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jueves, 27 de noviembre de 2014

Nocturno (VI)

La luna que resplandece en tus pupilas es la misma que pestañea entre mis párpados. La noche huele a metáfora granulada con estrellas fugaces. Los caminos que acortan la distancia que ahora separa nuestros cuerpos se evaporarán al llegar al alba. Corre. Volemos como murciélagos desbocados. Dejemos que nuestros gritos reboten en las paredes de sus jaulas. Quebremos el cristal de la urna bajo la que se marchitan las rosas más salvajes. Deslicemos nuestras lenguas entre los barrotes que aprisionan nuestros labios. Cantemos. Bailemos en la oscuridad, como Björk, como las hadas que nacieron en las tinieblas que envuelven el corazón. Entre el primer y séptimo latido duermen los secretos que me atan a tu voz.

lunes, 24 de noviembre de 2014

Satélites (I)

Somos dos satélites que orbitan en torno al mismo planeta. Nuestras trayectorias se cruzan una y otra vez, sin nunca llegar a tocarse. Eres una imagen borrosa, suspendida en el extremo más occidental de mi ojo izquierdo, y yo una fotografía excesivamente pixelada, que eliminaste por falta de definición. Nos intuimos, sin lograr vernos. Tenemos fe en la existencia del otro, a pesar de la falta de pruebas empíricas que demuestren nuestra corporeidad. Y seguimos girando, acelerando la velocidad de nuestro movimiento traslativo, tratando de modificar las leyes del universo, intentando escapar del corsé al que nos encadena la astronomía, creyendo que aún es posible que se estrellen nuestros cuerpos. Quizá la oscuridad del próximo eclipse pueda finalmente amparar la deseada e improbable colisión.

viernes, 14 de noviembre de 2014

Cadáveres (XI)

Llueve y las gotas son puñales desdentados que rasgan la piel de los que se atrevieron a salir de casa sin llevar paraguas. Intento no mirar la masacre de los más desprotegidos, pero mis pies chapotean en la sangre de sus charcos. Todo es húmedo y frío e inhumano, un terrorífico paisaje apocalíptico, que estrangula con alambre de espino los globos oculares de los espectadores más sensibles. Quiero correr, huir de la escena del crimen, pero para ello debería soltar mi paraguas, arriesgándome a acabar yo también empapada de sangre, sudor y muerte. Por eso permanezco quieta, escuchando el monótono martilleo del agua al golpear las pieles amoratadas. Las lágrimas aporrean las compuertas, pero yo refuerzo la cerradura con excusas en las que ni yo misma tengo fe. Cierro los ojos y un grito de lava se abre paso a través de mi garganta. El día acaba y la noche extiende sobre nosotros sus tentáculos de anguila. La lluvia continúa cayendo, sembrando de cadáveres las calles de la ciudad dormida.

domingo, 9 de noviembre de 2014

Cadáveres (X)

Ya no siento ningún orgullo patrio. Escucho el himno de España como quien oye una sintonía publicitaria. No celebré las Eurocopas. Tampoco fui a Cibeles a brindar por el Mundial. De hecho, me fastidió que la canción de La Habitación Roja dejara de hacer honor a su nombre. Debería aprender alemán o chino o sueco. Cualquier idioma que me facilite una emigración con la que sueño cada noche. Volar como las cigüeñas, pero al revés, huyendo del calor, sumergiéndome en el frío. Escandinavia. Otra vez los de L'Eliana. Quien pueda entender, que entienda. Quien no sepa ver, que lea entre las líneas de las nubes más oscuras. Si no grito, no es por falta de ganas. Es que no tengo suficiente saliva para denunciar todas las mentiras que susurran las esquinas. Rememorando a Unamuno, diría que me duele España, pero España ya sólo existe en los eventos deportivos.
 

sábado, 8 de noviembre de 2014

El deseo es una planta carnívora

El deseo es una planta carnívora que devora los insectos de la razón, horadando huecos en los cuerpos que sólo ansían permanecer unidos, licuando la carne en ríos de lava enfebrecida, que calcinan la tierra que osa interponerse en su camino. Ya no me quedan motivos para no sumergirme en el nocivo aliento de la gruta de tus labios. Ya no puedes inventar excusas para no recorrer los untuosos peldaños de mi columna vertebral. Descendamos juntos a los infiernos de los que Orfeo no logró rescatar a Eurídice. Perezcamos carcomidos por las llamas y, reducidos a cenizas, contemplemos el lento ascenso de nuestra alma evaporada, dos mitades que vuelven a convertirse en unidad en las capas superiores de la atmósfera. Poco importan las consecuencias de nuestros actos. El deseo es una planta carnívora que ha devorado todos los insectos de la razón, horadando huecos en las neuronas que nunca llegaron a nacer, imprimiendo imágenes que jamás alcanzaremos a ver. No me pidas que me calle. No detengas mi lengua en carne viva. No refrenes tus manos clandestinas. No dejes que se pudran los esquejes que plantamos en el alféizar de la noche más oscura. Nuestros pies tantean el borde del precipicio y, asustados, resbalan sobre la grava. Dejarnos caer sería tan absurdo como tratar de sujetarnos a las aristas de las rocas. No hay salida. Tampoco entrada. No es la primera vez que pisamos en falso, ni la última que se quiebran nuestras rodillas al golpearse contra el suelo. El agua corre bajo la tierra, siempre huyendo del comienzo de su vida. Dos lágrimas se escurren entre mis apretados párpados. Yo sólo quiero enterrarte entre las cañas de mi barro y que tú arranques los juncos que circundan mis marismas, pero nos hundimos en océanos extraños de los que nadie será capaz de rescatarnos.

lunes, 3 de noviembre de 2014

Génesis (II)

La serpiente sonríe con bífida satisfacción, convertida en brazalete de la incauta, siempre dispuesta a clavar sus colmillos en las curiosas venas de las niñas desobedientes. Todos admiran la plata de la joya, sin ser conscientes del monstruo que se camufla bajo el brillo. Quisieras gritar, tratar de que no ocurra, pero la sangre se derrama sin que la víctima sea consciente de la herida. El horror obtura tu garganta, mientras el reptil enrosca su triunfo en las caderas que alumbrarán nuestras miserias.