sábado, 24 de enero de 2026

El día de la Inmaculada Concepción

No entiendo por qué ocurrió entonces, ni cómo pudo la luz abrirse paso en un sitio tan oscuro. El miedo había regresado unas semanas antes. Tiraba de mí en direcciones contrarias, amenazando con descoyuntar mis huesos más obtusos. Yo lloraba sin derramar lágrimas, que es la más letal forma de llorar. Dudaba de todo, sin permitir que mi cuerpo temblara. Una parte de mí quería convertirse en polvo y la otra aniquilar con saña a los demás. Fantaseaba con escapatorias que no me atrevía a tomar, carreteras secundarias cuya soledad me atenazaba las tripas. Hacía frío o, tal vez, sólo lo sentía. Olía a cerveza rancia y a gente más perdida aún que yo. Él jamás habría estado allí, ni siquiera, aunque, años antes, no le hubiera espantado de mi lado. Puede que por eso lo hiciera, porque siempre supe que no podría acompañarme a los infiernos. Fue una certeza incómoda, una seguridad invadiendo los pliegues de la carne hasta conquistar cada milímetro de piel: iba a hacerlo, no sabía cómo, pero lo haría. Fue después y no antes cuando vi el brazo de aquella chica. Sus cicatrices, al contrario de las mías, eran tan visibles que abrasaban los ojos de cualquier testigo. ¿Cuál era su historia? ¿Por qué yo nunca había optado por rasgarme en sentido literal, sino por envenenarme tan lentamente que siempre acababa curándome antes de terminar de exhalar mi último aliento? De repente me vi bailando como lo hacía cuando el mundo se hundía y yo era libre, como sólo lo son los desahuciados. Yo, bailando, y tú, mirando. Yo, refugiada dentro de un minúsculo vestido de lentejuelas negras, serpiente refulgente que no necesita tentar para que todos pequen. Todos menos tú, que sólo obedeces los naturales dictados del Universo. Tu mano sosteniendo la mía, impidiéndome escapar de mi destino. Tu brazo circundando mi cintura, recordándome que te pertenezco de la misma manera en que María siempre fue de Dios. Espera, yo también llevo mi vida dibujada en mi antebrazo y tu futuro incrustado en mis retinas, sin que ningún Arcángel se haya atrevido aún a anunciar nuestro Gran Desastre, ése que esbozamos aquella mañana aparentemente intrascendente y que rubricaremos una noche que nunca revelaremos a nadie. ¿No es hermoso que, muy de vez en cuando, Júpiter logre eclipsar a la Luna y Saturno no sea capaz de contener ciertos torrentes?

lunes, 5 de enero de 2026

La sangre

La sangre como forma de vida, latido sabio, guía certera. La sangre como río que conecta lo que es con lo que debería ser, sembrando su cauce de cadáveres ingenuos, arrasando con todo lo que se interponga en su camino. La sangre tóxica y la sangre intoxicada, ebria de dudas, tambaleante vagabunda de los callejones más oscuros de la noche. La sangre periódica, manchada con la sangre de los hijos que no fueron (en parte, porque no podían ser; pero, también y, sobre todo, porque no querías que fueran). La sangre culpable, contrita, plena de efímeros propósitos de enmienda, incapaz de derramarse en sacrificio hasta que Dios no detiene la mano de Abraham. La sangre libre, que mana sin mesura, el alma abierta en canal, el cuerpo que no entiende, pero que se entrega, porque sabe que es necesario pagar la deuda que nos trajo al mundo antes de que este mundo decida cobrarse la deuda por su cuenta. Mi sangre extraña, tan rara como yo misma, desafiando las estadísticas que encarcelan nuestros actos en el redil de lo políticamente correcto. Mi sangre, tan hereje como pía, encharcando el suelo del matadero por negarse a seguir las directrices de los dueños de la granja. Mi sangre palpitando bajo las suelas de tus botas, corroyendo tus certezas, infectándote de ideas-dinamita que no sabes cómo abatir. Mi sangre mutante, convirtiendo en obsidiana todo lo que toca, conduciéndote al Infierno como único umbral posible para acceder al Paraíso. Mi sangre atragantando a los vampiros y amamantando a los recién nacidos. Tu sangre goteando lentamente de mis colmillos. ¿Víctima o verdugo? Todo depende del momento y del prisma que enfoque la escena. La luz de la sangre y la sangre de la luz. No hay más verdad que ésa.

viernes, 26 de diciembre de 2025

Tormentas (VIII)

Éramos el viento y la lluvia, escaras infectas en la piel de los acantilados de Moher, el grito del alba al desprenderse de la noche, el umbrío quejido de todos los orgasmos que no se pueden retener. Las sombras que alumbran nuestro camino yacen inertes a los pies de la aurora. Mírame. Ésta soy yo, sin trampa ni cartón, sin máscara que parapete mis monstruos, ni velo que difumine las aristas de mi alma. Mírame bien. Abrázame. A mí y a todos mis demonios. Fóllame entera y, luego, regurgítame en la próxima tormenta que arrase los cimientos de este mundo cada vez más esquivo. Azota mis creencias más firmes. Recompón después todas mis dudas. Empújame al abismo, pero sírveme también de red. Soy todo aquello que no imaginas y tú el confín de todos mis miedos.

sábado, 20 de diciembre de 2025

Orfeo sin mácula

De todos los hombres que me han querido, sólo uno ha sido capaz de bajar a mis infiernos y regresar indemne a la superficie.

viernes, 19 de diciembre de 2025

El mago

Agitas las manos, removiendo todo aquello que me traba, convocando las fuerzas ancestrales que dominan mi existencia, prometiéndome milagros que realmente no están a nuestro alcance. Y, sin entender por qué, te creo. Como confían los fieles en sus dioses, los fanáticos en sus ídolos o los idiotas en los políticos. Soy todo eso y mucho más; pero sólo contigo, hipnótica estrella polar que ordena mis pasos, director de orquesta que mece el ritmo de mi torrente sanguíneo, zahorí que descubre y drena la fuente de todos mis miedos. Recitas palabras que ningún idioma se ha atrevido aún a incluir y yo las repito contigo, estúpida acólita sin más credo que el vaivén de tu deseo. Sonríes, satisfecho de los efectos del conjuro; porque, en contra de lo que pudiera parecer, tu único propósito era someterme a cada pálpito de tu intermitente voluntad.

martes, 21 de octubre de 2025

La locura

Todo está pasando, pero no nos damos cuenta. Somos víctimas de los caprichos celestes, títeres de las travesuras de los dioses, fruto de la ironía del Universo. Mi cuerpo responde a tu cuerpo porque alguien anterior a nosotros lo programó para que así lo hiciera. Tus labios susurran mi nombre porque alguien superior a nosotros les dicta lo que deben decir. El libre albedrío no es tan libre como lo venden. Hay compulsiones de las que no podemos escapar sin perder la poca cordura que nos queda. Trato de alejarme y tú intentas no acercarte, pero nuestra errónea voluntad sólo tensa la carne, provocando disonancias cognitivas que no sabemos cómo superar. No. Ni tú ni yo escogimos todo Esto, sino que fue todo Esto quien nos eligió a nosotros y, cuanto más tratemos de escaparnos, con más ahínco se ceñirá la soga a nuestro cuello.

martes, 2 de septiembre de 2025

THE END

¿Cómo acaban las películas que no acaban? ¿"Mañana" fue realmente "otro día" para Escarlata o sólo una baldosa más en su camino hacia el abismo? ¿Qué hizo Charlton Heston después de descubrir que no había viajado en el espacio, sino en el tiempo? ¿Dejó de girar la peonza de Cobb en algún momento? Trato de adivinar la respuesta a estos interrogantes, de convencerme de que ocurrió lo que me habría gustado que pasara, en lugar de lo que intuyo que sucedió; pero no logro confundir la realidad con la ilusión. Es lo malo de las buenas películas: cierran la puerta al autoengaño. Por eso soy incapaz de creer que, algún día, volverás. 

Me miro en el espejo. A falta de tierra roja de Tara, cojo un puñado de polvos de talco y juro "A Dios pongo por testigo, que jamás volveré a pasar hambre". Acto seguido, rugen mis tripas. "Isn't it ironic?", que diría Alanis Morissette, aunque el hambre de la que hablo no sea un hambre física, como la de Escarlata, ni tú seas Clark Gable, ni yo me asemeje a Vivien Leigh. 

Sacudo el blanco de mis manos y me meto en la ducha, pero no hay lugar al que huir cuando tú eres el causante de tu propia destrucción, cuando fue tu dedo el que pulsó el botón que liberó la bomba atómica, cuando la puta Estatua de la Libertad te acusa gravemente con su antorcha. Sí, yo te dejé ir o, más bien, forcé tu marcha con esa sarta de mentiras con la que tanto me costó hacerte comulgar. ¿Y ahora? ¿Cómo te convenzo de todo lo contrario? ¿Cómo coño te confronto con la verdad? 

Salgo de la ducha y suena el teléfono. Por inverosímil que parezca es tu nombre el que ilumina la vibrante pantalla. 

- ¿Sí? 

- Hola. ¿Cómo estás? Necesito verte. 

El tiempo se detiene, exactamente igual que ocurre en las películas, mientras mi pulso desbocado martillea mis sienes desde dentro (no puede ser cierto, es imposible que esto esté pasando, debo estar soñando). 

- Sí, claro, cuando quieras. 

- ¿Comemos a las 14:30 h en la cafetería de debajo de tu oficina? 

- Perfecto. Tenemos una cita. Bueno, una cita no, no quería decir eso. Tú ya me entiendes… 

- Sí, yo ya te entiendo, siempre te he entendido y siempre te entenderé – tintinean tus palabras sonrientes al otro lado de la línea. 

Las horas transcurren lentas, el trabajo pesa más que nunca y yo sólo puedo concentrarme en esta cuenta atrás que nunca termina, pero que, finalmente, concluye. Y aquí estamos tú y yo, de nuevo frente a frente, sin entender qué nos ocurre, pero sintiendo todo el amor que una vez tratamos de negarnos. 

- ¿Cómo estás? 

- Bien. ¿Y tú? 

- Bien. Imagino que te preguntarás por qué te he llamado… 

- No me importa realmente. No te haces idea de lo mucho que te he echado de menos… 

- Nunca debí dejar que me expulsaras de tu lado. 

- Ni yo mentirte para que te fueras. 

- Tenía miedo de que lo nuestro se convirtiera en algo demasiado serio, algo de lo que no pudiera escapar nunca; pero supongo que debería haber huido antes, porque, por más que lo intento, no consigo despegarme de tu recuerdo… 

- ¡Dios! ¡Es justo lo que me pasa a mí! ¡Es como si verbalizaras exactamente lo que yo siento!

Exactamente lo que yo siento… Como si verbalizaras… Por más que lo intento, no consigo despegarme de tu recuerdo… 

Miro a mi alrededor y todo parece tan real, tan jodidamente perfecto, que no necesito ninguna peonza para saber que esto es un sueño. Y vivieron felices para siempre jamás. Fundido en negro. Un enorme THE END invade la pantalla. Pero la vida es siempre la mejor de todas las películas y, como toda buena película, nunca acaba, ni siquiera cuando parece que lo hace. Mañana o pasado o dentro de varios años será otro día, un día en el que Escarlata recuperará a Rhett y los humanos volverán a dominar la Tierra y, si no es así, puede que sea porque la peonza sigue dando vueltas y no somos capaces de despertar de la pesadilla.

lunes, 25 de agosto de 2025

La vida fácil

El drama sigue ahí. Esa visión nocturna que distingue nítidas formas donde la mayoría sólo ve sombras. La certeza de la inminencia del desastre. El aullido del lobo que precede a la primera trompeta que anuncia el apocalipsis. Y, sin embargo, ya no hay angustia. Sólo fe en que lo que tenga que ser será y será, además, mucho mejor que todo aquello que podría haber sido. Camino descalza, sin miedo a herirme o a ensuciarme los pies. Todo es tan fácil ahora que he soltado las riendas... Y, sin embargo, sigue habiendo una voluntad que ordena, sólo que ya no finjo que sea mía. Escucho el susurro que se esconde tras cada esquina que aún no he torcido y obedezco a lo que prescribe, porque sé que cuando no sigo sus órdenes algo importante se quiebra en el tapiz de mi existencia. Estas palabras, por ejemplo, no son mías ni fruto del alcohol que intoxica mis venas. Son Suyas y del viento que enreda mi pelo las noches de luna llena. Ya no resisto sus embates. Necesito cerrar heridas, dejar que fluya la vida y permitir que una parte de mí muera cada día para resucitar al día siguiente de mis cenizas. ¿Lo oyes? No hay peor sordo que el que sólo atiende a lo que perciben sus oídos.

sábado, 5 de julio de 2025

Panoramic 34

No voy a mentirte. Odio y amo la vida. Esa puta forma en la que el Universo siempre nos trae aquello que necesitamos, aunque mucho diste de lo que queremos. No, nunca me ha caído bien Dios y, sin embargo, le estoy tan eternamente agradecida... Ese gran hijo de puta que me empuja siempre al borde del precipicio, sólo para acabar dándome la mano un segundo antes de despeñarme en el vacío. ¿Se puede ser más sádico? ¿También más jodidamente compasivo? Hoy he visto una gaviota planeando entre la nada y la bóveda celeste. Había tanta poesía en su inconsciente confianza en el todopoderoso que no hace nada... Querría ser como ella. Dejarme ir. Como todas esas veces en que me he rendido a la omnisciencia de mi destino y todo ha ido mucho mejor que cuando me he resistido a los designios que el Universo había planeado para mí. Mírame. Estoy aquí. A 34 plantas sobre el suelo. Negando la existencia de una inteligencia superior a mi ego, alguien que sabe y entiende lo que yo sólo intuyo, que tengo una vida que no me merezco, personas de oro que acolchan mi duelo, rayos de sol que penetran mis ojos hasta incendiar la última célula de mi cuerpo a la deriva. No creo en la sociedad de las relaciones líquidas, pero es tanto lo que la tecnología ha aportado a mi vida... Esa distancia física diluida en mensajes certeros, almas afines que siempre consiguen encontrar el camino que conduce a mi centro de gravedad. Mujeres, que tan pronto regalan mar como nieve. Hombres, que proporcionan vino cuando tu mundo se hunde y que leen los libros que yacen desnudos en la mesilla de noche de tu dormitorio sombrío. No, no sé qué he hecho para merecer todo esto, ni cómo podré devolver el crédito. Os miro y sé que siempre estaréis ahí cuando el suelo desaparezca bajo mis pies. Vuestra sempiterna presencia es mi súper poder. Pero nadie se da cuenta. Vosotros sois lo único extraordinario que hay en mí, la palanca capaz de movilizar mil millones de galaxias, el principio y el final de todo lo que importa. Me dejo llevar. Por el impulso que me incitó a madrugar para colisionar contigo; por la fuerza centrípeta que me ancló a ti cuando mi mente sólo quería alejarse de tu ambigua forma de abrazarme; por la compasión que me incitó a transgredir la frialdad del país que alumbró la riqueza de tu aura sin mácula. Mírame. Aquí estoy. Otra vez transida de sentido, sin saber qué coño estoy diciendo. ¿Soy el continente o el contenido? O, quizá, sólo el lento parpadeo de todos tus sentidos...

martes, 1 de julio de 2025

Agujeros negros (III)

Mi espalda en tu mano. Ave tranquila. Llanura sin grietas. Tierra fértil, preñada de vida. Trato de obviarlo, de fingir que no siento todo lo que siento y que tú no eres el epicentro del desastre. Habría sido hermoso. Ser como ellos, carne sin cuerpo, cerebro sin tiento, estúpido invento. Te miro y sé que ninguno de los dos aprenderemos el lenguaje del desierto de los días sin bruma. Tú y yo somos eterna pregunta, cero certezas, inconmensurable duda. Ésa es nuestra fuerza. También nuestra gran debilidad. Ellos lo intuyen. Les atrae la forma en la que el sol nunca termina de ponerse en nuestras fronteras; pero los asusta esa oscuridad perenne que circunda el contorno de nuestra sonrisa más sincera. Quiero escapar de aquí. Volver al planeta que alumbró nuestros destinos. Pero no recuerdo el camino y no sé si tú estás dispuesto a recuperar la senda divergente que conduce al agujero más negro de toda la galaxia. Así que permanezco inmóvil. Mis omóplatos agrietados por el tacto de tu inquietud serena. Explícame cómo enunciar el inefable latido que aletea entre tu corazón y el mío. O, quizá, sea mejor así. Dejar que todos lo sientan, sin que nadie lo entienda.