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lunes, 30 de junio de 2014

Naufragios (III)

Volveré a dormir cuando te alejes de mí, cuando despegues tus huellas dactilares de las paredes de mis huecos y tu saliva deje de caer en cascada por mis precipicios más abruptos, cuando se desvanezca el eco del borboteo de tus besos y el aroma del flanco izquierdo de tu cuello se confunda con el resto de prosaicos olores de este mundo, cuando me dejes sola e indefensa, abandonada a la deriva de este mar helado, plagado de tornados, en el que es imposible flotar sin amputar alguno de tus miembros. Sólo entonces cerraré los ojos y, como todos los seguidores de Calderón, fingiré que la vida es sueño, en lugar de pesadilla, que nada de lo que me rodea es cierto, que tu ausencia es tan sólo una sombra proyectada en la pared por un cinematógrafo que se está quedando sin película y tu recuerdo una picadura de mosquito, que es mejor no rascar, por más que pique. Todo es lento, aunque nunca se detenga el movimiento.

domingo, 22 de junio de 2014

El desastre (I)

El desastre es siempre invertebrado y expande sus tentáculos sobre nuestros omóplatos de alas cercenadas. No tiene sentido luchar, tampoco correr en dirección contraria. El desastre está dentro de ti, también dentro de mí y, por mucho que tratemos de evitarlo, terminará por arrasarnos.

sábado, 21 de junio de 2014

Tengo un plan

- Creo que, por fin, ha llegado la hora de poner en práctica el plan A.
 
- Querrás decir el plan B.
 
- Te equivocas, quiero decir el plan A. Lo que he vivido hasta ahora ha sido el plan B, a veces, el C y, en ocasiones, el D. Acometer el plan A me ha dado siempre demasiado miedo. Si fracaso, el dolor sería un puñetazo en la boca del estómago. Pero el plan B ya no resulta suficiente. La caída ha dejado de asustarme. No tengo nada (importante) que perder. Si me estrello, que nadie recomponga mis pedazos. Si despego no intentéis seguir mi rastro.
 

martes, 17 de junio de 2014

Daltonismos (I)

Tal vez es mejor gritar, evitar que se pudran las palabras que estremecen nuestras cuerdas vocales y dilatan nuestras lenguas, recitar los ensalmos del desastre, vomitar todo el dolor, regar con lágrimas el eco de nuestros alaridos, expulsar hasta la última gota de la rabia que genera la injusticia y, después, cruzar los dedos y esperar a que amaine la tormenta. Puede que todo sea en vano, que nada mute a nuestro alrededor, que nuestros bramidos golpeen en los oídos sordos de la gente sin conciencia ni corazón, puede que el mal, una vez más, gane la partida, pero, al final del juego, nadie podrá acusarnos de no habernos dejado la piel sobre el tablero. A veces no es necesario dar jaque mate al Rey, sino que lo único que se nos pide es eliminar a alguno de sus peones para que otros puedan derribar al jefe de las negras. Lástima que el mal y el bien no siempre vistan el mismo color.

lunes, 16 de junio de 2014

Desequilibrios (III)

Te superaré. Me superarás. Te borraré de mi vida. Me suprimirás de tus recuerdos. Encontraré a otro idiota con el que quemar mi tiempo. Hallarás otra imbécil con la que asesinar tus días. Nos casaremos con un ser completamente ajeno y tendremos hijos que jamás debieron ser concebidos. Ignoraremos todos y cada uno de los errores de nuestra vida. Todo irá bien. No te preocupes. Somos acróbatas que decidieron bajarse del trapecio para caminar sobre la arena del circo. Gladiador y gladiadora dispuestos a desencajar las mandíbulas de todos los leones que se crucen en su camino. No volver a volar fue una elección, pero aún espero que tu mano me arranque de este suelo de cenizas. Yo ya no tengo fuerzas para intentar saltar. Desde que te fuiste, sólo hay cemento en mis rodillas.

domingo, 15 de junio de 2014

Cementerios (III)

No te vi morir porque no quería que fallecieras en mi memoria. Preferí recordarte vivo, ignorando tu exiguo cadáver, fingiendo que la tumba que ostenta tu nombre es sólo un agujero vacío y carente de sentido. Tu ausencia resulta más soportable si no es adjetivada como eterna. Recé para no perderte; pero, a veces, la sinceridad de la oración no garantiza que la misma sea escuchada y atendida. Quizá sea mejor así, pero no disminuye el dolor que lacera mi costado. Te echo de menos, como si aún existiera la posibilidad de volver a verte, pero muerdo el vacío cada vez que trato de aprehenderte. Saber que te has marchado para siempre no impide que todavía pretenda descubrirte tras las huellas de tu sombra. Mis neuronas aún custodian la mayor parte de las escenas de mi vida que tú protagonizaste. Sé que nunca desaparecerán, por mucho que caiga la tarde.

lunes, 9 de junio de 2014

Marta

Anoche soñé con Marta. Gritaba, angustiada, agobiada, desesperada. Trataba de escapar de la prisión en que la confiné, de la cárcel en la que ella misma se encerró, del redil al que trataron de circunscribirla todos los hombres que no la amaron. Hubo un tiempo en que creyó que podría conquistar el mundo, pero fue el mundo quien la conquistó a ella. Confundiendo las luces de aproximación de las pistas de aterrizaje de los aeropuertos con estrellas de constelaciones sin bautizar por el ser humano, trató de arribar a una galaxia que siempre estuvo fuera de su alcance, pero acabó naufragando en la más terrenal de todas las islas desiertas, rota la brújula, partido el timón, miope incapaz de desentrañar las conspicuas señales del firmamento. Olvidó cómo nadar y nunca aprendió a volar. Por eso da vueltas en círculos, rodeando la única idea que podría desatar la corbata que merma la cantidad de aire que absorben sus pulmones. Pero, por más que piensa en el problema, no consigue hallar la solución. Las matemáticas no mienten, pero son esquivas a los amantes de las letras. Dos más dos no siempre son cuatro o quizá sea más exacto afirmar que el cuatro no siempre presenta la misma forma. La noche cae y sus lianas se aferran a sus muñecas, impidiendo que la sangre circule con normalidad, coartando los latidos de sus venas. Marta duerme la falta de oxígeno y yo la sueño de madrugada y siento sus gritos, su angustia, su agobio, su desesperación y pienso que también son míos y confundo el principio y el final de esta historia y no sé si anoche soñé con Marta o si es Marta la que hoy sueña conmigo. Sólo estoy segura de que alguien grita. Cada vez más fuerte.

viernes, 6 de junio de 2014

Sarcófagos (I)

Sé quién eres y tú intuyes quién soy yo, las pestañas que te observan tras el antifaz, las metáforas que se balancean en las puntas de mis dedos enguantados, el volcán a punto de estallar bajo mi coraza de coral, el maremoto que azota los contornos de mi cuerpo. Me dibujaste en una noche de insomnio y, al amanecer, convertiste el folio sobre el que descansaban mis huesos en un avión de papel que despegó en el alféizar de tu ventana. Evité todas las pistas de aterrizaje que se cruzaron en mi camino y continué volando, incluso después de perder mis alas. Nunca me detuve, ni siquiera tras estrellarme en la meseta de tu esternón. Recompuse mis pedazos, separándolos de los tuyos y cabalgué sobre la primera ráfaga de viento que pasó a nuestro lado. Todos aplaudieron mi valentía y determinación, sin darse cuenta de que huía, por miedo a que borraras los pocos trazos que aún me otorgan una forma reconocible; pero fui yo misma la que acabó descomponiendo mi esencia, enterrándome en una tumba excavada por mis propias manos. Tu instinto arqueológico supo dar con el sarcófago que albergaba mis restos, aquéllos que no fui capaz de destruir por completo, esos cabezotas hijos de la gran puta que se negaron a desaparecer de este mundo para siempre. Sé quién eres y tú intuyes quién soy yo. Por eso cerraste la caja con candado y la escondiste en lo más profundo de tu armario.

jueves, 5 de junio de 2014

Caídas (VIII)

El vértigo comienza cuando termina el miedo, cuando por fin te decides a saltar, a dejarte caer en el vacío, a sumergirte en lo desconocido. Sólo entonces comprendes lo que implica el cambio, también el riesgo, y decides que no importa, que no hay o no debe haber vuelta a atrás, que todo el pescado está vendido y que, si no sacas la basura, el olor a podrido terminará por contaminar toda la casa. Dejas que el pie derecho se deslice hasta el borde. Miras hacia abajo y empujas el pie izquierdo un poco más allá del límite marcado por su predecesor. Levantas un segundo la vista, buscando el final del horizonte y lo encuentras, justo antes de marearte y perder el equilibrio. Caes o asciendes. No lo sabes bien. La vida es un precipicio de paredes romas y resbaladizas. Tal vez sea mejor no tener a qué agarrarse.

lunes, 2 de junio de 2014

Monstruos (IV)

Llámame cuando no me quede nada que perder, cuando me hayan arrebatado todo aquello que me importa y yo misma sea lo único que conserve, cuando ya no tenga miedo (tampoco valor) y vivir o morir me resulte total y absolutamente indiferente, cuando el mundo se haya convertido en un chiste tan sumamente malo que ni siquiera provoque risa y sólo tú seas capaz de sonreír ante la ironía del desastre. Llámame entonces y dime que todo irá mal, pero que no importa, porque tú y yo somos más fuertes que los dioses, porque sobreviviremos a la desgracia y nos reconstruiremos a partir de nuestras cenizas, bebiendo nuestras lágrimas y alimentándonos de los pedazos de carne que no sepamos encajar en nuestro nuevo cuerpo. No moriremos, por mucho que lo intentemos, porque nacimos para resucitar y no para pudrirnos en la oscuridad de una tumba sin nombre, porque nuestra fuerza tiene su origen en lo que debilita a los demás, porque no tememos caminar a tientas, tampoco detenernos en el medio de un alambre, porque no nos asusta la caída y no ansiamos escalar hasta la cumbre, porque sabemos que la distancia entre el cielo y el infierno es un camino de ida y vuelta y sólo se aprende en los viajes, nunca en el destino. Llámame cuando ambos sepamos que ha acabado la fiesta de disfraces, que ha llegado la hora de quitarnos nuestras máscaras y dejar que los monstruos sepan que, a pesar de saber rugir, no pertenecemos a su especie. O mejor aún, llámame antes y cuéntame todo aquello que ya sé y, cuando hayas concluido tu relato, desenvainaremos las espadas y cercenaremos las cabezas de las bestias para poner fin a los cuentos de terror que impiden que los niños duerman por las noches. La tierra absorberá el veneno de su sangre y, tras el horror, volverán a florecer los árboles frutales. Poco importa que nadie nos crea. Ni siquiera nosotros mismos.