Sueño contigo, incluso aunque me duerma pensando en otro. Me miras, ufano, sabiéndome tuya, aunque los demás lo ignoren. Yo tampoco era consciente hasta ese fatídico abrazo (el tiempo sólo se detiene en honor a la reunión de dos pedazos de la misma Alma). ¿Qué he hecho desde entonces? Nada y Todo, al mismo tiempo. Rezar para que Todo pase, sabiendo que Nada lo hará. Trato de ahogarme en otros ojos más transparentes que los tuyos, pero se trata de un mar oleoso, que me repele al intentar sumergirme en él; justo al contrario de lo que me ocurre con la arena movediza de tu mirada, que me engulle hasta el centro de tu pecho y me ancla al punto más profundo de tu tórax. Vivo allí, incluso cuando, aparentemente, estoy en otro sitio. Yo ya no soy yo, sino una parte de ti, que fantasea con ser amputada, sabiendo que ni la espada más afilada podría separar mi aliento de tu viento. Me siento idiota. ¿Cómo he podido tardar tanto en entender algo que tú comprendiste a la velocidad del rayo? Debería ser al revés. Yo soy la que se supone que intuye, pero contigo he estado ciega hasta que el elefante creció tanto que no dejó ni un milímetro de habitación sin ocupar. Te ríes. No sé si ante mi ignorancia o si por la rabia que aprieta mis mandíbulas. Supongo que todas esas conversaciones no eran tan triviales como a mí me habría gustado, como yo las forzaba a ser. Tenían intención a la par que dirección. Y, sin darme cuenta, bailé al ritmo que tú marcabas. Yo, titiritera experta, convertida en mera marioneta de tu divina voluntad. No, no tendría que soñar contigo, pero lo hago y cada noche es más difícil no confundir mi deseo con el tuyo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario