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martes, 15 de mayo de 2018

Heridas (XVI)

A veces se nos abren las heridas y los recuerdos se deslizan sinuosos sobre la piel que nunca hemos rozado. ¿Qué fue cierto y qué mentira? ¿Cuántos pasos separan la carrera de la huida? Nunca sabrás lo cerca que estuvimos del desastre. Nunca te confesaré lo que ahora escondo entre estas líneas. Fui el globo de helio y tú el niño que deja que el cordel se escurra entre sus manos. Voy directa hacia las nubes y sé que tú nunca aprenderás a despegar los pies del suelo. Dime, ¿alguna lágrima se desliza, vergonzosa, por tu mejilla? Estoy demasiado lejos para apreciarlo o, tal vez, el problema es que no llevo puestas las gafas. Por si tú también te las has olvidado en casa, ahora mismo, yo tengo la cara embadurnada de rímel y sólo tus labios podrían drenar el alquitrán que contamina mis pestañas. Los peores demonios son aquéllos a los que no acertamos a poner nombre: la corriente eléctrica que me sacudía en tu presencia, esa incontrolable sonrisa que tratabas de espantar con una pasada de tu mano sobre tu rostro. Yo quería mirar hacia delante, tú en cualquier otra dirección, pero ambos cerramos los ojos, mareados de tanto negar nuestros abismos. Las imágenes del pasado giran cenicientas en mi cabeza, hasta provocarme una jaqueca insoportable. Quiero que me preguntes qué me pasa, si estoy bien, si hay algo que puedas hacer por mí; pero tú, que ya conoces todas las respuestas, sólo callas y tu silencio es una flecha en mi costado, atravesando mi pulmón, impidiéndome recuperar el aliento que nunca me ha sobrado. Sí, lo sé. Tú no querías soltarme, pero yo necesitaba que lo hicieras para poder culparte.

viernes, 11 de mayo de 2018

Marty McFly

Hay errores que tenemos que asumir, equivocaciones de las que no nos está permitido desvincularnos, fallos de los que no podemos culpar a otras personas. La mayor parte de la gente no lo entiende; pero tú y yo, sí. Tú y yo siempre fuimos conscientes de lo que hacíamos y de las consecuencias que desencadenaría la falta de aleteo de aquella estúpida mariposa: siete huracanes y algún que otro tornado, antes de alcanzar la calma que enmascaraba la mayor y más terrible de todas las tormentas que han azotado nuestro espíritu. Nos perdimos a sabiendas, agitando a la vez brazos y piernas, ansiosos por quedar sepultados en aquellas arenas movedizas que a tantos incautos habían deslizado por su esófago. Abrimos la boca de par en par, ahogándonos, no por accidente, sino porque así lo había decidido nuestra autodestructiva propia voluntad. Es una muerte lenta, una agonía que aún no ha concluido, un suicidio que no termina de desplegar todos sus efectos. Pero es reconfortante saber que tú y yo somos los únicos responsables de este dolor, que la mala suerte no tiene nada que ver con todo esto, que elegimos lo que tenemos, aunque, probablemente, mereciéramos algo bien distinto. Y puede que el aciago final que sobrevuela nuestros bocetos de cadáveres no sea del todo inevitable; pero, como ambos bien sabemos, los viajes en el tiempo no son físicamente posibles.

miércoles, 2 de mayo de 2018

De sueños, monstruos y bosques

Anoche soñé contigo y, esta vez, a diferencia de las otras, tú eras tú y verte me dolía y me alegraba a partes iguales. No recuerdo mucho más, pero me parece que tú sonreías y que, sorprendentemente, ya no me odiabas. Fue bonito, aunque no se tratara más que de otra estúpida mentira urdida por mi incorregible inconsciente. Y ahora, con los ojos bien abiertos, completamente despierta, me pregunto dónde estás, qué haces, con quién sueñas y sólo sé con certeza que no estás aquí, que no volverás a hacer nada conmigo y que, probablemente, mi recuerdo ya no se cuele en ninguna de tus madrugadas, ni siquiera en forma de recurrente pesadilla incómoda y supongo que eso es lo que realmente me molesta, que el dolor y el abandono hayan perdido su inicial reciprocidad, que ya no tengas ganas de destrozar habitaciones por mi causa, ni te escuezan las fotografías que tomaste como rehenes, cuando aún creíamos que el final no era realmente tal. Me gustaría que todavía quedara algo de ira circulando por tus venas, que también te frustrara el modo en que gestionamos los silencios (siempre rompiendo los que debíamos haber perpetuado y prolongando los que hubiera sido mejor haber dinamitado) y, para qué negarlo, que te mordieras compulsivamente las uñas, tratando en vano de amputar las últimas células que me arrancaste cuando tus dedos aún deseaban recorrer los laberintos de mi espalda desnuda. Pero no, intuyo que, finalmente, lograste encadenar a la fiera, antes de que devorara con violencia los últimos atisbos de sentido común que frenaban tus instintos. Volviste al redil que otros construyeron para ti y yo permanecí en el bosque, mis manos escarbando en la tierra que no nos servirá de lecho, mi pelo enredado entre las hojas secas del otoño. Dime, ¿llegaste siquiera a ver aquella maldita película o sigues sin comprender nada de todo esto que ahora trato de explicarme?

domingo, 8 de abril de 2018

Humo (IV)

Te echo de menos, aunque quizá no debiera confesarlo. O, tal vez, sería aconsejable justo todo lo contrario: gritarlo, alto y fuerte, hasta perder la voz y dejarte sordo. Se ha vuelto a abrir la caja de los truenos, la lluvia empapa la ropa contra mi piel y tú miras hacia otro lado, para que yo no note tu deseo de despegar el algodón que se adhiere con saña a mi epidermis. Eres transparente para mí, pero ¿acaso lo soy yo para ti? Espero que no. Prefiero creerte ignorante del dolor que me causaste, que aún me causas todavía, mirarte a los ojos y mentirte: "No podría estar mejor, gracias. ¿Y tú? ¿Qué tal todo?" Fingir que no eres nada, que nunca fuiste nada para mí. Clavar bien hondo los alfileres que sostienen la sonrisa-máscara, mordaza que aprisiona la verdad. No, no quiero hacerte daño, decirte que espero que estés tan jodido como yo, que tú tampoco hayas aprendido a ser feliz sin mí y que los ojos se te empañen al escuchar los primeros acordes de alguna de las estúpidas canciones que sirvieron de banda sonora a nuestros más cómplices silencios. No, no quiero volver a pasar por todo aquello; esperar eternamente a que decidas qué es lo que quieres y, sobre todo, si lo quieres conmigo; tener fe en que algún día encontrarás el valor que se necesita para quererme, convencerme de que no lo perderé yo; soñar despierta con un futuro que jamás nos pertenecerá, porque no sabremos perdonarnos los errores del pasado, todas esas oportunidades que desaprovechamos, todos esos besos que escupimos en bocas que no supieron lamer nuestras heridas. Porque ahí reside el auténtico desastre. Sólo tú sabías silenciar a mis monstruos. Sólo yo conseguí anestesiar tus grietas. Hoy rugen las criaturas de mi noche y se hacen un poco más profundos tus abismos, mientras ambos tratamos en vano de respirar entre la bruma. Sólo somos humo que anega los pulmones a los que ayer otorgábamos oxígeno.

sábado, 10 de marzo de 2018

Heridas (XV)

Todas esas balas que no alcanzaron su objetivo se pudren ahora en la pared que custodiaba mis espaldas. Me dijiste que corriera, que huyera del peligro, pero me quedé quieta, dispuesta a enfrentarme al pelotón de fusilamiento. Ellos, tan seguros de la omnipotencia de sus armas. Yo, tan convencida de la inminencia de mi final. Todas esas palabras disparadas para herirme reverberaron en el aire hasta convertirse, primero, en eco; luego, en bruma. Di un paso al frente, mi vulnerable pecho al descubierto, sus lenguas como dagas de filo envenenado. El miedo se evaporó sin yo tratar de exorcizarlo. Sus ojos inyectados en sangre, sus colmillos ansiosos por rasgar mi carne. Seguí avanzando hacia mis enemigos, mirada enhiesta, caminar tranquilo. Por un momento, dudaron. Después, continuaron atacando; pero, cuando la primera ráfaga de metralla no te mata es difícil que lo haga la segunda. Pensé que eran más fuertes, pero, por más que lo intentaron, no lograron abrirse paso a través de mis entrañas. Luego, tú regresaste, con tu barba de dos días y tu alma de apátrida. Me preguntaste si estaba bien, si me habían hecho daño y yo no supe mentirte. Me desvanecí entre tus brazos, con la esperanza de que el verdugo pudiera mutar en salvador. "Dame los nombres de todos los culpables y acabaré con ellos". "Tú has sido siempre mi único asesino".

miércoles, 7 de marzo de 2018

Desastres (I)

No voy a mentirte. Fue la decisión correcta. Necesitábamos un culpable y lo encontramos. El Destino sólo existe para que los cobardes no tengamos que asumir la responsabilidad de nuestros actos y omisiones (sobre todo, de nuestras omisiones). Hay problemas que no tienen solución. Tú. Yo. Otros que nadie osa siquiera tratar de resolver. ¿Nosotros? Era duro no tener que desnudarme, pero era más jodido aún compartir todos y cada uno de tus monstruos. El chicle que no llegó nunca a mudar de boca. Las serpientes de tus dedos, enredadas en otras zarzas distintas de las mías. Esa ducha tibia aquella tarde de lluvia. Mi corazón gruyère. El vino de tus lágrimas. Abrázame. Sólo una vez más. Deja que mi tabique torcido se hunda en el lado izquierdo de tu cuello, que respire tu calor, antes de enfrentarme al frío de esta madrugada pegajosa. Aprieta fuerte, hasta dejarme paralítica, incapaz de seguir el rastro que conduce al origen del desastre. Y, luego, abandóname, como se abandonan los sueños de la infancia, como se descartan las posibilidades imposibles de realizar. Dime, ¿cómo se enhebran los reproches que nos hacemos a nosotros mismos?

lunes, 5 de febrero de 2018

Invierno (III)

Copos aterrizando en los tejados, nieve que se convierte en agua, agua que se transforma en llanto, llanto que fluye como un río. Una ráfaga de viento me hiela para siempre el corazón. Sólo tu aliento podría derretirlo, pero tus labios recitan ahora versos muy lejos de mi pecho, versos que dejan de ser poesía para mutar en anodino ruido cotidiano, palabras que cualquiera podría pronunciar, desnudas de belleza y de verdad. Ya no sé si tú eres tú o sólo un reflejo de quien solías ser; pero yo ya no soy aquélla a quien conociste, sino esa otra que existía antes de ti, la que sobrevive a cualquier tipo de naufragio y bomba nuclear, la que muda de piel, que no de esencia, la que corre desnuda entre los cadáveres, siempre herida, pero nunca moribunda. Un manantial de tinta brota de cada uno de los huecos que horadaste con tus dientes. Escupiste mis pedazos a medio masticar y dejaste que los buitres devoraran partes de mí que jamás seré capaz de recuperar. O puede que no, que sólo les entregaras trozos de mí que nunca me definieron, que sólo lograrían confundirlos, haciéndoles creer que poseían lo que ni siquiera tú llegaste jamás a tener. A veces te vislumbro, a pesar de la distancia. Un océano de tristeza continúa anegando tu mirada y es tanta la pena que flota en tus pupilas de pizarra que no sé si son tuyas todas las lágrimas que no te atreves a derramar o si robaste algunas de las mías en el medio de una de nuestras noches de alquitrán. Aún me quema tu dolor en las palmas de mis manos. ¿Sigue mi susurrante grito taladrando tu tímpano izquierdo? Este frío ya no ralentiza mis latidos, pero continúa raspando mi garganta al respirar. Copos esquiando en mi laringe, nieve sucia que tizna mi boca de reproches, reproches que resecan mis labios, labios que muerdo hasta hacerlos sangrar, sangre que se convertirá en barro, barro que sólo se transformaría en vino si pudiera volver a emborracharte con mi sed.

martes, 9 de enero de 2018

De Este a Oeste

Creo que todo terminó en aquel aeropuerto, mientras recorríamos tiendas en las que no deseábamos comprar nada, en las que sólo tratábamos de malgastar las horas previas a la gran encrucijada. Ninguno de los dos queríamos hablar, seguramente porque ambos sabíamos lo que el otro quería decir y no teníamos ganas de escucharlo. Ambos nos quejamos por haber llegado demasiado pronto, aunque lo que realmente lamentábamos era que fuera demasiado tarde para evitar un final que ansiábamos desde el principio. Yo no te buscaba. En realidad, había empezado a admitir que tal vez no existieras. Tú creías que otra era yo y eras feliz viviendo tu mentira. Ninguno de los dos provocó la colisión. Es más, ambos luchamos con todas nuestras fuerzas para resistir el inexorable cumplimiento de las más elementales leyes de la física. Obviamente, fracasamos; pero, a día de hoy, aún negamos la derrota. Finalmente, llegó el momento de embarcar, tú por tu lado, yo por el mío, asientos no sólo separados, sino en zonas diametralmente opuestas. El abismo se abrió y ambos nos dejamos engullir por su voraz apetito. Te busqué con la mirada, pero no pude otear tu cínica sonrisa. Me ajusté el cinturón, como si aún hubiera algo que pudiera detener la caída. El despegue fue rápido, el vuelo lento, casi eterno. El atardecer nos perseguía, sin prisa, pero con saña. Por un momento, pensamos que podríamos ser más veloces que el homicida sol vespertino, pero también en esto estábamos completamente equivocados. Te imaginé leyendo, tal vez durmiendo, nunca soñando. Me imaginé valiente, desnuda amazona cabalgando sin miedo hacia la gloria o hasta la muerte, palabras tensas, a punto de ser disparadas en busca de un órgano vital en el que hincar la sierra de sus dientes. Te vi triste, confuso, totalmente desorientado entre tus dudas. Me vi cobarde, temblorosa hoja agitada por el viento, cachorro abandonado en la cuneta del camino. Aterrizamos, aunque nunca hubiéramos sido capaces de terminar de despegar los pies del suelo. Tu maleta salió mucho antes que la mía y tú te fuiste sin esperarme, se te hacía tarde y, al contrario que yo, tú tenías que madrugar al día siguiente. Te observé, alejándote despacio, como si una parte de ti aún barajara la posibilidad de no marcharte, pero no permitiste que tus piernas dejaran de avanzar. Habría sido un error imperdonable y tú y yo nunca aprendimos a equivocarnos. Tu cuello no giró hacia atrás ni un sólo milímetro, pero una parte de mí quedó para siempre petrificada en aquel preciso instante, en aquel maldito lugar, en aquel jodido silencio envuelto en ruido.

miércoles, 27 de diciembre de 2017

Consejos lunáticos (VII)

Dispara, hasta que el retroceso del arma te reviente el corazón.

lunes, 25 de diciembre de 2017

Dios

Dios es el susurro que se esconde en el murmullo de los árboles agitados por el viento.