Marcos hacía más de dos meses que no pensaba en Isobel. No tardó mucho en descubrir que lo único que necesitaba para entretener su mente era un poco de ejercicio. De manera que, en cuanto tenía un amago romántico, se enfundaba el chándal y salía a correr unos kilómetros. También se había apuntado a un gimnasio, en el que hacía máquinas y kick boxing. Y los fines de semana quedaba con algunos amigos para jugar al baloncesto, al tenis, al fútbol o a lo que se terciara. Así que, entre el deporte y su trabajo, no tenía tiempo para tonterías amorosas. Y poco a poco fue recuperando su anterior vida. Volvió a salir por la noche, volvió a emborracharse y pronto volvió a acostarse con bellas y tontas desconocidas. Al fin y al cabo el sexo era también una forma de ejercicio y de distraer la mente. De hecho, no tardó demasiado en empezar a pensar que su enamoramiento de Isobel había sido un espejismo. Aún así prefirió declinar todas las invitaciones de boda que le llegaban. Sólo por si acaso.
Sí, Marcos ya no pensaba en Isobel. Por eso no estaba preparado para encontrarse con Leti y Manuel.
- ¡Hombre, Marquitos! ¡Cuánto tiempo chavalote! Estás más cachas aún, si es posible. ¿Es que nunca piensas echar barriga cervecera?
- Bueno, eso es patrimonio exclusivo de los casados como tú.
- Por cierto, que sepas que estoy muy enfadada por lo de que no vinieras a nuestra boda.
- Lo siento Leti, pero es que estoy hasta arriba de trabajo. Una mierda, vamos.
- Muy moreno y muy cachas estás tú para que me crea que te pasas el día encerrado entre cuatro paredes y currando sin parar.
- Bueno, no es que esté todo el día currando sin parar, pero ese fin de semana estaba hasta arriba.
- Excusas, excusas. Lo que te pasa es que eres alérgico a las bodas, cabrón.
- Ja,ja,ja. También puede ser, no te digo que no. ¿Y qué tal todo?
- Bien, no nos podemos quejar. A ver si por lo menos vienes un día a casa a ver las fotos.
- Tranquilos, que en cuanto tenga un hueco os llamo y me paso. Bueno ahora tengo un poco de prisa, así que tengo que irme, pero me he alegrado mucho de veros.
- Bueno tío, pues esperamos tu llamada.
- Sí, eso.
Y ya se iba cuando...
- Por cierto, tú eras amigo de Isobel, ¿no?
- ¿Isobel?
- ¿No la conocías? Me sonaba haberte visto hablando con ella en algún bodorrio.
- Sí, bueno...
- Pues la ha palmado.
- ¡¿Qué?!
- Mira que eres bruto, Manuel. Tranquilo, que no la ha palmado. Sólo está en coma.
- ¡¿Qué?!
- Al parecer la tía era bulímica o anoréxica, que nunca me entero de la diferencia. Y encima tenía una úlcera sangrante. En fin, que tuvo un fallo generalizado del sistema y se ha quedado como un vegetal. Una pena, ¡con lo mona que era la chica!
- Bueno a mí siempre me pareció que estaba demasiado delgada. Además, era un poco creída, la verdad.
- Pero...
- En todo caso es una lástima.
- Bueno, una lástima no. Que la culpa fue suya por no comer.
- Pero mujer, la anorexia es una enfermedad psíquica o algo de eso. Tampoco era culpa suya.
- Pero, ¿se recuperará?
- Lo más seguro es que no. Ahora mismo sólo está viva por la máquina a la que está conectada.
- A mí la que me da pena es su hermana Gretel, que es una chica majísima y que lo está pasando fatal. La pobre aún cree que hay esperanzas y duerme en el hospital todas las noches convencida de que Isobel despertará de un momento a otro.
El corazón de Marcos comenzó a latir demasiado deprisa, al mismo tiempo que una fuerte punzada atravesaba su pecho y el aire era incapaz de entrar en sus pulmones. ¡Dios mío! ¡Un ataque al corazón! Quizá había hecho demasiado ejercicio. Pobre Marcos, no sabía lo que era un ataque de ansiedad.
Blog en el que buceo en universos paralelos distantes y distintos encerrados en el centro de un protón del núcleo del átomo de mi existencia.
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martes, 6 de mayo de 2008
domingo, 13 de abril de 2008
Ese brillo en los ojos
Marcos estaba harto de pensar en Isobel. En realidad, quería dormir, pero sabía que cuando cerrara los ojos aparecería ella. Así que continuó tumbado en la cama, con los ojos bien abiertos, proyectando imágenes de su amada en la gigantesca pantalla del techo de su dormitorio.
De repente, la tonta musiquilla de su teléfono móvil le sacó de su ensimismamiento.
- ¿Qué quieres, Carlos?
- Qué voy a querer, detalles, quiero detalles, todos los detalles.
- ¿De qué estás hablando?
- Bueno, me ha dicho un pajarito que te nos has enamorado.
- ¿Cómo lo sabes? ¿Quién coño te lo ha dicho?
- ¡Así que es verdad! Cuenta, cuenta.
- ¿Quién coño te lo ha dicho?
- Pues un pajarito.
- Pero si no se lo he dicho a nadie.
- Hombre, Marcos, es evidente.
- ¿Cómo que es evidente? ¿En qué se me nota?
- Pues ahora que lo dices llevas un tiempo con ese brillo en los ojos.
- ¿Qué brillo en los ojos?
- Pues el que tienen todos los enamorados. Pero basta ya de darme largas y desembucha.
- Antes dime quién te lo ha contado y cómo lo sabía.
- Álex, ¿vale? Me lo ha contado Álex. Aunque podía haberlo hecho cualquiera. Ayer fue la primera vez que acudiste a una boda con pareja. Para que un don Juan como tú haga eso es evidente que tiene que estar muy, pero que muy enamorado. Lo que no entiendo es por qué no nos habías contado nada a nadie. ¿Cómo os conocistéis? ¿Cuánto lleváis juntos?
- ¡Uf! ¡Era eso! No estoy enamorado de Isa. Es sólo una amiga.
- ¿Cómo que sólo una amiga? Venga ya Marcos, no intentes negar lo evidente.
- Que te digo que es sólo una amiga a la que le pedí que me acompañara porque estaba harto de asistir solo a las bodas de los cojones.
- Ya, y yo voy y me lo creo.
- Me importa un pito lo que te creas.
- Pero si hace un momento has admitido que estabas enamorado.
- Yo no he admitido nada.
- ¿Cómo que no? Pero si hasta me has preguntado que en qué se te notaba.
- Creía que estabas hablando de otra cosa.
- ¿De qué iba a estar hablando?
- Mira Carlos, estoy cansado y no tengo ganas de seguir discutiendo. Te llamo más tarde.
Y colgó y desconectó el móvil antes de que Carlos pudiera decir "esta boca es mía". Y volvió a tumbarse en la cama, preocupado por el brillo de los ojos de Isobel. Sólo hay algo peor que enamorarte de una chica que no está por ti y es que la chica en cuestión esté enamorada de otro. Pero, ¿quién podía ser ese otro?
De repente, la tonta musiquilla de su teléfono móvil le sacó de su ensimismamiento.
- ¿Qué quieres, Carlos?
- Qué voy a querer, detalles, quiero detalles, todos los detalles.
- ¿De qué estás hablando?
- Bueno, me ha dicho un pajarito que te nos has enamorado.
- ¿Cómo lo sabes? ¿Quién coño te lo ha dicho?
- ¡Así que es verdad! Cuenta, cuenta.
- ¿Quién coño te lo ha dicho?
- Pues un pajarito.
- Pero si no se lo he dicho a nadie.
- Hombre, Marcos, es evidente.
- ¿Cómo que es evidente? ¿En qué se me nota?
- Pues ahora que lo dices llevas un tiempo con ese brillo en los ojos.
- ¿Qué brillo en los ojos?
- Pues el que tienen todos los enamorados. Pero basta ya de darme largas y desembucha.
- Antes dime quién te lo ha contado y cómo lo sabía.
- Álex, ¿vale? Me lo ha contado Álex. Aunque podía haberlo hecho cualquiera. Ayer fue la primera vez que acudiste a una boda con pareja. Para que un don Juan como tú haga eso es evidente que tiene que estar muy, pero que muy enamorado. Lo que no entiendo es por qué no nos habías contado nada a nadie. ¿Cómo os conocistéis? ¿Cuánto lleváis juntos?
- ¡Uf! ¡Era eso! No estoy enamorado de Isa. Es sólo una amiga.
- ¿Cómo que sólo una amiga? Venga ya Marcos, no intentes negar lo evidente.
- Que te digo que es sólo una amiga a la que le pedí que me acompañara porque estaba harto de asistir solo a las bodas de los cojones.
- Ya, y yo voy y me lo creo.
- Me importa un pito lo que te creas.
- Pero si hace un momento has admitido que estabas enamorado.
- Yo no he admitido nada.
- ¿Cómo que no? Pero si hasta me has preguntado que en qué se te notaba.
- Creía que estabas hablando de otra cosa.
- ¿De qué iba a estar hablando?
- Mira Carlos, estoy cansado y no tengo ganas de seguir discutiendo. Te llamo más tarde.
Y colgó y desconectó el móvil antes de que Carlos pudiera decir "esta boca es mía". Y volvió a tumbarse en la cama, preocupado por el brillo de los ojos de Isobel. Sólo hay algo peor que enamorarte de una chica que no está por ti y es que la chica en cuestión esté enamorada de otro. Pero, ¿quién podía ser ese otro?
viernes, 14 de marzo de 2008
Ni una maldita lágrima
Isobel hacía más de dos meses que no derramaba ni una maldita lágrima. Al principio pensó que era bueno y que significaba que no tardaría en olvidarse de Marcos. Sin embargo no pasó mucho tiempo antes de que se diera cuenta de que su pena se había transformado en odio. Odio hacia sí misma por haberse dejado atrapar por las garras del amor. Odio hacia Marcos por haberla cautivado con sus múltiples encantos. Odio hacia la zorra que salía con él. Odio hacia la gente que se casaba y que la invitaba a bodas a las que era probable que también acudiera Marcos, lo que la obligaba a inventar múltiples excusas para justificar su ausencia en tan alegres acontecimientos sociales. Y odio hacia la humanidad, así, en general. Lo malo del odio es que, a diferencia de la pena, que se te acumula en los ojos y en el corazón, lo malo del odio, como decía, es que se reconcentra en el estómago. Así que Isobel ya no lloraba, pero tenía que afrontar duras digestiones y una creciente acidez. Estos pequeños, pero sumamente molestos, problemas físicos hacían que siempre estuviera de mal humor. Ya no le apetecía salir, ni quedar con sus amigos, ni siquiera le apetecía echar un polvo con algún desconocido. A veces pensaba en emborracharse, pero en cuanto se tomaba un par de copas acababa vomitando. Sus problemas estomacales amargaban su existencia y la obligaban a comer cada vez menos. Esto la llevó a perder cinco kilos en tres semanas, con lo que su aspecto físico empezaba a dejar mucho que desear. Sus piernas, antes fuertes y bien torneadas, semejaban dos palillos a punto de partirse por la mitad. Sus brazos, antes ligeramente musculosos, eran ahora puro hueso recubierto de un fino pellejo. Su culo se aplanó, al igual que sus tetas. Aunque lo peor fue el alargamiento de su cara, que nunca había sido excesivamente redondeada, dominada ahora por unos prominentes y angulosos pómulos y por dos grandes ojeras debajo de unos tristes ojos sin vida. Sí, parecía una anoréxica o un cadáver andante. Pero no le importaba. Prefería el odio a las lágrimas, porque éstas son un claro síntoma de debilidad y ella siempre se había considerado una mujer fuerte. Por eso se avergonzó tanto de aquel desmayo en mitad de la calle y más aún de que la tuvieran que hospitalizar. Pero lo que realmente hirió su autoestima fue enterarse de que tenía una úlcera sangrante. ¡Ella! ¡La fuerte! ¡La insensible! ¡La cerebral! ¡La racional! ¡Sólo los neuróticos tenían úlceras sangrantes! Y ella no era una neurótica. Intentó explicarle al sabelotodo del médico que debía tratarse de un error; pero, al parecer, las pruebas eran concluyentes. Es más, debía permanecer ingresada y su vida corría un serio peligro. Por supuesto el muy imbécil lo achacó todo a su estresante trabajo y le habló de la necesidad de cambiar de estilo de vida. ¿Había pensado en mudarse a una ciudad más pequeña y tranquila? Y bla, bla, bla, bla, bla. Pero ella hacía rato que había desconectado. Estaba demasiado ocupada convenciéndose a sí misma de que esto no tenía nada que ver con Marcos. Seguro que había algún antecedente de úlceras sangrantes en su familia. Sí, debía tratarse de algo genético y hereditario, porque ella ya no estaba enamorada de Marcos. Estaba segura, porque cuando pensaba en él...¡Dios! Un agudo pinchazo le atravesó el abdomen y la oscuridad comenzó a envolverla.
martes, 11 de marzo de 2008
Mariposas en el estómago
Isobel no recordaba cómo había llegado hasta la cama, aunque tampoco importaba.
Se levantó trabajosamente e intentó evaluar los daños. Eran las siete y veinte de la tarde del domingo más amargo de su vida. Su cama estaba revuelta y el 90% de la superficie de sus sábanas aparecía ante sus ojos impregnada de una mezcla indefinida de rímmel y maquillaje. No quería ver el aspecto que presentaba su cara, pero era consciente de que tarde o temprano tendría que enfrentarse a ello. Así pues, caminó lentamente hacia el cuarto de baño y reunió el poco valor que le quedaba para mirarse en el espejo. Su rostro era similar al de cualquiera de sus odiados cuadros picassianos. Comenzó a llorar de nuevo y siguió llorando mientras intentaba borrar con abundante agua todo rastro de la noche anterior.
De repente una loca idea cruzó por su agotada mente y una sonrisa esperanzada sustituyó a los anteriores lloriqueos. Corrió hacia el teléfono y rápidamente marcó el número de Eloísa.
- ¿Sí?
- Cuando estás enamorada y estás con el chico objeto de tus desvelos siempre sientes mariposas en el estómago, ¿verdad?
- ¿Isobel?
- ¿Sí o no? Es una pregunta sencilla.
- ¿Sí? No sé. Nunca me he puesto a analizarlo.
- Pero es lógico, ¿no? Nunca he sentido mariposas en el estómago, así que no puedo estar enamorada.
- ¿Estamos hablando de alguien en concreto?
- Sí. Bueno, no. Pongamos que es un caso hipotético. Si cuando estoy con un chico que me gusta no siento mariposas en el estómago es que no estoy enamorada de él, ¿verdad?
- No necesariamente.
- ¿No necesariamente?
- Bueno, ya te digo que nunca me he puesto a analizarlo, pero creo que las mariposas en el estómago sólo aparecen en la primera etapa del enamoramiento. Al principio sí que las sentía cuando estaba con Manu, pero precisamente a medida que me fui enamorando de él las mariposas desaparecieron.
- Pero, ¿qué coño estás diciendo? Eso no tiene sentido.
- Claro que tiene sentido, Isobel. Las mariposas son sólo fruto de los nervios y de la inseguridad de los primeros momentos. Luego vas conociendo a la persona y te vas sintiendo más y más a gusto a su lado y te vas enamorando, enamorando de verdad, y pierdes el miedo a mostrarte tal y cómo eres y a que él haga lo mismo, porque empiezas a adorar incluso sus defectos. Al menos es lo que a mí me pasó con Manu. De hecho me di cuenta de que estaba enamorada de él el día en que empecé a comerme con gusto sus desastrosas lentejas.
- Bueno, pero al principio sentías las mariposas en el estómago. Yo nunca las he sentido, así que no puedo estar enamorada.
- Mira Isobel, no creo que las mariposas en el estómago sean un requisito imprescindible para estar enamorada. A ver, ¿cuándo estás con ese chico el tiempo se te pasa volando y no querrías estar en otro lugar, le ves guapo incluso cuanto tiene cara de no haber dormido en tres días, te arreglas más cuando sabes que lo vas a ver, le has contado cosas de ti que pocas personas más saben, cuando estáis callados el silencio no resulta incómodo sino perfecto...?
Isobel colgó el teléfono mientras los ojos se le arrasaban de lágrimas. Ni siquiera se despidió de Eloísa y, ante la idea de que ella pudiera volver a llamarla y seguir recitándole síntomas de esa odiada enfermedad que no deseaba tener, dejó el teléfono descolgado.
Por primera vez en su vida se sintió perdida al comprobar que había algo que escapaba de su control.
Y volvió a llorar amargamente. Y volvió a llorar incluso después de quedarse sin lágrimas que derramar.
Y lloró porque cuando estaba con Marcos el tiempo se le pasaba volando y no quería estar en ningún otro lugar. Y lloró porque lo veía igual de guapo al principio de la noche que a las seis de la mañana con varias copas de más y unas cuantas horas de sueño de menos. Y lloró porque cuando se arreglaba, incluso de manera inconsciente, pensaba en él. Y lloró porque en sus múltiples barras libres juntos le había confesado a Marcos demasiadas cosas sobre ella. Y lloró porque los silencios entre ellos eran simplemente perfectos. Pero, sobre todo, lloró porque nunca había sentido aquellas mariposas en el estómago que podrían haberla avisado de lo que estaba pasando y que podrían haberla ayudado a evitar la gran hecatombe.
Y lloró y lloró y lloró.
Y mientras lloraba sólo se acordaba de cómo le sacaba de quicio la gente que se mordía las uñas, mientras que cuando Marcos lo hacía le parecía simplemente una adorable manifestación de inseguridad.
Y lloró amargamente. Y lloró incluso después de quedarse sin lágrimas que derramar.
Se levantó trabajosamente e intentó evaluar los daños. Eran las siete y veinte de la tarde del domingo más amargo de su vida. Su cama estaba revuelta y el 90% de la superficie de sus sábanas aparecía ante sus ojos impregnada de una mezcla indefinida de rímmel y maquillaje. No quería ver el aspecto que presentaba su cara, pero era consciente de que tarde o temprano tendría que enfrentarse a ello. Así pues, caminó lentamente hacia el cuarto de baño y reunió el poco valor que le quedaba para mirarse en el espejo. Su rostro era similar al de cualquiera de sus odiados cuadros picassianos. Comenzó a llorar de nuevo y siguió llorando mientras intentaba borrar con abundante agua todo rastro de la noche anterior.
De repente una loca idea cruzó por su agotada mente y una sonrisa esperanzada sustituyó a los anteriores lloriqueos. Corrió hacia el teléfono y rápidamente marcó el número de Eloísa.
- ¿Sí?
- Cuando estás enamorada y estás con el chico objeto de tus desvelos siempre sientes mariposas en el estómago, ¿verdad?
- ¿Isobel?
- ¿Sí o no? Es una pregunta sencilla.
- ¿Sí? No sé. Nunca me he puesto a analizarlo.
- Pero es lógico, ¿no? Nunca he sentido mariposas en el estómago, así que no puedo estar enamorada.
- ¿Estamos hablando de alguien en concreto?
- Sí. Bueno, no. Pongamos que es un caso hipotético. Si cuando estoy con un chico que me gusta no siento mariposas en el estómago es que no estoy enamorada de él, ¿verdad?
- No necesariamente.
- ¿No necesariamente?
- Bueno, ya te digo que nunca me he puesto a analizarlo, pero creo que las mariposas en el estómago sólo aparecen en la primera etapa del enamoramiento. Al principio sí que las sentía cuando estaba con Manu, pero precisamente a medida que me fui enamorando de él las mariposas desaparecieron.
- Pero, ¿qué coño estás diciendo? Eso no tiene sentido.
- Claro que tiene sentido, Isobel. Las mariposas son sólo fruto de los nervios y de la inseguridad de los primeros momentos. Luego vas conociendo a la persona y te vas sintiendo más y más a gusto a su lado y te vas enamorando, enamorando de verdad, y pierdes el miedo a mostrarte tal y cómo eres y a que él haga lo mismo, porque empiezas a adorar incluso sus defectos. Al menos es lo que a mí me pasó con Manu. De hecho me di cuenta de que estaba enamorada de él el día en que empecé a comerme con gusto sus desastrosas lentejas.
- Bueno, pero al principio sentías las mariposas en el estómago. Yo nunca las he sentido, así que no puedo estar enamorada.
- Mira Isobel, no creo que las mariposas en el estómago sean un requisito imprescindible para estar enamorada. A ver, ¿cuándo estás con ese chico el tiempo se te pasa volando y no querrías estar en otro lugar, le ves guapo incluso cuanto tiene cara de no haber dormido en tres días, te arreglas más cuando sabes que lo vas a ver, le has contado cosas de ti que pocas personas más saben, cuando estáis callados el silencio no resulta incómodo sino perfecto...?
Isobel colgó el teléfono mientras los ojos se le arrasaban de lágrimas. Ni siquiera se despidió de Eloísa y, ante la idea de que ella pudiera volver a llamarla y seguir recitándole síntomas de esa odiada enfermedad que no deseaba tener, dejó el teléfono descolgado.
Por primera vez en su vida se sintió perdida al comprobar que había algo que escapaba de su control.
Y volvió a llorar amargamente. Y volvió a llorar incluso después de quedarse sin lágrimas que derramar.
Y lloró porque cuando estaba con Marcos el tiempo se le pasaba volando y no quería estar en ningún otro lugar. Y lloró porque lo veía igual de guapo al principio de la noche que a las seis de la mañana con varias copas de más y unas cuantas horas de sueño de menos. Y lloró porque cuando se arreglaba, incluso de manera inconsciente, pensaba en él. Y lloró porque en sus múltiples barras libres juntos le había confesado a Marcos demasiadas cosas sobre ella. Y lloró porque los silencios entre ellos eran simplemente perfectos. Pero, sobre todo, lloró porque nunca había sentido aquellas mariposas en el estómago que podrían haberla avisado de lo que estaba pasando y que podrían haberla ayudado a evitar la gran hecatombe.
Y lloró y lloró y lloró.
Y mientras lloraba sólo se acordaba de cómo le sacaba de quicio la gente que se mordía las uñas, mientras que cuando Marcos lo hacía le parecía simplemente una adorable manifestación de inseguridad.
Y lloró amargamente. Y lloró incluso después de quedarse sin lágrimas que derramar.
miércoles, 27 de febrero de 2008
Isobel
Isobel siempre había huido del amor como de la peste. Una mujer independiente y autosuficiente como ella no deseaba acabar sometida o relegada a un segundo plano por ningún hombre. Además, ya había visto en demasiadas ocasiones los efectos secundarios de las flechas de cupido: mujeres fuertes llorando desconsoladas porque el imbécil de turno las había engañado, abandonado, utilizado o, peor aún, simplemente porque no las había llamado por teléfono. Ella, estaba segura, nunca se encontraría en tan lamentable situación.
A sus 32 años estaba orgullosa de poder gritar a los cuatro vientos que nunca había tenido novio. Es más, nunca había quedado más de diez veces con el mismo hombre. Su vida se asemejaba a la de Samantha, de Sexo en Nueva York: una mujer sexualmente activa y satisfecha, pero sin ningún tipo de atadura emocional.
No obstante, las cosas cambian, incluso aunque nos resistamos a ello con todas nuestras fuerzas. Y lo peor de todo es que, en ocasiones, ni siquiera somos conscientes del peligro, por lo que nos resulta imposible evitarlo.
Cuando Isobel conoció a Marcos ni siquiera pensó en acostarse con él. No es que fuera feo, tampoco guapo, simplemente no era su tipo. Media hora de charla tampoco fue capaz de cautivarla. Pero comenzaron a coincidir en algunos eventos organizados por amigos comunes (bonito eufemismo para designar a una boda) y el hecho de que ambos odiaran el matrimonio y estuvieran solteros y sin compromiso contribuyó a que siempre acabaran charlando largo y tendido.
Hay enfermedades cuyos síntomas son claros e inmediatos. Otras, por el contrario, se manifiestan de manera más sutil y menos evidente. El mal que se apoderó de Isobel pertenecía a este segundo tipo.
Seis meses después de conocerlo, si le hubieran preguntado si estaba enamorada de Marcos, se habría echado a reír. Marcos sólo le caía bien; bueno, muy bien; tenían una misma forma de ver la vida, los mismos gustos musicales, literarios y cinematográficos; algunas aficiones comunes...Pero nada más. Ni siquiera existía ningún tipo de atracción sexual, al menos por su parte.
El problema es que Isobel estaba demasiado segura de su inmunidad al virus del amor, de forma que ni siquiera pensó en vacunarse contra él. Tampoco fue consciente de los primeros síntomas: de cómo se alegraba interiormente al recibir una nueva invitación de boda, por mucha cara de fastidio que pusiera exteriormente; de cómo ansiaba la llegada de la barra libre, para poder disfrutar de sus estimulantes conversaciones con Marcos; de cómo se aburría como una ostra cuando quedaba con cualquier otro hombre; de cómo especulaba acerca de la posiblidad de que otro amigo común pudiera decidir casarse en el corto plazo; de cómo empezó a molestarse cuando veía a Marcos hablar con otra chica; de cómo se fijaba y era capaz de recordar con todo detalle la indumentaria de su "amigo"; de cómo sus fotos preferidas eran aquéllas en las que aparecían juntos...Claro que si Isobel hubiera sido una chica realmente inteligente lo que debería haberla preocupado de verdad era la manera en que un cierto y extraño mareo la embargaba cada vez que Marcos y ella se miraban fijamente a los ojos. Pero el subconsciente es sabio y estos momentos empezaron a ser evitados por Isobel, incluso de manera inconsciente. Aunque fue demasiado tarde.
El amor a primera vista no es demasiado grave. Se marcha con la misma rapidez e ímpetu con los que llega. Pero el amor verdadero, aquél que se gesta a base de pequeños momentos y detalles, ése no es tan fácil de esquivar y mucho menos de obviar.
Así que, cuando Marcos se presentó con pareja oficial en la siguiente boda, Isobel no pudo menos que sospechar que algo raro se estaba gestando en su interior. El estómago se le revolvió, por lo que apenas probó bocado durante toda la comida. Eso sí, bebió un gran número de copas de vino para saciar una increíble sed y para justificar el hecho de que todo empezara a dar vueltas a su alrededor. El vómito fue, sin lugar a dudas, consecuencia directa de un exceso ingente de alcohol; aunque mientras se arrodillaba frente al wáter y expulsaba todo lo que tenía dentro, la imagen de Marcos con aquella estúpida era lo único en que podía pensar. Y siguió teniendo esa imagen clavada en la retina mientras el taxi la conducía hasta su flamante apartamento.
Ni siquiera entonces fue capaz de reconocerlo. Pero cuando entró en su casa, cerró la puerta y un llanto incontrolable se apoderó de todo su ser, incluso ella tuvo que reconocer la verdad, una verdad incómoda, pero cierta, una auténtica hecatombe: ELLA estaba más enamorada de MARCOS que cualquiera de las patéticas enamoradas a las que había conocido a lo largo de su vida.
Y lloró amargamente. Y lloró incluso cuando se quedó sin lágrimas que derramar.
A sus 32 años estaba orgullosa de poder gritar a los cuatro vientos que nunca había tenido novio. Es más, nunca había quedado más de diez veces con el mismo hombre. Su vida se asemejaba a la de Samantha, de Sexo en Nueva York: una mujer sexualmente activa y satisfecha, pero sin ningún tipo de atadura emocional.
No obstante, las cosas cambian, incluso aunque nos resistamos a ello con todas nuestras fuerzas. Y lo peor de todo es que, en ocasiones, ni siquiera somos conscientes del peligro, por lo que nos resulta imposible evitarlo.
Cuando Isobel conoció a Marcos ni siquiera pensó en acostarse con él. No es que fuera feo, tampoco guapo, simplemente no era su tipo. Media hora de charla tampoco fue capaz de cautivarla. Pero comenzaron a coincidir en algunos eventos organizados por amigos comunes (bonito eufemismo para designar a una boda) y el hecho de que ambos odiaran el matrimonio y estuvieran solteros y sin compromiso contribuyó a que siempre acabaran charlando largo y tendido.
Hay enfermedades cuyos síntomas son claros e inmediatos. Otras, por el contrario, se manifiestan de manera más sutil y menos evidente. El mal que se apoderó de Isobel pertenecía a este segundo tipo.
Seis meses después de conocerlo, si le hubieran preguntado si estaba enamorada de Marcos, se habría echado a reír. Marcos sólo le caía bien; bueno, muy bien; tenían una misma forma de ver la vida, los mismos gustos musicales, literarios y cinematográficos; algunas aficiones comunes...Pero nada más. Ni siquiera existía ningún tipo de atracción sexual, al menos por su parte.
El problema es que Isobel estaba demasiado segura de su inmunidad al virus del amor, de forma que ni siquiera pensó en vacunarse contra él. Tampoco fue consciente de los primeros síntomas: de cómo se alegraba interiormente al recibir una nueva invitación de boda, por mucha cara de fastidio que pusiera exteriormente; de cómo ansiaba la llegada de la barra libre, para poder disfrutar de sus estimulantes conversaciones con Marcos; de cómo se aburría como una ostra cuando quedaba con cualquier otro hombre; de cómo especulaba acerca de la posiblidad de que otro amigo común pudiera decidir casarse en el corto plazo; de cómo empezó a molestarse cuando veía a Marcos hablar con otra chica; de cómo se fijaba y era capaz de recordar con todo detalle la indumentaria de su "amigo"; de cómo sus fotos preferidas eran aquéllas en las que aparecían juntos...Claro que si Isobel hubiera sido una chica realmente inteligente lo que debería haberla preocupado de verdad era la manera en que un cierto y extraño mareo la embargaba cada vez que Marcos y ella se miraban fijamente a los ojos. Pero el subconsciente es sabio y estos momentos empezaron a ser evitados por Isobel, incluso de manera inconsciente. Aunque fue demasiado tarde.
El amor a primera vista no es demasiado grave. Se marcha con la misma rapidez e ímpetu con los que llega. Pero el amor verdadero, aquél que se gesta a base de pequeños momentos y detalles, ése no es tan fácil de esquivar y mucho menos de obviar.
Así que, cuando Marcos se presentó con pareja oficial en la siguiente boda, Isobel no pudo menos que sospechar que algo raro se estaba gestando en su interior. El estómago se le revolvió, por lo que apenas probó bocado durante toda la comida. Eso sí, bebió un gran número de copas de vino para saciar una increíble sed y para justificar el hecho de que todo empezara a dar vueltas a su alrededor. El vómito fue, sin lugar a dudas, consecuencia directa de un exceso ingente de alcohol; aunque mientras se arrodillaba frente al wáter y expulsaba todo lo que tenía dentro, la imagen de Marcos con aquella estúpida era lo único en que podía pensar. Y siguió teniendo esa imagen clavada en la retina mientras el taxi la conducía hasta su flamante apartamento.
Ni siquiera entonces fue capaz de reconocerlo. Pero cuando entró en su casa, cerró la puerta y un llanto incontrolable se apoderó de todo su ser, incluso ella tuvo que reconocer la verdad, una verdad incómoda, pero cierta, una auténtica hecatombe: ELLA estaba más enamorada de MARCOS que cualquiera de las patéticas enamoradas a las que había conocido a lo largo de su vida.
Y lloró amargamente. Y lloró incluso cuando se quedó sin lágrimas que derramar.
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