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miércoles, 29 de marzo de 2017

Marzo (VIII)

Rómpeme. Quiebra cada uno de mis huesos. Para desmontarme no se necesitan instrucciones. Sólo una alta dosis de instintos homicidas y algo de invidente tacto hambriento. Me desmorono, como un castillo de arena en una tarde de lluvia tibia, pero sé que mi destrucción siempre será efímera, que, cuando las nubes dejen de escupir sobre nosotros, aprenderemos a reformular el barro, esculpiendo nuevas estatuas que ni el más embravecido de los mares será nunca capaz de erosionar. Aléjate, como la espuma de las olas que en invierno no nieva sobre mis pies. El viento de marzo nos corta la cara con sus ráfagas cleptómanas, deseosas de hurtar hasta el último milímetro del rubor que ahora colorea nuestras avergonzadas mejillas encendidas de deseo. Si te pierdo, ¿podré acaso ganarte en otra vida? La ruleta continúa girando en sentido contrario a mis apuestas, pero ya no me importa que mis números estén siempre equivocados. Tu recuerdo estrangula mis muñecas, atándome a un pasado que no termina de pasar. Retrocedamos los relojes, hasta que tu minutero y mi segundero se alineen con la hora del destino. A tu adiós siempre le faltó un punto y aparte para ser definitivo...

martes, 21 de marzo de 2017

Heridas (XIV)

Sonámbula. Descalza. Transparente espectro endemoniado. No recuerdo ni la mitad de lo que digo envuelta en la mortaja de unas sábanas distintas de las tuyas. No es el camino el que desgarra, sino la forma en la que nos apuñalamos contra sus piedras. He aullado mi pena en los corredores de los castillos más sombríos, en los bosques donde sólo la luna arroja algo de luz, en las casas que conversan con la crujiente madera abandonada. He tentado la pared, sin estar segura de si sus ladrillos esconden el embrión de un sueño aún sin engendrar o una pesadilla que me estrangulará con saña antes de que consiga despertar del espejismo en el que ahora vago desorientada. He recorrido todos los kilómetros que te empeñaste en tatuar entre nosotros para darme cuenta de que puede que la distancia sea lo único que llegue a acercarnos alguna vez. He crucificado en otros labios cada uno de tus silencios, pero ninguno de mis miedos será nunca exorcizado. He roto la calma de la noche en mil pedazos. He caído, como árbol milenario talado por la codicia de los hombres. He arrastrado las cadenas del destino que me lastra al paraje más triste de la Tierra. He dejado que la verdad recite la incoherencia de este desamor correspondido. He tragado el polvo de la efímera ilusión que guiaba mis tropiezos. Me he enterrado en el cementerio del futuro que nunca llegará a pertenecernos. Tú eres la herida y yo la sangre que se derrama entre sus bordes.

martes, 14 de marzo de 2017

Mapas (III)

He vuelto a perder el Norte, a vagar por callejones que no salen en los mapas, a balancearme desnuda en el último rayo que emite la luna antes de que el sol comience de nuevo a alumbrar nuestras miserias cotidianas. He vuelto a girar sobre mí misma y a dar vueltas en torno a las metáforas que utilicé para hablar de todo aquello que nunca llegaremos a ser. He vomitado las lágrimas que no terminé de tragar. He digerido la excusa y regurgitado la verdad. He vuelto a hacer nevar narcisos en verano y a abrigar mis noches de diciembre con una manta de girasoles recién decapitados. He abierto de nuevo la Caja de Pandora, he apuñalado la esperanza, cerrando la tapa antes de que los aterrorizados males osaran siquiera a asomar la punta de sus garras. He acunado mis insomnios hasta quedarme dormida entre sus brazos. He despertado, siempre en el lugar equivocado, tan lejos de la orilla donde descansa tu costado. He fingido que no importa, que la distancia es siempre la adecuada, aunque cada noche muera por no morir sobre tu almohada. He buscado. He encontrado. He continuado buscando. Siempre escojo caminos estrechos y torcidos, que no conducen a ninguna meta y que, sin embargo, llevan a tantos sitios... Mis pies yerran, pero cada equivocación es necesaria para asentar las tripas, para acallar el grito. Resucitaré tantas veces como quiera morir. El dolor es siempre un concepto relativo. Mírame. Por mucho que corramos en dirección contraria, siempre tropezaremos en el mismo lugar.

miércoles, 8 de marzo de 2017

Derrotas (VI)

Voy a dejar que el destino haga su trabajo, que el viento empuje mi sombra hasta tus brazos o que la marea escupa tu cadáver en mis orillas (nuestras lágrimas son la lluvia que ahora empapa a las hormigas). Voy a jugar a la ruleta rusa con mis miedos, a contemplar cómo fallecen los que nunca tuvieron la suerte de su lado, víctimas de un azar cruel y enrabietado (¿cuántas campanadas necesitas para desaparecer sin dejar rastro?). Voy a caminar desnuda sobre el alambre de una posibilidad que aún no se ha inventado, a hacer piruetas en un milímetro cuadrado, a bailar claqué entre los intersticios de los huesos de tu costado desdentado (jamás podremos recordar aquello que no hemos olvidado). Voy a reír cuando todos lloren, a hablar cuando todos callen y a zurcir mis labios cuando todos griten las mentiras que sus abuelos vomitaron (el silencio no mata, pero hiere de soslayo). Voy a demostrarte que el azar no existe, que todos los incendios son, de alguna manera, provocados, que todas las muertes tienen sentido, aunque no se lo encontremos a primera vista (no son las hojas secas las que crujen a cada paso que dudamos, son nuestros huesos los que gimen a cada minuto malgastado). Voy a aceptar lo que he perdido, a decapitar mi orgullo y lamer la sangre del vencido (vuelve, hasta que termine de aceptar que ya te has ido).

lunes, 13 de febrero de 2017

Si, al menos, tú fueras Ulises o yo Penélope

Lazos que se deshacen antes de tiempo, casi sin darnos cuenta, cercenados por una leve ráfaga de aire acondicionado. Rímel que se desliza por la comisura de los párpados, tiñendo de negro colinas antes sonrosadas, lenguas de petróleo que lamen tu garganta. Un pulgar que horada un círculo en el antebrazo del olvido, un pozo al que arrojar el pasado que se enquista, un espejo que refracte la tristeza. Tú aprietas la mandíbula. Yo muerdo el labio que no muerdes. Canta la sirena de ojos verdes y yo corto las cuerdas que te atan a mi mástil. ¡Salta! ¡Zambúllete en el mar que le da vida! Yo soy tierra cenicienta, suelo quebrado, polvo deslavazado. No lo dudes. Sumérgete en el agua hasta ahogar todas tus penas. La muerte es dulce. Es la vida la que quema bajo la piel y, por mucho que te rasques, algunas pulgas permanecerán ancladas con ahínco a lo más profundo de tu corazón y tus pulmones. Si, al menos, tú fueras Ulises o yo Penélope, habría algún Homero que enderezara nuestros pasos.

lunes, 23 de enero de 2017

Osa Menor

Era hermosa, sobre todo, después de una febril noche de insomnio: sus ojos acuosos, enajenados de razón; una pupila ausente, perdida en otros mundos; la otra pupila, titilante de tristeza. Él quisiera comprender todos sus misterios para poder dejar de amarla, ignorar el viento que aúlla en sus marismas, olvidar que, en contra de lo que preceptúa el bíblico relato, él es hombre que salió de su costilla. Ella soñaba recuerdos de otras vidas, desastres que tuvieron lugar hace tanto tiempo que nadie puede ahora recordarlos, cataclismos de un futuro tan lejano que no sabemos si alguna vez llegará a ser presente. Él la mira siempre de soslayo, ángulo muerto que no resucitará al tercer día, avión suicida fuera del alcance de los radares enemigos. Ella vagaba entre los vivos, como penan los fantasmas de los castillos escoceses. ¿De dónde vengo? ¿A dónde voy? ¿Por qué ese empeño en enderezar las curvas del camino? Él quiere estrellarse en la caverna de su ombligo, morir de sed en la playa de su vientre, pidiendo auxilio a las gaviotas de sus labios; pero el sol alumbra hoy en otras costas y él no sabe navegar entre la bruma ni pilotar esperanzas de papel en la tormenta. Ella mecía su vértigo a lo desconocido entre las ramas de los sauces, arrancando lamentos quejumbrosos a las últimas horas de una tarde de domingo. Él cuenta los minutos que separan sus desvelos (las matemáticas sí mienten). La noche aprieta con saña los corazones más esquivos. En cada estrella, un deseo, y en cada fuga, seis gotas de lluvia que nunca llegarán a tocar el suelo.

martes, 29 de noviembre de 2016

Auto de fe

Ella llena el silencio de palabras que ahuyentan a los monstruos. Él la mira, como contempla el suicida el precipicio, sin saber si, cuando tire de la anilla de sus labios, se abrirá el paracaídas de sus brazos. Ella sonríe, como si no existiera el llanto en este mundo, como si el dolor no hubiera azotado jamás la comisura de su boca, como si, al cerrar los ojos en mitad de la tormenta, no temblara ante la idea de que, al volver a alzar los párpados, el vendaval haya podido arrancar de cuajo todo su mundo. Desde que la conoce, él ha comprendido que la felicidad es un instante intermitente, una carta escrita en Morse, un niño tartamudo que ensaya en la última fila del coro de la iglesia. Ella trata de alejarse, de seguir las huellas impresas por la estampida de los monstruos, siempre en búsqueda de una nueva ciénaga en la que sumergir su amor hasta las cejas; pero, cada vez que él corta un eslabón de la cadena, ella regresa al epicentro del desastre, esclava de un secreto tatuado en su antebrazo, súbdita de una idea que palpita en la boca de su estómago. Ambos saben que no importa, que, si no saltan al abismo, el abismo acabará saltando sobre ellos, guepardo sediento de carne cruda y sangre fresca, depredador impío, buitre certero. El cadalso ha sido hace tiempo levantado, pero ninguno de los dos ha decidido aún si prefiere que sea su cabeza la que ruede sobre el suelo o su mano la que empuñe el hacha fratricida. Poco importa morir cuando se sabe que resucitarás al tercer día.

martes, 1 de noviembre de 2016

Cementerios (IV)

Moriré sin que me beses, sin haberte pedido siquiera que lo hagas y estará bien, porque tú y yo sólo pudimos ser producto de las lágrimas del martes más negro de la tierra. El amor no debería crecer sobre una tumba ni el olvido resistirse a la guadaña del tiempo que devora nuestros días. Camina tranquilo, que ya no seguiré ninguno de tus pasos. El terremoto sólo consiguió agrietar algunas de las lápidas, pero no hace falta soltar aquello que nunca se ha cogido. Sopla el viento de un noviembre que se resiste a dar la cara. Gotea la sangre de mis puños, cansados de golpear a este octubre homicida que apuñala por la espalda. Yo me quedo. Tú te vas. Conocer el final sólo hace que duela un poco más.

miércoles, 19 de octubre de 2016

Una habitación sin vistas

Era fácil. Sólo tenías que marcharte, convirtiendo en irrevocable esta decisión que nunca he terminado de aceptar. Pero volviste, entreabriendo de nuevo la puerta a la posibilidad de que el quizá pudiera llegar a ser real. Te odié por ello. Te odié tanto que podría haber llegado a quererte para siempre, pero la eternidad duró sólo unos segundos, el tiempo suficiente para que te metamorfosearas en una pequeña astilla enquistada en el dedo gordo del pie (molesta un poco al andar, pero nunca llegará a ser mortal). Somos agua que se escurre entre los dedos del destino, pero, por mucho que tratemos de escapar de entre sus garras, una parte de nosotros permanecerá siempre retenida en el cuenco de sus manos. Lo he intentado. Seguiré haciéndolo, pero puede que la astilla, algún día, se convierta en puñal que rasgue mi carne en telón abierto de par en par. Puede que te asustes al contemplar desnudas mis entrañas o puede que te enamores de todo aquello que siempre has tratado de ignorar. No depende de ti. Tampoco de mí, pero tal vez sea yo quien deba marcharse.

jueves, 6 de octubre de 2016

Cuando las gaviotas se tiñan de luto

Fue un año gris, lleno de destellos de luz que, por un instante, consiguieron espantar todas las sombras. Pero la oscuridad terminó por imponerse, tus ojos anegados de petróleo, mi corazón ahumado de presciencia. Traté de salvarnos del desastre, achicar las tinieblas que amenazaban con hundir la endeble barca que sostenía nuestra fe en lo imposible; pero mis brazos, agotados de escarbar en la negrura, terminaron por rendirse a la evidencia de que tu pasividad era tan decidida como inamovible. Te miré, con la misma incomprensión con la que contemplo los absurdos cuadros de Miró. Tú volviste la cara hacia la orilla y, por primera vez, entendí que nunca te atreverías a adentrarte en mis marismas. El viento azotaba nuestros rostros, endureciendo la carne que ambos nos negábamos a regar con lágrimas. Ocurrió poco a poco, casi sin que ni tú ni yo nos diéramos o, más bien, nos quisiéramos dar cuenta. Ni siquiera sabría decir si caímos o nos tiramos por la borda. Tú nadaste hacia tierra. Yo floté hacia el epicentro del océano. Serás feliz en tu desgracia y yo me alegraré de mi desdicha; aunque, tal vez, algún día, cuando las gaviotas se tiñan de luto y las alimañas dejen de arrastrarse sobre el suelo, podamos tatuar nuestro futuro sobre esta pizarra que hoy resulta tan hostilmente inapelable.