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martes, 29 de noviembre de 2016

Auto de fe

Ella llena el silencio de palabras que ahuyentan a los monstruos. Él la mira, como contempla el suicida el precipicio, sin saber si, cuando tire de la anilla de sus labios, se abrirá el paracaídas de sus brazos. Ella sonríe, como si no existiera el llanto en este mundo, como si el dolor no hubiera azotado jamás la comisura de su boca, como si, al cerrar los ojos en mitad de la tormenta, no temblara ante la idea de que, al volver a alzar los párpados, el vendaval haya podido arrancar de cuajo todo su mundo. Desde que la conoce, él ha comprendido que la felicidad es un instante intermitente, una carta escrita en Morse, un niño tartamudo que ensaya en la última fila del coro de la iglesia. Ella trata de alejarse, de seguir las huellas impresas por la estampida de los monstruos, siempre en búsqueda de una nueva ciénaga en la que sumergir su amor hasta las cejas; pero, cada vez que él corta un eslabón de la cadena, ella regresa al epicentro del desastre, esclava de un secreto tatuado en su antebrazo, súbdita de una idea que palpita en la boca de su estómago. Ambos saben que no importa, que, si no saltan al abismo, el abismo acabará saltando sobre ellos, guepardo sediento de carne cruda y sangre fresca, depredador impío, buitre certero. El cadalso ha sido hace tiempo levantado, pero ninguno de los dos ha decidido aún si prefiere que sea su cabeza la que ruede sobre el suelo o su mano la que empuñe el hacha fratricida. Poco importa morir cuando se sabe que resucitarás al tercer día.

martes, 1 de noviembre de 2016

Cementerios (IV)

Moriré sin que me beses, sin haberte pedido siquiera que lo hagas y estará bien, porque tú y yo sólo pudimos ser producto de las lágrimas del martes más negro de la tierra. El amor no debería crecer sobre una tumba ni el olvido resistirse a la guadaña del tiempo que devora nuestros días. Camina tranquilo, que ya no seguiré ninguno de tus pasos. El terremoto sólo consiguió agrietar algunas de las lápidas, pero no hace falta soltar aquello que nunca se ha cogido. Sopla el viento de un noviembre que se resiste a dar la cara. Gotea la sangre de mis puños, cansados de golpear a este octubre homicida que apuñala por la espalda. Yo me quedo. Tú te vas. Conocer el final sólo hace que duela un poco más.

miércoles, 19 de octubre de 2016

Una habitación sin vistas

Era fácil. Sólo tenías que marcharte, convirtiendo en irrevocable esta decisión que nunca he terminado de aceptar. Pero volviste, entreabriendo de nuevo la puerta a la posibilidad de que el quizá pudiera llegar a ser real. Te odié por ello. Te odié tanto que podría haber llegado a quererte para siempre, pero la eternidad duró sólo unos segundos, el tiempo suficiente para que te metamorfosearas en una pequeña astilla enquistada en el dedo gordo del pie (molesta un poco al andar, pero nunca llegará a ser mortal). Somos agua que se escurre entre los dedos del destino, pero, por mucho que tratemos de escapar de entre sus garras, una parte de nosotros permanecerá siempre retenida en el cuenco de sus manos. Lo he intentado. Seguiré haciéndolo, pero puede que la astilla, algún día, se convierta en puñal que rasgue mi carne en telón abierto de par en par. Puede que te asustes al contemplar desnudas mis entrañas o puede que te enamores de todo aquello que siempre has tratado de ignorar. No depende de ti. Tampoco de mí, pero tal vez sea yo quien deba marcharse.

jueves, 6 de octubre de 2016

Cuando las gaviotas se tiñan de luto

Fue un año gris, lleno de destellos de luz que, por un instante, consiguieron espantar todas las sombras. Pero la oscuridad terminó por imponerse, tus ojos anegados de petróleo, mi corazón ahumado de presciencia. Traté de salvarnos del desastre, achicar las tinieblas que amenazaban con hundir la endeble barca que sostenía nuestra fe en lo imposible; pero mis brazos, agotados de escarbar en la negrura, terminaron por rendirse a la evidencia de que tu pasividad era tan decidida como inamovible. Te miré, con la misma incomprensión con la que contemplo los absurdos cuadros de Miró. Tú volviste la cara hacia la orilla y, por primera vez, entendí que nunca te atreverías a adentrarte en mis marismas. El viento azotaba nuestros rostros, endureciendo la carne que ambos nos negábamos a regar con lágrimas. Ocurrió poco a poco, casi sin que ni tú ni yo nos diéramos o, más bien, nos quisiéramos dar cuenta. Ni siquiera sabría decir si caímos o nos tiramos por la borda. Tú nadaste hacia tierra. Yo floté hacia el epicentro del océano. Serás feliz en tu desgracia y yo me alegraré de mi desdicha; aunque, tal vez, algún día, cuando las gaviotas se tiñan de luto y las alimañas dejen de arrastrarse sobre el suelo, podamos tatuar nuestro futuro sobre esta pizarra que hoy resulta tan hostilmente inapelable.

martes, 30 de agosto de 2016

Cataclismos (X)


No es tan fácil, dijo él, y tenía razón, aunque no fuera de esto de lo que hablaba, sino de algo tan parecido como distinto a los alfileres que ahora acupunturan mis tripas. No es el primero al que le jodo la vida. No eres el primero que me la jode a mí. El Señor de Voz Cavernosa y Bolsas bajo los Ojos escribió hace más de tres años todo aquello que a mí me habría gustado saber decir. Aunque haya cambiado, el disco aún no se ha rayado (mi piel horadada en sueños por la aguja de tus labios). Sé que nadie entenderá nunca estas metáforas, como tampoco yo comprendo al Lorca de Nueva York, pero algunos sentirán que la sangre que derramo ha circulado antes por sus venas, vomitada por arterias que no saben fluir en contra de los latidos asíncronos de su corazón discapacitado (hay cataclismos de los que sólo la noche puede ser testigo). Tropezar, caer, levantarse sólo a medias, porque hay heridas que no cierran y pedazos de nuestras rodillas que fallecieron sobre el asfalto (el ulular de las lechuzas desgranando las mentiras que fingimos que no oímos). Y morimos, cada día un poco más, reconcomida la carne, descalcificado el hueso, pellejo hueco, esqueleto en polvo que esparcirá el viento, aunque nadie sople (nuestros fantasmas más temidos golpean con furia las ventanas, rompiendo en mil pedazos esta madrugada de cristal). No es tan fácil, dijo él, y tenía razón, aunque estuviera completamente equivocado (algunos insomnios nunca terminan de conciliar el sueño).

miércoles, 17 de agosto de 2016

La definida indefinición de lo intangible

Doy consejos que no sigo, hablo idiomas que no escribo y guardo un regalo que nunca me has pedido. A veces duelen los domingos, incluso aunque no llueva y el sol alumbre vigoroso los portales. Tú sabías que yo no huiría y yo comprendí muy tarde que tú no te quedarías. Hay palabras que no digo, límites que siempre olvido y un te quiero agonizante que, tal vez, nunca haya estado vivo. Casi siempre lloro cuando sopla el viento y hace frío, aunque aún no haya llegado el invierno ni la alopecia de los árboles haya tapizado de crujiente amarillo las aceras de las calles. Tú intuías el desastre y yo sospechaba demasiado pronto que hay historias que nunca empiezan, pero que tampoco terminan. Soy todo aquello que imagino, los precipicios que no esquivo, las nubes que no destilo. Nunca grito antes de que el dolor hinque sus dientes, aunque empiece a notar su aliento en mi cogote y mis rodillas tiemblen al vislumbrar las consecuencias de un nuevo zarpazo del destino. Tú cerraste los ojos a la molesta evidencia que alumbraba tus desvelos y yo sellé el túnel que una vez unió tu aliento a mis suspiros.

lunes, 15 de agosto de 2016

Jano

Es lo mejor. También lo peor. Tanto ruido para tan pocas nueces... Las decisiones no se toman, sino que ellas nos toman a nosotros. Caerán las hojas, soplará el viento, pero tú y yo seguiremos en el mismo lugar que en el principio del principio, esperando a que todo cambie, sin darnos cuenta de que, aunque no se hayan modificado las circunstancias, sí que lo han hecho nuestros sentimientos. Tú vuelves a ella, yo vuelvo a encerrarme en mí. La madriguera siempre es más segura que el campo abierto, también más asfixiante y oscura, pero no importa, sólo hay que aprender a ver en la penumbra y a decantar el oxígeno del dióxido de carbono. ¿Qué sería de nosotros si no existieran las metáforas? ¿Cómo podría yo mirarte a los ojos, abrir la boca y vomitar palabras desnudas de artificios? ¿Cómo podrías tú escucharlas sin que reventasen tus oídos? ¿Cómo decirte que no sé si quiero, si alguna vez quise, si querré en un futuro? ¿Cómo entenderías tú que algo puede a la vez ser y no ser el objeto y su reflejo en el espejo? A veces, los motivos más equivocados son los únicos que pueden conducirnos a una solución acertada. O puede que no y ésta sea sólo otra cortante faceta del más insoluble de todos los enigmas que nos corroen las entrañas.

domingo, 17 de julio de 2016

Mi esperanza entre las nubes

Hoy me has hecho daño, aunque no te dieras cuenta de que los trozos de cristal que se estrellaban contra el suelo eran pedazos de mi corazón destartalado por tu verdad disparada a bocajarro. No quiero volver a verte, mucho menos hablar contigo, pero sé que lo haré en cuanto mi orgullosa determinación mire hacia otro lado. A veces es tan difícil no arrastrarse por el fango... No me arrepiento. Siempre he conocido las consecuencias de mis actos, el riesgo de caer si doy el salto, el peligro de morir aplastada por el peso de lo que quise, pero nunca me atreví a hacer. Tranquilo. No dejaré que mis demonios reaviven las brasas de tus miedos. Sólo quiero poder seguir durmiendo, soñar un final distinto al que ambos elegimos, caminar despacio por el borde del precipicio, contemplar con calma el fondo, aunque el vértigo se apodere de mis piernas cada vez que alzo la vista. Pero hoy no puedo, porque el globo de helio se suelta poco a poco de mi muñeca y yo no quiero perder mi esperanza entre las nubes.

domingo, 10 de julio de 2016

Apocalipsis (V)

Me equivoqué. Otra vez. O, quizá, no. Tal vez seas tú el que no acierta a comprender el sentido del camino, el Norte del deseo, el imán que te empuja y te detiene. Yo también pienso que el mundo se hunde a cada paso que no damos, a cada verdad que amordazamos, a cada secreto que no revelamos; pero continúo quieta, callada, encriptada y rezo para que corran los cobardes, para que hablen las lenguas que cortaron los tiranos, para que se descubran los misterios que yacen en las tumbas. Me miras, deseando, a la vez, que el apocalipsis estalle y no estalle en nuestras manos, pero el sol vuelve a alumbrar tras la tiniebla y, aún así, las sombras que oscurecen nuestros sueños continúan ahogando nuestro escéptico corazón de plastilina. Abrázame fuerte, como aquella vez en que se suponía que era yo quien te abrazaba. Son tantos los demonios y tan pocos los exorcismos capaces de expulsarlos...

jueves, 7 de julio de 2016

Cataclismos (IX)

Algún día todo esto explotará y ni tú ni yo sabremos cómo limpiar los pedazos de corazón de las paredes.