ocultárselo a sí mismo.
 
Hago pis. Evacúo los litros de cafeína y teína que anegan mi vejiga. Me limpio. Me levanto del váter y miro al suelo mientras regreso, casi a tientas, a mi centro de operaciones. He de hacerlo. No importa lo que cueste. Abandonar ahora equivaldría, no ya a un asesinato, sino a un auténtico genocidio y, entonces, sí que no podría volver a conciliar el sueño.
 
Ellos me necesitan para vivir y yo no podría seguir viviendo sin darles vida a ellos. Poco importa que, en realidad, todo ESTO me esté matando. Viviré a través de ellos y ellos a través de mí o, quizá, todos muramos, sin que quede de nosotros ni siquiera un pálido reflejo ni de quiénes fuimos, ni de quiénes aspirábamos a ser.
 
Y, sin embargo, aún pienso que es sólo una cuestión de tiempo, que sólo necesito aguantar un poco más, conseguir terminar una de las múltiples historias que me desvelan por las noches, vomitar todas las palabras que me producen acidez de estómago. Pero las historias nunca acaban y las indigestas palabras se regeneran en el centro mismo de mis tripas, antes siquiera de que sus precedentes hermanas terminen de abandonar mi esófago. Sí, siempre hay algo más que decir y una taza de café o té con leche para evitar que el sueño amordace mis párpados.
 
Ya no recuerdo la última vez que cerré los ojos, igual que nadie recuerda la primera vez que los abrió. ¿Es éste mi principio o sólo mi final? ¿Cómo se acaban los cuentos que no nos atrevemos a contar?
 
Sólo un poco más. Escribir tanto como pueda antes de terminar de colapsar.
 
Tengo pis, pero no creo que me queden fuerzas para llegar al baño. Me meo encima, mientras tecleo las únicas palabras que pueden otorgar algún sentido a mi existencia. Puede que después de ESTO logre descansar o puede que, en lugar de un epílogo, ESTO sea únicamente otro preludio.
 
Mi calavera me sonríe reflejada en la superficie de mi enésima taza de café.
 
Desaparezco, casi sin darme cuenta, como se esfuman los sueños de la infancia, como se volatilizan las esperanzas de los desahuciados. Y, sin embargo, queda ESTO y todo AQUELLO que jamás terminaré de comprender.

lunes, 12 de noviembre de 2018

Los cuervos

Las metáforas están ahí, graznando desde la torre más sanguinaria de Londres, dispuestas a arrancarte los ojos, a dejarte ciega, para que no tengas más remedio que escucharlas, servirte de su guía, confiar en que no te conducirán al precipicio, sino sólo hasta el hacha del verdugo, pues tu cuello nació para ser segado de tu cuerpo y tu sangre para gotear entre las tablas del cadalso. Puedes huir, pero no evitar que te atrapen; retrasar la ejecución de la sentencia, pero no obtener el indulto; posponer el mordisco del metal, pero no amordazar el grito. Tus noches siempre estarán pobladas de fantasmas, de reinas injustamente condenadas y de presuntas brujas que no terminaron de convertirse en humo después de que la hoguera se extinguiera. La tierra tiembla, aunque los cadáveres no terminen de levantarse de su tumba y tú caes, una vez más, en una fosa colmada de espectros anhelantes de que alguien dé voz a sus pútridos despojos. Y dejas que te envuelvan sus historias y confundes sus recuerdos con los tuyos, sus ficciones con tu realidad, sus sueños con tus versos. Y ya no sabes quién es el espejismo, si tú o él o, tal vez, ambos y, aún así, todavía hay ciertas cosas que no osas poner en duda: los seísmos que te provocaba un leve roce de su brazo, su sonrisa agridulce y la desnudez de su mirada de fuego. Todo lo demás, resulta siempre tan incierto… Y vuelves a recorrer las calles que fueron testigos del desastre, de todos y cada uno de los silencios que, primero, enlazaron vuestras almas y, después, separaron vuestros cuerpos. Y cae la tarde y aumenta la frecuencia e intensidad de los graznidos. ¿Nunca te has fijado? Los cuervos sólo se quedan a vivir donde ha tenido lugar una matanza.

sábado, 10 de noviembre de 2018

Serpientes (II)

Escóndete, no dejes que te encuentren. Tú, la escurridiza; ellos, las serpientes. ¿Cómo explicarle lo que sientes a los reptiles de sangre congelada? Tu corazón, hervidero de metáforas volcánicas; el suyo, reloj suizo insensible a las altas temperaturas. Y, aún así, es la nieve tu única amiga y la helada escarcha de primera hora de la mañana, tu amante más voraz. Es tan extraño como cierto, tan contradictorio como lógico. Y sueñas que algún día mute el curso de los astros y deje la luna de influir en las mareas de tu tristeza, pero sabes que hay cosas que nunca cambian y pesadillas que no terminan de desvanecerse con la aurora. Y tratas de salir de tu escondrijo, sin darte cuenta de que también él es un autómata programado para razonar en contra de los designios del destino. Y duele más la forma en que te mira que la manera en que vuelve la vista en la dirección equivocada. Y, aún así, te queda el consuelo de saberte única ganadora de esta historia derrotada, no porque traspasaras ninguna meta, sino porque, a diferencia de él, tú siempre quisiste perder(te).

domingo, 28 de octubre de 2018

La distancia (I)

Te echo de menos y no se me ocurre ninguna metáfora capaz de evaluar la magnitud de este desastre, mi sensación de orfandad, estas desbocadas ganas de llorar. Y sé que no está bien y que peor aún está decírtelo por escrito, pero ¿acaso la ley de la relatividad no puede aplicarse alguna vez a la moral judeocristiana? Y sí, lo sé, comienzo a parecerme demasiado a él, a escribir sólo para mí, a revolcarme narcisistamente en el barro de porcunos chistes a los que sólo yo puedo otorgar algún sentido. Y sí, lo sé, empiezo a asimilarme sospechosamente a ella, a enhebrar metáforas indescifrables, a contemplarme lujuriosamente en el espejo, ignorando todos mis defectos. Pero ¿qué es el hombre sino humano, un rosario de vicios deleznables, un hipócrita asesino que se rodea de amigos radicalmente pacifistas? Pero yo no quería hablar de todo esto, sino de la soga de la distancia minimizando el perímetro de mi cuello, de la paloma blanca que sofríes en una sartén colmada de despecho y del tiempo que no avanza para dos corazones atascados entre un taxi inundado de lluvia vespertina y la copa de vino que despreciaste de mis labios.

miércoles, 17 de octubre de 2018

Canibalismos (VIII)

No es que no sepa qué escribir. Es que me asusta verbalizar ciertos instintos (el irrefrenable deseo de destriparte sin la ayuda de ningún Jack, contemplar con deleite el lento goteo de la sangre de la res ensartada en el gancho más afilado del matadero más atroz, mis dedos agrandando la herida, mi lengua lamiendo la carne lacerada por el hierro). Hay pecados que dinamitarían el más robusto de todos los confesionarios y, aún así, siempre hay algún insensato que osa cometerlos (tú, yo, nunca ellos, ni siquiera nosotros, ¿qué sentido tiene la culpa si no puede ser individualizada?, ¿cómo dividir el oprobio entre una caterva de demonios?). Y choco empecinadamente con la piedra de tus labios y me cortan las palabras que no dices, casi tanto como aquéllas que escupes cuando nadie escucha y el viento sopla entre los juncos, diluyendo en el aire los secretos que agitan nuestros atribulados corazones tartamudos. Y mueren las metáforas que no nos atrevimos a alumbrar, versos abortados en clínicas clandestinas, poemas desgastados por el miedo a la opinión de los demás. Y nos precipitamos al abismo, como pasajeros de un avión a punto de estrellarse, convencidos de que es nuestra única opción de salvación, sin darnos cuenta de que, en realidad, sólo estamos anticipando nuestro inexorable final. Podemos inventar nuevas maneras de contar esta tragedia; pero, por más que lo intentemos, nunca alcanzaremos la excelencia de los griegos.