martes, 30 de septiembre de 2008

El tanatorio

Llevaba más de dos horas en una de las múltiples salas de aquel moderno tanatorio, contemplando aquel cuerpo marmóreo e inerte. Más de dos horas tratando de convencerse a sí misma de que aquel pedazo de carne sin vida y sin alma había pertenecido al hombre de su vida. Estaba sola porque así lo habían decidido los dos. Cuando le diagnosticaron aquel cáncer terminal de laringe y le dieron unas semanas de vida, él lo primero que hizo fue decirle que no quería dramas, ni lágrimas, ni gente hipócrita pululando a su alrededor. No se lo contaron a nadie. Ni a sus padres, ni a sus hermanos, ni a sus amigos. Ella pensó que sería complicado mantener la farsa, incluso aunque la misma fuera a durar un tiempo tan sumamente breve. Como siempre, se equivocó. A nadie se le ocurrió ir a visitarlos. Sólo algunos llamaron. Al principio, él mismo podía atender las llamadas. Sólo en los últimos días de la fulminante y cruel enfermedad fue necesario inventar algún tipo de excusa para justificar su imposibilidad de mantener cualquier tipo de conversación sin que la voz le temblara o emitiera algún tipo de quejido. Pensó que no sería capaz de contener las lágrimas ante el desgarrador sufrimiento de su amado, pero era uno de sus últimos deseos y ella no podía hacer otra cosa más que cumplirlo. Y ahora que todo había acabado era incapaz de liberar el impetuoso torrente de sentimientos encerrados tras las compuertas de sus pupilas. Se odiaba por ello, pero en los últimos días no había parado de rezar para que todo acabara lo antes posible. Él ya no era él, sino un cuerpo consumido por el dolor y sin fuerzas para luchar contra lo inevitable. Y ella sólo quería terminar con todo aquello y comenzar con su eterno período de luto. En un principio había pensado en llamar a todo el mundo en cuanto los médicos le comunicaran el fatal desenlace, pero llegado el momento se dio cuenta de que no quería ver a nadie. Sólo deseaba estar sola con ella misma y con su pena. No quería que nadie la compadeciera, ni siquiera aquellas estúpidas enfermeras del hospital. Al menos, en aquella fría sala del tanatorio, estaba totalmente sola. Sola con un muerto que no significaba nada para ella. Porque, por más que lo intentaba, sabía perfectamente que él ya no estaba a su lado, que nunca volvería a estarlo. Intentó memorizar de la manera más fiel posible los rasgos de su rostro, pero pronto abandonó tan estúpida tarea. Aquella cara angulosa y cetrina poco tenía que ver con la que ella tanto había amado. Su radiante sonrisa nunca volvería a iluminarla. Aunque lo peor eran sus ojos. Sabía perfectamente que sus párpados cerrados cubrían una mirada glaciar perdida para siempre en el centro de un infinito sin retorno. Le habría gustado salir de allí, huir de aquel remedo sin vida del único hombre al que jamás amaría. La situación la superaba en todos los sentidos y, por momentos, creía que le faltaba el aire. Pero permaneció quieta, aferrándose al último vestigio de una existencia excesivamente corta, retrasando el momento en el que tendría que comunicarle al mundo la muerte de su amor, atrapada por el aséptico ambiente de aquel tanatorio de carretera, deseando que todo hubiera sido una mala pesadilla, soñando con la idea de despertar en cualquier momento y descubrir que su vida aún tenía sentido.

3 comentarios:

anselmo dijo...

_Yo he pasado por esa situación y la mezcolanza de sentimientos es brutal...y todo eso que se siente perdura más allá de lo deseable

Laura dijo...

Me ha gustado tu texto, aunque triste. Es duro decir adiós para siempre.
Besos.

flanaguillan dijo...

No sabía que escribías tan bien, eh? muy buen texto, me gustó
bsos (y gracias por los ánimos)