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jueves, 18 de febrero de 2016

La náusea es lo que queda

Ella sólo quería saber, todo lo bueno, también lo malo, la verdad es lo primero, no importa cuánto duela. La náusea es lo que queda. Y supo todo aquello que pudo conocer, pero su incomprensión creció exponencialmente con cada incógnita que despejaba. La náusea es lo que queda. Abrió las puertas de los sótanos más oscuros, desenterró a los muertos que aún no han alcanzado venganza, conversó con los fantasmas de los que nadie desea hablar, miró cara a cara a los demonios recién exorcizados, pero cada respuesta que obtenía generaba tres preguntas nuevas. La náusea es lo que queda. Interrogó a los sabios más sabios y a los ignorantes más ignorantes, pero ninguno fue capaz de explicar coherentemente el origen y supervivencia del Horror. La náusea es lo que queda. Y el Horror fue creciendo, sin que ella ni nadie pudieran atajarlo, porque no se puede combatir una enfermedad que no se entiende. La náusea es lo que queda. El mal conlleva forzosamente la existencia de su antagonista, pero ¿dónde está el bien cuando se busca? La náusea es lo que queda. Y cuanto más sabía, más quería saber, aún siendo consciente de que la verdad acabaría por roer hasta el último milímetro de sus entrañas. La náusea es lo que queda. Pero el conocimiento envenenaba y curaba a partes iguales, porque, aunque cada respuesta generara tres preguntas nuevas, cada una de esas respuestas cicatrizaba una herida, calmaba el hambre de una tenia, secaba la supuración de un corte infectado de silencios. La náusea es lo que queda. Puede que su sabiduría no fuera suficiente para evitar el avance de la epidemia, pero sí le permitió prever la dirección en la que avanzarían las crueles llamas, sedientas de inocentes. La náusea es lo que queda. ¿Por qué entonces, pudiendo salvarse, no lo hizo? La mayor lucidez es la ceguera, pero algunos ojos no son capaces de cerrar los párpados. Un altar, ninguna vela. La náusea es lo que queda.

viernes, 12 de febrero de 2016

(Paréntesis) y puntos suspensivos...

Llueve y tú no estás, pero no importa o, quizá, sí (a veces resulta tan difícil distinguir la diferencia...). Las gotas resbalan por el cristal y sé que parte de mí continúa atrapada en uno de los granos de sal que caían de tus ojos aquella noche de abrazo interminable y congoja compartida (un beso puede ser tan seco y tan húmedo a la vez...). Hay cosas que son porque tienen que ser y otras que no son porque aún no ha llegado el momento de que sean (y algunas que son sin que debieran ser, pero no hace falta que te hable de estas últimas...). Llevo una flecha clavada en el costado; duele, pero, si la saco, me desangro (sería tan hermoso vaciarme de mí misma...). No hace viento, sólo frío (y agua...). Trato de retrasar el impacto cuando tú quieres provocarlo e intento precipitar la colisión cuando decides girar el volante en dirección contraria (como si este accidente pudiera ser planificado...). Sé que hay cosas que no entiendes y otras que no quiero comprender (y, sin embargo, es tan evidente la evidencia...). Cierro los ojos, recuerdo lo que aún no ha pasado, todo lo bueno, también lo malo y sé que no merecerá la pena, que el dolor de tu ausencia lo invadirá todo, hasta el último milímetro de las células que hoy te echan de menos sin haberte tenido nunca (pero mis decisiones no dependen de balanzas...). Aprieto los párpados, tratando de aplastar tu imagen entre mis pestañas, pero tú no tienes forma, sólo alma (tanto aire y tan poca vela...). Llueve y tú no estás, pero no importa el final, sólo el camino que conduce al desenlace (¿y si la masa de los cuerpos no determinara la velocidad de la caída?). Mejor no hablar del día en el que todas estas lágrimas dejen de hacer ruido al estrellarse contra el suelo...