Follow by Email

sábado, 28 de febrero de 2015

Apocalipsis (IV)

Tu espalda está manchada de tristeza, pero nadie se da cuenta, porque tú miras siempre de frente, oculto tras una sonrisa que consigue convencer a todos de que hasta el último demonio fue expulsado hace tiempo del Paraíso. Pero a mí no me engañas. Yo camino siempre tras tus pasos, nunca delante de ti, yo contemplo el azul que desciende desde tus hombros a tus lumbares, yo siento las contracturas que palpitan tras los latigazos de la pena y escucho las malignas risas de los diablos a los que San Miguel no condujo a la salida. Yo sé que, más tarde o más temprano, te desplomarás sobre el asfalto, quebrada tu columna por el peso de certezas que nadie quiere nunca tener que aceptar, ésas que a todos ocultas tras un pecho henchido de optimismo, las mismas que, poco a poco, desgastan tus entrañas. Yo sé que las llamas, algún día, calcinarán las nubes de las que están hechas las alas de los ángeles, cayendo nuestras esperanzas en picado, hasta estrellarse en el centro del abismo. También sé que es mejor seguir andando, fingir que podemos alcanzar el final del camino y bucear en la piscina de la felicidad. Por eso te sigo y te ayudaré a levantarte hasta que sean mis propias rodillas las que ya no sostengan las toneladas de azufre que ahora cosquillean bajo mi nariz. El mundo se acaba, pero yo ya no deseo huir en dirección contraria. Por eso me aferro a ti.

viernes, 27 de febrero de 2015

Invierno (II)

Tratamos de anestesiar el rugido de los monstruos, pero es imposible acallar el quejido de la piel rasgada por sus garras. Sabes que nuestro dolor es idéntico, aunque se manifieste de diferente forma, pero te empeñas en fingir que el origen de tus lágrimas se sitúa a miles de kilómetros de la fuente de las mías. Tu deseo trepa la cordillera de mis pestañas, sólo para poder afirmar que no ansías sumergirte en el petrolífero lago de mis pupilas de pizarra. Tu desprecio de tiza tatúa versos de nieve sobre mi mirada de niña abandonada. La lluvia cae torrencialmente sobre mis mejillas, sin que tus manos sirvan de paraguas a mis pechos. Hay tumores que, aunque las pruebas médicas se obstinen en afirmar lo contrario, nunca pueden ser benignos.

jueves, 26 de febrero de 2015

Una mancha con regusto de alquitrán

Sé que estás ahí, oculto entre las sombras, fantasma invisible a los mortales, espectro entretejido entre las hebras de mis sueños. Puedo sentir tus brazos etéreos rodeando con mimo mi cintura abandonada en el medio de esta noche huracanada. Noto la suave presión de tus labios eólicos, que cuelgan cual pendientes de mis erógenos lóbulos auditivos, sordos a todos sus requiebros cenicientos. Escucho el rumor de la brisa de tus susurros, aunque no entienda las palabras que componen su estructura. Sé que estás ahí, pero no quiero verte. Por eso cierro los ojos, aunque tu imagen aparece tatuada en el interior de mis párpados. Mi lengua te niega, mientras mis latidos deletrean en Morse las coordenadas donde anida tu cuerpo de bruma. Resbalan los días. Nuestras pestañas son limpiaparabrisas que tratan de eliminar los recuerdos que se deslizan sobre el cristal de la memoria. Sé que estás, aunque no quieras estarlo, aunque huyas de mí con la misma furia que yo trato de alejarme de tu lado. Corremos en círculos, sin darnos cuenta de que, a veces, la única forma de escapar es quedarse quieto, hasta que alguien te rescate del desastre. Buscamos salidas que aún no han sido dibujadas por el pintor que traza nuestros destinos. Tus manos recorren la columna vertebral de mi miedo más cerval. Un escalofrío conquista mi sistema linfático. Sé que estás ahí, aunque todos piensen lo contrario y esa certeza me desgarra hasta sangrar. Escupo sobre el asfalto un coágulo envenenado de reproches. Tú lo aplastas de un pisotón, convirtiendo el amor y el odio en una mancha con regusto de alquitrán.

martes, 24 de febrero de 2015

Canibalismos (IV)

Quiero plegarme entre tus labios, hundirme en las marismas de tu boca, dormir sobre el colchón de agua de tu lengua, ondular ingrávida bajo el cielo de tu paladar, hasta que un tsunami de saliva ahogue para siempre mis ansias de ti. Quiero que me estrujes con rencor, exorcizando todos los silencios que no nos atrevemos a dinamitar, ordeñando hasta la última gota del dolor que ahora oprime las gargantas. Quiero que penetres mis defensas, que arañes los pedazos más esquivos de mi piel, que muerdas mi carne cenicienta, resucitando el hambre que trato de adormecer bajo el edredón de la soledad más absoluta. Somos dos mitades imposibles de reconciliar, que se abrazan bajo el eclipse alcohólico de esta noche plagada de fantasmas. Tu sudor me envuelve con el regusto de una marea de cianuro con sal. Quiero morir o, tal vez, matar. Ahorco un grito con forma de buitre, mientras una sinfonía de gemidos amordazados trepa decidida las paredes de mi femoral. No quiero dilatar la eternidad. Tampoco concretar lo abstracto. Sólo quiero cerrar los ojos y que tus dedos dibujen con esmero la silueta del deseo.

 

jueves, 19 de febrero de 2015

Ratas (III)

Es fácil predecir la trayectoria de una rata. Sólo hay que liberar los instintos más básicos de la pequeña alimaña que todos llevamos dentro. Pensar como ellas, sentir como ellas, desear como ellas. No se trata de adivinar a dónde queremos ir, sino de determinar a dónde nos gustaría llegar y, después, imaginar el camino más fácil para alcanzar nuestra meta, ignorando siempre la molesta voz de nuestra remilgada conciencia. Corretear entre la basura sin ningún tipo de escrúpulo, morder a cualquiera que se interponga en la senda que conduce a nuestro objetivo, arañar hasta encontrar una salida. Todo vale. Nada importa. Sé lo que vas a responderme: tú no deseas ser una rata, pero yo no te pido que te conviertas en una. Sólo debes aprender a predecir su trayectoria para poder así evitar ser roído por sus inmisericordes dientes envidiosos. Hay que conocer al enemigo, no ya para matarlo, sino para no morir a sus manos. Estamos en guerra y, aunque no te des cuenta, perdemos la partida. No quieres acercarte a ellas, mucho menos ponerte en su pellejo, pero es la única forma de que no nos transmitan la peste. Míralas. Están convencidas de que son las amas y señoras de este podrido imperio de miserias. Para eliminar sus escondites no es suficiente con limpiar toda la mierda. Tendremos que sembrar de trampas las cloacas y luego recoger sus cadáveres y quemarlos antes de que se descompongan y siembren la tierra con su veneno de ultratumba. No es ponernos a su nivel. Podremos ser mejores. Seguramente acabaremos siendo mucho peores. Pero nunca, escúchame bien, nunca seremos como ellas.

lunes, 16 de febrero de 2015

Nocturno (VII)

La gente bebe, la gente habla, la gente ríe, tú sólo callas. La noche es fría e indolente a tus deseos, pero la tentación se enrosca en torno a tus tobillos con la insistencia de una gata en celo. ¿Por qué no ceder? ¿Por qué resistirte hasta que revienten todas las compuertas? ¿Por qué no puedes ser como ellos? Éstas que ahora escribo son palabras huidas que cacé en el medio de su fuga. Algunas consiguieron escapar definitivamente de mis labios. Poco importa. Que torturen a otros sus secretos. Un terrón de azúcar se hunde silenciosamente en una amarga taza colmada de café. Tú hueles a ropa recién sacada de la lavadora. Yo a cera aplastada entre tus dedos. La luz fallece. Los adoquines son trampas mortales para los tacones de las Cenicientas que tratan de alejarse de sus príncipes. El cristal se quiebra con un grito de murciélago. El miedo rebota contra las paredes de un callejón sin salida. La luna se esconde entre las nubes, sembrando de tinieblas esta esquiva madrugada. Nuestras bocas son estrellas que ya no producen luz. Nos morimos en la titilante distancia que separa nuestros cuerpos, pero nadie se decide a enterrar nuestros cadáveres. Se les da bien camuflar el hedor de la putrefacción.

lunes, 9 de febrero de 2015

Cataclismos (VI)

Tengo que provocar el cataclismo, hacer que todo se derrumbe, sepultarme bajo las toneladas de amianto que este cruel tejado ya no es capaz de sostener sobre las cabezas de los más desamparados. Tengo que trepar sobre los escombros, respirar el polvo de este aire apocalíptico, toser todos mis miedos, escupir mi desprecio sobre la montaña de desechos que se pudren bajo un sol que nunca ha perdonado a los cobardes. Tengo que huir de la escena del crimen, alejarme de los muertos que no deseaban sobrevivir, abandonar a los vivos que sólo saben llorar las desgracias que no quisieron evitar. Tengo que mirar al frente, nunca hacia atrás. Tengo que caminar sobre las tumbas de los héroes, desenterrar la memoria de los mártires, beber el valor de la sangre que derramaron para evitar lo inevitable. Tengo que abrir mis venas, verter los días que me quedan en el vano intento de construir castillos en el aire, disparar mis ideas a las nubes y cruzar los dedos para que, algún día, llueva la esperanza sobre esta tierra aniquilada. Tengo que navegar entre mis dudas para, como Descartes, poder regalaros una única certeza.

viernes, 6 de febrero de 2015

Marzo (VII)

 
 
Sopla el viento, aullando monstruos detrás de cada esquina, resucitando muertos que hace tiempo creías enterrados. El frío trepa entre tus piernas, gangrenando sueños, esculpiendo estalactitas debajo de tus párpados. Los días son montañas imposibles de escalar. Las noches, avalanchas de nieve que te sepultan a orillas del mar. Eres una estatua de hielo cuyos pies se hunden en el fango de una primavera que sólo quieres postergar. El cielo escupe granos de sal que derriten tu piel entumecida. El dolor, en carne viva, ya no tiene manta bajo la que cobijarse. Tu sonrisa es sólo la herida tras la que se esconde tu boca desangrada. Él se fue y tú no estás. La ventisca golpea con fuerza las ventanas de tus ojos. Las gaviotas gritan desde las rocas, pero no entendemos la advertencia. Marzo espera al final del túnel de febrero y, aunque intentemos esquivarlo, esta vez, acabará por devorarnos.