No entiendo por qué ocurrió entonces, ni cómo pudo la luz abrirse paso en un sitio tan oscuro. El miedo había regresado unas semanas antes. Tiraba de mí en direcciones contrarias, amenazando con descoyuntar mis huesos más obtusos. Yo lloraba sin derramar lágrimas, que es la más letal forma de llorar. Dudaba de todo, sin permitir que mi cuerpo temblara. Una parte de mí quería convertirse en polvo y la otra aniquilar con saña a los demás. Fantaseaba con escapatorias que no me atrevía a tomar, carreteras secundarias cuya soledad me atenazaba las tripas. Hacía frío o, tal vez, sólo lo sentía. Olía a cerveza rancia y a gente más perdida aún que yo. Él jamás habría estado allí, ni siquiera, aunque, años antes, no le hubiera espantado de mi lado. Puede que por eso lo hiciera, porque siempre supe que no podría acompañarme a los infiernos. Fue una certeza incómoda, una seguridad invadiendo los pliegues de la carne hasta conquistar cada milímetro de piel: iba a hacerlo, no sabía cómo, pero lo haría. Fue después y no antes cuando vi el brazo de aquella chica. Sus cicatrices, al contrario de las mías, eran tan visibles que abrasaban los ojos de cualquier testigo. ¿Cuál era su historia? ¿Por qué yo nunca había optado por rasgarme en sentido literal, sino por envenenarme tan lentamente que siempre acababa curándome antes de terminar de exhalar mi último aliento? De repente me vi bailando como lo hacía cuando el mundo se hundía y yo era libre, como sólo lo son los desahuciados. Yo, bailando, y tú, mirando. Yo, refugiada dentro de un minúsculo vestido de lentejuelas negras, serpiente refulgente que no necesita tentar para que todos pequen. Todos menos tú, que sólo obedeces los naturales dictados del Universo. Tu mano sosteniendo la mía, impidiéndome escapar de mi destino. Tu brazo circundando mi cintura, recordándome que te pertenezco de la misma manera en que María siempre fue de Dios. Espera, yo también llevo mi vida dibujada en mi antebrazo y tu futuro incrustado en mis retinas, sin que ningún Arcángel se haya atrevido aún a anunciar nuestro Gran Desastre, ése que esbozamos aquella mañana aparentemente intrascendente y que rubricaremos una noche que nunca revelaremos a nadie. ¿No es hermoso que, muy de vez en cuando, Júpiter logre eclipsar a la Luna y Saturno no sea capaz de contener ciertos torrentes?
No hay comentarios:
Publicar un comentario