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martes, 6 de mayo de 2008

Un poco de ejercicio

Marcos hacía más de dos meses que no pensaba en Isobel. No tardó mucho en descubrir que lo único que necesitaba para entretener su mente era un poco de ejercicio. De manera que, en cuanto tenía un amago romántico, se enfundaba el chándal y salía a correr unos kilómetros. También se había apuntado a un gimnasio, en el que hacía máquinas y kick boxing. Y los fines de semana quedaba con algunos amigos para jugar al baloncesto, al tenis, al fútbol o a lo que se terciara. Así que, entre el deporte y su trabajo, no tenía tiempo para tonterías amorosas. Y poco a poco fue recuperando su anterior vida. Volvió a salir por la noche, volvió a emborracharse y pronto volvió a acostarse con bellas y tontas desconocidas. Al fin y al cabo el sexo era también una forma de ejercicio y de distraer la mente. De hecho, no tardó demasiado en empezar a pensar que su enamoramiento de Isobel había sido un espejismo. Aún así prefirió declinar todas las invitaciones de boda que le llegaban. Sólo por si acaso.
Sí, Marcos ya no pensaba en Isobel. Por eso no estaba preparado para encontrarse con Leti y Manuel.
- ¡Hombre, Marquitos! ¡Cuánto tiempo chavalote! Estás más cachas aún, si es posible. ¿Es que nunca piensas echar barriga cervecera?
- Bueno, eso es patrimonio exclusivo de los casados como tú.
- Por cierto, que sepas que estoy muy enfadada por lo de que no vinieras a nuestra boda.
- Lo siento Leti, pero es que estoy hasta arriba de trabajo. Una mierda, vamos.
- Muy moreno y muy cachas estás tú para que me crea que te pasas el día encerrado entre cuatro paredes y currando sin parar.
- Bueno, no es que esté todo el día currando sin parar, pero ese fin de semana estaba hasta arriba.
- Excusas, excusas. Lo que te pasa es que eres alérgico a las bodas, cabrón.
- Ja,ja,ja. También puede ser, no te digo que no. ¿Y qué tal todo?
- Bien, no nos podemos quejar. A ver si por lo menos vienes un día a casa a ver las fotos.
- Tranquilos, que en cuanto tenga un hueco os llamo y me paso. Bueno ahora tengo un poco de prisa, así que tengo que irme, pero me he alegrado mucho de veros.
- Bueno tío, pues esperamos tu llamada.
- Sí, eso.
Y ya se iba cuando...
- Por cierto, tú eras amigo de Isobel, ¿no?
- ¿Isobel?
- ¿No la conocías? Me sonaba haberte visto hablando con ella en algún bodorrio.
- Sí, bueno...
- Pues la ha palmado.
- ¡¿Qué?!
- Mira que eres bruto, Manuel. Tranquilo, que no la ha palmado. Sólo está en coma.
- ¡¿Qué?!
- Al parecer la tía era bulímica o anoréxica, que nunca me entero de la diferencia. Y encima tenía una úlcera sangrante. En fin, que tuvo un fallo generalizado del sistema y se ha quedado como un vegetal. Una pena, ¡con lo mona que era la chica!
- Bueno a mí siempre me pareció que estaba demasiado delgada. Además, era un poco creída, la verdad.
- Pero...
- En todo caso es una lástima.
- Bueno, una lástima no. Que la culpa fue suya por no comer.
- Pero mujer, la anorexia es una enfermedad psíquica o algo de eso. Tampoco era culpa suya.
- Pero, ¿se recuperará?
- Lo más seguro es que no. Ahora mismo sólo está viva por la máquina a la que está conectada.
- A mí la que me da pena es su hermana Gretel, que es una chica majísima y que lo está pasando fatal. La pobre aún cree que hay esperanzas y duerme en el hospital todas las noches convencida de que Isobel despertará de un momento a otro.
El corazón de Marcos comenzó a latir demasiado deprisa, al mismo tiempo que una fuerte punzada atravesaba su pecho y el aire era incapaz de entrar en sus pulmones. ¡Dios mío! ¡Un ataque al corazón! Quizá había hecho demasiado ejercicio. Pobre Marcos, no sabía lo que era un ataque de ansiedad.

domingo, 13 de abril de 2008

Ese brillo en los ojos

Marcos estaba harto de pensar en Isobel. En realidad, quería dormir, pero sabía que cuando cerrara los ojos aparecería ella. Así que continuó tumbado en la cama, con los ojos bien abiertos, proyectando imágenes de su amada en la gigantesca pantalla del techo de su dormitorio.
De repente, la tonta musiquilla de su teléfono móvil le sacó de su ensimismamiento.
- ¿Qué quieres, Carlos?
- Qué voy a querer, detalles, quiero detalles, todos los detalles.
- ¿De qué estás hablando?
- Bueno, me ha dicho un pajarito que te nos has enamorado.
- ¿Cómo lo sabes? ¿Quién coño te lo ha dicho?
- ¡Así que es verdad! Cuenta, cuenta.
- ¿Quién coño te lo ha dicho?
- Pues un pajarito.
- Pero si no se lo he dicho a nadie.
- Hombre, Marcos, es evidente.
- ¿Cómo que es evidente? ¿En qué se me nota?
- Pues ahora que lo dices llevas un tiempo con ese brillo en los ojos.
- ¿Qué brillo en los ojos?
- Pues el que tienen todos los enamorados. Pero basta ya de darme largas y desembucha.
- Antes dime quién te lo ha contado y cómo lo sabía.
- Álex, ¿vale? Me lo ha contado Álex. Aunque podía haberlo hecho cualquiera. Ayer fue la primera vez que acudiste a una boda con pareja. Para que un don Juan como tú haga eso es evidente que tiene que estar muy, pero que muy enamorado. Lo que no entiendo es por qué no nos habías contado nada a nadie. ¿Cómo os conocistéis? ¿Cuánto lleváis juntos?
- ¡Uf! ¡Era eso! No estoy enamorado de Isa. Es sólo una amiga.
- ¿Cómo que sólo una amiga? Venga ya Marcos, no intentes negar lo evidente.
- Que te digo que es sólo una amiga a la que le pedí que me acompañara porque estaba harto de asistir solo a las bodas de los cojones.
- Ya, y yo voy y me lo creo.
- Me importa un pito lo que te creas.
- Pero si hace un momento has admitido que estabas enamorado.
- Yo no he admitido nada.
- ¿Cómo que no? Pero si hasta me has preguntado que en qué se te notaba.
- Creía que estabas hablando de otra cosa.
- ¿De qué iba a estar hablando?
- Mira Carlos, estoy cansado y no tengo ganas de seguir discutiendo. Te llamo más tarde.
Y colgó y desconectó el móvil antes de que Carlos pudiera decir "esta boca es mía". Y volvió a tumbarse en la cama, preocupado por el brillo de los ojos de Isobel. Sólo hay algo peor que enamorarte de una chica que no está por ti y es que la chica en cuestión esté enamorada de otro. Pero, ¿quién podía ser ese otro?

miércoles, 26 de marzo de 2008

Marcos

Marcos siempre había huido del amor como de la peste. Un niño grande incapaz de comprometerse sentimentalmente con nadie, nunca había deseado formar una familia ni estar atado a una mujer. Además, ya había visto en demasiadas ocasiones los efectos secundarios de las flechas de Cupido: uno a uno sus amigos más juerguistas habían acabado pasando por el aro y se habían convertido en devotos esposos y modélicos padres, que preferían quedarse en casa cambiando pañales o ayudando a sus mujeres a fregar los platos antes que tomarse una cerveza con los amigos o ir a un buen concierto, como solían hacer antes. Él, estaba seguro, nunca llegaría a tan lamentable estado de sumisión y falta de independencia.
A sus 35 años estaba orgulloso de poder gritar a los cuatro vientos que nunca había tenido novia. Es más, nunca había quedado más de cinco veces con la misma chica. Era un soltero sin compromiso orgulloso de ello, que disfrutaba de una activa y satisfactoria vida sexual, pero sin ningún tipo de dependencia emocional.
No obstante, las cosas cambian, incluso aunque nos resistamos a ello con todas nuestras fuerzas. Y lo peor de todo es que, en ocasiones, ni siquiera somos conscientes del peligro, por lo que nos resulta imposible evitarlo.
Cuando Marcos conoció a Isobel sólo pensó que estaba muy buena y que le encantaría acostarse con ella esa misma noche. No es que fuera guapa, pero tenía su morbo. No obstante, después de media hora de charla utilizando su pícara sonrisa y sus ojos azules como principales armas de seducción se sorprendió a sí mismo pensando que esta chica era distinta a todas las demás, que tenía algo y que, más que acostarse con ella, lo que le apetecía era seguir hablando y riéndose con su sarcásticos comentarios. Así que ese sábado, por primera vez en mucho tiempo, Marcos se fue solo a la cama y se alegró de ello: lo había pasado realmente bien con Isobel y había descubierto que no era una tía para follársela (estaba claro que era una mujer excesivamente inteligente y cerebral y este tipo de féminas nunca son buenas en la cama, porque tratan de racionalizar algo que es instintivo y nunca se dejan llevar). El problema es que Marcos e Isobel comenzaron a coincidir en algunos eventos organizados por amigos comunes (bonito eufemismo para designar a una boda) y el hecho de que ambos odiaran el matrimonio y estuvieran solteros y sin compromiso contribuyó a que siempre acabaran charlando largo y tendido, lo que deterioró la activa vida sexual de nuestro protagonista, si bien siempre se acostaba con una sonrisa en los labios a pesar de tener a su mano como única compañera una vez se acababa el bodorrio de turno.
Hay enfermedades cuyos síntomas son claros e inmediatos. Otras, por el contrario, se manifiestan de manera más sutil y menos evidente. El mal que se apoderó de Marcos pertenecía a este segundo tipo.
Seis meses después de conocerla, si le hubieran preguntado si estaba enamorado de Isobel, se habría echado a reír. Vale, Isobel le caía bien; bueno, muy bien; tenían una misma forma de ver la vida, los mismos gustos musicales, literarios y cinematográficos; algunas aficiones comunes...Y sí, estaba buena y, si no la conociera, se la habría tirado con los ojos cerrados. Pero, como ya he dicho anteriormente, era excesivamente inteligente y cerebral como para tener una aventura con ella.
El problema es que Marcos estaba demasiado seguro de su inmunidad al virus del amor, de forma que ni siquiera pensó en vacunarse contra él. Tampoco fue consciente de los primeros síntomas: de cómo se ponía de buen humor al recibir una nueva invitación de boda, en lugar de compadecerse del pobre hombre al que habían cazado; de cómo ansiaba la llegada de la barra libre, para poder disfrutar de sus gratificantes conversaciones con Isobel; de cómo disfrutaba más haciéndose pajas que follándose a chicas tontas, pero apasionadas; de cómo Isobel cada día le daba más morbo; de cómo empezó a molestarse cuando veía a Isobel coquetear con algún otro invitado; de cómo especulaba cada vez con mayor frecuencia acerca de cómo sería Isobel en la cama; de cómo sus fotos preferidas eran aquéllas en las que aparecían juntos...Claro que, si Marcos hubiera sido un chico realmente inteligente, lo que debería haberlo preocupado de verdad era la manera en que le temblaban las piernas cada vez que Isobel y él se miraban fijamente a los ojos. Pero el subconsciente es sabio y estos momentos empezaron a ser evitados por Marcos, incluso de manera inconsciente. Aunque fue demasiado tarde.
El amor a primera vista no es demasiado grave. Se marcha con la misma rapidez e ímpetu con los que llega. Pero el amor verdadero, aquél que se gesta a base de pequeños momentos y detalles, ése no es tan fácil de esquivar y mucho menos de obviar.
Y, aunque Marcos era tonto de remate y un imbécil de mucho cuidado, fue lo suficientemente inteligente como para darse cuenta de que estaba enamorado de Isobel el día en que tuvo su primer gatillazo sólo porque el sexo puro y duro con desconocidas ya no conseguía excitarle lo suficiente.
Pero Marcos no era un cobarde y siempre se enfrentaba a sus problemas. Analizando la situación se dio cuenta de que si le confesaba a Isobel sus sentimientos lo más probable es que ella saliera corriendo. En primer lugar, porque sabía lo que ella pensaba del amor, las relaciones serias y el matrimonio. Y, en segundo lugar, porque, y esto era lo que más le asustaba, cabía la posibilidad de que sus sentimientos no se vieran correspondidos. Así que, después de mucho pensar, consideró que la mejor táctica para descubrir si Isobel sentía o no algo por él era utilizar el mecanismo de los celos. Y así fue cómo Marcos llamó a una antigua amiga del instituto y la invitó a ser su pareja oficial en la siguiente boda en la que él e Isobel coincidieron. Pero los resultados no fueron los esperados. Ella no se dignó a mirarle en toda la noche. Es más, parecía estar pasándoselo en grande en la mesa de los "solteros". Y llegó la barra libre e Isobel desapareció y, por más que Marcos preguntó, lo más que consiguió fue que un capullo al que no soportaba le dijese que creía haberla visto cogiendo un taxi después de la cena.
Ante su fracaso amoroso, el primero de toda su vida, Marcos pensó en emborracharse y olvidar, pero no le apetecía beber. Tampoco quería seguir en la boda, aunque le sabía mal abandonar tan temprano la barra libre. Así que decidió quedarse allí hasta las cuatro y algo de la mañana, hora en la que , tras consultar a su acompañante, decidió volver solo a su flamante apartamento. Sólo que esta vez no tenía ganas de sexo, si siquiera en solitario. Sólo quería dormir y olvidarse de lo que sentía por Isobel y de cómo ella había pasado de él. Pero aquella noche no consiguió su propósito y la luz del amanecer inundó su dormitorio sin que él hubiera conseguido pegar ojo.