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lunes, 30 de noviembre de 2009

Madrid 1-Barcelona 0



No hay peor ciego que el que no quiere ver.

PD: Y sin réflex.

domingo, 29 de noviembre de 2009

Cenit

Vibración ventricular y silencio cenital.

Ganas de dormir y agujetas al reír.

Gritos sin abrir y vestido sin elegir.

Dientes escamados de besar labios equivocados.

Corazones agotados de latir desacompasados.

Pies doloridos de equivocarse de camino.

Almas peregrinas persiguiendo golondrinas.

Calma aparente y piel ardiente.

Si me quemo te hielas.

Si me marcho te quedas.

Si me derrito me bebes.

Si me marchito me sostienes.

Y ahora desfilo en procesión para adorar la luz de la luna escurrida en tu colchón.

Mi canción del día



"And my mouth won't do what my mind is ordering. Well you said that I'm that I'm still quite young. Then why am I feeling old? And the days are passing by with hurry inside".

PS 1: Aunque el concierto acústico de esta noche en el Búho ha estado bastante bien, nada que ver con el concierto con banda del Sonorama. Y es que se echan de menos los instrumentos de cuerda, la percusión y los teclados.

PS 2: Ayer me quitaron once años de una tacada y volví a convertirme en menor de edad. Me parece que esto empieza a ser preocupante.

viernes, 27 de noviembre de 2009

El capital

Cuando te pedí un préstamo a tipo cero me devolviste un gigantesco NO. Si las palabras se las lleva el viento, ¿por qué hay que pagar por robar versos?

miércoles, 25 de noviembre de 2009

Cómplices

Nadie vio el golpe de acero, pero todos pudieron observar el río de sangre nasal engendrado por el mismo. Aun así, nadie hizo nada para proteger a la joven probablemente agredida del que, seis meses después, se convertiría en su verdugo. En las grandes urbes, los desconocidos están demasiado acostumbrados a ignorarse como para plantearse siquiera la posibilidad de ayudar al prójimo. En las pequeñas ciudades son los conocidos los que toleran y encubren esta clase de crímenes.

Rosa, más encarnada que nunca, agradeció profundamente la indiferencia de sus semejantes. Cualquier conato de heroica defensa habría embravecido aún más a un ya furibundo Iván. La pasividad de sus compañeros de vagón de metro fue la que evitó un asesinato aún más prematuro del que tuvo lugar poco después. Aunque el momento de la ejecución no resulta relevante cuando la sentencia de muerte se firmó el aciago día en que se aceptó la primera bofetada.

Pero no es de esto de lo quería hablar, sino de lo que impidió que esos trece cuasi testigos de una violencia gratuita y cobarde auxiliaran a quien, evidentemente, lo requería de manera urgente.

El caso de Bea resulta bastante particular; pues, sumergida, una vez más, en el nuevo universo literario que había comenzado a descubrir dos días antes, sólo entrevió, fugazmente y por pura casualidad, las huellas del silencioso puñetazo. Deseosa de seguir extasiándose con nuevas e imposibles metáforas y ansiosa por comprobar si el destino de Sonia estaba o no escrito de antemano se convenció a sí misma de que la torrencial hemorragia era el fruto lógico y natural del sofocante calor del metro en pleno mes de agosto. Este burdo autoengaño era necesario para poder continuar con la lectura sin ningún tipo de molesto remordimiento. Los únicos maltratados que interesan a Bea son los huérfanos de Dickens y no una mujer anónima y real con el mal gusto de sangrar públicamente su desgracia.

Muy distinto fue el proceso mental de Paco. Harto de enfrentarse a denuncias falsas que ganan juicios y denuncias verdaderas retiradas a los dos días por una víctima siempre dispuesta a confiar en el propósito de enmienda de su torturador, decidió que no quería perder ni un segundo de sus vacaciones intentando convencer a sus compañeros de la policía nacional de que ese cerdo hijo de puta había convertido en un maravilloso Picasso la cara de su novia/mujer/amante. Y para terminar de limpiar su, a la fuerza, laxa conciencia, afirmó para sí mismo que si esa mujer no se respetaba a sí misma nadie más tenía por qué hacerlo.

Muy similar fue la opinión de Patricia. “¡Dios! ¡Esa pusilánime me está poniendo de los nervios! ¿Cómo puede continuar sentada tan tranquila al lado de ese animal? ¿Por qué no dice nada? Si un tío me tocara un solo pelo de la cabeza sería la primera y la última vez que le dejara acercarse a menos de cien kilómetros de distancia. Y encima intenta limpiar las huellas del crimen de la manera más discreta posible. Como si un Kleenex bastara para borrar lo ocurrido. Pero ¿tan poca autoestima tiene? Y mira cómo baja la vista y no la despega del suelo. ¿Por qué tiene tanto miedo de enfrentarse a él? Si algún gilipollas me hiciera algo así…Claro que si ella no se quiere a sí misma y prefiere vivir bajo la bota opresora de ese carnicero en prácticas no seré yo quien se lo impida. ¿Por qué habrá tantas mujeres masoquistas sueltas por el mundo?”

A Matías le habría encantado ser el caballero andante de brillante armadura que rescatara a esa bella y desconocida princesa en apuros, pero el enorme dragón que la custodiaba y hería a partes iguales le pareció excesivamente fiero. De hecho, observándolo más detenidamente, enseguida encontró demasiadas semejanzas entre esa mole humana y aquella otra colección de músculos que le amargó la infancia con sus continuas palizas y humillaciones varias entre clase y clase. Prefería ser un pringado cobarde a un pringado en el hospital. Conocía demasiado bien a los matones de barrio como para no darse cuenta de que estaba ante un espécimen de esa calaña y sabía sobradamente lo mucho que dolían los golpes infligidos por esos orangutanes. Un alfeñique como él nunca sería capaz de vencer a un mastodonte de ese calibre, por lo que tendría que ser otro quien liberara a la encadenada damisela.

Silvia y Miguel, por el contrario, sí que estaban más que dispuestos a recibir puñetazos ajenos. De hecho, Miguel se disponía ya a atravesar el espacio que le separaba del presunto maltratador y Silvia se aprestaba a cubrir las espaldas de su valiente marido cuando su amigo Fernando lo sujetó del brazo y le dijo que no merecía la pena. “¿Cómo que no merece la pena? ¡Ese cabrón le ha roto la nariz! ¡Hay que hacer algo!” “¡Shhh! ¡No grites!” “Pero ¿cómo que no grite? ¡Ese hijo de puta le ha pegado!” “¿Tú lo has visto?” “No, pero está claro que eso es lo que ha pasado. A nadie le sangra la nariz de esa forma si no le han dado un golpe. ¿Verdad, Silvia?” “Claro que sí, Fer. Está claro que ese cerdo le ha pegado. Y Miguel tiene razón. ¡Tenemos que hacer algo!” “Si no lo has visto directamente no hay nada que hacer. ¿Qué declararías en el juicio? ¿Que viste a una chica en el metro sangrando mucho por la nariz? A ese tío no le pasará absolutamente nada. Ni siquiera habrá juicio. Lo único que conseguirás es encabronar a ese mamón y que, después de vuestro inútil numerito, él pague su enfado con ella al llegar a casa.” “Pero, ¡hay que hacer algo! ¡Alguien lo habrá visto!” “Si nadie ha dicho nada es porque nadie lo ha visto directamente.” “Fer, no me jodas. Está claro lo que ha pasado.” “Da igual lo claro que te parezca que está. Lo importante son las pruebas y no hay ninguna concluyente. Sólo una mujer que sangra y un montón de personas que no han visto nada. Venga, dejadlo de una vez, que no merece la pena y la siguiente parada es la nuestra.” Miguel y Silvia se miraron y se rindieron ante la evidencia de la más que probable inutilidad de sus esfuerzos por ayudar a la mártir desconocida. “Vamos, hay que bajarse ya.” Todavía reticentes a abandonar a la víctima, Silvia y Miguel sucumbieron a los racionales argumentos de Fernando y renunciaron a clamar justicia.

Es cierto que los remordimientos dificultaron el sueño de Silvia esa noche y que la furia contenida de Miguel hizo lo propio. Supongo que eso contribuyó a que se sintieran mejores personas que Fernando. Ellos querían haber hecho algo. Es más, si su parada no hubiera sido tan inmediata, probablemente se habrían decidido a pedirle explicaciones al presunto agresor. Pero las circunstancias son las circunstancias y no tuvieron mucho tiempo para pensar. Si no hubiera sido por Fernando y porque su parada de metro era la siguiente…

Lo cierto es que, 24 horas más tarde, ninguno de los dos tuvo problemas para dormir y que, seis meses después, ninguno reconoció a Rosa cuando su asesinato salió en las noticias. Las buenas personas olvidan pronto a aquéllos a los que no brindaron su apoyo. Curiosamente, Fernando sí casó la fotografía del telediario con el rostro sanguinolento del metro y un nudo gordiano ató sus tripas el resto de su vida.

Diametralmente opuesto fue el caso de Alberto. Acostumbrado a darle una buena torta a su novia cada vez que se le ocurría sacar los pies del tiesto supo al instante que esa zorra de la nariz partida habría hecho algo muy gordo para merecer tal sopapo. Sentado en su asiento, Alberto sonrió complacido ante el trabajo bien hecho. Seguro que esa mosquita muerta no volvería a subirse a las barbas de su macho en mucho tiempo. Lástima que ya no queden más hombres de verdad.

Eugenia, Sonsoles y Lola también culparon a Rosa de su desgracia. Educadas las tres septuagenarias amigas en la creencia de que la mujer no es más que un apéndice del hombre o una cualquiera de sus múltiples posesiones, aprendieron, a base de golpes, lo que podían y no podían hacer o decir y saben perfectamente que si esa chica se hubiera comportado correctamente no se hallaría en tan lamentable estado.

Muy diferente fue la educación del cuarto septuagenario del vagón. Desgraciadamente para Rosa, Ángel iba acompañado de su nieto de seis años y no podía permitir que Óscar contemplara cómo utilizaba su recio bastón de caoba para partirle el cráneo a ese malnacido, por muchas ganas que tuviera de hacerlo. De pequeño no sólo había aprendido a respetar profundamente a cualquier miembro del género femenino, fuente inagotable de vida, sino que también le enseñaron a no matar o, al menos, a no hacerlo delante de un niño que todavía no tuviera la formación suficiente para distinguir a un ser humano que merecía vivir de un animal asesino que debía ser aniquilado por el bien de la humanidad, en general, y de su cónyuge, en particular.

Lástima que Óscar nunca lograra entender por qué su valiente abuelo miró hacia otro lado, en lugar de auxiliar a aquella pobre chica sangrante. A él le habría encantado hacerlo, pero si su adulto más admirado no movía un dedo sería por una buena y poderosa razón, por mucho que la misma escapara a su comprensión, y no tenía ningún sentido rebelarse contra el siempre sabio proceder del padre de su padre.

Tenemos, así, trece motivos perfectamente válidos para justificar la no intervención de esos cuasi testigos del violento, pero silencioso, mamporro que quebró la ya otras veces partida nariz de Rosa. Adicionalmente, no existe ley que castigue a quien no denuncie un delito cuya comisión nunca presenció directamente. Pero Iván no comprende por qué él es el único procesado por la muerte de Rosa. Da igual que fuera él quien le propinara la paliza mortal. Para cometer ese cruel asesinato necesitó la ayuda de multitud de cómplices; de personas que, como las de ese vagón de metro, callaron y miraron hacia otro lado cada vez que Iván le puso la mano encima a su mujer. Ninguno de esos cómplices se encuentra hoy en el juzgado ni es consciente de su participación en este crimen. Ninguno, excepto Fernando, cuyo retorcido nudo estomacal le acusa constantemente como cómplice de este delito.

Mi canción del día



"On a day like today, the whole world could change. The sun is gonna shine, shine through the rain. On a day like today, you never wanna see the sun go down".

lunes, 23 de noviembre de 2009

Bucles

Ya no hurgas en mis tripas con los dedos de tus palabras insidiosas, pero me escuecen los ojos por el humo de tus ideas peregrinas.

Distintos lugares y diferentes momentos que alejan lo que debería estar pegado.

Se apaga la llama de lo que pudo ser y se enciende la hoguera de lo que no será.

Sé que no regresarás a tiempo de desmontar la teoría magistral del científico ancestral y yo me pierdo en hipótesis que la Inquisición no tardaría en aniquilar.

Comienza a ser difícil respirar fuera del agua, así que me sumerjo en las profundidades superficiales del primer charco de lluvia que me encuentro tirado en la calle asfaltada de lágrimas de cocodrilo.

Me faltan comas y me sobran puntos suspensivos para representar el colapso mental.

Play, replay.

Llamar, rellamar.

Fresco.

Refrescar, refrescar, refrescar.

Me gustan las historias en bucle y los círculos sin principio ni final, pero también me atraen los quiebros futbolísticos de un nuevo Zidane.

domingo, 22 de noviembre de 2009

Esteban

Venas esculpidas en mármol sobre una piel de roble. Mirada arenosa y sonrisa de fuego que iluminan un rostro Magno de conquistador macedonio. Virutas de carbón sobre una testa renacentista. Brazos de David de Miguel Ángel, abdomen hercúleo y piernas de Ulises errante. Espalda de Atlas y culo apolíneo. Manos de Chopin y voz de trueno. De repente, Esteban se despereza en un escorzo tallado por Bernini y hasta el viento se detiene para contemplar tan excelsa obra de arte.

miércoles, 18 de noviembre de 2009

Mi canción del día



"Pinto en los espejos personajes de ciencia ficción que escapan a su otra mitad sin pedirle permiso al creador".

martes, 17 de noviembre de 2009

Madrid



Digan lo que digan, Madrid tiene una luz espectacular.

viernes, 13 de noviembre de 2009

Manolo y Esther

2:05 a.m. Manolo hace más de una hora que se acostó, pero aún no ha logrado conciliar el sueño. Anda demasiado ocupado haciendo malabarismos mentales con unos números que nunca cuadran. Hace dos meses que se le terminó el paro y sus exiguos ahorros terminaron de consumirse definitivamente hace tres días. Paqui no para de repetirle que pueden vivir perfectamente sólo con su sueldo, pero el mismo no ha resultado suficiente hasta ahora. Ella está convencida de que podrán salir adelante apretándose el cinturón, pero él hace tiempo que se convirtió en un descreído. El Euríbor sigue aumentando de forma galopante. ¿En cuanto se incrementará la cuota mensual de su hipoteca cuando el banco la revise dentro de tres meses? Las cuentas siguen sin salirle. Tiene gracia: tantos años dedicados a la contabilidad y es incapaz de ajustar su balance familiar. Cierra los ojos e intenta dejar la mente en blanco, pero su monstruosa hipoteca amenaza con devorar íntegramente el diminuto saldo de su cuenta corriente. Y abre los ojos para ahuyentar tan escalofriante imagen. Necesita levantarse y fumarse un cigarro, pero no quiere despertar a Paqui ni preocuparla. Así que permanece rígidamente tumbado, con los ojos muy abiertos y la mirada perdida en algún punto indeterminado entre el despertador digital de su mesilla de noche y el blanco nuclear de la pared.

2:05 a.m. Esther pensaba que era un poco más temprano. Debería ducharse, pero necesita dormir. Así que se desnuda rápidamente, se enfunda en su pijama de raso y se mete en la cama. Todavía tiene que perfilar algunas cosas de la demanda, pero le dolía la cabeza y le escocían los ojos, así que decidió irse a casa. La cama está fría y comienza a dar vueltas intentando encontrar la postura perfecta. Echa de menos a alguien que la ayude a calentar las inhóspitas sábanas, pero hace mucho que dejó de tener tiempo para ligar. Esther aprieta fuertemente los párpados; pero, a pesar del cansancio, el sueño no decide visitarla. Así que opta por levantarse, enciende el ordenador y termina de perfilar la demanda que le ha dado tantos quebraderos de cabeza durante la última semana.

7:10 a.m. Manolo, como siempre, pega un brinco en cuanto suena el despertador. No recuerda a qué hora consiguió dormirse. Siempre hay algún momento de la noche en que los números del reloj digital se vuelven borrosos y se mezclan con los números de su cabeza para acabar fundiéndose en un negro que lo invade todo. Tiene que hacer el desayuno antes de que Paqui salga de la ducha. Ella ya trabaja bastante fuera de casa y él necesita sentirse mínimamente útil. Sabe de sobra que jugar a las cocinitas, ocuparse de los niños, limpiar la casa e ir al supermercado a por provisiones no es comparable a llevar la contabilidad de una empresa. Para lo primero no se requiere una educación universitaria; pero, para lo segundo, tuvo que aprobar una licenciatura, hacer un máster y acudir regularmente a cursos para estar actualizado. Antes, levantarse de la cama tenía algún sentido. Le gustaba lidiar con números ajenos y conseguir que todo cuadrara a la perfección. Ahora se conforma con maximizar el dinero de la compra semanal (¡Dios bendiga a las marcas blancas!).

7:10 a.m. Cuando suena el despertador Esther no tiene fuerzas para levantarse. No se fijó en qué hora era cuando se acostó por segunda vez, pero sabe perfectamente que aún tardó bastante tiempo en perder el sentido. Ser socia de un importante bufete de abogados conlleva muchas responsabilidades y muchos quebraderos de cabeza. Pero adora su trabajo y es muy feliz realizándolo. No le importa trabajar la mayor parte de los sábados y los domingos. Al principio le fastidiaba, sobre todo, cuando no la avisaban de antemano. Poco a poco tuvo que renunciar a muchas de sus aficiones. Primero se desapuntó de las clases de tenis. Después abandonó el curso de dibujo. A continuación llegaron las entradas de teatro y cine compradas pero nunca utilizadas y, por supuesto, las cenas y comidas con familiares y amigos canceladas en el último minuto. Su vida social se extinguió por completo, pero su sueldo y sus victorias ante los tribunales compensaban estos pequeños sinsabores. Lo único que la molestó realmente fue la cancelación de sus vacaciones a Méjico. Necesitaba desconectar y siempre había querido conocer la Riviera Maya. Cuando, unos meses después, tuvo que suprimir sus quince días en Japón ya estaba prevenida y, al igual que en la primera ocasión, sus jefes la indemnizaron generosamente. En los últimos dos años se habían sucedido las vacaciones prometidas y sus consiguientes cancelaciones. Todavía no entendía por qué seguía reservando hoteles y comprando billetes de avión para conocer sitios a los que nunca llegaría a ir. Pero disfrutaba con las fotos de los catálogos y soñaba con que, esta vez, no surgiría ningún caso importante de última hora del que nadie más que ella pudiera hacerse cargo. Tenía que levantarse o llegaría tarde a trabajar y no tenía ganas de aguantar ninguna bronca. La ducha de cinco minutos escasos no logró despejarla del todo. Le dolía la cabeza y sólo tenía ganas de acostarse de nuevo y dormir un poco más. Pero no podía llegar tarde. El cuerpo humano es como un coche: necesita gasolina para poder arrancar. Así que ella repostó su depósito con su dosis habitual de analgésicos y cocaína. No hacía mucho que había descubierto los mágicos polvos blancos. Uno de sus jefes le ofreció su primera raya cuando, en un momento de debilidad, la pilló llorando a moco tendido en su despacho un sábado a las siete de la tarde. Su media de sueño durante los meses anteriores no alcanzaba las cuatro horas diarias y estaba totalmente exhausta. Él, amablemente, le explicó las virtudes de la denostada droga y la introdujo en el mundo de los camellos de los abogados y grandes ejecutivos. Todo había ido mejor desde entonces. Al principio sólo se metía cuando estaba al borde del colapso físico y mental. Posteriormente fue aumentando la frecuencia, de forma que raro era el día en que no recurría al milagroso remedio. Disfrutaba del cosquilleo que la cocaína provocaba en su nariz. Se sentó en la tapa del wáter y esperó a que la droga actuara. Poco a poco fue recuperando las fuerzas y la lucidez mental. Se levantó y, aceleradamente, terminó de arreglarse antes de salir escopeteada hacia el trabajo.

1:15 p.m. Manolo ya ha hecho todo lo que podía hacer. El comienzo de la mañana es la parte más dura del día. Le cuesta aceptar que Paqui tenga trabajo y él no. Nunca imaginó que un contable de 48 años estuviera profesionalmente acabado. Las empresas quieren gente joven y maleable a la que poder formar ellos mismos. Nadie desea contratar a un hombre de más de cuarenta años. Su capacidad de aprendizaje y de trabajo, incluso su motivación, no son comparables a las de un jovencito casi imberbe recién salido del horno universitario. El inglés es el otro gran obstáculo. ¿Para qué necesita un contable hablar inglés? Ninguno de los entrevistadores que habían rechazado su solicitud de trabajo había logrado darle una respuesta satisfactoria, más allá de que el conocimiento no ocupa lugar y de que, a igualdad de las demás condiciones, mejor escoger al candidato con conocimientos de idiomas. Se apuntó a clases, pero descubrió que los seleccionadores de personal estaban en lo cierto: su capacidad de aprendizaje no era la misma que a los veinte años. En las siguientes entrevistas, harto de ser rechazado una y otra vez, apeló a su amplia experiencia en el campo de la contabilidad; pero, según le dijeron, ése era otro de sus grandes hándicaps. Pertenecía a la vieja escuela, a la generación de los contables sin imaginación, incapaces de realizar una labor creativa con las cuentas de la empresa. Profesionalmente era un perro viejo que debía ser sacrificado. A los diez meses desde su despido renunció a encontrar trabajo de lo suyo y comenzó a buscar cualquier tipo de empleo. Fue entonces cuando descubrió que su edad resultaba un problema en todas partes. Incluso para hacer hamburguesas preferían a chavales que no hubieran llegado a los cuarenta. Estaban más motivados y tenían más ilusión por trabajar. Además, él estaba excesivamente cualificado y seguro que no se adaptaba a un trabajo de poco monta como ése. Se siente como un mueble viejo e inservible y envidia a Paqui porque el mundo laboral todavía la considera productiva. Aunque lo más duro del comienzo del día es aguantar las preguntas de sus hijos camino del colegio. ¿Hoy tienes entrevista papá? ¿Cuándo vas a volver a trabajar? ¿No te cansas de estar en casa sin hacer nada? ¿Sabes que mi amigo Jorge dice que eres un vago y que si no trabajas es porque no quieres? ¿Qué es un mantenido? (es lo que te llamó Carlos el otro día). Y así día tras día. Los borrachos y los niños siempre dicen la verdad y sus hijos sólo verbalizan lo que todos los demás piensan y dicen a sus espaldas. Cuando tenía trabajo todos lo respetaban. Ahora hasta sus hijos lo desprecian. Ya ha limpiado hasta el último rincón de su pequeño y súperhipotecado piso. También ha hecho todos los recados que le había encomendado Paqui y ha escrutado minuciosamente el periódico en busca de alguna oferta laboral que pudiera ajustarse a su perfil profesional. Incluso ha llamado a un par de sitios para concertar una entrevista, una vez más, sin ningún tipo de éxito. Últimamente le rechazan por teléfono. ¿48 años? Lo siento, pero estábamos buscando a alguien más joven. Muchas gracias por llamar. Siempre las mismas palabras. Siempre la misma decepción. Debería prepararse la comida, pero prefiere seguir viendo la tele. No le gusta comer solo y no tiene hambre. En realidad tiene un gran nudo en el estómago instalado de forma permanente desde hace tiempo, que dificulta enormemente todas sus digestiones. Así que sólo desayuna y cena. Y sólo lo hace para no preocupar a Paqui y para dar ejemplo a los niños. Sí, seguirá viendo la tele hasta que sea la hora de salida del colegio. No es que la programación televisiva resulte especialmente interesante, pero le distrae mínimamente de sus funestos pensamientos.

1:15 p.m. A Esther le han caído dos marrones enormes que tendrá que resolver el fin de semana. Afortunadamente, la mañana ha sido bastante productiva. A lo mejor incluso puede parar media hora para comer algo medianamente decente en lugar de sus recurrentes sándwiches. A pesar de la ingente cantidad de trabajo, Esther está contenta. Uno de sus jefes le ha dicho que en un par de semanas podrá cogerse diez días de vacaciones. Por supuesto, a estas alturas de la vida, Esther sabe de sobra que, finalmente, tendrá que cancelar el viaje que haya planeado minuciosamente. Pero el simple hecho de planificarlo le devolverá la ilusión durante esas semanas. Aunque, como últimamente no tiene tiempo ni de respirar, esta vez optará por algo sencillo. ¿Qué tal Maldivas? Playa, playa y más playa. Relax, relax y más relax. Estaría bien.

9:20 p.m. Manolo recogió puntualmente a sus hijos a la salida del colegio, los llevó a casa, les dio la merienda e intentó ayudarles a hacer los deberes, pero ellos no se dejaron ayudar. Prefieren hacerlos solos. Manolo sospecha que no se fían de sus conocimientos, ni siquiera de los matemáticos. Ha intentado explicarles muchas veces que los números siempre se le han dado bien y que, antes, su trabajo consistía en hacer rompecabezas con ellos, pero tiene la sospecha de que sus hijos no terminan de creerle. Así que ha tenido que buscar algún tipo de entretenimiento para ocupar el resto de su ociosa tarde y ha acabado optando de nuevo por la caja tonta. Paqui le ha llamado para decirle que llegaría un poco tarde y que fueran cenando sin ella. Paqui siempre llega tarde los viernes. Siempre le surge algún imprevisto de última hora que tiene que solucionar antes del fin de semana. La única duda que tiene Manolo es si está liada con su jefe o con algún compañero de trabajo. No la culpa. Él hace tiempo que no la toca. La quiere, pero no le apetece hacer el amor con ella. Es difícil dejarte amar por alguien cuando te odias y te desprecias a ti mismo. Sabía que era cuestión de tiempo que ella se fijara en otro. Sólo espera que no acabe abandonándolo, aunque quizá eso sería lo mejor. La quiere demasiado y no soporta ver cómo se priva de los pequeños placeres de la vida para estirar al máximo el único sueldo de la casa. Ya no recuerda cuándo fue la última vez que se compró ropa. Y hace siglos que no van al cine, ni a comer fuera, ni a tomar una cerveza con sus amigos. Incluso ha dejado de maquillarse porque lo considera un gasto superfluo y prescindible. Hace un par de meses que la pobre se conforma con lavarse la cara con agua y jabón y echarse un poco de crema hidratante una vez a la semana, que si la utiliza todos los días le dura muy poco. Y a él se le parte el corazón cada vez que descubre un nuevo sacrificio por su parte.

9:20 p.m. El día ha sido duro; pero, con un poco de suerte, Esther podrá irse a casa antes de las diez. No está mal. También podría quedarse un poco más de tiempo, pero es viernes y prefiere salir antes, aunque luego tenga que madrugar el sábado. Su madre la ha llamado hace cinco minutos para preguntarle si iría a la comida familiar del domingo. Esther le ha dicho que lo intentaría, pero que no le prometía nada. Todo dependía de lo que le cundiera el sábado y el domingo por la mañana. Su madre ha empezado con la misma cantinela de siempre: que no puede ser sano trabajar tanto, que si sigue así acabará enfermando, que está desperdiciando su juventud encerrada en un despacho rodeada de papeles… Esther, como siempre, se ha enfadado y ha colgado de malos modos. Las verdades duelen y ella no quiere escucharlas.

11:25 p.m. Cuando Paqui ha llegado a casa, Manolo le ha dicho que necesitaba un poco de aire fresco y que salía a dar una vuelta. No le gusta mirarla a la cara los viernes por la noche. Necesita una copa para pasar el mal trago, pero no tiene dinero con que pagarla. Así que se conforma con un cigarrillo. Debería dejar de fumar. Resulta demasiado caro. Pero no tiene fuerza de voluntad suficiente para ello. Camina lentamente y con la mirada fija en algún punto indeterminado de la gris acera. De repente choca con una chica joven, de treinta y pocos años. La mira fugazmente, se disculpa y continúa caminando. Bien vestida y perfectamente maquillada, no como su mujer. Seguro que ella no le pone los cuernos a su marido. Tenía pinta de empresaria o abogada. La vívida imagen del éxito. Súbitamente, Manolo comienza a envidiarla profundamente. Porque tiene trabajo y es joven. Porque no tiene pinta de tener que hacer malabares a fin de mes. Porque seguro que sabe inglés a la perfección. Porque no es un perro viejo al que deberían sacrificar.

11:25 p.m. Esther está muy cansada, pero sabe que le costará dormirse cuando finalmente se meta en su fría y desangelada cama. Siempre tiene demasiadas cosas en la cabeza y la cocaína la obsequia con un pertinente insomnio. Pero para eso está el lormetazepam. Aunque antes de recurrir a la milagrosa pastillita blanca mirará un poco por internet el tema de las Maldivas. Sin darse cuenta choca con un hombre cabizbajo que va fumando. La mira fugazmente, se disculpa y sigue caminando lentamente. No parece tener prisa por llegar a ningún lado. Tampoco tiene pinta de tener grandes preocupaciones. No va muy bien vestido. Seguramente es un mindungui con un oficio gris sin ningún tipo de responsabilidad. Súbitamente, Esther comienza a envidiarlo profundamente. Porque él puede pasear tranquilamente en lugar de ir corriendo de casa al trabajo y del trabajo a casa. Porque él no tiene que redactar una demanda millonaria antes del lunes. Porque él no sabe lo que significa la palabra estrés. Porque él no está malgastando su vida encerrado en un despacho rodeado de papeles.





Artículo 23 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos.
Toda persona tiene derecho al trabajo, a la libre elección de su trabajo, a condiciones equitativas y satisfactorias de trabajo y a la protección contra el desempleo.

Artículo 24 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos.
Toda persona tiene derecho al descanso, al disfrute del tiempo libre, a una limitación razonable de la duración del trabajo y a vacaciones periódicas pagadas.

martes, 10 de noviembre de 2009

Nochebuena

La sangre sobre la nieve es más roja. Todo el mundo lo sabe y Bobby se siente estúpido al contemplar las escandalosas huellas de un crimen que debía haber cometido en un día de lluvia torrencial. Pero, después de tres meses de largo asedio, esa alimaña por fin se le puso a tiro y no pudo contener por más tiempo sus execrables instintos homicidas. Merecía morir. El mundo es un lugar mejor desde su desaparición, pero a Bobby le aterra que alguien descubra su delito. Abandonar el cadáver en medio del jardín y rezar para que nadie sospeche de él no parece muy inteligente, pero la delatora nieve no le ofrece más opciones. Insatisfecho, Bobby decide volver a casa a resguardarse de la inclemente climatología navideña y ensaya frente al espejo su mejor cara de “yo no he roto un plato”. Sí, nadie sospechará que un pulcro y adorable gato de angora disfruta matando ratas callejeras.

lunes, 9 de noviembre de 2009

Pasado de tuerca

- Hay dos clases de personas: aquéllos a los que la vida les pasa por encima y aquéllos que pasan por encima de la vida.

- Yo creo que paso de la vida y que la vida pasa de mí.

domingo, 8 de noviembre de 2009

Lo inaprensible

Los verdaderos amantes se huelen a cien mil kilómetros de distancia, se tocan sin rozarse y se intuyen sin conocerse. Dime, ¿has saboreado alguna vez un amor invisible?

viernes, 6 de noviembre de 2009

Mi canción del día



La primera vez que oí esta nueva versión, el martes en la Sala Sol, no terminó de convencerme. El miércoles en la Sala Caracol ya comencé a bailarla. Hoy, al encontrar este vídeo, me he dado cuenta de que me encanta.

"Las ganas de inventar y una tiza al cielo".

Mi cita del día

"Un buen poema quizá sea el lado valiente de un cobarde. O la bala de un sentimental. O la belleza de un imbécil. El trabajo de un escritor consiste en boxear con el abecedario para conseguir un amor, o más de uno, un cheque tan mágico como una alfombra, y un gramo de gloria que sirva para no oler a sudor".

Pedro Casariego Córdoba dixit.

Creo que no podría estar más de acuerdo. Este hombre me turba cada vez que lo leo. Creo que me ha tumbado por K.O. técnico. Lástima que ya no pueda escribir nada nuevo. Últimamente parece que sólo me engancho a escritores que no llegan a los 50. Lo de cómo descubrí que Pe Cas Cor no era una escritora francesa sino el hermano de Martín y Nicolás lo dejo para otro día. Lo de Francisco Casavella también lo contaré en otro momento. Por ahora me quedo con Jostein Gaarder, que sí ha superado la mitad de siglo, aunque su producción literaria no sea tan prolífica como necesitaría. Todo lo contrario que la de Stephen King, al que yo le daría el Premio Nobel de Literatura sin pensármelo dos veces. Todavía no entiendo por qué siempre que se habla de él se omite la enorme calidad literaria que destilan sus libros. Todo lo contrario que Stieg Larsson, al que no termino de coger el punto ni comprendo por qué lo alaba Vargas Llosa. Supongo que soy rara, porque en vez de leerme "Los hombres que no amaban a las mujeres" en un fin de semana, como hace todo el mundo, tardé más de cuatro meses. Y es que "Las verdades a medias" de Pe Cas Cor me parecían mucho más fascinantes que las andanzas de Lisbeth Salander. Un nombre sonoro y poco más. Hasta las dos últimas páginas del libro, en que la chica adquiere verdadera entidad e identidad. Y, aún así, no me animo a abrir el siguiente. Gran portada y gran título, pero me da miedo que el contenido no esté a la altura. Con la película es que no tengo ni la más mínima esperanza.

jueves, 5 de noviembre de 2009

Eduardo

Acodado en la barra del enésimo bar que visita esa noche, Eduardo trata de utilizar las últimas neuronas que le restan para calcular cuántos litros de whisky serán necesarios para diluir sus amargos recuerdos en la bruma de la inconsciencia etílica. Ya no le queda nada que merezca la pena recordar. Sólo le resta un dolor crónico del alma que le ahoga constantemente. No quiere vivir, pero no tiene fuerzas para suicidarse. ¿Cuánto tiempo tardará en reventarle el hígado? Ésa es la pregunta del millón de dólares. Y juega a adivinar la respuesta correcta mientras vuelve a empinar el codo y el Jack Daniel's abrasa su ahumada garganta.

miércoles, 4 de noviembre de 2009

Jakob

Jakob descompone en minúsculos haces la radiante luz de los focos y se enamora de sus diferentes tonalidades y su cambiante textura. No comprende cómo puede existir tanta belleza en algo tan simple. Quiere aprender a aprehender el polvo suspendido en mitad de los rayos creados por las bombillas situadas encima y enfrente del escenario, pero el mánager de la rubia oxigenada le tira del brazo y le susurra al oído que más le vale sacar guapa a esa preciosidad. Contrariado, Jakob enfoca a la muñequita de porcelana que le ha tocado inmortalizar esa noche y dispara sin ningún tipo de pasión; mientras trata de recordar por qué realiza un trabajo que detesta. ¡Ah! ¡Sí! La luz no paga para que la fotografíen, cosa que sí hacen las divas del pop.

martes, 3 de noviembre de 2009

Tirar a matar

- Si no tengo un buen ángulo, no disparo; que es tontería malgastar una bala.

- Siempre merece la pena apretar el gatillo por la posibilidad de producir un rasguño superficial en la fina piel de tu víctima.

- Yo sólo disparo a matar.

- Siempre que haya una gota de sangre existe un principio de asesinato.

domingo, 1 de noviembre de 2009

Boomerang

Se me escapa el sonido del silencio al escuchar tu voz trazada sin compás.

Me quedo rota por dentro al ser golpeada por el boomerang de tus miradas lanzadas sin piedad.

Agujeros negros colocados en medio de la gran ciudad que, por mucho que lo intento, no consigo evitar.

Se extravió mi centro de gravedad y ahora me escurro en el cristal.

Creo que nunca se me dio bien esperar y que por eso me marché sin intentarte besar.