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jueves, 29 de abril de 2010

Jordi

El agua está tan caliente que duele, pero Jordi necesita desentumecer sus agotados músculos y derretir la escarcha adherida a sus pestañas. Ha sido un día largo o, quizá, una semana kilométrica o, tal vez, un mes eterno, un año excesivamente dilatado y una existencia totalmente prescindible. Odia su vida y maldice el momento en el que entró en la espiral que, actualmente, le impide respirar. No sabe cómo escapar de sí mismo ni de los anodinos seres que le rodean. Día tras día repite la misma rutina vacía de sentido y resuelve problemas distintos que, en el fondo, son siempre el mismo: cómo obtener el máximo beneficio. Día tras día se promete que, tarde o temprano, mandará a todo y a todos a tomar por culo y sólo se preocupará de sí mismo, de lo que quiere, de lo que sueña, de lo que necesita. El problema es que hace tiempo que olvidó lo que podría hacerle feliz. A veces piensa que María podría ser la solución a todos sus males. ¿Qué habrá sido de ella, por cierto? Nadie lo sabe y a nadie le importa. ¿Por qué preocuparse de una cría que se cambió de colegio hace algo así como mil años? Es difícil conservar las amistades infantiles y mucho más seguir enamorado de una niña que se convirtió en mujer lejos de su vista. Pero Jordi está convencido de que ella es la única chica capaz de hacerle sonreír en el día más gris. Aún recuerda con nostalgia sus juegos preescolares, sus descubrimientos pueriles y sus secretos infantiles. Lo cierto es que Jordi tiene la extraña y absurda sensación de que sólo ha sido feliz durante los escasos y lejanos momentos que compartió con esa flacucha e hiperactiva niña rubia de ojos azules que se cambió de colegio y quién sabe si de ciudad justo antes de empezar la EGB. Pero Jordi se equivoca de parte a parte. Es difícil determinar cuándo se ha sido realmente feliz y Jordi no es consciente de que lo único que ha hecho vibrar de verdad las cuerdas de su arpa interna fue el tirón de pelo que le dio Natalia justo después de que él le arrebatara la Barbie que le habían traído los Reyes Magos. Sólo entonces sintió esa corriente eléctrica que otorga vida a los corazones más oxidados, pero que suele asustar a quien no está acostumbrado a sentir más que hastío y hartazgo de sí mismo. Sí, Jordi, al ser víctima de dicho ataque defensivo, intuyó que Natalia era la única adversaria que podría derrotarle algún día y eso le hizo sentir vivo por primera y última vez desde que vino al mundo. María, a tres metros de la escena, captó los seísmos que comenzaban a generarse en el epicentro de las almas de ambos críos y pronto comprendió que debía alejar a Jordi de Natalia si no quería verse destronada antes de tener sobre su cabeza la corona de consorte del chico más guay de toda la clase. Su melena dorada y sus celestes ojos sirvieron de maniobra de distracción y Jordi pronto olvidó ese momento de plenitud que jamás volvió a repetirse en toda sus existencia. María se encargó de alejarle de su yin y otras muchas rubias posteriores terminaron por hacerle olvidar a la pelirroja que osó enfrentarse al mismísimo hijo del Zeus del mundo de las finanzas catalanas. Y mientras Jordi utiliza a una imaginada María ya adulta como fuente de inspiración para su enésima masturbación nocturna; Natalia, totalmente insatisfecha, yace en la cama de un nuevo desconocido que aún no ha entendido que el sexo es una guerra que nunca se gana si no acabas derrotado.

miércoles, 28 de abril de 2010

Mi foto del día



Un barco dentro de un barco.

Día 913 (7ª parte y última)

Sentada en el escalón de la entrada de un edificio cualquiera de una de las calles más céntricas de Londres, Martina, repentinamente, se da cuenta de que los dos años y medio que duró la farsa de su relación con Óscar equivalen a 913 días y se ríe ante la estúpida idea de que hoy es el aniversario de su desgracia. Quizá nunca sonría como lo hacía cuando estaba con Óscar, pero ahora existe una pequeña posibilidad de que pueda volver a ser feliz. Hoy ha despertado de su letargo. Hoy ha decidido desprenderse de su tristeza. Aunque aún necesita hacer una última cosa si quiere mirar hacia delante y volver a vivir su vida. Por eso se levanta y camina a paso ligero hasta su residencia.

En la acera de enfrente, a pesar de la distancia, Sergio percibe la risa de Martina y ahora sabe con certeza que algo ha cambiado en ella. Sus ojos comienzan a brillar y su rostro se ilumina con la seguridad del que sabe lo que tiene que hacer y quiere hacerlo sin demora. Aún así no deja de sorprenderle la rapidez y la decisión con las que se levanta del escalón en el que ha estado posada más de tres horas, como también se asombra de la velocidad a la que camina. Le cuesta seguirla. Demasiada gente en la calle, demasiados obstáculos que esquivar, demasiados semáforos y demasiados coches que impiden ignorar el peatón rojo. Está casi seguro de que va a la residencia, pero no tiene una certeza absoluta y no puede perderla. Desgraciadamente, termina haciéndolo y no llega a tiempo de confirmar que Martina entra en la residencia, aunque ve cómo vuelve a salir de la misma con algo entre las manos. Ahora sí que tendrá que esforzarse para que no le dé esquinazo, porque ver a Martina en la calle a estas horas resulta una completa y absoluta novedad. No entiende cómo la tortuga que era antes se ha convertido en la gacela que tiene delante y se ve obligado a poner toda la carne en el asador para que Martina no escape en ningún momento de su campo visual.

Por fin, Martina se detiene en medio de un puente sobre el Támesis y, sin pensárselo dos veces, arroja al río gris unas cuantas cartas entrelazadas con una cinta roja. Y contempla mansamente cómo el agua empapa y ahoga todas esas palabras de reproche que se quedó con las ganas de gritarle a Óscar a la cara, pero que ni siquiera se atrevió a enviarle por escrito.

Sergio no sabe lo que está pasando, pero intuye que, si en una de las clases del lunes le hace una pregunta a Martina, ésta le contestará con algo más que un monosílabo, como ha hecho hasta el momento. Inspira una gran bocanada de aire para recuperar el resuello y, por primera vez, se alegra de haber hecho caso a sus padres y haber optado por hacer un curso de inglés de tres meses en la capital inglesa antes de cumplir su sueño de recorrer EEUU en coche. Sigue pensando que para circular por las carreteras secundarias de toda Norteamérica y visitar los pueblos más pintorescos del camino no es imprescindible ser bilingüe, pero no quiere calcular las ínfimas probabilidades que habría tenido de conocer a Martina sin haber venido a Londres este verano.

A Martina le gustaría borrar a Óscar de su existencia, pero no se da cuenta de que, sin todo su sufrimiento pasado, hoy estaría tostándose alegremente al sol de las playas de Gandía, en lugar de en mitad de un puente de Londres, a punto de que el hombre de su vida reúna el valor que necesita para invitarla a tomar algo esa misma noche. Cualquier otro día, Martina habría rechazado su oferta, pero hoy se siente extrañamente bien, liberada ya de todos sus miedos y dudas. Es viernes 13 y un gato negro la miró con ojos amenazantes y sonrisa diabólica esta mañana y ella está a punto de tener la mala suerte de decirle que sí a su alma gemela. 913 días después seguirán juntos y Sergio le pedirá a Martina que se case con él y ella comprenderá que fue bueno no poder borrar los 913 días que pasó engañada al lado de Óscar. Supongo que el mundo es así de paradójico e irónico. Y que la vida da más vueltas que el London Eye, donde Sergio y Martina se dieron su primer beso unas horas más tarde ese viernes 13 de septiembre.

martes, 27 de abril de 2010

Mi cita del día

"Casi nunca nos miramos muy dentro de los ojos, sólo en los momentos cruciales, porque cuando nos miramos muy dentro de los ojos los corazones se tocan y normalmente eso nos asusta un poco y nos hace dudar de nuestro propio corazón".

Lorenzo Silva, "Algún día, cuando pueda llevarte a Varsovia"

Mi canción del día



Okham y Luis Ramiro opinan que la solución más simple es la correcta. Yo sólo tengo ojos para las complicadas. ¿Significa eso que siempre estoy equivocada?

Piercings

No me fío de ti ni de tu aro en la nariz.

Semana Santa linarense



Y con esta foto dejo de daros la lata con el tema de las procesiones hasta el año que viene.

Día 913 (6ª parte)

Óscar esperó dos años y medio, durante los cuales le demostró a Martina de mil y una formas distintas su amor incondicional. Por eso ella estaba tan segura de lo que hacía cuando se acostó con él por primera vez. Por eso Martina se sorprendió tanto a la mañana siguiente. Su despertar con fruición, ansiosa por seguir compartiendo su vida con un hombre tan maravilloso como Óscar, se convirtió en una auténtica pesadilla al descubrir su gélida nota en la mesilla de noche. A Patricia la abandonó de frente y mirándola a los ojos. A ella le dejaba un trozo de papel en el que le explicaba que esos dos años y medio se había limitado a contarle cuentos chinos para conseguir llevársela a la cama. Una estrecha como ella era un trofeo demasiado apetecible para un cazador tan avezado como él y no había podido resistirse a la tentación de cobrarse una nueva presa. Por supuesto, aunque hubiera sido su novia oficial durante todo ese tiempo, había habido otras muchas; pero podía estar tranquila, ya que siempre fue sumamente discreto. Ella le gustaba y le caía muy bien, había disfrutado mucho con su compañía, pero no estaba enamorado, nunca lo había estado, ni de ella ni de nadie. Sentía mucho haberle hecho esa gran putada, pero tenía que ver el lado positivo de todo esto: “Ahora que te dejo podrás buscarte un buen tío que te dé todo lo que tú te mereces de verdad”.

Le odiaba. Le odiaba con todas sus fuerzas. Pero también seguía queriéndole. Se sentía como Michelle Pfeiffer en “Las amistades peligrosas”. ¿Cómo podía haber sido tan tonta? ¿Cómo podía haber confundido las ganas de llevarla a la cama de Óscar con un amor incondicional y eterno? ¿Cómo podía haber confundido lo que era con lo que no era?

Desde entonces, Martina se ha convertido en una sombra de sí misma, un ser triste y gris que se arrastra de casa a clase y de clase a casa sin que nadie sepa si siente o piensa algo más de lo que es capaz de sentir o pensar un robot. Sí, Martina es un mal remedo del padre de Óscar, un ser tan patético y lastimoso que hasta Patricia se abstuvo de decirle que ya se lo advirtió.

domingo, 25 de abril de 2010

La cuadratura del círculo

Cuando las cosas no cuadran, lo mejor es caminar en círculos en torno a la gran incógnita hasta que ésta decida despejarse sin previo aviso ante tus ojos.

Semana Santa linarense



Me gustan las imágenes que flotan en el aire.

Día 913 (5ª parte)

Nunca pensó que Patricia cambiaría tan rápido de idea y que aceptaría darle una oportunidad a Óscar, pero era difícil seguir resistiéndose a un chico tan sensible, inteligente, culto, simpático, y buena persona como aseguraba Martina que era Óscar. Por supuesto, el amor incondicional de Óscar por Patricia se esfumó unas horas después de acostarse con ella por primera vez, después de dos meses saliendo juntos. Cuando Patricia, derretida en llanto, se lo contó por teléfono, Martina no podía creerlo. Tenía que haber una muy buena explicación para algo así y ella se plantó rápidamente en casa de Óscar para exigírsela.

Efectivamente, Óscar tenía una explicación perfecta para todo lo que había pasado. Era cierto que, en un primer momento, se enamoró de Patricia y creía que seguía enamorado de ella cuando empezaron a salir, pero cuando se acostaron se dio cuenta de que no la amaba, porque mientras besaba a Patricia en lo único en lo que podía pensar era en que con quien de verdad quería estar era con Martina. Sí, aunque creía que solamente eran amigos, Óscar se había dado cuenta de que, entre café y café, se había enamorado locamente de Martina. Sabía que no tenía ninguna posibilidad con ella, porque ella nunca saldría con un tío que se había portado tan mal con su mejor amiga. Él lo sabía de sobra y lo respetaba, pero no podía cambiar lo que sentía y sólo esperaba que algún día muy lejano ella fuera capaz de dejar de verlo como el cerdo que dejó tirada a su mejor amiga después de robarle su virginidad.

Martina oyó lo que siempre había soñado oír y, aunque dijo que necesitaba irse a casa y pensar detenidamente en todo lo que Óscar le había dicho, no le costó demasiado convencerse de la veracidad de lo que él afirmaba tan convincentemente. Eso sí, para salir con él puso una condición ineludible: “Iremos a mi ritmo, no al tuyo. Si crees que voy a acostarme contigo a las primeras de cambio para que luego me dejes tirada como una colilla, vas listo. Antes necesito que me demuestres que eres sincero, que realmente estás enamorado de mí”. “No hay problema. Estoy locamente enamorado de ti. Esperaré el tiempo que haga falta. Sólo quiero estar contigo”.

martes, 20 de abril de 2010

Perdiendo el tiempo

Busca en el baúl de las horas muertas un minuto irrepetible y no pierdas ni un segundo en arrepentirte de haberlo malgastado.

Semana Santa linarense



Y, al tercer día, resucitó.

Día 913 (4ª parte)

Conforme pasaban los días, las calabazas de Patricia resultaban más y más hirientes y el amor propio de Óscar comenzaba a resquebrajarse sin darse cuenta. Por eso se le quedó cara de tonto y un nudo en la garganta el día en que ella, más cabreada que nunca, le dijo que prefería acabar con el mismísimo jorobado de Notre Dame antes que liarse con un creído egocéntrico como él. La cara de Óscar, inmovilizado en mitad de una acera cercana a la casa de Patricia era un auténtico poema y Martina no pudo evitar quedarse unos minutos junto a él para intentar consolarlo. No sabía muy bien qué decir, así que se limitó a apretarle cariñosamente el brazo y sonreírle de manera cálida para tratar de infundirle algún tipo de ánimo. Ese pequeño gesto terminó de derrumbar las defensas de Óscar, que se deshizo en un mar de lágrimas antes de que Martina pudiera hacer nada por impedirlo. Abrazado a ella, como un náufrago se abraza a su tabla de salvación, comenzó a verbalizar poco a poco su pena y a contarle todos sus problemas a Martina, con la que, hasta ese momento, no había cruzado ni una sola palabra.

Así fue como Martina se enteró de que si Óscar no salía más de dos días con la misma chica era porque tenía un miedo cerval a enamorarse. No quería cometer el mismo error que su padre, enamorado hasta las trancas de su madre, que le ponía los cuernos con varios tíos a la vez, hasta que decidió fugarse con uno de ellos, abandonándolos a ambos. No es que a él le gustara haber carecido de figura materna desde los seis años, pero tenía que reconocer que la suya nunca actuó como una verdadera madre; así que, por más que lo intentara, no podía terminar de echarla de menos. El problema es que, desde que ella se fue, su padre se había convertido en una sombra de sí mismo, un ser triste y gris que se arrastraba de casa al trabajo y del trabajo a casa sin que nadie supiera si sentía o pensaba algo más de lo que es capaz de sentir o pensar un robot. Y eso le dolía. Le dolía horrores ver cómo su padre se marchitaba poco a poco sin saber muy bien qué hacer o qué decir para devolverle las ganas de vivir. No, él no acabaría como su progenitor. Prefería ser un cabrón que un cornudo abandonado. Pero, sin darse cuenta, se había enamorado de Patricia. No lo entendía, pero era así y no sabía si le dolía más que ella lo odiara de esa manera o que él hubiera caído finalmente en las redes de Cupido.

De esto y de mucho más hablaron Óscar y Martina en aquella acera, en la cafetería a la que fueron posteriormente y en las cafeterías en las que quedaron las siguientes tardes. A Óscar le resultaba fácil desnudar su alma ante la comprensiva y amable Martina y Martina se sentía especial habiendo sido elegida por Óscar para contarle sus penas. Así fue como se hicieron amigos poco a poco, sin prisa pero sin pausa, sin comerlo ni beberlo. Hasta que, un buen día, Martina se dio cuenta de que lo que sentía por Óscar era algo más que una atracción física aderezada de una cada vez más profunda amistad. En algún momento indeterminado se había enamorado loca e irremediablemente de él. Daba igual que ella supiera que él seguía bebiendo los vientos por Patricia y que ella no tenía ninguna posibilidad con él, no podía cambiar lo que sentía. Aunque eso no le impidió ayudar a Óscar a conquistar a Patricia. Él estaba enamorado de ella y Martina quería que él fuera feliz.

lunes, 12 de abril de 2010

Semana Santa linarense



También hay penitentes albinos.

Día 913 (3ª parte)

Nunca ha entendido por qué se enamoró de Óscar. Él es guapo, inteligente, gracioso y popular y ella no es más que una chica más bien feúcha, con un cociente intelectual medio-bajo, carente de cualquier tipo de gracia innata y francamente impopular. Mientras él destaca en cualquier cosa que emprenda, ella es siempre una más de la anodina masa, una chica que siempre pasa desapercibida por más que se proponga firmemente lo contrario, alguien en quien Óscar no se fijaría jamás de los jamases. Ella lo sabe y por eso nunca abrigó ningún tipo de esperanza al respecto. Cuatro años antes no lo conocía más que de vista, así que tampoco podía amarlo; pues es difícil, por no decir prácticamente imposible, enamorarte de quien no conoces, por más que los poetas se empeñen en afirmar lo contrario. Sólo se sentía fuertemente atraída por él, como le ocurría al 99% de la población femenina.

No hace falta decir que, como todos los hombres de este tipo, Óscar era un mujeriego de padre y muy señor mío, un nuevo don Juan al que le faltaban dedos de las manos para contar sus conquistas mensuales, un conquistador nato que nunca encontraba la más mínima resistencia hasta que lo intentó con Patricia. Patricia era la mejor amiga de Martina. Tampoco se trataba de una chica especialmente guapa, pero sabía sacarse bastante partido y resultar medianamente atractiva, aunque la materia prima no fuera nada del otro mundo. Sea por ese atractivo indefinido e indefinible de Patricia o porque el campo de las chicas por explorar de Óscar comenzaba a reducirse ostensiblemente, en una visita de la clase al Museo del Prado, Óscar comenzó a tirarle los trastos a Patricia. Ella, más interesada en los cuadros de El Greco que en convertirse en otra muesca más en el cinturón de conquistas de Óscar, pasó olímpicamente de él y se centró en las maravillosas obras de arte que la rodeaban. Molesto por esta sorprendente y totalmente inesperada primera resistencia, Óscar continuó insistiendo hasta que Patricia, sumamente molesta, no dudó en mandarle claramente a la mierda delante de la mayor parte de sus amigos.

Cualquier otro chico con una autoestima ligeramente baja habría aprendido la lección y modificado rápidamente su objetivo; pero Óscar, sobradamente seguro de sí mismo, optó por redoblar sus esfuerzos conquistadores. Todo lo intentó en las siguientes semanas, pero sólo consiguió cabrear aún más a Patricia e incrementar su rechazo inicial. Martina asistía atónita al desarrollo de los acontecimientos y no entendía por qué Patricia no mostraba ni el más mínimo interés en el que, para ella, era el hombre perfecto.

domingo, 11 de abril de 2010

Mordiendo el polvo

- ¿Cuándo se debe aceptar que la derrota es inevitable?

- Dos minutos después de que haya terminado la batalla o, mejor aún, tres horas después de haber enterrado el último cadáver de los caídos.

Mi cita del día

"Perder de verdad. No tanto como los jinetes de la división Pomorska, porque eso ya no tiene remedio, pero casi. Perder de tal forma que te quedes tirado en el suelo y mires hacia arriba y digas: He perdido y ahora cómo me levanto. Y a pesar de todo, levantarte".

Lorenzo Silva, "Algún día, cuando pueda llevarte a Varsovia".

Semana Santa linarense



Unos días antes de que empiece, todo comienza a prepararse.

Día 913 (2ª parte)

Después de rebautizar este cenizo viernes, no ocurre nada digno de mención en las seis horas de clase a las que Martina se ve obligada a asistir cinco días a la semana. Es fácil actuar como una autómata cuando tratas de bloquear unos sentimientos indeseados. El problema viene después, cuando tiene que decidir qué hacer con su interminable tarde libre. Normalmente se arrastra lenta y penosamente hasta la residencia, se tira en la cama y trata de dejar la mente en blanco hasta la hora de dormir. En ocasiones, incluso se salta la cena, no porque no tenga hambre, sino porque no se siente con fuerzas para levantarse e intentar interactuar mínimamente con los demás. Los días en que se encuentra peor se limita a tomarse una valeriana y duerme hasta el día siguiente.

Pero hoy está demasiado cansada para andar los diez minutos que la separan de su hogar temporal, así que opta por sentarse en el primer escalón con el que se tropieza y entra en estado catatónico en plena calle. Esto es lo que advierte a Sergio de que algo está cambiando, pero no tiene ni idea de qué se trata. Intrigado por esta nueva faceta del creciente autismo de Martina, Sergio decide apoyarse en una farola de la acera de enfrente y observar tranquilamente en qué queda la cosa. Daría su mano derecha por saber qué es lo que a Martina se le pasa por la cabeza en estos momentos, pero ella no piensa en nada ni en nadie. Evocar el pasado resulta demasiado doloroso. Centrarse en su insustancial presente carece de sentido. Pensar en un futuro medianamente soportable no es propio de alguien tan deprimido como ella.

Mi canción del día



Zahara y Los Fabulosos el viernes en Becool estuvieron realmente sublimes. Espectáculo en estado puro y Zeta convertida en una diva del pop, que no sólo canta sino que interpreta y baila magistralmente todas y cada una de sus composiciones, sin olvidarse de tocar la acústica o la eléctrica en algunos malabarismos imposibles. Y Pablo Garrido a la guitarra, "Su" Alfonso al bajo, Xavi Molero a la batería y Narcís a los teclados acompañando espléndidamente a la que se bastaba y se sobraba para llenar ella solita todo el escenario. No fue la capilla del Hospital de Santiago de Úbeda, porque esa acústica es incomparable y la emotividad de aquel concierto es difícil de volver a alcanzarse, pero estuvo muy cerca. Y, de entre todas las canciones que sonaron allí, hoy me quedo con ésta y con la forma en que Zahara se desangra con cada una de sus palabras y sus acordes. Y es que, como ella dijo el viernes, da igual cuánto tiempo pase, esta canción jode y duele igual. O, quizás, más, añadiría yo.

"Finjo, que no sé, que no he sabido, finjo que no me gusta estar contigo y al perderme entre mis dedos te recuerdo sin esfuerzo. Me moriré de ganas de decirte que te voy a echar de menos."

sábado, 10 de abril de 2010

Día 913 (1ª parte)

Martina levanta con desgana la cabeza y observa con hastío la pizarra. 9-13 o, en cristiano, 13 de septiembre. ¿Por qué estos ingleses tienen que hacerlo todo al revés? ¿No les basta con conducir por la izquierda y estar a punto de asesinar a las pardillas españolas que, como ella, aún no han aprendido a qué lado tienen que mirar antes de cruzar la calle?

Asqueada, copia tal cual la fecha en su folio en blanco. Y, encima, es viernes. Viernes 13, para más señas; que si estuviera en Madrid no significaría gran cosa, pero en la Gran Bretaña es una clara amenaza de mala suerte. Máxime si tenemos en cuenta que, poco después de abandonar la residencia en la que se aloja, Martina se cruzó con un enorme gato negro que la miró con ojos amenazantes y sonrisa diabólica (o eso le pareció a ella). Aunque hoy no puede ser mucho peor que los días anteriores. En realidad, Martina no tiene ni idea de por qué prefirió hacer un curso de tres meses en Londres en lugar de irse a la playa con su familia, como todos los veranos. Intuye que el más que frecuente cielo gris y plomizo de la capital inglesa se adapta mucho mejor a su estado de ánimo que el brillante y despejado azul del cielo de Gandía; pero también sabe que poco importa el lugar en el que se encuentre, porque cuando te sientes rota por dentro el exterior no puede afectar demasiado.

Martina mira a su alrededor y clasifica a sus compañeros en dos tipos: los que han venido a pasárselo bien y los que han venido a aprender un montón de inglés. Sí, definitivamente ella es la única que huye de sí misma y del recuerdo de quien no merece ser recordado, tratando de esquivar cualquier cosa que pueda evocar su imagen. Al fin y al cabo, la flema británica poco tiene que ver con el siempre apasionado proceder de Óscar. Rendida ante la imposibilidad de olvidar sus desgracias, Martina vuelve a bajar la cabeza y observa detenidamente la fecha escrita de forma lánguida en el estúpido papel. De repente, decide que el guión que separa al 9 del 13 sobra y lo elimina de este mundo con ayuda de su tipex. El resultado es un 913 que no tiene ni idea de qué puede significar, pero que no suena mal del todo. Día 913. Ése es el día de hoy. Un día como otro cualquiera. Un día vacuo e insignificante. Un día más. Un día menos. Un día que no cambiará nada o que, quizá, por fin, lo cambie todo.

viernes, 9 de abril de 2010

Mi canción del día



Esta mujer nunca dejará de sorprenderme y esta noche seguro que vuelve a encandilarme. Dentro de un rato en la Becool. ¿Sonará "En la habitación?

PD: Pedazo de vídeo.

Desubicación

Hoy tengo la sensación de que no estoy donde tendría que estar. Así que no me encontrarás y se desvanecerá la posibilidad de volver a mirarte a la espalda y abrazarte por detrás. Esta vez tendrás que buscarme donde nunca me apeteció bailar ni cantar, pero sí dormitar a la espera de una nueva aurora boreal que convierta mi grito en un estallido sideral.

jueves, 8 de abril de 2010

Semana Santa linarense



Y aún me quedan unas cuantas.

Off

Estoy en modo off, apagada, desconectada del mundo y del gerundio que no me deja respirar. Estoy en modo off, apagada, desconectada de la corriente eléctrica que infunde vida a mis muñecas. Estoy en modo off, apagada, desconectada de mis emociones y de los edredones nórdicos que guardé en el cajón de invierno. Estoy en modo off, apagada, desconectada y sin ganas de hacer nada, tumbada en la cama, embutida en mi pijama, empachada de mojama. Estoy en modo off, apagada, desconectada o fuera de cobertura, asfixiada por la calentura de tu locura y la tortura de mi premura. Estoy en modo off, apagada, desconectada y cortocircuitada.

miércoles, 7 de abril de 2010

Semana Santa linarense



Cada vez estoy más convencida de que las tallas de Víctor de los Ríos son dignas del Museo del Prado.

Camuflaje

Una verdad escondida entre cien mentiras suele tener el pernicioso efecto de contagiar su veracidad a todo el falso enunciado que la encierra.

lunes, 5 de abril de 2010

Semana Santa linarense



¿El Lunes de Pascua sigue siendo Semana Santa?

Desorientación

Me equivoqué de calle y se extinguió la posibilidad de cruzarme en tu camino. Seré un obstáculo para ti y tú una diagonal para mí. Y me quedaré plantada en el medio de la nada, con los brazos en alto y las piernas ancladas al asfalto e impediré que la manifestación se manifieste y que los huelguistas huelguen, que proclames lo que hay y que te calles lo que habrá.

domingo, 4 de abril de 2010

Semana Santa linarense



Esto se acabó y yo siempre me quedo con ganas de más.

Juan

Juan siempre quiso tocar la trompeta, pero sus padres prefirieron comprarle un tambor. Enfadado con el mundo y maldiciendo a sus dictatoriales progenitores, Juan empleó toda la tarde del Jueves Santo y la mañana del Viernes en aporrear sin ton ni son el instrumento no deseado hasta que, por fin, logró romper su tensa y blanca superficie. Aquel agujero creado por sus incesantes e iracundos golpes lo fascinó como nada hasta entonces lo había hecho y no tardó mucho en decidir que quería seguir asesinando tambores a ritmo de baquetas furibundas. Muchas fueron las víctimas de su rabia reprimida. Innumerables tambores de juguete fallecieron sin rechistar y otros muchos de verdad sucumbieron sin protestar cuando Juan entró a formar parte de la banda municipal. Todos ponderaron siempre sus habilidades tamboriles y nadie sospechó nunca que cada apasionado redoble trataba de aplastar al virtuoso trompetista de jazz aprisionado en el pecho de Juan.

sábado, 3 de abril de 2010

Semana Santa linarense



Esto se acaba.

La corte de los milagros

Los milagros existen cuando no estoy mirando, cuando he dejado de creer en ellos, cuando me he rendido ante la imposibilidad de alcanzar lo inalcanzable. Los milagros surgen de la nada, sostenidos por la fe de un corazón en llamas, alimentados por los gritos de gargantas incendiadas, espoleados por los ánimos de cien mil miradas ansiosas por ver lo nunca visto. Los milagros pueden parecer simples trucos de magia, conejos blancos que surgen por generación espontánea en el fondo de una chistera vacía dos segundos antes. Los milagros se camuflan bajo el disfraz de un acontecimiento normal y corriente, pero si rascas un poco acabarás deslumbrado por el brillo del oro de lo extraordinario. Los milagros sólo tratan de convertir a los ateos en creyentes acérrimos y de reforzar la fe de los que creen en lo que no pueden ver. Los milagros me desarman y me alarman. Los milagros son aquello en lo que crees sin creer, aquello que te roza sin querer, lo que nunca has sabido detener, un mar que se parte en dos, un pecho que se rompe en tres, una boca que se abre hasta los pies.

jueves, 1 de abril de 2010

Semana Santa linarense



Llegan los dos días grandes.

La cueva

No es lo mismo estar contigo que sin ti, besarte que soñarte, tocarte que recordarte. Te me escapas entre los dedos y te evaporas como un charco a pleno sol y yo no me decido a saltar al vacío, descender la montaña de mis dudas y navegar en el lago de la incertidumbre. No sé prever la lluvia y me aterra la idea de mojarme con la nada de tu abandono. Me refugiaré en la cueva de mi soledad y trataré de encender un fuego iridiscente con un chasquido de mis dedos y el pedernal de mi imaginación desbocada y no coartada por mil ideas preconcebidas que nunca arraigaron en ninguna de mis neuronas. Veré crecer mis uñas y no podré mesar tu barba, pero poco importa cómo matar el tiempo cuando te quedas colgada de una estalactita chorreante de reproches y fantoches.