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domingo, 15 de julio de 2018

Un mundo tristemente feliz

Sé que hay un universo paralelo donde yo no te echo de menos y tú no piensas en mí; un mundo donde jamás nos hemos conocido, donde ni siquiera alcanzamos a intuirnos; un lugar donde tú nunca has perdido la razón entre mis piernas ni yo me he licuado entre tus manos, donde mis dedos no han explorado el bosque de tu mandíbula y tu aliento no hace cosquillas entre mis labios; un espacio donde nuestras almas jamás han compartido idéntica jaula ni por nuestras venas circula el mismo grupo sanguíneo y donde la rabia no nubla nuestros ojos al darnos cuenta de que, casi sin querer, hicimos real la historia de aquella jodida canción, aunque nunca fuéramos muy de tomar taxis. Sé que existe un universo paralelo donde tú y yo nunca seremos nosotros, pero donde, a diferencia de éste, tampoco sabremos que podríamos haberlo sido; en definitiva, un mundo tristemente feliz.

martes, 26 de junio de 2018

Mapas (IV)

El cuerpo recuerda, sabe, entiende. El cuerpo no engaña, sólo delata, brújula erecta, que siempre apunta al Norte que la razón evita. El cuerpo es huraño, reacio a abrir todas sus compuertas, especialmente aquéllas que conducen a lo más profundo de su auténtico ser, caverna húmeda y oscura, resbaladiza piedra sobre la que no todos pueden transitar. Tus dedos son serpientes que muerden la yema de mi corazón, envenenando mi voluntad, hipnotizando mis labios. Quiero y no quiero seguir aquí, evaporarme como las gotas de lluvia que ahora resbalan sobre el cristal, huir de ti, de mí, de todo aquello que nos hiere y resucita al mismo tiempo. Mi cuerpo me grita todo aquello que mi cerebro no quiere oír. Tu mano quema sobre mi mano. Tus ojos me penetran, incluso cuando miran en otra dirección. Y trato de ahogarme en otra copa de vino, mientras tú secas la sonrisa de tus labios. Que nadie vea, que nadie intuya, que nadie llegue siquiera a sospechar. Aquella tarde no es tan diferente de esta noche, por más que tú y yo seamos ahora bien distintos. La metralla de tu ausencia, el silencio de mi espera, la incomprensión de tus marismas. Si sólo alguna vez nos dejáramos sepultar por los seísmos de la carne...

sábado, 23 de junio de 2018

Fantasmas (II)

No creo en los fantasmas, pero sí en las noches espectrales, de aliento helado y abrazo mortal. También creo en la pegajosa adherencia de la nada, en la atracción irresistible del abismo y en la cabezota supervivencia de quienes se niegan a dejar, en algún momento, de ser ellos mismos. Y, sin embargo, me resulta tan difícil tener fe en la intermitencia de esta ausencia, tan aparentemente irrevocable... La luna ya no refleja la bestialidad de nuestros sudorosos e impúdicos cuerpos enfebrecidos de deseo. Nuestros demonios despertaron de la anestesia y resucitaron nuestros miedos más atávicos (para decapitar al monstruo de siete cabezas, primero deberíamos ser capaces de extraer la espada de la piedra). Desatamos lentamente todos y cada uno de los lazos que enredaban nuestras venas y, después, permitimos que vientos de signo contrario nos arrastraran en direcciones opuestas, que no lejanas. Estrangulamos nuestros tobillos con anclas que no pudieran ser levadas, evitando así volver a naufragar en la sonámbula unión de dos almas imantadas por la misma estrella fugaz. No, no creo en los fantasmas, porque sé que tú eres carne y no sólo espíritu y que otros me ven, aunque nadie más que tú pueda llegar realmente a adivinarme.

miércoles, 20 de junio de 2018

La distancia adecuada

Sólo quiero que se reduzca algo la distancia. No que vuelvas, pero sí que mi recuerdo, de vez en cuando, se convierta en el martillo que aporrea el yunque de tus sienes, jaqueca inmune a las pastillas, punzada hiriente, grito errante. Y, sin embargo, sé de sobra que no permitirás que un nuevo error de cálculo nuble momentáneamente tu razón, desafiando las leyes que unen y separan nuestros labios, atando y desatando nuestras lenguas, saliva sonámbula, que escuece en las yagas de la boca equivocada. Tus ojos coronados de espinas, mis párpados sedientos de tus lágrimas y, entre medias, mil pequeñas muertes solitarias, deslizándose entre los muslos, completamente desperdiciadas, desorientadas peregrinas, incapaces de recuperar el rumbo que les permita llegar a su verdadero destino. Dime, ¿cómo me encuentro ahora que, definitivamente, te he perdido?

jueves, 31 de mayo de 2018

Teléfono rojo, ¿volamos hacia Moscú?

Condensemos el desastre. No dejemos que despliegue sus tentáculos. Un calcetín usado entre los dientes y un amor imposible cepillando con furia las encías. Gotas de sangre salpican nuestros labios. No hay palabras, sólo silencios y mil estalactitas de saliva ahorcadas en el paladar. No te muevas y yo continuaré quieta, perpetuando la distancia que nos une y nos separa. El Apocalipsis tienta tanto como aterra. Teléfono rojo, ¿volamos hacia Moscú? (no deberíamos permitir que los signos de puntuación tuvieran tanto poder sobre el significado de una frase). Esperamos, pero nadie responde al otro lado de la línea. El Dr. Strangelove debe estar demasiado ocupado copulando con la bomba. Hitler apretó el gatillo que le volaría la cabeza por no poder pulsar el botón que dinamitaría el mundo por dos veces (¿cuándo llegará la tercera?). Me miras. Te miro. Nuestro deseo siempre llevó bozal y correa de 2 cm. Tu lengua barre lentamente tu labio inferior, mientras la mía es guillotinada entre mis dientes. Salvemos los muebles antes de quemar la casa, aconsejó el cerebro. Huyamos, suplicó el corazón. Pero sólo hicimos caso a nuestras tripas.

martes, 15 de mayo de 2018

Heridas (XVI)

A veces se nos abren las heridas y los recuerdos se deslizan sinuosos sobre la piel que nunca hemos rozado. ¿Qué fue cierto y qué mentira? ¿Cuántos pasos separan la carrera de la huida? Nunca sabrás lo cerca que estuvimos del desastre. Nunca te confesaré lo que ahora escondo entre estas líneas. Fui el globo de helio y tú el niño que deja que el cordel se escurra entre sus manos. Voy directa hacia las nubes y sé que tú nunca aprenderás a despegar los pies del suelo. Dime, ¿alguna lágrima se desliza, vergonzosa, por tu mejilla? Estoy demasiado lejos para apreciarlo o, tal vez, el problema es que no llevo puestas las gafas. Por si tú también te las has olvidado en casa, ahora mismo, yo tengo la cara embadurnada de rímel y sólo tus labios podrían drenar el alquitrán que contamina mis pestañas. Los peores demonios son aquéllos a los que no acertamos a poner nombre: la corriente eléctrica que me sacudía en tu presencia, esa incontrolable sonrisa que tratabas de espantar con una pasada de tu mano sobre tu rostro. Yo quería mirar hacia delante, tú en cualquier otra dirección, pero ambos cerramos los ojos, mareados de tanto negar nuestros abismos. Las imágenes del pasado giran cenicientas en mi cabeza, hasta provocarme una jaqueca insoportable. Quiero que me preguntes qué me pasa, si estoy bien, si hay algo que puedas hacer por mí; pero tú, que ya conoces todas las respuestas, sólo callas y tu silencio es una flecha en mi costado, atravesando mi pulmón, impidiéndome recuperar el aliento que nunca me ha sobrado. Sí, lo sé. Tú no querías soltarme, pero yo necesitaba que lo hicieras para poder culparte.

viernes, 11 de mayo de 2018

Marty McFly

Hay errores que tenemos que asumir, equivocaciones de las que no nos está permitido desvincularnos, fallos de los que no podemos culpar a otras personas. La mayor parte de la gente no lo entiende; pero tú y yo, sí. Tú y yo siempre fuimos conscientes de lo que hacíamos y de las consecuencias que desencadenaría la falta de aleteo de aquella estúpida mariposa: siete huracanes y algún que otro tornado, antes de alcanzar la calma que enmascaraba la mayor y más terrible de todas las tormentas que han azotado nuestro espíritu. Nos perdimos a sabiendas, agitando a la vez brazos y piernas, ansiosos por quedar sepultados en aquellas arenas movedizas que a tantos incautos habían deslizado por su esófago. Abrimos la boca de par en par, ahogándonos, no por accidente, sino porque así lo había decidido nuestra autodestructiva propia voluntad. Es una muerte lenta, una agonía que aún no ha concluido, un suicidio que no termina de desplegar todos sus efectos. Pero es reconfortante saber que tú y yo somos los únicos responsables de este dolor, que la mala suerte no tiene nada que ver con todo esto, que elegimos lo que tenemos, aunque, probablemente, mereciéramos algo bien distinto. Y puede que el aciago final que sobrevuela nuestros bocetos de cadáveres no sea del todo inevitable; pero, como ambos bien sabemos, los viajes en el tiempo no son físicamente posibles.

miércoles, 2 de mayo de 2018

De sueños, monstruos y bosques

Anoche soñé contigo y, esta vez, a diferencia de las otras, tú eras tú y verte me dolía y me alegraba a partes iguales. No recuerdo mucho más, pero me parece que tú sonreías y que, sorprendentemente, ya no me odiabas. Fue bonito, aunque no se tratara más que de otra estúpida mentira urdida por mi incorregible inconsciente. Y ahora, con los ojos bien abiertos, completamente despierta, me pregunto dónde estás, qué haces, con quién sueñas y sólo sé con certeza que no estás aquí, que no volverás a hacer nada conmigo y que, probablemente, mi recuerdo ya no se cuele en ninguna de tus madrugadas, ni siquiera en forma de recurrente pesadilla incómoda y supongo que eso es lo que realmente me molesta, que el dolor y el abandono hayan perdido su inicial reciprocidad, que ya no tengas ganas de destrozar habitaciones por mi causa, ni te escuezan las fotografías que tomaste como rehenes, cuando aún creíamos que el final no era realmente tal. Me gustaría que todavía quedara algo de ira circulando por tus venas, que también te frustrara el modo en que gestionamos los silencios (siempre rompiendo los que debíamos haber perpetuado y prolongando los que hubiera sido mejor haber dinamitado) y, para qué negarlo, que te mordieras compulsivamente las uñas, tratando en vano de amputar las últimas células que me arrancaste cuando tus dedos aún deseaban recorrer los laberintos de mi espalda desnuda. Pero no, intuyo que, finalmente, lograste encadenar a la fiera, antes de que devorara con violencia los últimos atisbos de sentido común que frenaban tus instintos. Volviste al redil que otros construyeron para ti y yo permanecí en el bosque, mis manos escarbando en la tierra que no nos servirá de lecho, mi pelo enredado entre las hojas secas del otoño. Dime, ¿llegaste siquiera a ver aquella maldita película o sigues sin comprender nada de todo esto que ahora trato de explicarme?

domingo, 8 de abril de 2018

Humo (IV)

Te echo de menos, aunque quizá no debiera confesarlo. O, tal vez, sería aconsejable justo todo lo contrario: gritarlo, alto y fuerte, hasta perder la voz y dejarte sordo. Se ha vuelto a abrir la caja de los truenos, la lluvia empapa la ropa contra mi piel y tú miras hacia otro lado, para que yo no note tu deseo de despegar el algodón que se adhiere con saña a mi epidermis. Eres transparente para mí, pero ¿acaso lo soy yo para ti? Espero que no. Prefiero creerte ignorante del dolor que me causaste, que aún me causas todavía, mirarte a los ojos y mentirte: "No podría estar mejor, gracias. ¿Y tú? ¿Qué tal todo?" Fingir que no eres nada, que nunca fuiste nada para mí. Clavar bien hondo los alfileres que sostienen la sonrisa-máscara, mordaza que aprisiona la verdad. No, no quiero hacerte daño, decirte que espero que estés tan jodido como yo, que tú tampoco hayas aprendido a ser feliz sin mí y que los ojos se te empañen al escuchar los primeros acordes de alguna de las estúpidas canciones que sirvieron de banda sonora a nuestros más cómplices silencios. No, no quiero volver a pasar por todo aquello; esperar eternamente a que decidas qué es lo que quieres y, sobre todo, si lo quieres conmigo; tener fe en que algún día encontrarás el valor que se necesita para quererme, convencerme de que no lo perderé yo; soñar despierta con un futuro que jamás nos pertenecerá, porque no sabremos perdonarnos los errores del pasado, todas esas oportunidades que desaprovechamos, todos esos besos que escupimos en bocas que no supieron lamer nuestras heridas. Porque ahí reside el auténtico desastre. Sólo tú sabías silenciar a mis monstruos. Sólo yo conseguí anestesiar tus grietas. Hoy rugen las criaturas de mi noche y se hacen un poco más profundos tus abismos, mientras ambos tratamos en vano de respirar entre la bruma. Sólo somos humo que anega los pulmones a los que ayer otorgábamos oxígeno.

sábado, 10 de marzo de 2018

Heridas (XV)

Todas esas balas que no alcanzaron su objetivo se pudren ahora en la pared que custodiaba mis espaldas. Me dijiste que corriera, que huyera del peligro, pero me quedé quieta, dispuesta a enfrentarme al pelotón de fusilamiento. Ellos, tan seguros de la omnipotencia de sus armas. Yo, tan convencida de la inminencia de mi final. Todas esas palabras disparadas para herirme reverberaron en el aire hasta convertirse, primero, en eco; luego, en bruma. Di un paso al frente, mi vulnerable pecho al descubierto, sus lenguas como dagas de filo envenenado. El miedo se evaporó sin yo tratar de exorcizarlo. Sus ojos inyectados en sangre, sus colmillos ansiosos por rasgar mi carne. Seguí avanzando hacia mis enemigos, mirada enhiesta, caminar tranquilo. Por un momento, dudaron. Después, continuaron atacando; pero, cuando la primera ráfaga de metralla no te mata es difícil que lo haga la segunda. Pensé que eran más fuertes, pero, por más que lo intentaron, no lograron abrirse paso a través de mis entrañas. Luego, tú regresaste, con tu barba de dos días y tu alma de apátrida. Me preguntaste si estaba bien, si me habían hecho daño y yo no supe mentirte. Me desvanecí entre tus brazos, con la esperanza de que el verdugo pudiera mutar en salvador. "Dame los nombres de todos los culpables y acabaré con ellos". "Tú has sido siempre mi único asesino".