sábado, 9 de enero de 2010

Sonia

El primer chispazo se produjo en un momento indeterminado entre las dos y las cuatro de la tarde, en una cafetería cualquiera de una ciudad que prefiere permanecer en el anonimato. Un "Tu cara me suena, pero no sé de qué", seguido de un "No importa. Me habré equivocado otra vez".

No obstante, la corriente eléctrica bidireccional no se estableció hasta unas horas más tarde, a bordo del autobús XX, que nunca deseó ser protagonista de las noticias de los informativos vespertinos, pero cuya explosión como consecuencia del exceso de voltaje estuvo a punto de encabezar todos los telediarios de esa noche. Descargas intermitentes que reaniman corazones infartados. Miradas que se huyen y se buscan. Taquicardias infinitas. Arritmias incontroladas. Montañas rusas estomacales, sudores fríos y ardientes y dos estúpidos que optan por no rozarse por miedo a que se genere una descarga mortal.

Tres horas después de abandonar el rojo medio de transporte público, Sonia comienza a arrepentirse de no haberse estrellado contra el eléctrico desconocido; mientras que este último sólo tardó tres minutos en maldecirse por no haber provocado el cortocircuito que habría apagado las luces de todo el país.

Ninguno recuerda su encuentro previo. Ninguno prevé su próximo acercamiento. Ninguno sabe que un travieso duende escribió una canción para ellos sin haberlos conocido. Ninguno oye las risas socarronas del maquiavélico destino.

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